Letras
El llanto de Rosita

Comparte este contenido con tus amigos

¿Cuándo vendrás, hijo? Hace once años que te fuiste y nunca te he vuelto a ver. Aun así me dices en tu carta que mi tristeza no es porque estés lejos de mí, en un país extranjero, cuando eso es lo peor. No sé por qué situación estarías pasando cuando me escribiste, tal vez tengas demasiadas cargas de trabajo y sé que vives en un mundo muy diferente al nuestro. Tu carta, que tanto había esperado, me hizo llorar toda una mañana. Clamé a Dios, pues no sólo me dices que abandone la ilusión de verte, también me quitas uno de mis pocos consuelos: escribirte mis sentimientos. Siempre dije que no dejaría de hacerlo para así poder mantener el fuego de este amor encendido a través de las cartas, pero, de acuerdo a lo que me prohíbes, no sé cómo voy a escribirte de ahora en adelante. No volveré a hacerte preguntas, pues me pides que no las haga, también tendré que eliminar las palabras “tristeza”, “dolor en mi corazón” y todas las demás frases con que expreso mi angustia. Según tú son cursilerías de telenovela. ¿Qué tienes ahora contra las telenovelas? Cuando tenías doce años te sentabas conmigo a ver “La esclava”; pero no conociste “El derecho de nacer”, esa la oí por radio cuando yo era jovencita, y me di cuenta de que no hay nada más bello que el encuentro de un hijo con su madre. Claro, parece que tú ya no quieres encontrarte conmigo, pero me queda el derecho a defenderme. No es cierto que en tus recuerdos de niñez siempre viste una madre llena de amargura y sin sonrisas. Para ti sí hubo sonrisas. Tú fuiste el que trajo la alegría a mi vida. Te sentaba en mis piernas para pintar flores en unos vestidos que después vendía. Lo hacía a la luz de un candil de petróleo que echaba un humo negro y denso. Te daba asma o tosías, pero no había con quién dejarte y el dinero hacía falta. Mirabas los colores y deseabas embarrarte. Tal vez debí permitirlo. O dejar que entraras a la herrería de tu abuelo. Ignoraba cuánto te gustaba la luz de la fragua y temía que te quemaras. Perdóname, no fui esa madre que tú querías que fuera. Ahora es que vengo a saber como tú me veías. Que te molestaban las ropas negras que llevé durante siete años como luto por la muerte de mi madre. Me culpas de que nunca aprendiste a bailar, que te hiciste arrítmico, dices, porque yo prohibí la música en esta casa, y sólo se oían mis quejidos “como una flauta desafinada y con gripe”. Qué manera de burlarte de mí, hijo querido, en esa carta donde también te niegas a recibir mis consejos. Ya no trataré de aconsejarte, pero, si lo admites, usaré la palabra “meditar”. “Medita” sobre tus sospechas y acusaciones contra ese Siervo de Dios que siempre ha predicado lo que dice la Biblia, él habla muy bien de ti y le cuenta a muchas personas cómo estrenaste el baptisterio nuevo, pues no querías iniciar tus estudios universitarios en La Habana sin antes recibir ese sacramento. Aquel fue un día en que sentí la bendición de Dios muy cerca, aunque cada vez que ese Siervo de Dios habla parece que el Espíritu Santo nos toca en la frente. No faltamos ni un solo domingo. Precisamente estábamos escuchándolo cuando a tu papá le empezó un dolor atrás. Tuvimos que salir antes de terminar el culto. Al llegar a la casa decidimos ir al hospital. Pero antes él cogió un cubo de agua (el tanque estaba casi vacío) y al sacarlo el dolor le aumentó tanto que por poco se cae y tuvo que soltarlo. Corrió a acostarse y no podía ni estar sentado. Yo no sabía qué hacer, ya sabes que no puedo levantar nada por mi problema de salud. Lo vestí acostado. ¡Qué falta nos hiciste en ese momento, hijo! En esta situación oramos y pedimos la ayuda de Dios. Me sentí muy desamparada. Llamaron a la puerta, salí y vi que era Nilo. Él me ayudó a sentar a tu papá en la cama. Tuve que darle un caldo con mis manos, pues no pudo comer con las suyas. Luego fui a un teléfono público a llamar a Miguel o a Pablo para que fueran para el hospital a esperarnos; pero también había el problema del transporte, como ya sabes aquí los taxis se acabaron y las guaguas pasan cada cuatro horas. Hablé con el vecino de al lado, donde guardan un carro. En ese momento llegaba el dueño y nos llevó al hospital. El médico dijo que era una sacrolumbalgia, le mandó reposo, calmantes y calores. Estuvo más de una semana dándose los calores con una almohadilla eléctrica que Chelo me prestó. Dicen que eso puede durar mucho, pero gracias a Dios ya está bastante mejor, casi bien, y ya monta en la bicicleta. El año pasado yo tuve sacrolumbalgia, pero a mí me duró dos meses. Es un dolor terrible que coge la pierna y cuesta mucho caminar. Tu papá todavía está tomando de las vitaminas que nos mandaste y cuidándose de no hacer fuerzas. Le doy gracias a Dios por la ayuda de los vecinos. En esos días en que reposó yo hice todo, buscar los mandados y hasta cargar algunos cubitos de agua, pues el acueducto no funcionó. Para llenar el tanque se necesitan sacar del pozo por lo menos treinta cubos de agua, pero sólo me alcanzaron las fuerzas para llevar tres a la casa. Dos para bañarnos y uno para fregar los platos y tomar agua. La soga me peló la palma de las manos, tu papá sufría de verme así. Yo creo que hacían falta por lo menos cuatro cubos, pues una madrugada me levantaron los gritos de desesperación de la puerquita que estamos criando en el patio. Es para cuando tú vengas asártela y hacerte una fiestecita. Yo le puse “Rosita”. Se le había acabado el agua, y ahí me tienes, todavía a oscuras, sacando un cubo extra del pozo. Ese pobre animal no crece. Lo único que le podemos dar son cáscaras de plátano. Pero se las come de tres o cuatro mordiscos y sigue gritando de hambre. Me he pasado horas en el patio acariciándole la cabecita a ver si se le olvida lo vacío que tiene el estómago. Si yo me acostumbré a comer poquito “Rosita” también puede. Tu papá me regaña, dice que hay que matarla y comérnosla, que no es justo que sufra tanto ese animal ni que nosotros estemos con la barriga vacía. Pero yo le digo que no, que tú cambiarás de parecer y sí vendrás a Cuba. Entonces tendré que despedirme de “Rosita”, pero te tendré a ti. Hijo mío, yo espero que reflexiones y vengas a visitar a tus padres. Antes pensabas hacerlo. En una carta del año dos mil me dijiste que harías todo lo posible por venir y yo me alegré mucho, pero ya estamos en el dos mil cuatro y no has venido. A veces pienso que esa carta nunca existió y tengo que abrir el sobre y releerla, ver que es tu letra, y así me doy esperanzas, pues por lo menos una vez en tu vida planeaste volver, y a lo mejor esos planes regresan a tu “corazón”. ¿Esa es de las palabras que me prohibiste por ser de telenovelas, verdad? Perdona a tu madre, hijo, no conozco otras. Como te iba diciendo, releo mucho esa carta en que prometes volver. Todo lo que me has escrito lo guardo en tu armario. Al abrirlo y ver la ropa que yo te hacía me pongo a llorar. No te llevaste ninguna cuando te fuiste al extranjero. Paso las manos por ellas y lloro. Si no te las hubiera hecho, ¿qué te hubieras puesto? Por la libreta de racionamiento daban nada más dos camisas y un pantalón al año. Y cuando llegaban había que hacer cola tres días y tres noches antes, sin dejar el lugar ni un momento, porque te lo robaban. Tu tía Isabel y yo nos turnábamos. Mientras una dormía la otra hacía cola. Nunca se nos fueron esas dos camisas y ese pantalón. Pero eso no alcanza, se te gastaban, y por eso te hacía ropa con pedazos de poliéster. Como la mayor parte del tiempo la paso sola en alma, después de cerrar tu armario abro el canastillero de María del Carmen, tu hermanita, la niña que se nos murió a los cuatro años de hemofilia. Recuerdo que tú le mirabas sus ojos tan verdes, el pelo rubio, y te gustaba besarla. Te dejábamos a veces, pero era tanto lo que amabas sus ojos y su pelo que había que apartarte, casi la ahogabas con tus besos. Siempre fue muy pálida, por encima de lo bonita se le veía lo enferma que estaba. La última hemorragia le dio cuando estaba jugando contigo en el patio. Corriste y te abrazaste a mis piernas temblando. Sentí en mi corazón que algo terrible había pasado. La niña estaba tinta en sangre. Por muchas transfusiones que le pusieron no se salvó. Tan chiquita ya sabía lo que era estar viva, y me decía que quería vivir. Tuve la esperanza hasta el ultimo momento de no perderla, pero el Señor se la llevó y su sabiduría es más alta que todos nuestros dolores. A esa niña también le hice toda su ropa con mis manos. Desde los pañales y los gorritos de estambre rosa, hasta sus falditas de poliéster, esa tela que odias por barata. Pero es que nosotros no teníamos ningún familiar en el extranjero que nos mandara ropa, y mejor que nunca lo hubiéramos tenido, porque el que ahora tengo eres tú. Ah, no, también está mi primo Arnold en Estados Unidos, pero con ese nunca se pudo contar. Por cierto, si eso no te perjudica, te voy a mandar la dirección a ver si puedes localizarlo. Él, además de que siempre ha sido alocado, ahora es un borracho perdido. Dicen que dejó el trabajo y anda deambulando por las calles de Miami. Imagínate que le pase eso a una persona de mi edad, tiene sesenta años como yo, y todo por bromista. Fue en el año mil novecientos sesenta y uno. La revolución acaba de triunfar y pasaron marchando unos milicianos. Él se burló diciendo: “Un, dos, tres, cuatro, comiendo mierda y rompiendo zapato”. Total, que eso le costó la cárcel y tener que irse a Estados Unidos como refugiado político. Su mamá, que tiene cien años, no deja de llorar por él. La entiendo. A mí no hay un día en que no se me salgan las lágrimas lamentando tu ausencia, la falta de noticias, o las noticias a medias. Sé que te tratas con un psiquiatra, pero no me has querido decir el motivo. Hijo, ¿cómo es tu problema de los nervios? ¿Cómo se manifiesta? ¿Es depresión, ira o insomnio? Aquí nunca tuviste crisis de los nervios. Quién sabe cuántas amarguras tengas que no me quieres decir. Y a eso se añade que en el país donde vives han sucedido cosas terribles en los últimos tiempos. Inundaciones, temblores de tierra... Y nosotros aquí, muriendo un poquito más cada día, sin saber nada con exactitud, pues cuando creemos que estás en un lugar estás en otro, ni siquiera tenemos un número de teléfono por si se presentara una urgencia, y pienso que es posible que muchas de las cartas que te hemos mandado se hayan perdido. No sabemos si recibiste un telegrama de felicitación por tu cumpleaños. Y así pasan los días y nosotros orando y esperando. Este año sólo hemos recibido dos cartas tuyas. Las dos malas. En la más reciente eres muy duro conmigo; y la anterior, la anterior es tan triste, tan triste que me llegó muy hondo, causándome mucho dolor y sufrimiento, por todas las cosas que te sucedieron este tiempo que acabas de pasar desempleado. Hijo querido, tú no mereces haber sufrido tanto. Dormiste en un parque, en el metro, en la casa de no sé cuántos amigos. Hace días deseaba escribirte, pero presentía que ya no era la misma dirección. Lo corroboré cuando llegó el telegrama. Te acordaste del cumpleaños de tu padre, ya son sesenta y tres años, ya nos vamos poniendo viejos. Te decía en la carta que nunca mandé que nos vamos a retratar para enviarte la foto. Y que si se podía enviar sin certificar. Dijiste que las cartas tenían que ser sin certificar, pero yo pienso que una que lleve foto debe ser certificada. Te vas sorprender de cómo somos. No te asustes. Tu padre está blanco en canas. Lo conocí rubio y ahora tiene los brazos casi negros de tanto sol que aguanta. Pedalea veinte kilómetros diarios para llegar al trabajo y veinte para regresar. Está flaquísimo. Yo creo que lo hace para entretenerse y no oír mis quejidos de “flauta desafinada y con gripe”, como dices, porque en realidad lo que gana no alcanza. Son diez dólares al mes. Habíamos vivido del dinero que tú nos mandabas; pero en estos meses que te quedaste desempleado vivimos del sueldo de tu papá, esos diez dólares que sólo rinden para comprar la cuota de la libreta de arroz y frijoles y una botella de aceite, cebollas y ajos en el mercado negro. Las cáscaras de plátano de “Rosita” las trae del basurero del comedor de su trabajo. Le pregunté si en la foto que pensamos tirarnos poníamos también a “Rosita”, que lo quiere muchísimo a él. Para mí que adivina que es el que le trae la comida. Bueno, pues no quiso, tiene miedo de que pienses que estamos locos si nos retratamos con un animal. Ya hablé con Chicho, el fotógrafo, y dentro de un mes nos retrata. Es que hay mucha gente que quiere retratarse, nos tuvimos que poner en una lista que maneja Clotilde, su esposa. ¿Te acuerdas que antes nos sacábamos las fotos en el estudio de la calle Libertad? Pues ya es como si no existiera, siempre les falta algún material, explican que el gobierno no se los manda, y nos dicen: “A ver si el mes que viene se puede, compañero, dense una vueltecita”. Pero hace años que es inútil ir. Yo no sé como es que Chicho consigue las cosas para tirar fotos a escondidas en la barbacoa de su casa. Según tu papá se las roba. Al principio tenía miedo de que tirarnos esa foto fuera un pecado, porque dice la Biblia que uno no debe robar ni tratar con gente que roba; pero también leí que lo más grande es el amor, así que como lo hacemos por amor a ti me decidí a ir con Chicho. Nos verás muy mal en esa foto. Él hecho un cadáver prieto de tanto sol, y yo hecha un cadáver blanco y pálido, porque no salgo de la casa. Avísame por telegrama si no quieres que mande esa fotografía, porque lo único que me pides en realidad es que escriba mis memorias. ¿Pero cómo se te ocurre eso, querido hijo? Tu pobre madre no tiene nada interesante que contar, además yo no tengo talento ni me gustaría escribir mis intimidades, y tantas cosas de mí, unas felices, como tu nacimiento, haber conocido a Cristo, haber tenido unos padres que me amaron mucho; y otras muy tristes, haber perdido mis seres queridos, el sufrimiento de tener a mi hijo tan lejos de mí y a la vez tan cerca pues estás siempre en mi mente y en mi corazón. A mí, en lugar de escribir me hubiera gustado pintar. Esos deseos no los pude realizar y sólo alcancé a hacer algunos paisajes. Me iba al río que está por allá, por San Agustín, donde nací, y me quedaba horas pintando cada hojita de los árboles, cada brillo del sol, los reflejos en el agua. Papá se preocupaba de que estuviera ahí sola, pero a pesar de ser un herrero sin letras entendió que era lo que me gustaba. Me compró lienzos, tubos de óleo, pinceles y me inscribió en la Escuela de Artes Plásticas. Ahí conocí a tu padre. Después de eso me casé, naciste tú, murió mi madre, nació María del Carmen, pero también nos quedamos sin ella. Fueron dolores que me duraron años, y ya no hice nada, ni pintar ni mucho menos escribir. Pero en tu papá sí creo que hay un escritor (eso también me hizo feliz, haberlo conocido a él). Yo le digo que yo no sé redactar como él lo hace, pues sabe adornar lo que escribe. En estos días hemos estado revisando todas las cosas que tiene escritas de cuando participó en la lucha contra bandidos en el Escambray, siendo muy joven, y cuando la Crisis de Octubre. Cumplió los veinte años en la costa detrás de un cañón. Cuba estaba rodeada de barcos americanos porque los rusos tenían armas nucleares aquí. Se las llevaron y tu padre se salvó de la guerra que venía. Tiene varias cuartillas, y creo que vale la pena que haga su libro. Y debe de ser pronto. Sería bueno que pudieras estar aquí para que lo ayudaras. ¿No es eso un motivo más para que cambies de opinión y vengas a Cuba? Además él tiene poesías que yo creo que hasta podrías publicárselas. Hubo un tiempo en que pintó, pero ya tampoco lo hace. Lamenta haber llegado a los sesenta y tres años sin haber hecho una exposición personal, pero la vida es de mucha lucha y no hay tiempo casi para pintar. Llega a las siete de la noche, muerto de tanto pedalear, a esa hora se pone a trapear la casa, pues mi problema del corazón no me permite hacer esfuerzos. Comemos todos los días frijoles y arroz, después lava los platos, le pongo agua a hervir, mezcla mitad de agua fría y mitad de agua caliente en un cubo, se baña, coge un libro para leer pero se queda dormido y lo tengo que despertar y llevarlo a la cama. ¿Así quién va a escribir o a pintar? Pero tú sí has podido escribir, hijo querido. Por fin nos llegó tu último libro. Tiene una portada bellísima, está muy bien presentado, y he podido ver que para entenderlo la persona tiene que tener cultura. Y a pesar de que nos alegramos, también nos entristecimos. Nosotros te amamos con la vida y el corazón, no queremos herirte con nada, pero me ha llegado muy profundo eso de tu ficha biográfica donde dice “escritor mexicano de origen cubano”. Yo pensaba que eras escritor cubano que radicaba en México. Tal parece que no sólo te niegas a verme a mí, a Cuba, sino que quieres olvidar lo que eres. Tal vez tengas razón, esto es feo. La casa tiene un techo de fibrosen sostenido por palos torcidos. La calle es polvorienta, la gente se la pasa sentada en la puerta, sucios, llenos de sudor, sin nada que hacer, la sequía mató los jardines. El único tema de conversación es la comida, todos tienen hambre. Muy horrible comparado con los momentos buenos que has vivido afuera, pues si bien es cierto que tuviste que dormir en el metro, ahora ya tienes trabajo otra vez. Por las fotos que mandas se ve que en tu casa todo es nuevo, que tomas vino en copas. Aquí jamás ha habido una copa y mucho menos vino tinto. Cuquito, mi sobrino, se emborracha con alcohol de farmacia. Pero no te engañes, no creas que eres mexicano, o norteamericano si algún día decides irte para allá; no te engañes, eres este polvo que flota en el aire, esa gente con la barriga vacía y dolor en la cabeza, los chillidos de hambre de “Rosita”, que te espera para que te la comas y acabar su infierno en este mundo. Eres también el río en que te bañabas cuando eras niño, los barcos de papel que echabas a navegar en las corrientes cuando llovía, y muchas otras cosas felices que te pasaron en Cuba. No eres mexicano, y eso de “origen cubano” suena tan mal que no parece que se refiere a un escritor. Nosotros pensamos que mejor hubiera sido: “Nació en Holguín, Cuba, en 1968”. Otra cosa respecto a la ficha biográfica. Veo tristemente que se te olvidaron tus dos libritos editados aquí. “La pradera”, Premio de Literatura, 1986, y “Aguas”, Premio de la Ciudad, 1988. Por cierto que “La pradera” tiene un prólogo muy bueno de Fernández del Real. También te dieron menciones nacionales de literatura aquí. ¿Por qué están ausentes esos datos de tu último libro? ¿Qué pasó, hijo querido? Yo amo esos libros tuyos. Tus primeras publicaciones tienen para mí un gran valor. ¿Y para ti? Empiezo a pensar que no, y eso me da miedo. Si ya no te importa lo que escribiste aquí, ¿te importará Cuba?, ¿te importará ver a tus padres? Ya falta muy poco para que se cumplan doce años de no vernos y todavía sigues diciendo que no puedes venir. ¿Acaso tú no confías en Dios? Para Él no hay nada imposible. ¿No tienes deseos de ver esta tierra que te vio nacer y donde hay tantas personas que te amamos y deseamos verte? ¿Por qué tienes tanto miedo a venir? Dios quitará todos los obstáculos que puedan presentarse. Conozco a personas que han ido al extranjero a trabajar por un contrato y se han quedado sin permiso del gobierno cubano, y, sin embargo, ya han vuelto a ver a su familia. Hijo, querido, yo te ruego, te suplico que vengas a vernos. Estoy muy mal de salud, son muchas las enfermedades, así me es imposible hacer un viaje hasta donde tú estás. No sigas con eso de que somos nosotros los que tenemos que ir a verte, pues tú no estás en condiciones de solventar ese gasto. Pero puedes venir si te lo propones. Yo no quisiera irme de este mundo sin volverte a ver. Tal vez ni eso te importe, pues en esta carta tuya sólo hay dureza, no ofreces ningún camino, es como si hubiera que quedarse sentado cruzado de brazos sin siquiera tener la posibilidad de lamentarlo. Para colmo muchas de las palabras no son tuyas, sino de ese libro que se llama “Consolación a Helvia”, de un tal Séneca. Yo quisiera que cuando me escribieras pongas lo que sientes en tu corazón, sí, en “tu corazón” (como le decía Mamá Dolores a Albertico Limonta en “El derecho de nacer”). He podido ver mucha falta de amor en esa carta. ¿Qué te ha pasado, hijito querido? Si supieras cómo estamos tal vez vendrías a vernos. No sólo tu padre y yo, sino tu familia del campo. Allá en San Agustín la casa se les derrumbó completa. El gobierno les hizo tres cuartos con bloques, techo de hojas de cartón con brea y piso de tierra. Es el refugio de mi hermana Palmira, cuadrapléjica. Su hija Gaudelia lo único que hace es parir y parir, de cualquiera sale embarazada. La otra, Auristela, sigue llorando la muerte de su esposo y criando como puede el hijo que le dejó. Palmira dicta todos los días cartas para mí y las manda con el lechero. Quiere que le juguemos un número en la charada, aunque sabe que eso está prohibido. Yo le contesto que sí le aposté al que ella me dijo pero que no tuvo suerte. Dicen que se pone a llorar, pero no me queda otra solución. Quiero ver si tu papá le puede hacer una reja porque los puercos se meten hasta la cama y la huelen, y ella no puede apartárselos, y con sus hijos y sus nietos ni contar. He tratado de salvarlos invitándolos a la iglesia para que cambien de vida. Y por lo menos dos de ellos me hicieron caso. Rubiel y Auristela nos acompañaron en la Celebración Evangélica. ¡Si hubieras visto! Las calles se inundaron de cristianos cantando alabanzas a Dios desde la Avenida de los Álamos hasta la plaza San Isidoro. Quería que esa alegría contagiara a Auristela, que desde que enviudó hace diez años no hace más que amargarse. Empezaron a cantar: “En el altar de Dios el fuego está encendido”, y yo miré a Auristela para ver si por fin se alegraba, pero estaba llorando. La sacamos de la procesión, la llevamos a una calle solitaria, y empecé a preguntarle la causa de aquel llanto. No me respondía nada y seguía lagrimeando. Entonces le gritamos a coro tu papá y yo, y ella se quitó de la oreja el aparato de la sordera, y nos enseñó la pilita. Se le acabó lo que quedaba de carga desde que salimos de la Avenida de los Álamos, y dijo que los gritos más fuertes los oía como susurros. En las farmacias no hay pilitas de esas, a ver si allá en el extranjero tú puedes comprarle una, porque la pobre está más sorda que una tapia. Tuvimos que regresar. En la calle me estaba esperando Alexis en su silla de ruedas. Tu papa por poco se muere de la rabia, pero se la tragó y se metió a la casa con los demás. Sabe que no me puede prohibir hacer el bien al prójimo. Y es que a Alexis le crecen muchísimo los pelos de la nariz, no puede mover los brazos, la mamá se la pasa toma y toma alcohol el día entero y con la musiquera del radio a todo dar: no deja vivir a nadie. Pero bueno, la cuestión es que no le corta los pelos de la nariz a Alexis ni ningún vecino quiere hacerlo. Sólo yo con aquella tijera vieja que era de tu abuelo. Le hablo a ver si se alegra y le cuento cosas. Pero tiene la mirada perdida y los brazos y las piernas como dos huesitos secos. Hace ya quince años que la policía le dio el balazo en la columna vertebral. Él estaba encaramado en la tapia de la escuela de enfermería mirando a las muchachitas bañarse, lo confundieron con un ladrón, le gritaron “entrégate”, pero salió corriendo y le dispararon. Terminé y lo llevé con su madre, que estaba baila que baila sola. El resto del día no pasó nada que contarte. Auristela y Rubiel se quedaron para dormir en nuestra casa, pues no hubo ningún transporte para el campo donde ellos viven. Auristela no habló porque no entendía lo que le decíamos, Rubiel sólo respondía con “sí” o con “no”. Para mí que ese muchacho es medio bobo, a lo mejor heredó el retraso mental de Mundo, el hermano de tu abuelo que le dio por operarse donde quiera que le daba un dolor. Hasta que le cayó mal un potaje, le dieron cólicos, y ahí mismo se entró a puñaladas. Ojalá a Rubiel no le dé por esa manía de querer operarse él mismo. Le regalé un Nuevo Testamento para niños, de esos que traen caricaturas de Judas Tadeo, Jesucristo y otros personajes. Tu papá se durmió, y como yo no tenía nada que hacer ni con quién hablar me puse a releer tus cartas. Encontré una en la que me di cuenta de que eres muy observador. Recuerdas tus últimas vacaciones universitarias. Tú estabas en el patio y yo también. Me mirabas, pero yo no lo sabía. Dices que te sorprendió la pequeñez de mis manos y la suavidad con que se movían entre las flores, y que de cuando en cuando yo te miraba y hacía una sonrisita de “...sé que estoy haciendo algo de niña pero me da pena que mi hijo me mire”. Pues bueno, de las flores que me hablas te diré que si era la mata de pascua floreció una sola navidad y se secó. Desde entonces no sembré más flores. No podía cargar a tu padre con más cosas. El acueducto nada más funciona uno o dos días a la semana y todo hay que sacarlo con soga del pozo. Él hubiera tenido que trabajar más. Aunque de todas formas cada día es peor. Desde el lunes (y hoy es domingo) se fue a los campos a ver si cambiaba una camisa de mezclilla por comida. Se nos acabó la que dan por la libreta. Yo me la he pasado con cocimientos de hojas de naranja, pero a “Rosita” no le gustan y ese pobre animal ya está ronco de tanto llorar de hambre. Quise que por lo menos estuviera limpio el lugar donde vive y entré a barrer y cuando iba a la mitad me sentí una pierna mojada. Me miré. Estaba llena de sangre y la sangre salía de forma horizontal. Yo estaba sola en la casa con Dios. Traté de ponerme la mano, pero casi no podía. Tuve que dar la vuelta a la casa, entré por la cocina, y me senté a la mesa de comer. “Rosita” se escapó del corral y me siguió hasta aquí. Entonces llamé a Isabel, le grité lo que me pasaba, pero no oyeron nada, nadie vino. La puerquita empezó a lamerme la sangre y así se me estancó. Después me hinché. No puedo caminar ni mis gritos salen de la casa. Tendré que esperar que tu papá vuelva. Ya es mucho tiempo para cambiar una camisa por frijoles. Ojalá no le haya pasado nada. Mientras tanto me he puesto a contestar tu última carta, hijo querido, para pedirte, para suplicarte, que vuelvas a Cuba a ver a tu madre y a tu padre, y para que te comas a “Rosita”, que me rompe el alma de tan flaca que está. Estos tres días se los ha pasado junto a mí, mirándome y llorando. En los ratos que se me cansa la mano de tanto escribir le hablo, le cuento cosas de mi niñez, de unos misioneros americanos que fueron por San Agustín. Y ella, que no recuerdo el nombre, tocaba el piano muy lindo. Aquel es un pueblo de descreídos. Por eso no tienen prosperidad. Hasta los plátanos se dan enclenques. Sólo yo acepté el mensaje del Evangelio. Fíjate..., creo que este animal me entiende, porque cuando le hablo me mira. ¿Qué pasará por la cabeza de “Rosita”? No sé hasta cuándo pueda estar consolándola. Cada minuto la pierna se me hincha más, ahora está morada y supurando un líquido amarillo y pestilente. Me duele la cabeza y tengo fiebre. Espero que me alcancen las fuerzas para explicarle a “Rosita” que cuando tú vengas ella va a morir. Tendré que consolarla. Será difícil. ¿Quién podría aceptar haber pasado toda la vida sin libertad, con hambre, y después morir de una puñalada? “Rosita” sigue llorando, ahora muy bajito, yo creo que ya no le quedan fuerzas. Y no sé cómo empezar a decirle la verdad, además la fiebre me está aumentando, me duele mucho la cabeza, la vista se me nubla. Bueno, recuerda que te suplico que vengas a Cuba, ya ni sé para qué, no tengo la mente clara, creo que voy a dejar de escribir...