Letras
Reclamo oficial

Comparte este contenido con tus amigos

En la obligación me veo de escribir, pues encuentro el colmo que no me hayan avisado nada. “Concurso de cuentos chilenos”, eso fue lo que leí aquella tarde en el periódico. ¿Qué hice entonces? Cambiarme de gafas (para ver de cerca) y escribir. Pensé: soy una vieja con experiencia, ¿qué tendrían los otros cuentos mejor que el mío, esos lampiños pergenios que se las dan de escritores? Nada. Este concurso es mío.

Es por eso que me dirijo a ustedes, estimado consejo (aunque en realidad no sé qué tan estimado), para decirles que me parece inadmisible que a una anciana como yo se le falte el respeto de esta forma.

Les contaré pues mi historia, lo quieran o no y la lean o no.

Después de ver el aviso en el diario y llenarme de ilusiones, decidí hacer el cuento que pedían basándome en Talagante. Sí, yo pensaba: “Un cuento bien patriota de mi tierra, nadie me la gana”. Es por eso que decidí, ya dándome por ganadora, pensar en qué iba a invertir el dinero del premio. Después de barajar varias opciones decidí comprarme, con el premio ganado, una máquina de coser para así instalarme con un negocio de costuras y de paso no estorbar más a mi marido e hijos. Sí, con esto les quiero decir que aparte de no darme el premio, han perjudicado a mi familia.

Bueno, ilusionada con mi negocio, hasta le puse nombre. Se iba a llamar “Doña Nora Costuras”. (¿Bonito, no?). Mientras esperaba el llamado o carta que me anunciara mi flamante victoria, hice el cartel de mi negocio y afiné los últimos detalles.

Esperé y esperé. Cada día esperaba con más paciencia (contrariamente a lo que alguien pudiera pensar), mi ilusión crecía ya que pensaba: “Voy pasando etapas, eso debe ser”, y bueno, pasaron seis meses... ¡Y nada!

Agarré pues el teléfono (indignada) y me comuniqué con ustedes. Me atendió una agradable señorita, la cual con un dulce tono de voz osó decirme: “Señora, lo siento. Usted no pasó la primera fase”. ¿Se imaginará esa “señorita” que cada vez que sonaba el teléfono en esta casa yo contestaba “¿Gané?”. No. ¿Cierto?

Le dije que era una falta de respeto porque era indiscutible que yo debía ser la ganadora del concurso. Yo sé que fui la mejor, no necesito leer los demás cuentos. Y ustedes también lo saben. Quizás fui la única señora que se atrevió a escribir. Bueno, ese no es el punto ahora. Seguiré entonces con mi historia.

Luego del llamado telefónico, pasé un par de días en estado de “shock”, como le dicen ahora. Pensaba en el pobre Lalito (el personaje principal de mi OBRA, por si no se acuerdan), ¿o creían que le iba a poner Pepito? No. ¡Pobre Lalito! Cada historia tejida, todos sus años contados, su esfuerzo, sus momentos de drama (muy buenos por lo demás) todo se convirtió en nada, en una escoria. En un simple pedazo de papel con tintes tristes, en vez de una obra de arte plasmada en hojas.

En fin. Luego de una semana me llegó una carta a la casa, era de parte de su “prestigioso” periódico. La abrí con mucha ansia, ¡el corazón me latía a mil! (¿se dan cuenta de que también me podrían haber matado de un infarto? El preinfarto ya lo tuve). Mientras mi corazón se enloquecía, mis manos transpiraban y mis piernas se doblaban, y yo pensaba: ¡Sí!, se arrepintieron, se equivocaron. Pero no. Desdicha la mía al leer esas vacilantes líneas. Me decían con mucha escrupulosidad que no había clasificado a la primera fase. ¿Cómo se les ocurre avisarme a esas alturas? ¡Que desconsideración! Más encima con una carta tan formal y bien presentada, era para ilusionar a cualquiera con que era una comunicación del inminente logro.

Deseo entonces contarles esto, que ya es más historia que la anterior misma, para que sepan que han dejado una herida en mi mente, en mi alma, en mi familia, pero principalmente en mi bolsillo.

Señores, como que me llamo Nora Ramírez Lazo que yo no me daré por vencida, a ver si para el próximo concurso no me juegan tanto a las escondidas.

Les aprovecho entonces de invitar a mi negocio, queda ubicado en avenida Libertad trescientos ochenta. Ahí está, bajo el mismo letrero antes descrito y sin una máquina de coser. Máquina que gracias a la incompetencia de ustedes señores. Sí, no pongan esa cara. Gracias a ustedes no tengo. Me quedo aquí entonces, desilusionada y gastando mis dedos y poca vista cosiendo. Pero no me arrepiento, pues como dijo Oscar Wilde: No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.

Y yo, lo tenía.

Post-data: Reconozcan que mi redacción es realmente admirable.

Post-data 2: Si me gano un premio a la mención especial pueden enviarme una carta a: Toro Reyes 45, Barrio Escocés.

Se despide atte.

Nora Ramírez Lazo.