Letras
Cosas bellas perdidas

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Si hay algo peor que llegar tarde a tu propia boda es
llegar tarde a la boda de la chica que debía ser tu esposa.

Todo está iluminado. Jonathan Safran Foer.

Me desperté cerca del mediodía y descubrí, sin sorprenderme, que la chica con la que había pasado la noche ya no estaba conmigo. No había dejado ninguna nota de despedida, ningún mensaje de reproche o agradecimiento, ni la forma de poder contactar con ella en una próxima ocasión. Era un milagro que me acordara de su nombre, Carla, aunque su rostro ya había empezado a desdibujarse en mi memoria. No era ninguna desgracia saber que no la volvería a ver.

Me estiré entre las sábanas con indolente satisfacción, y mientras invocaba las fuerzas necesarias para dar el salto y comenzar un nuevo día, intentaba recordar los acontecimientos de la noche anterior. Los gestos, palabras y situaciones que conseguía recordar me parecieron irreales, como si pertenecieran a la vida de otra persona y yo los hubiese contemplado, sin demasiado interés, proyectados sobre el espacio blanco del techo de mi habitación. Notaba la cabeza pesada por el alcohol que había ingerido y nada más levantarme me metí en la ducha para despejarme. Al salir, me puse una toalla alrededor de la cintura y, así como estaba, fui a la cocina y saqué el cartón de leche de la nevera y bebí directamente de él. Ese fue todo mi desayuno. En el fregadero aún estaban las copas con las que habíamos brindado antes de ir a la cama, y sobre la mesa en la que suelo comer había una botella de champán medio vacía (o medio llena). Vaya desperdicio, me dije. Cogí la botella y derramé el burbujeante líquido amarillo por el desagüe de la pila de fregar.

Después de vestirme salí a la calle y empecé a caminar sin rumbo. Era sábado y no tenía ningún sitio adónde ir ni nada especial que hacer. Se me ocurrió que tal vez podría llamar a algún amigo y dejar que fuera él quien decidiera lo que podíamos hacer. Entré en una cabina y marqué el número de Toño, pensando que seguro que a él le gustaría conocer los detalles de la noche con Carla, pero aunque dejé que el timbre sonara varias veces, nadie descolgó. No insistí. Imaginé que seguramente aún estaba durmiendo y no se levantaría hasta la hora de comer.

Regresé a casa. Mi intento de dar un agradable paseo matinal había sido un fracaso. Antes de encerrarme de nuevo en mi habitación para volver a leer los comics que siempre leía, miré por casualidad en el buzón de la entrada. Nunca lo hacía porque nunca había nada, todo lo más algún anuncio publicitario o alguna factura. Me sorprendió ver un sobre en su interior. Abrí con la llave el buzón y comprobé que se trataba de una carta de Elena. En cuanto leí su nombre escrito con bolígrafo azul en el remite me eché a temblar. Supe que sólo podían ser malas noticias.

“Perdona por no haberte escrito hasta ahora”, escribía Elena, “pero pensé que sería mejor para ti que no lo hiciera durante un tiempo, y al final, sin darme cuenta, ha pasado casi un año”. Después de leer este encabezamiento de pie en el recibidor (había roto el sobre nada más entrar en casa, sin quitarme la chaqueta ni descalzarme como siempre hacía para ponerme cómodo) fui a la habitación y me senté sobre las sábanas de la cama sin hacer. La ventana estaba abierta y el viento hacía ondear las cortinas, y por ella entraba a ráfagas el aire perfumado de la mañana de mayo. Tenía en las manos las dos hojas de la carta de Elena y el pulso me temblaba al sujetarlas. Reconocí su caligrafía femenina, con el punto de la i que era un círculo sin cerrar y las líneas de las consonantes que subían y bajaban como notas en una partitura. Cerré los ojos y respiré profundamente para coger fuerzas antes de continuar con la lectura:

“Espero que después de todo este tiempo que ha pasado no sigas guardándome rencor. Aunque no sea ese el motivo de esta carta, me gustaría volver a decirte que nunca pretendí hacerte daño, sólo que las cosas no siempre son como uno desea y a mí me resultó imposible no hacértelo. Me hubiera gustado evitarlo, hacer que las cosas fueran más sencillas, pero no pude. Aunque no lo creas, tú mismo y cualquier otra persona hubiera hecho lo mismo. Hay cosas a las que, sencillamente, no puedes resistirte. Es duro, pero es la verdad. Lo queramos o no, en eso consiste la vida: unas veces nos hacen daño, otras, somos nosotros los culpables.

”Me gustaría que estos meses que han pasado hayan servido para cerrar esa herida. Puede que incluso hayas rehecho tu vida y que estés con alguien. Ojalá sea así. Nada me gustaría más que saber que eres feliz junto a una persona a la que quieres y que te corresponde. Sinceramente, creo que te lo mereces más que ninguna otra persona en el mundo.

”Pero si te escribo esta carta no es sólo para desearte lo mejor. Hay algo que creo que debes saber, y te lo tengo que decir yo. No me gustaría que lo supieras antes por boca de otra persona, ya que más tarde o más temprano te enterarías y tendrías un nuevo motivo de reproche que hacerme. Creo que con uno ya es más que suficiente.

”La noticia que te tengo de dar es una de esas noticias que no se pueden ocultar demasiado tiempo. Y es una buena noticia: me caso. Todavía me cuesta decirlo, y al verlo ahora escrito en el papel me sigue resultando extraño. Sé qué parece increíble —al principio ni yo misma me creía lo que iba a hacer— pero ya está todo decidido y a finales de este mes será la boda, una ceremonia sencilla en el ayuntamiento y después una comida con la familia más cercana y los amigos. Me gustaría pensar que en estos momentos, mientras lees estas líneas, te estás alegrando por mí. Eso querría decir que has pasado página. Pero si no es así, lo comprendería. Estás en tu derecho de no sentir alegría.

”Por último, sólo quiero decirte una cosa más. Sabes que has sido una persona muy especial en mi vida y que nunca te olvidaré (lo creas o no, es cierto). Pero también comprenderás que no sepa qué hacer con respecto a si resultará adecuado invitarte o no a la boda. Voy a mandar la invitación a Luis, a Roberto, a Pedro y a los demás de la universidad. Me resultaría extraño que no estuvieras tú con ellos, al fin y al cabo en mi memoria sois todos inseparables y me recordáis una época inolvidable —y muy feliz— de mi vida, la época en la que tú y yo salíamos y en la que siempre estábamos con ellos. ¿Recuerdas el verano en el que nos fuimos todos juntos de camping? Yo no lo he olvidado ni creo que lo olvide jamás.

”Pero también comprendería que no quisieras venir. Puede que sea lo mejor para ti y quizá también para mí. No lo sé. Estoy demasiado confundida y creo que al final lo único que puede ayudarme es saber lo que piensas. Siempre respetaré tu decisión. Es lo mínimo que podría hacer por ti.

”Espero tener pronto noticias tuyas. Hasta entonces,

”Un beso. Elena”.

Leí la carta desde la primera a la última línea una segunda vez, intentando comprender. Al finalizar la segunda lectura sentí que los ojos me escocían como si me hubiesen arrojado arena en ellos, pero no lloré. Me costó contenerme, pero lo conseguí. Después volví a meter las hojas dentro del sobre y guardé la carta dentro de uno de los cajones de mi escritorio, mezclándola a propósito con mis papeles desordenados, con las fotografías que conservo de mis amigos —en muchas también aparece Elena—, con las letras de las canciones que he compuesto con mi guitarra para ella, siempre para ella. Tenía la sensación de que si no la apartaba de mi vista volvería a leerla una y otra vez hasta volverme loco. Sentía que algo sumamente frágil se había quebrado en mi interior y que, sin nada sólido a lo que poder aferrarme, volvía a deslizarme en el profundo y oscuro pozo del que creía haber empezado a salir. Por lo visto, estaba equivocado. Desde el instante en el que leí su nombre en el dorso del sobre y el corazón me dio un vuelco, supe que no era cierto que la hubiese olvidado. Comprendí que era normal que no sintiera nada especial cuando estaba con otras chicas: podía acostarme con todas las que quisiera, chicas como Carla de una sola noche con las que calmar mi urgencia sexual, pero eso no significaría nada y nada tendría que ver con el amor puro y simple que sentía por Elena y el desgarro que me produjo su abandono. Golpeé con rabia el aire al recordarlo y después me dejé caer pesadamente sobre la cama. Me sentía fatigado y desesperado, como si acabara de descubrir que después de una larga y penosa travesía de más de un año por el desierto estuviera de nuevo en el punto inicial, con todo el desierto por delante de nuevo y después de haber vaciado la cantimplora en el anterior viaje.

Decidí que debía responderle en caliente, no esperar a que mi yo más razonable ocupara el lugar del despechado amante que bombeaba con furia dentro de mi pecho. Debía aprovechar ese instante para responder que nunca iría a esa ceremonia. “La ceremonia”... se me revolvieron las tripas sólo de pensar en Elena vestida de blanco diciéndole “sí quiero” a otro hombre. Aunque no le conocía, en ese momento me sentía completamente capaz de matarlo a sangre fría, sin pensarlo, si lo tuviera delante. A falta de pistola y de víctima, saqué una hoja en blanco y, sentándome delante en el escritorio, empecé a escribir. Este fue el resultado:

“Querida Elena (espero que tu futuro esposo no se ofenda por lo de ‘querida’). Siempre pensé que tu desarrollada inteligencia te evitaría cometer errores tales como cruzar sin mirar la calle con el semáforo en verde, calentar un recipiente de aluminio en un microondas o casarte. Compruebo con decepción que me equivocaba. Seguramente calibré mal tu inteligencia por una cuestión de orgullo. Me gusta pensar que las mujeres de las que me enamoro tienen algo más que serrín dentro de la cabeza, pero por lo visto no sois muy distintas a esas putitas de minifalda que mascan chicle y preguntan ‘¿me queda bien el pelo así?’ antes de que se las tire cualquier borracho un sábado por la noche. En fin, supongo que lo único que pretendías con tu carta es que yo te felicitase para así calmar tu mala conciencia. No lo haré, ni ahora ni nunca. Y, por supuesto, no iré a la boda.

”Espero que te arrepientas eternamente de lo que estás a punto de hacer.

”Una cosa más, a modo de posdata: confío en que cuando te canses de tu futuro marido y vayas detrás del primer adinerado ingeniero que se cruce en tu camino (ambos sabemos que no sería la primera vez) me escribas también para contármelo. Nada me hará más feliz que saberlo. En fin, los cornudos somos así. Somos más felices si sabemos que no somos los únicos”.

Naturalmente, no tardé demasiado en romper escrupulosamente en varios pedacitos lo que había escrito. No es que se hubiera calmado mi furia o que me arrepintiera de lo que decía en ella: básicamente, reflejaba con bastante exactitud lo que le diría si la tuviera delante. Pero comprendí que tal vez era eso lo que ella buscaba. Si yo reaccionaba de la forma en la que me pedía el corazón, justificaría que me apartara para siempre de su vida. Para ella sería todo mucho más fácil. Así pues, aunque eso supusiera tragarme un pedazo de mi orgullo, debía planear algo más sutil, una respuesta moderada que a la larga resultase mucho más efectiva. Pero no se me ocurría cuál podría ser esa reacción. Es complicado pensar cuando tienes ganas de llorar y el corazón roto. Lo único que se me ocurrió fue recurrir a la ayuda de un buen amigo. Ellos siempre están ahí cuando los necesitas. Llamé de nuevo a Toño, esta vez desde mi casa. Y esta vez sí descolgó el teléfono.

Esa tarde de sábado Toño vino a mi casa y trajo una botella de ron y una bolsa con hielos. Yo tenía refrescos y cervezas en la nevera. Me había propuesto que tomáramos algo en casa para empezar, así podría ponerle yo al corriente de lo que había pasado, y que después saliéramos por ahí a ver lo que podíamos hacer. A mí me pareció una excelente idea. Todavía me duraba el aturdimiento por la noticia que había recibido de Elena y, aunque sabía que no serviría de nada, que sólo era una ridícula expresión de mi furia, me apetecía acostarme con una chica, fuera quien fuese ésta. Aunque sabía que no resultaba demasiado lógico, esto era lo único que se me ocurría para aparcar momentáneamente mi tristeza.

—No tienes por qué darle tantas vueltas —me aconsejó Toño. Había escuchado toda mi historia pacientemente, sin decir nada, asintiendo con la cabeza, y cuando al final dejé de hablar, agotado después de más de media hora de monólogo, él se pasó la mano por el pelo y resopló antes de hablar—. Nada cambia porque ella se case. Peor para ella, en todo caso. En cuanto a ti, sigues igual que ayer. Ella no está contigo y no va a volver. Lo bueno es que sigues siendo libre para hacer lo que te apetezca.

Aunque Toño me había escuchado con atención y yo agradecía sinceramente el esfuerzo que hacía para comprenderme, no podía hacerse a la idea de que yo no quería ser libre en esos momentos. Es más, juraría que no volvería a fijarme en ninguna otra chica en lo que me restaba de vida si eso suponía que volvía a estar con Elena.

—Esta noche saldremos por ahí y conocerás a la chica de tu vida —hizo una pausa para llevarse la copa a los labios y continuó—. Y mañana te olvidarás de ella, como hiciste con la chica de anoche. Es fácil vivir cuando cada noche es la más importante y no te preocupa el mañana. Es lo que yo intento hacer y, sinceramente, no me va nada mal.

No le dije lo que pensaba: que a él le resultaba fácil porque nunca había estado enamorado de alguien como lo estaba yo de Elena. Así, actuando como hacía él, sin dejar que los besos que recibía traspasasen su piel, resulta sencillo olvidar. Pero ese no era mi caso.

Comimos algo antes de salir y después cogimos el autobús en dirección al centro. Nos bajamos en una parada cerca de la Plaza Mayor y, tras andar un rato por ahí, fijándonos en los grupos de chicas con los que nos cruzábamos, entramos en el bar de siempre de la calle Huertas. Allí empezaban siempre nuestras noches. Dependiendo de cómo se presentara la noche, más tarde nos reuníamos en un bar cercano con el resto del grupo. Pero si antes conocíamos a alguna chica, nos las llevábamos al reservado de un pub cercano en el que siempre ponen música muy lenta y está suficientemente oscuro. Estuvimos dos horas bebiendo martinis con limón para no emborracharnos demasiado. Yo estaba aún triste y miraba a mi alrededor con desinterés. Dos chicas rubias con aspecto de ser turistas norteamericanas se sentaron cerca de nosotros y Toño empezó a mirarlas con descaro. Era el primer paso de su estrategia. Pero ellas ya habían quedado con otros tipos, y al aparecer éstos dejó de interesarse.

Cerca de la medianoche el bar, que estaba casi vacío cuando entramos, se empezó a llenar y la mayoría de los que allí se reunieron ya estaban borrachos. El volumen de la música estaba muy alto y me costaba entender lo que me decía Toño cuando hablaba. Todo el mundo a mi alrededor, excepto yo, parecía estar de muy buen humor. Sin embargo, yo no conseguía quitarme de la cabeza a Elena.

A las doce y media Toño reconoció que allí no teníamos nada que hacer y me pidió que fuéramos a otro sitio a probar suerte.

—Siento haberte traído a este sitio —dijo.

—No importa. A veces hay noches malas como ésta.

—Una al año, espero —bromeó Toño.

A esas alturas, a mí me daba igual el sexo. Después del rato que habíamos estado en el bar, rodeados sin ser tocados por la energía que emanaba del deseo sexual y del alcohol, sólo había conseguido que mi dolor se hiciera más punzante. En ese momento sólo deseaba regresar a casa y así se lo hice saber a mi amigo:

—¿A casa? —me preguntó estupefacto—. ¡De ningún modo! No dejaré que vayas a hundirte en la miseria. Vayamos a dónde están estos, seguro que con ellos nos reímos un rato.

—No me apetece —dije con decisión. Estaba decidido a no dejarme convencer—. Escucha, tío. Te agradezco muchísimo todo lo que has hecho por mí esta tarde. Lo creas o no, me has ayudado mucho. Pero ahora quiero estar solo.

Me miró muy serio, con las cejas levantadas y un aire ligeramente inquisitorial.

—¿Seguro que estás bien? —preguntó—. ¿No irás a hacer ninguna tontería?

Me reí y él aflojó la expresión seria de su rostro. Nos abrazamos antes de despedirnos.

—Está bien —dijo; sonó como un padre que finalmente acepta que su hijo llegue a casa después de medianoche—. Márchate a casa. Mañana te llamo para ver qué tal estás. Podríamos ir al cine por la tarde. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —acepté—. Iremos a la filmoteca a ver una de esas larguísimas películas chinas que tanto te gustan.

Vi a Toño perderse entre la multitud. Yo fui a una hamburguesería cercana, comí una hamburguesa doble, bebí Coca-Cola y, en cuanto se me despejó algo la cabeza, salí a la calle y empecé a caminar de vuelta a casa. Me apetecía dar un largo paseo en la noche y aclarar algo mis ideas. Andar me vino bien. Empezaba a tranquilizarme y sentirme algo mejor, hasta el punto de que llegué a plantearme si no habría llegado el momento de tomar la decisión que había aplazado por la mañana. ¿Qué podía hacer? Esa era la pregunta que me hacía una y otra vez. Sentía que debía hacer algo para arrojar fuera de mí la áspera sensación de tristeza que había dejado en mí la carta. Sí, pero ¿qué podía hacer?

Dirigí mis pasos hacia las estrechas callejuelas de la parte más antigua de la ciudad, aunque eso supusiera apartarme algo de mi camino. Al pasar al lado de los bares me llegaba el murmullo animado de la multitud que reía, bebía y se lo pasaba bien en sus interiores abarrotados. ¿Qué podía hacer? Me volvía a preguntar. En mi paseo me crucé con algunos grupos de adolescentes visiblemente ebrios que pasaban a mi lado sin mirarme, como si yo, una figura solitaria que camina en la noche con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones, no existiera para ellos. También me crucé con varias parejas que caminaban abrazadas, deteniéndose para besarse bajo la luz amarilla que descendía de las farolas, dejándose acariciar por la suave brisa nocturna de mayo. Eso me hizo sentir aun más triste porque estábamos en mayo, el mes de la primavera, las flores y el amor, y yo estaba solo y mi chica se iba a casar con otro.

¿Qué podía hacer?

Lo único que se me ocurrió fue algo tan absurdo que me hizo sonreír.

Palpé con la mano varias monedas que había en el fondo de uno de mis bolsillos. Había llegado a una pequeña plaza mal iluminada. Alguien se había dedicado a romper los globos luminosos de las farolas y sólo había respetado, quién sabe por qué, la que había justo en el centro de la plaza. En un rincón varios jóvenes formaban un círculo alrededor de un banco en el que habían colocado una hilera de botellas y vasos de plástico. Era un grupo de quinceañeros y al verlos pensé en mis amigos, en Roberto, en Iván, en Pedro y en Luis, también en todos los demás, cuando teníamos su misma edad y todo sucedía por primera vez y pensábamos inocentemente que nada podría hacernos daño: el sabor de la primera cerveza, del primer beso, de la primera decepción en el amor...

Las voces de los chicos resonaban extrañas en la noche, amplificadas al rebotar en las paredes de las casas. En un rincón de la plaza había una cabina. Dirigí mis pasos hacia ella, lamentando no estar más borracho para hacer lo que iba a hacer.

Todavía me acordaba de su teléfono, aunque hacía mucho tiempo desde que lo marcara por última vez. Me coloqué el auricular en la oreja y dejé que el ruido de fondo de la línea telefónica me ayudara a tranquilizarme. Después de uno o dos minutos, marqué. El timbre sonó cinco veces antes de que saltara el contestador automático. Me hubiera gustado escuchar de nuevo la voz de Elena, pero tuve que conformarme con la voz grabada de mujer que nos informa con monotonía de que no hay nadie o no cogen el teléfono. Después dejé que sonara la señal que nos avisa para que dejemos un mensaje y empecé a hablar sin pensar en lo que estaba haciendo. Sentí que mi voz era más sólida y real que cualquier otro sonido de la noche. Cerré los ojos e imaginé que estaba solo en aquella plaza y que bastaría con susurrar para que mis palabras llegaran con nitidez a los oídos de Elena, estuviera donde estuviese en esos momentos. Bastaba con desearlo con la fuerza suficiente y se haría realidad:

—Buenas noches, Elena... —dije tragando saliva antes de continuar—. He recibido tu carta hoy... Como dices, ojalá pudiera alegrarme, ojalá pudiera desearos que seáis felices tú y él... pero la verdad es que no puedo. Todavía no. Tampoco creo que necesitéis que yo os lo desee: sé que seréis felices. Pero esto no tiene ningún mérito porque no es nada difícil serlo cuanto tú estas cerca...

La voz se me quebró un segundo. Después continué hasta terminar:

—Puedes estar tranquila, no voy a hacer nada que pueda comprometerte. Por eso no iré a la boda. Creo que es lo más adecuado y, como decías en la carta, lo mejor para los dos. La verdad es que no consigo guardarte rencor aunque lo desee. No me preguntes por qué. Hoy has hecho que me acuerde de aquella vez que estuvimos de camping. ¿Te acuerdas de aquella noche junto al río? Nos habíamos reunido todos en aquel lugar para mirar las estrellas. Entonces tú te acercaste a mí y me cogiste del brazo —en mi imaginación veía la escena con una nitidez absoluta, como si acabara de suceder: podía sentir el rumor del riachuelo que descendía saltando entre las rocas a escasos metros de donde nos encontrábamos, y el calor de su cuerpo sobre el mío al arrimarse; rastreé en mi memoria la belleza de su perfecto cuerpo juvenil, de la blancura y el roce de su piel desnuda, y de tantas otras cosas bellas perdidas—. Fue la primera vez que lo hacías y yo me quedé de piedra... ¿Entiendes ahora por qué no puedo odiarte? Sólo quería que lo supieras. Espero que eso te haga sentir mejor...

Colgué porque no quería que me escuchara llorar. Me quedé mirando la luz que había encendida en la ventana del segundo piso del edificio que había enfrente de mí. Deseé estar allí dentro con una mujer buena y hermosa que se ocupara de mí y que me preparara sopa y tortilla todas las noches, que al acostarnos pasara su pierna por encima de la mía y me dijera “te quiero” antes de dormirme. Esa mujer tenía el rostro y el cuerpo de Elena. Era como si pensara en cómo habrían sido las cosas si ella nunca hubiera dejado de quererme y siguiéramos juntos, felizmente juntos. Me enfadé conmigo mismo porque tener esos pensamientos no me ayudaba nada. No podía vivir eternamente aferrándome a deseos imposibles.

Esa noche tuve un sueño extraño: en él yo aparecía vestido de novio, con chaqué azul oscuro y una flor blanca en el ojal, zapatos relucientes y gemelos dorados en los puños de la camisa. Pero no era un sueño tranquilo ya que yo estaba corriendo y consultaba el reloj a cada poco tiempo: llegaba tarde. Después de un largo rato corriendo por calles que vagamente recordaba —aunque no sabía de qué ciudad se trataba— llegué a la iglesia dónde intuí que debía casarme. Hice un último esfuerzo. En la plazoleta vacía un grupo de palomas levantó el vuelo al pasar corriendo a su lado. Sonaban las campanas tocando a boda, a mi propia boda, aunque yo no sentía ninguna emoción especial. Entré en la iglesia y comprendí por qué no estaba emocionado: en el altar estaba Elena, pero había alguien a su lado que vestía un traje idéntico al mío, o tal vez era el mío, porque al volver a mirarme llevaba pantalones vaqueros y una camisa azul de algodón. Me quedé de pie, paralizado en la puerta y sin atreverme a entrar, y alguien gritó a mi lado: ¡Vivan los novios!

Y fue en ese momento cuando desperté y no pude pensar para consolarme que todo había sido un sueño. Era, sencillamente, la verdad.