Romance a tus ojos
Tus ojos, siempre tus ojos
escrutando mi mirada,
brillando, siempre brillando
de tarde, noche y mañana.
Tus ojos, siempre tus ojos
clavados aquí, en mi alma,
ardiéndome con su fuego
prometiendo a mi esperanza.
Amados ojos amados,
de la silente llamada,
de la constancia perenne,
confirmación sin palabras.
Mirada firme y oscura
de la pasión incendiada,
del amor por sobre todo;
sólo el amor y más nada.
Oscuridad en tus ojos
que se aclaran con el alba,
luego de amar, transparentes,
sus viejas ansias descansan...
Ojos que saben guiarme
en este amor, enredada,
como eterna cruz del sur
a toda nave lejana.
Mirada viril y noble
que custodia mis andanzas,
que siempre está y me permite
pasear la senda confiada.
Mirada honda y paciente
de tu corazón fontana,
sin malicia ni veneno,
de mi sendero atalaya.
¡Tus ojos, siempre tus ojos
de ardiente y votiva llama!
Cuando voy cruzando el mundo
me miran pupilas claras,
sin embargo yo me quemo
en el calor de tus brasas,
y encuentro en ti, ojos negros,
mi aspiración realizada.
Tiempo perdido
Me dicen que estas horas son perdidas,
porque es perdido el tiempo de escribir.
Que la vida apurada ya en partir
no se distrae en idas y venidas.
Que las horas gozosas o sufridas
ya se despeñan, ya van a morir;
que tan sólo hoy existo. Transcribir
esperanzas, deseos, otras vidas,
otros amores, otras dimensiones
—que van del misticismo a las pasiones—
es de todo mi afán la dulce meta.
No importa lo que el tiempo haga conmigo
seré siempre feliz, si yo consigo
que en mi lápida pongan: fue poeta.
Portón del Regimiento 7 de Infantería
A mi hijo Sergio Omar Rotundo, ex combatiente de Malvinas.
¡Allí está el Portón!
Por él salieron, en fatídico atardecer
los camiones repletos
de niños asombrados
que llevaban a la guerra.
En sus ojos el asombro
de no saber por qué,
de no entender qué estaba pasando.
De él partieron
hacia muy lejos, hacia el Sur,
hacia las Islas.
Con él quedaba aquí,
la familia, los amigos, la facultad,
alguna noviecita...
En él pensaban
como en la puerta del dorado paraíso,
cuando dormían en el pozo,
entre el barro
bajo el constante bombardeo
con hambre, con frío, con desidia.
Él aparecía
como la brillante estrella de Belén
que los guiaba de regreso a casa
mientras cruzaban el mar
prisioneros en un barco inglés.
Y algunos... a él volvieron;
en otro atardecer
de risas y llantos entremezclados.
De abrazos y besos.
De un repetido hasta el cansancio:
“Gracias a Dios”.
Viejo y glorioso portón;
mientras todo tu entorno cayó
tú sigues de pie.
A ti llegamos cada 2 de abril
con una flor en la mano.
Flor de dar y pedir.
De dar gracias
por el hijo nuestro que regresó.
De pedir la paz
para los hijos de otras madres
que no volvieron.
Paz para esos pimpollos
de dieciocho años
que no alcanzaron a abrir
sus corolas multicolores.
Y allá quedaron, durmiendo
bajo el arrullo
del viento helado.
Soñando y soñando
por toda la eternidad
con volver a ti
viejo portón.
El ángel azul
Si algún ángel azul hoy te visita
y te sopla al oído una esperanza,
embárcate confiado en esa andanza
y camina el camino al que te invita.
Si ese ángel azul es quien te grita:
¡Aférrate con fuerza a mi confianza!
no lo dudes mi amor y sin tardanza
acompáñalo ya. Con él transita
—olvidando el engaño agazapado
en oscuro sendero del pasado—
un nuevo amor, cual ruta iluminada.
Soy la mujer oculta tras tu sombra.
Soy esa voz que pertinaz te nombra.
Seré el ángel azul... si soy tu amada.
Desdén
Si mi sangre te llama en su delirio
si mis ojos se ciegan por mirarte
si toda yo soy una sed de amarte;
no puedes condenarme a este martirio.
Tú, lejano y soberbio cual un lirio
vas ignorando amores, sin fijarte
cómo muero por ti. Enamorarte
fue el supremo deseo y como un cirio
se consumió mi vida en el intento.
Nadie torció el designio de quererte
ni pudo sofrenar mi sentimiento.
Tú no vienes y el cielo ya no es cielo;
se oculta el sol cubierto por el velo
de tu desdén, que me condena a muerte.