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Hestia, diosa del hogarHestia moderna

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Presentando a Hestia

En la mitología griega, Hestia es la diosa del hogar, o más apropiadamente, del fuego que da calor y vida a los hogares.

Era la primogénita de los titanes Cronos y Rea, y la primera en ser devorada por su padre nada más nacer. Aunque amada por Poseidón y Apolo, juró sobre la cabeza de Zeus permanecer siempre virgen, a lo que el rey de los dioses correspondió cediéndole los lugares preeminentes de todas las casas y la primera víctima de todos los sacrificios públicos, por evitar con su negativa una primera disputa entre los dioses. No obstante su preferencia, Hestia renunció a su escaño en el Olimpo a favor del recién llegado Dionisio, y prefirió retirarse a vigilar el fuego sagrado de los dioses.

Como la diosa del hogar y de la familia, Hestia apenas salía del Olimpo, y nunca se inmiscuía en las disputas de los dioses y los hombres, por lo que paradójicamente pocas veces aparece en los relatos mitológicos a pesar de ser una de las principales diosas de la religión griega y, posteriormente romana. Muestra de esta importancia es el hecho de que Hestia era a la primera que se le hacían ofrendas en todos los banquetes, antes incluso que a Zeus. Se le solían sacrificar terneras de menos de un año, aludiendo a su virginidad.

Ovidio narra una escena en la que Príapo, borracho, había intentado violar a Hestia en una fiesta a la que habían acudido todos los dioses y tras la cual se habían quedado dormidos. El rebuzno del asno de Sileno despertó a la diosa justo cuando su agresor se abalanzaba sobre ella, dándole tiempo suficiente para huir despavorida originando una situación bastante cómica.1

 

Algunas Hestias en la literatura

Siglo XIX. Beth, la Hestia que muere joven: Elizabeth “Beth” March, personaje menor en Mujercitas, es la niña juiciosa, muy tímida y dulce, cuya personalidad se contrapone a los caracteres más humanamente estructurados de sus hermanas en la obra de Louisa May Alcott. Cada una de ellas encarna los rasgos distintivos de la naturaleza femenina, más exactamente del pensar y sentir de las norteamericanas durante la época de la Guerra de Secesión. Sin embargo, Beth ilustra con facilidad los rasgos de una aspirante a entronizarse en los altares de la diosa, constituyéndose en un tanto aburrido dechado de virtudes, a quien se le otorga cierta dosis de verosimilitud de su condición mortal, al enfadarse tan sólo una vez a lo largo de la trama. Aparece discretamente junto a Meg, Jo y Amy, siempre en casa ayudando a la vieja Hannah en la cocina, tocando el piano o haciendo esporádicas excursiones al mundo exterior para visitar a los más menesterosos de su comunidad. Por ser demasiado delicada y retraída, nunca asiste a la escuela, siendo la educación pilar fundamental en la escala de valores de las March, llevando a Jo a cuestionarse acerca de por qué le estaba vedado asistir a la universidad como su amigo Laurie; más tarde le resulta impensable enamorarse y formar un hogar propio, so pretexto de no querer abandonar el cuidado diario de la familia. Esta pequeña, ejemplar y compasiva Hestia, termina sucumbiendo ante la enfermedad que la atacó desde la adolescencia, sin atreverse siquiera a considerar su propio bienestar emocional, para evitar preocupaciones por su causa.

Siglo XX. Irene, una Hestia con rasgos de Penélope: En “Casa tomada”, uno de los cuentos de Cortázar, Irene representa el arquetipo de lo femenino, complementando la pareja que forma con su hermano.

La construcción de su personalidad se asemeja a la de la protectora del fuego de las chimeneas y custodia del fuego sagrado de los dioses; encarnación de la modestia hogareña. Su humildad, reflejada en “ser una chica nacida para no molestar a nadie”, que también se olvida de sí misma, dejando de lado sus necesidades y parte afectiva al rechazar a dos pretendientes para dedicarse por completo al cuidado de su pequeño universo doméstico, que encierra toda su vida y la de sus antepasados, amparada por la estabilidad de una renta fija que le permite mantener holgadamente su aislamiento.

La existencia de caracteres como el de Irene se encuentra determinada por el compromiso de retribuir todo el amor y protección recibidos desde la infancia, traducido en abnegación incondicional y reducción de toda posible controversia en el seno de su entorno. Como la Vesta grecorromana, es una persona asocial, entregada al cultivo de su mundo interior, el cual revela mediante su diario quehacer, teniendo como versión masculina a Hefestos, que trabaja en la forja; Hestia, hace lo propio en el hogar.

Paulatinamente, el mundo de Irene se resquebraja, forzándola al final a abandonar su cómoda rutina, cuando el hermano se da cuenta que la casa ha sido tomada en su totalidad y se lo comunica, aunque ella ya lo presentía; en ese momento uno de los interminables tejidos de punto elaborados para posibles pero indeterminados futuros dueños, cuelga de sus manos en tanto que parte de las hebras de lana quedan atrapadas del otro lado de la casa. Al preguntarle a su hermano si tuvo tiempo de traer alguna cosa, presumiblemente de valor, él recuerda el dinero que quedó en un cajón, cayendo en cuenta que quedaron sólo con lo puesto. Tira la llave a la alcantarilla para que nadie entre a robar a esa hora de la noche, con la casa tomada.

La casa esclaviza a los hermanos al punto de aislarlos en un ámbito seguro y repetitivo, impidiéndoles llevar una vida considerada más normal; desconociendo otras posibilidades de existencia al estar inmersos en su peculiar realidad, por lo que la ocupación de la casa puede interpretarse como una liberación disfrazada de pérdida.

Siglo XXI. Ana Crista, aquella profesional exitosa que creyó padecer el Síndrome de Hestia: Por estos días, ya las mujeres no se conforman con un tibio lugar en la oscuridad a puertas cerradas. Margarita Posada nos trae a su antiheroína en De esta agua no beberé, la locutora estrella del espacio radial de las mañanas en Bogotá, inusualmente bella y vivida, con una separación a cuestas como parte de la avalancha de tribulaciones que la llevan a intentar suicidarse, mientras toda su existencia, con sus errores y aciertos, desfila ante sus ojos distorsionados por los efectos del alcohol combinado con calmantes. Nada más distante al comportamiento esperado en una diosa de reputación intachable que escaparse un fin de semana a Cartagena con el novio de otra, siendo plenamente consciente de en qué se estaba metiendo. Sin embargo, indagando el posible origen de lo que atormenta a Ana Cristina, recurre al análisis de un peculiar y poco conocido estado psicológico que resume sus sentimientos, el Complejo de Hestia, descrito como:

Síndrome que afecta a mujeres de clase alta influyente que tienen todo lo que necesitan. Son demasiado afortunadas y amadas y se desmoronan porque no pueden entender por qué merecen su buena fortuna. Responden a sus complacientes vidas, revirtiéndose al misterio de la infancia, lo cual aparece como rechazo a los bienes materiales y al amor (específicamente al sexo). Hay una contradicción debido a que su condición complica la vida de los demás, pero para ellas, tratan de simplificar las cosas.

Se identifica con la fiel divinidad “...del gozo doméstico, esa que nunca se casa y que protege con celo a los niños desprotegidos y huérfanos, a los desdichados niños que los adultos olvidan que eran cuando crecen”.

Habiendo conocido “el amor y todos sus manjares... también el sexo y todos sus caminos, sus escondites...” creía sufrir de esa Hestia, la que “no quería ni podía hacer que su vida girara alrededor de un macho, así fuera un dios o un mortal”.

Llega a cuestionar la virginidad de Hestia en sí, remitiéndola a la inocencia infantil a la que recurre como mecanismo de defensa ante sus propios deseos y los que generados en los hombres presentes en su vida, en un intento desesperado por simplificar su realidad, incapaz de afrontarla agobiada por sus propios temores e inseguridades.

Sólo hasta que los embates de la vida la golpean de manera inmisericorde y reiterada, podrá Ana Crista aprender a través de la tragedia, la posibilidad de abandonar el viejo hábito de cargar con culpas propias y ajenas, aceptando que los seres humanos nunca están listos para vivir, pero aquí están. Es instada a pararse y sacudirse como si no hubiese pasado nada, en vez de retirarse a cuidar el fuego de las chimeneas, conminada a sobrevivir como única alternativa.

 

La Eva moderna vs. la Hestia de siempre

En su estudio acerca de la institución cultural presente en la costa Caribe de las mesas de fritos, el comunicador y analista de medios Ricardo Chica Gelis se retrotrae a las primeras décadas del siglo XX, en las que por fenómenos socioeconómicos y culturales que modifican los roles tradicionales, motivando la superación de la mujer e integrándola a la vida productiva bien fuera desde su ámbito hogareño, apareciendo la denominada “Reina de la casa”, “...micropoder en el espacio privado de lo doméstico, un hacer del género femenino de la época conservadora a la que la élite, por lo general, situaba con un sentido progresista entre el modelo de mujer mariana o la modista de la máquina de coser Singer”; al tiempo que hacen su aparición mujeres como empleadas en oficinas y mecanógrafas, luego de ampliar su proceso educativo antes circunscrito al ciclo básico.

Rafael de Penagos, el mayor representante del arte de la ilustración en España durante la era del art déco, crea el concepto de la “Eva moderna”, producto de los cambios acarreados por dos guerras mundiales. De golpe, la mujer-diosa, la Hestia de siempre, muta dentro de la sociedad de entonces hasta la de nuestros días, cambiando el panorama para la representación de “la mujer focalizada en sí misma, en su experiencia subjetiva interna, a la que no le interesan las relaciones con los hombres con una intención romántica; en esta medida los hombres y las mujeres poseen relaciones con el sexo opuesto sólo para crear relaciones de amistad...”; enfrentando a aquella a la que no se le menciona ningún compañero, susceptible de ser comparada con sus pares del Olimpo, Atenea y Artemisa, “...las dos primeras igualan y superan a los hombres en sus tareas respectivas, pero el precio que tienen que pagar, en la mentalidad creadora de mitos o quizás en las convenciones sociales antiguas, es la de permanecer vírgenes. No se casan. Ellas mismas rehuyen el matrimonio. Junto con Hestia, que representa la modestia del hogar —algo así como el estereotipo de una tía solterona—, son las tres diosas vírgenes del Olimpo griego...”; con la autonomía y sensualidad presente en el tipo de mujer que se entrega a una nueva manera de vivir, tanto como a usos y hábitos diferentes.

 

Haciendo votos por una Hestia mejor

Todavía es común, pese a la liberación femenina y todas las licencias que ofrece la sociedad actual, encontrarnos una que otra Hestia en sentido estricto y en circunstancias no muy halagüeñas. Una especie de niñas atrapadas en el cuerpo de mujeres de mediana edad, amparadas por la complacencia de ancianos, sobreprotectores y acomodados padres que todavía se encargan de resolver sus problemas más básicos. Quién sabe si se preguntarán qué habría sido de sus destinos al haber intentado asumir sus responsabilidades con determinación, sin detenerse a pensar en hipotéticos fracasos o escollos en el camino. De pronto esa existencia semiencantada, similar a una blanda cárcel, les sea fácil de tolerar a cambio de no tener que tomar graves decisiones, pues siempre habrá alguien que se encargue de escoger por ellas.

De otra parte, tenemos a una ambiciosa diosa doméstica que ha sabido capitalizar óptimamente sus dotes y habilidades. Martha Stewart es un ejemplo de lo que toda Hestia debe evitar, si no quiere terminar tras las rejas, muy lejos de su confortable imperio, en circunstancias harto precarias en comparación a las prerrogativas obtenidas mediante la explotación económica de sus buenos oficios.

Hoy en día, hasta las más prístinas sacerdotisas trabajan duro para obtener realización personal e independencia económica; sin dejarse amilanar por ser tildadas de adolecer de aplazamiento en otras áreas de la vida. Llevan, con la frente en alto, sus mores maiores, retirándose a su resguardo particular tan pronto terminan de ejecutar sus funciones como miembros activos de una comunidad; siendo personas muy privadas, no se niegan el sentir empatía y acoger a sus semejantes cuando necesiten de ellas. Sencillamente, están abiertas a lo que acontezca, no tienen miedo de dar, y mucho menos, de amar.

La sociedad de hoy en día también conmina a sus mujeres a olvidarse un poco de su feminidad, lanzándolas a competir fieramente por el logro de metas que de suyo les pertenecen, alejándolas, si es caso, de sus moradas y familias. Por eso es preciso recordarles que si bien son individuos del siglo XXI, nunca descuiden la preservación de su natural condición de guardianas del calor de sus respectivos hogares, en los que su toque personal les da la connotación de seguridad y dicha doméstica que tanto se anhela y añora. Hagamos votos para que las Hestias no desaparezcan, sino que mejoren y se adapten a las necesidades de los nuevos tiempos, pues por más avances tecnológicos con que se cuenten, el ser humano no debe prescindir de tener a su alrededor ese hábitat entrañable que sólo ellas pueden proporcionar, que brinda el adecuado respaldo para poder desarrollarse integralmente en aras del progreso propio y del aporte que debe entregarse a quienes lo rodeen.

 

Bibliografía

  • Julio Cortázar. “Casa tomada”. Biblioteca Virtual Ciudad Seva.
  • Ricardo Chica Gelis. “La culinaria popular cartagenera en la mesa de fritos. ¿Debe acompañarse la carimañola con una copa de vino?”. En: Trans-formación.
  • Revista de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas. Universidad Tecnológica de Bolívar. Número Dos. Diciembre de 2006. Cartagena.
  • Rafael de Penagos. Exposición “La Eva moderna”. Colecciones Mapfre. Cartagena. Enero de 2007.
  • Margarita Posada Jaramillo. De esta agua no beberé. Bogotá. Ediciones B. I Edición. 2005. Pp. 49-53, 279.
  • Norma Liliana Ruiz. La mitología griega en la identidad de género.

 

Notas

  1. Wikipedia, la enciclopedia libre.