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Poemas

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Las hormigas diligentes
llevan en su espalda repartido
en migas y gajos el mundo
tal vez sea lo único en pie
cuando cedan los andamios de la tierra
y los árboles mueran en temblor de luz.
Las hormigas diminutas que cargan
veranos y pétalos en su afán de viaje.
A nadie entorpece su caminata ocre
y recorren los espacios guiados
por la brújula del asombro.
Mis ojos son sus cuevas milenarias
a ellos llegarán un día seducidas por el fin.
En un segundo ellas pueblan los arcadios
y los radios verticales de la monotonía
y avanzan en sus caravanas festivas
tocan el cuesco de mi corazón y luego
sazonan la tarde en un rincón de la cocina,
a todas partes llevan sus carpas beduinas
yo la veo ir y venir y mientras duermo
ellas arriman en mi cuerpo sus almas de vigía
y hacen festín con las manzanas caídas
de la boca sin aliento de mi hermano.

 


 

Las huestes de los hombres oscuros
llegaron a mi casa de mañana
traían el día convertido en lingotes
venían de no sé dónde, deliraban
habían bebido agua de los páramos
la única estrella que estaba en el cielo
no brillaba, y no encontraban el pueblo.
La nada hervía en sus corazones
y si no fuera por los cerros
esta historia no sería cierta.
Los hombres vestían de negro
habían perdido hasta el sueño
en la cara y en los brazos tenían
rasmilladuras de la muerte.
Nunca entendí menos la vida
nunca antes sentí tanta cobardía
como la vez que se sentaron a la puerta
mascando tabaco y limpiando sus fusiles.
Mientras fueron mis huéspedes
nunca durmieron tenían miedo
preferían corretear púberes
o en la puna lamerse las heridas
la última noche que estuvieron
esperaron en vano ver amanecer
una mano temblorosa borroneó
del iris el brillo de las auroras
y para verse los rostros barbudos
sólo la luz endeble de sus cigarrillos.
Se marcharon no sé a dónde
sus cantimploras estaban vacías,
la casa quedó con su aroma a desventura
y cada vez que me vence el sueño recuerdo
que los pájaros del pueblo nunca se les acercaron.

 


 

Cuando me nombres
en las montañas
se irá vertiendo el alba
con sus chacales heridos.
Cuando me nombres
será lo mismo que
el amor y sus aguaceros
Cuando me nombres
alcanzarán sus sílabas
las víboras de la vejez
y tu corazón tendrá

 


 

El aromo me mira
“de todas las creaturas —dice—
éste está más solo”.
Yo doblo mi cabeza
con sus cuervos de pantano
y no digo nada,
todo el entorno llueve
se arrima en líneas el paisaje
se despluma en albas el gallo
y la sombra con su luz atormentada
baja a las bocas y las anochece.
Yo sólo tengo certeza que giro
que relumbran en mis huesos
las estrellas de la infancia
que suenan las campanas
en el oído de mis muertos
y la calle donde espero
es siempre la misma calle.
De todas las creaturas —digo—
el aromo es el más cierto.

 


 

Alguna vez, madre
la muerte tendrá sueño
caerán sus ojos de nieve
sobre tus dedos inmóviles,
y la bruma con que envuelve
despertará a la sibila vieja.
en vez de ataúdes sobre la costa
habrá una hilera de barcazas.
Tendrá sueño alguna vez la muerte,
chocará el ruido con su magma,
la luz sellará las grietas del alma.
Aflojarán los tornillos del verbo,
la bicicleta del cosmos girará sin pedales.
Se hartará de comer sueños sin huesos,
lloviznará sobre las tumbas abiertas.
Entonces volverás, madre,
despierta como una madrugada,
a la calle donde tu sombra vaga herida,
brillará la luna en tus ojos sin caminos,
vendrás tan feliz, tan alerta,
creerás haber dormido entera
una mañana descansada y sin penas,
te despertará el rugido de la pantera
cuando respira la humedad de la tierra,
irás en romerías con los pájaros a las casas
y te serán amadas pero nuevas las caras,
sentirá la abuela tu voz cascada,
tu aroma a pan recién horneado,
dirá que es hora de poner la mesa
de levantar las cortinas y prender
la mañana en su cocina a leña,
estarán recién pintadas las horas
y lavadas en vísperas las tragedias.
Que algún día madre suceda
la muerte esté dormida y tú contenta.