Artículos y reportajes
Demonios del tiempo presente
Desgracia de J. M. Coetzee

J. M. Coetzee. Fotografía: Basso Cannarsa

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Debe haber, en alguna universidad del mundo, un semiólogo bien fundado, en capacidad de aportar información sobre las novelas en cuya composición se emplea el presente gramatical, descartando el pretérito indefinido tan acostumbrado, y, por lo mismo, ley casi de la composición novelística. Esa información quisiera que obrara en mi poder para que, a guisa de contexto, me valiera para encuadrar mi visión sobre Desgracia, novela de J. M. Coetzee redactada en sutil presente, en perpendicular presente que puede hasta ser opresivo. No recuerdo, por lo menos en la lectura reciente, un presente tan inquietante, que te despoja un poco del fuero de receptor cómodo y te implica hasta el cuello en esta historia que como las de Kafka tiene la virtud de hacer sumamente extraño a lo más obvio y familiar.

En ese presente y en tercera persona Coetzee nos implica en el frágil espejo que permite testimoniar esta era de inautenticidad. Las frases en presente, con la extraña relación de narrador y personaje, que sugiere la que se da entre actor y consueta, construyen un avance por el relato como de cuerda floja que va a exigir del lector que se promueva a celoso hermeneuta.

Si tal hermeneuta adhiere a ese presente en el que las circunstancias flotan como desperdicios en agua estancada, va a entrar en relación con un personaje de novela misterioso y desafiante a pesar de su desorientador aire de “yo no fui” y que por lo mismo es inevitablemente alusivo al individuo actual.

El desarraigo de David Lurie es un motivo que se desmenuza en cada página de Desgracia, sus desplazamientos por un presunto orden urbano, por jardines y por corredores universitarios, por andenes en donde todo respira normalidad, encubren una errancia doliente e irremediable. Errar con rumbo incierto es, asimismo, su desplazarse sobre pensamientos circulares, obsesivos. Esta errancia, registrada en presente, es el primer asomo del virtuosismo de Coetzee, ese premio Nobel que hace dos o tres años nos ha caído de Suráfrica.

“Desgracia”, de J. M. CoetzeeEse tiempo gramatical presente que en manos de inexpertos puede volverse un sendero de bostezos es la clave del libro, la clave de su composición, el medio justo para la historia de desolada ironía y cómica y aleccionadora tragicidad que es Desgracia.

¿En busca de qué vuelve una y otra vez al sexo el cincuentón profesor de literatura David Lurie, divorciado y empeñado en darle a la mediocridad una nota de elegancia? Coetzee nos proporciona algunos datos sobre sus andanzas académicas, Wordsworth y Byron. Sus bocetos de un drama sobre los últimos días de Byron, en Italia, cansado de Teresa, la última de sus conquistas. Lurie es un divertido retrato del intelectual literato consumido por un tema exclusivo, con ese característico complejito de superioridad apenas consciente, bastante egocéntrico. En el comienzo de la historia, acotar los alcances y las líneas maestras del ego autocomplaciente del profesor Lurie es sentar las premisas de la aventura central.

Suráfrica, ese enigma de la historia, ese histórico desgarramiento entre dos visiones distantes, entre el tiempo circular tribal y el monstruoso tiempo unidireccional del cristiano blanco norteeuropeo, irá insinuándose en la aventura central, verdadero objeto de preocupación de Coetzee que trata de arrancar las claves que le permitan entender el significado de una nación birracial, bifronte, bipolar. En Byron, el romántico lord, es improbable encontrar claves sobre los patrones culturales de los clanes cafres o bosquimanos. A lo sumo les reconocería estado de semisalvajes sin los dones de la civilización en él tan generosamente servidos; sobre los cafres coincidía con los decentes comerciantes de Londres. Como patriarca de raza caucásica sucumbía periódicamente, igual que el profesor Lurie, a las urgencias del sexo. El sexismo, la creencia metafísica de que las mujeres son un medio de rubricar su estatus de centro del cosmos, en calidad de varón, es rasgo impopular de su héroe que, no obstante, Coetzee ilustra con suficientes datos. Citaré la frase que abre el relato porque proporciona una buena idea de la cuestión: “Para ser un hombre de su edad, cincuenta y dos años, y divorciado, a su juicio ha resuelto bastante bien el problema del sexo”. Al llevar esta situación a sus últimas consecuencias, Coetzee deja claro que este profesor tan pulido por la civilización tiene un lado secreto: es un varón patriarcal de la más pura estirpe con su prurito por montar a las hembras de su clan. Se revuelve contra la idea de ingresar a la fase de jubilación copulatoria y, por el empeño que pone en aferrarse al rol de patriarca con “derecho de pernada” vitalicio, sufre el despido de la universidad por el acoso de una bella estudiante de poesía romántica inglesa. Coetzee plantea esta circunstancia con un manejo magistral de la ironía, con el mejor, el de permitir que la ironía se desprenda mayormente de la situación maravillosamente descrita que de las capacidades ironizantes del autor. La aventura amorosa con la estudiante es el esqueleto narrativo sobre el que se monta la primera parte de Desgracia. En la segunda parte, Lurie se encuentra con un negro surafricano de su misma edad, un átomo del universo tribal precolonial, y en la misma forma indirecta la historia se encarga de demostrar la equivalencia patriarcal de las dos figuras.

Uno de los primeros datos que aporta la segunda parte es que la única descendencia de David Lurie, el fecundador y viril, es una hembra, su hija Lucy. Y no sé cómo se las arregla Coetzee para plasmar la anomalía, la insidia comprendida en la circunstancia de carecer de descendencia masculina; pero visitar a Lucy en compañía de su padre es un asunto en el que está ausente la espontaneidad, la alegría del reencuentro, apenas velado por una mediocre cortesía. Y quizá en el hecho, enorme para un patriarca, de que Lucy es homosexual, se nos aporta otra clave y se da una vuelta más a la tuerca en este proceso de explicitar lo profundamente extraña que es la realidad más común y corriente, porque más cotidiano no puede ser todo. Y el mejor recurso retórico para relievar la extrañeza es ese narrar en presente que posterga las resistencias, que desencadena un proceso intuitivo de aprehensión de ecos y resonancias, de alusiones, de asociaciones que impresionan en ese presente ficticio tan capaz de evocar la experiencia directa. Ese enfrentamiento entre hija y padre tiene no sé qué cualidad bíblica. Coetzee como los redactores bíblicos es un maestro de la parquedad.

Luego que unos jóvenes del clan de Petrus, el patriarca negro, asaltan la finca de Lucy y la violan después de atacar a Lurie, el libro adopta un estilo de coda para pulsar ese motivo arquetípico del “agon” de dos patriarcas rivales que intenta ser una exploración de los conflictos implícitos en la Suráfrica de hoy (queda la duda si lo que le sucede a Lucy, no es un sublimado castigo por rehusar jugar el rol de hija del patriarca y darle descendencia masculina). Una resolución del conflicto que propone Coetzee, queda inscrita en la aceptación por Lucy de la opción de ser madre de la creatura que tan agresivamente se ha plantado en su seno y las vueltas que su padre le da a la idea de ser abuelo al tiempo que pone los toques finales a su drama sobre Byron en Italia, un poco un comentario irónico sobre lo destructivo que resulta, cuando ya su época ha pasado, el andar marcando territorio como un alce o un caribú macho o como cualquier presidente o primer ministro de potencia mundial (con todo lo fuerte que es esta interpretación de la historia, es difícil no ver la trascendencia que concede a las conductas de conquista sexual y de conquista y demarcación de territorio, respectivas de Lurie y Petrus).

Queda un átomo de incertidumbre sobre si Coetzee logra brindarle toda la amplitud a esta historia de toda pertinencia y universalidad, pero no hay dudas de que una ambición tal demuestra una grande talla novelística.