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El Más Grande

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Después del 30 de octubre de 1974 no supimos más de Renata Baute, la mujer de Tadeo Anzola, mi compadre de sacramento. Ese día el televisor del Bar Renacimiento acaparó la atención de los jugadores de cartas y de los entusiastas borrachines cuyo rito de cotidiana ebriedad administraba atinadamente, con ron y aguardiente de caña, Basil, el libanés. Mi compadre y yo habíamos apostado la cuenta, una vez más, al ganador de la pelea por el campeonato mundial... En Zaire, Foreman y Alí prometían el banquete más grande de la historia en materia de boxeo y, aquí, en este confín humeante y sudoroso, nosotros pretendíamos saber de tácticas, estadísticas y jabs de izquierda en la ilusión casi infantil de transmutarnos en aquellos contendores, por obra y gracia de unas imágenes que parecían extraviarse a intervalos desesperantes en las entrañas del televisor Philco, que reinaba, sin mácula alguna y con sus telarañas circundantes, por encima de las tres mesas de billar.

En los días que antecedieron el combate, Tadeo conversaba fervoroso sobre las cualidades inigualables de Cassius Clay (pocas veces lo llamaba Alí, a pesar de la insistencia de Basil). En el viejo autobús que conducía a diario de Caracas a los Valles del Tuy una foto del ídolo sonriente, luciendo una dentadura a prueba de uppers y rectos de derecha, daba la bienvenida a los pasajeros en un trayecto sinuoso y fresco que solía durar algo más de una hora. Se despedía de Renata cada madrugada y retornaba al final de la tarde con la misma alegría de niño pelotero regresando del Plan de Curaciripa después de haber desplumado a sus rivales, alardeando de su invencibilidad.

Él la conoció como pasajera dos años antes de su desaparición. Abordó el autobús en la Cortada del Guayabo un mediodía extrañamente soleado y lluvioso al mismo tiempo; traía el olor aduraznado de las montañas de San Diego y unos labios de pomarrosa que no tardaron en apoderarse de la voluntad de mi compadre. Ese día Clay venció al catire Quarry en Las Vegas, Nevada, como un gavilán deshilachando un polluelo. Hubo jolgorio en el Renacimiento y ninguna mesonera pudo arrastrar a Tadeo, que aquella noche durmió calculando la felicidad que podría caber en el lado vacío de su cama.

Ella desempeñaba el oficio de enfermera bajo la supervisión del doctor Rotundo Rumazo, un cumanés vivaz, por cuya locuacidad el pueblo le tildara de médico predicante debido a sus célebres reláficas acerca de tenias, vermes y erisipelas con las cuales impresionaba a pacientes hartos de purgarse con sal de higueras y consomé de ajos. Yo llegué a pensar que Tadeo, el autobusero, no conseguiría enamorarla por encima de Rotundo, el cirujano; pero mi compadre demostró ser un peso pesado incomparable en eso de invadir corazones ajenos y rápidamente se hizo de la mejor hembra que subiera a su colectivo jamás.

Compraron una casa en las afueras del pueblo con suficiente espacio para guardar el autobús y hacer los trabajos de mecánica en los cuales era muy ducho Tadeo. Ella comenzó a amarlo con comedimiento, un recato de amor en los límites de la decencia, una entrega medida como quien llena un vaso con temor a derramar el líquido. Después se tornó voluptuosa, en celo interminable, para mi compadre que no era menos... ya no importaba si se derramaba la vida entera... A cada regreso lo esperaba la volúpia de Renata, sabía seducirlo con el juego transparente de sus telas y al final siempre terminaba avasallándolo; vivía en un paraíso y ella era la mejor puta del edén.

Siempre lo quise como alguien muy cercano, una especie de hermano mayor y compañero de buenas y malas. Por eso le pedí que apadrinara a la niña que me parió Auristela... cuando se dispuso a vivir conmigo cansada de escondérsele a Antonio, el español, que soñaba con llevársela para Madrid en un galanteo demasiado espeso para una flaca tan refistolera. Cuando me obsesioné por las corridas de toros e improvisábamos nuestra fiesta brava con los novillos que llegaban al matadero del pueblo, mi compadre que entendía mi sueño, era mozo de espadas, picador y banderillero... por eso no me importaba ser su sparring cuando sacaba los guantes y comenzaba a moverse como un peso pluma a pesar de su porte de samán... un samán cuya sombra era mi resguardo.

La primera pelea de Clay contra Joe Frazier la escuchamos en el radio del autobús; terminamos desconsolados como un par de carajitos sentados en el parachoques tratando de explicar la derrota increíble de Alí. La revancha la escuchamos en un radio-pickup que enchufó el difunto Amílcar Bello en la plaza Bolívar con una luna colorada y licenciosa, exquisita luz para embriagarse en nombre del Más Grande de Todos Los Tiempos. Nos fuimos con una bandada de locos montados en el autobús a celebrar en El Conuco, el único burdel formal y respetado como tal por estos chiribitales, según el negro Macanapo, quien dirigía la tropa con la panza rebosante de cerveza.

Varias veces me advirtió Auristela sobre los misterios de Renata, reparaba en detalles que para mi compadre y para mí nunca resultaron significativos. Para ella era sumamente extraño que ningún familiar la acompañase el día del matrimonio, ni que pariente alguno le dispensara visitas y... sus ojos maliciosos, insinuantes, punzantes como aguijones. Tadeo llegó a confesarme que su mujer excedía con demasiada frecuencia los linderos de la lujuria; pero yo, que conozco sus comentarios exageradamente rimbombantes, se lo atribuía a la falta de discreción que lo caracterizaba cuando el tema eran las mujeres.

Dos inyecciones de vitaminas me prescribió Rotundo Rumazo para el dolor en el cuello que me mantenía con la cabeza rígida como un gallo en la procura. Le pedí a Renata que me inyectara y se me ocurrió ir a su casa a la hora de regreso de mi compadre, al final de la tarde. Ella estaba hermosa y descalza, como siempre, de pelo recogido luciendo displicentemente el vestido de enfermera luego de la jornada. Preparó la jeringa en un tris y pidió que me bajara los pantalones, no entendí el raro pudor que sentí en ese instante pero supo manejarme con un guiño simple, de absoluta confianza. No percibí el dolor de la punzada, sólo sus manos sorpresivas provocando mi deseo, escrutando espacios con sus labios cárdenos, inclementes, dejándome estático, mudo... y me torné impenitente, ordenanza de mi propio cuerpo que privó sobre mi alma y demolió mi fidelidad con Tadeo, quien minutos después hizo sonar la bocina escandalosa del autobús para devolverme a una forzada normalidad, con su abrazo de gladiador romano, sin sospechas, con el cariño más grande de la vida, reclamando a Renata por una sopa de pollo que quiso compartir conmigo, mientras los grillos de la noche comenzaban un canto repetitivo que laceraba mi espíritu y oprimía mi ultrajado corazón.

Zaire era un pedacito de universo, un cuadrilátero iluminado a la espera de Cassius Clay y George Foreman. Mi compadre, inusualmente, se demoró en llegar al Renacimiento y no pudo oír los comentarios de los expertos antes del combate, lo noté un tanto triste, monosilábico al responder... él, cuya locuacidad arropa al mismo Basil y a su incontenible media lengua... Deduje que no había tenido un buen día; fijó sus ojos en el televisor y mientras Alí soportaba en las sogas los golpes de un Foreman embrutecido, nosotros compartíamos una botella de buen whisky, el coraje de Clay bien merecía un escocés. Se fue emocionando a medida que avanzaba la pelea, la estrategia de Alí rendía los frutos esperados y nosotros pedimos otra botella. Pocos se dieron por entendidos cuando Macanapo llegó con el cuento del acuchillamiento de Rotundo Rumazo; el doctor apareció con varias puñaladas dentro del Chevrolet Impala que trastornaba a Julieta Malavé y a otras pacientes consuetudinarias al borde de la hipocondría. Clay ya tenía el control del combate y Foreman era un fardo de músculos sin sincronía alguna, los gritos de Zaire se confundían con los nuestros cuando Foreman cayó como los jabillos de la quebrada si la creciente arremete, constante, voraz, desenterrando sus raíces.

Indudablemente, era una noche memorable para los amantes del boxeo y eso justificaba la rasca colectiva. A mí me tocó cargar con mi compadre convertido en Noé ebrio, llorón y parlanchín. Eran las tres y cinco de la madrugada y en el reloj de mi compadre había una pequeña gota de sangre que me hace temblar de miedo hasta el día de hoy.