Letras
Tres poemas

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La pequeña gigante

La pequeña gigante
recorre las calles del planeta
como un Heraldo furioso
en busca del eslabón perdido
de aquellos guerreros cósmicos.
Despierta
como el movimiento de un coro de edecanes,
donde la suma sacerdotisa
lee aquel decreto
donde los sueños se concretan en los adoquines
en las calles cerca del río.
La pequeña gigante
se levanta con el murmullo de las hormigas urbanas,
que va tejiendo el manto de esas noches de alquimia
en el sueño de un rinoceronte,
donde la jaula se eleva
como las risas de los niños en las calles de París.

 

Los bailes del bombillo rojo

Los chicos del barrio
juegan a la pelota
desafiando a la muerte
que camina en el patio trasero de la vida.
El árbol de la higuera
se levanta en el costal de la vida,
entre el tequila y la foto de Frida Kahlo.
La muerte se espanta
con el resplandor del sol,
en el último aliento de vida
en el momento donde las sábanas
se levantan como el movimiento del mar.
Es el mirar de los pescadores.
Es el juego eléctrico, desafiar a la
belleza imperfecta de esa meretriz
que rompe los moldes de los cementerios
por los rosarios rotos
de los ecos del bombillo rojo
en el mirar de los parroquianos
entre tabaco, sudor, lamentos
del recorrido de los quejidos de la miseria,
en busca de esa cajita china
de las grandes esperanzas.
Es el niño que camina por las calles
de los perros románticos
en busca de esa pelota rota
por el caer de las hojas
en las avenidas frías del plato de la buena fortuna.
En la mirada de lo alto de un cristo
en las distancias del desierto
hasta llegar a las persianas azules
de los mensajes cósmicos del mapa de la amistad.

 

El niño de las botellas en París

El niño de las botellas en París,
no es más que una
hoja arrancada de un libro de poesía,
que va cayendo en las calles de la ciudad luz,
como el viento de ese Padre que jamás
volvió a casa.
Por el llamado de las bombas
al otro lado del río.
Pasa junto  al emporio
los niños juegan a las canicas
durante el cambio de luces,
se tiran oraciones al aire
por los cirios prendidos eternamente.
A veces los poetas se encuentran en un bar
ardiente de ilusiones,
frente al mantel blanco de los mapas
que surcaron los aeropuertos,
en busca de esos versos que entrarán
en la ventana del niño de las botellas en París.
Serán los actores de esa película de Serguei
donde las multitudes corren de un lado
para otro en busca de esa quimera
que enciende la ira del Zar,
frente al plato de lentejas
de la cosecha después de los temporales,
de las sábanas secadas frente al sol,
donde toco el piano
por ese fantasma del padre muerto,
que me hace gritar en lo alto de una montaña,
para que oiga mi eco al otro lado del mar,
donde los barcos caen en el precipicio del silencio como el llanto
de un gallo que dejó de cantar,
delante de la cocinera
que sirve la comida en el atardecer de esa pintura
que hace girar los muros
en distintas direcciones.
La nieve cae como plumillas
de cebollas en los techos ardientes
del niño de las botellas en París.
Las luces rojas de la puerta
de la entrada al camino
surcado por las botellas quebradas
en el intento de hacer un poema.