—Empuja con más fuerza —gruñó Alesha— o no conseguiremos sacarlo de aquí ni mañana —añadió alzando la voz y manoseándose la barba. En sus instantes de silencio, colocaba los brazos en jarra y dejaba que la nieve le siguiera engullendo las piernas... Dirigía aquellas maniobras con una arrogancia casi cómica, pues su rostro enrojecido revelaba que ya llevaba embuchados varios vasos de vodka—. ¡Más energía, hombres! —insistía inflando su barrigón de falsa impaciencia.
—Aleeeeeeshaaaa —empezó a suplicar Dobrynia alargando las sílabas—, déjate de instrucciones y ven a cavar. Tendríamos que desenterrar más las ruedas porque tan sólo empujando va a ser imposible... —y se pasó el brazo por la frente para llevarse de un tajo el sudor acumulado.
—Está claro que si no me pongo yo, aquí no hay nada que hacer —condescendió Alesha e Ilyá lo miró de reojo para acabar estallando en una carcajada que expuso su escasa dentadura.
A aquellas alturas de la mañana, los neumáticos de nuestro coche habían desaparecido por completo, e Iván, encajado en el asiento del coche, se preguntaba en voz alta si aquel olor a chamuscado provenía de los discos del freno o de su desesperación. Yo, por mi parte, observaba boquiabierta aquella nueva reproducción de los tres héroes medievales rusos aún carentes de caballo, pues el fin de semana no era precisamente lo que habíamos planeado con aquel viejo 4 x 4. Habíamos salido de Moscú el viernes por la tarde y habíamos decidido pasar la noche en la ciudad de Riazán. El sábado por la mañana nos disponíamos a atravesar aquellas tierras que habrían pertenecido, de haber existido, al joven príncipe Andrei de Guerra y paz y que los padres de Iván, en su difícil existencia, abandonaron en su juventud para irse al extranjero. En pleno camino, absolutamente rodeados de nieve, mi marido, de improviso, me había sorprendido con un brusco giro de volante: por allí tenía que estar el pueblo de sus abuelos y un todo terreno nunca podía fallar... Así que nos habíamos salido de la carretera al ver aquella semienterrada hilera de izbás de madera en la lejanía... Ahora, mientras observaba a aquellos hombres semisalvajes, intentaba reconstruir el día, tal vez para convencerme de que todo seguía una línea lógica y para asegurarme de que la providencia no nos iba a jugar una mala pasada en pleno mes de febrero ruso.
—Aummmm, ajjjjjjjjj, grrrrrrrrrrrr... —Alesha gruñía como un auténtico oso recién despertado en mitad de su sueño invernal, sobre todo ahora que se veía obligado a demostrar su fuerza—. Ahhhhhjjjjjjj —y entonces el gorro dejó a la vista su amplia frente atravesada por una cicatriz ya curtida.
—Lo mejor será que intentemos hacer una palanca con un par de listones de madera para que el coche tenga por dónde avanzar... —apuntó Dobrynia—. Vamos a tu casa, Ilyá... Algo encontraremos... Y de paso nos traemos tu pala...
Sin pensármelo dos veces, al escuchar la decisión de los protagonistas, acorté distancia a duras penas hasta colocarme detrás de ellos, a menos de un metro. Les seguí totalmente sudorosa por el esfuerzo. El pueblo todavía se divisaba hundido en el horizonte, impregnado de un sueño eterno, a pesar de la luz. La izbá de Ilyá se hallaba en la calle principal, donde resistían no más de un par de viviendas más. El resto agonizaba entre sus propias ruinas. Y, a pesar de ello, la vida allí perduraba sumergida, si no... ¿de dónde podrían haber salido aquellos tres hombres justo cuando el coche se nos quedó clavado en el camino?
—¿Quéeeee? —asomó Iván la cabeza por la ventanilla del coche—, ¿me vas a dejar aquíiii? —me gritó ya desde la lejanía. Yo no me molesté en contestarle, pero sí le disparé una carcajada.
Era difícil desenterrar las piernas a la misma velocidad que Alesha, Dobrynia e Ilyá. Y no quería perderme detalle. Además, quería recordarles algo fundamental, algo que nadie parecía haber pensado antes:
—Oigan.... —e inflé el pecho para soltar de golpe la ráfaga de palabras—. ¿Qué haremos con el coche cuando logren traerlo hasta esta planicie? No hay salida posible, no habrá otra solución que darle la vuelta y volver a empujarlo por el mismo camino —y casi cacareé— hasta llegar de nuevo a la carretera.
—No te preocupes, mujer, nosotros somos millonarios en tiempo —me consoló Dobrynia.
—Sí, además seguro que después nos conseguís una botella para celebrarlo... —me guiñó el ojo derecho Alesha—. Mi mujer ha preparado una buena olla de patatas hervidas y no iría mal sumarles unas salchichas... Oye, con ese acento tuyo... ¿tú no serás finlandesa? —con lo que comprobé que las razas para él eran un misterio más de la naturaleza.
—Ya tengo las maderas... —asomó triunfante Ilyá—. Venga, manos a la obra...
Los tres héroes atravesaban de nuevo la acuarela armados de palas y listones, dispuestos a salir victoriosos de aquella afrenta con que el destino había interrumpido su inalterable monotonía.