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Héctor Viel TemperleyLa fuerza del nadador

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Hacia enero de 2004, tras haber editado en 1997 y en 2001 Crawl y Hospital Británico, Ediciones del Dock publicó finalmente las Obras completas de Héctor Viel Temperley. Este acontecimiento equivale a abordarlo como uno de los tantos y auténticos descubrimientos literarios que el destino nos tenía deparados. La obra de Héctor Viel Temperley es un clásico, aunque un clásico raro. Como los casos del mejicano Carlos Torri, del uruguayo Felisberto Hernández, del alemán Gottrieb Benn (tan influyente durante y después de la Segunda Guerra), este suceso reciente es prometedor para los amantes de la buena literatura.

Compuesto por 9 libros que datan entre 1956 y 1987, la obra del poeta es representante de una literatura excelsa. El lector al toparse con las Obras de Temperley suele sentir un dejo de agradecimiento. No puede apartarse de la sensación que advierte quien prologa dicho libro, Tamara Kamenszain: “Un ángel acompaña la obra poética de Héctor Viel Temperley”. Por otra parte es difícil cuidar que el señor Temperley fue un caso prematuro en la literatura argentina: su primer poema fue escrito a los 18 años: “Volteadas por el viento / mis botas caen al fin. Y arrodillado / abrazo más que viento. / Abrazo al ángel que hice con mis manos” (de El ángel de las botas, 1951).

Sus versos guardan la frescura de la arena y del mar. Insinúan esas imágenes en que el agua, el sol y el airoso cielo azul de algún verano, siempre o casi siempre están. Los libros reunidos en sus Obras completas nos remiten en su mayoría más a imágenes/vivencias así de placenteras y profundas, que a otros libros de los muchos que seguramente el poeta puede haberse servido.

Porque en su obra están constantemente el agua, el fuego, el aire y la tierra, los cuatro elementos (y más que nada el agua), es como que constituyen sus escritos, de modo que parece una obra que va hacia sí misma. Es eso lo que hace parecer que los versos de Temperley tengan eso tan cristalino que uno quiere volver a revivir: “Y recuerda los días cuando el cielo / rodaba hasta los ríos como un viento / y hacia el agua tan azul que el hombre / entraba en ella y respiraba. Soy el hombre que nada hasta los cielos / con sus largas miradas”.

Él, por decirlo de alguna manera, fue muchos otros poetas: en el poema “El nadador” cita por ejemplo a Marcos, 5: “Mi nombre es Legión, porque somos muchos”. Es la religiosidad surrealista como él mismo la llamaba, en la que siempre se privilegia el agua tal como lo hizo el uruguayo Felisberto Hernández en un cuento llamado “La casa inundada” en que decía que “hay que cultivar los recuerdos en el agua, que el agua elabora lo que en ella se refleja”. El agua como principal elemento en la literatura rioplatense. Pero el surrealismo religioso pregonado por Héctor Viel Temperley se daría recién en sus dos últimos libros, Crawl (1982) y Hospital Británico (1986) en donde más lo explicitó y desarrolló.

Hay líneas encantadoramente oníricas y extrañas, desplegadas en estos dos libros:

“Vengo de comulgar y estoy en éxtasis / junto al hombro del kavanagh y de cara a la escuela de náutica / y al plátano, / hacedores de fuego que me impiden flotar con éste entre esos pocos hombres / que allí —solos y lejos con la punta del espigón desierto—, / mecidos como sábanas” (“El espigón más largo, el aviso y el crawl”).

En donde se hilvanan los recuerdos de una inundación y una competencia de natación. Crawl, al cual pertenecen aquellos versos, Temperley lo escribió en alabanza a Nuestro Señor Jesucristo (vida del autor).

“Crawl y Hospital Británico”, de Héctor Viel TemperleyEn el último año de su vida escribe Hospital Británico. Hospital Británico es una pequeña y gran obra en donde Temperley más experimentó su más dotado manejo de la palabra. Y en donde se plantea por vez primera una poesía en prosa, en una situación completamente intemporal, entre la vida y la muerte, la muerte y la fe, concatenadas en frases que nos hacen pensar primero en el cielo y luego en el infierno, o dondequiera que él esté. Aquí el dolor es sin embargo lo que se vivencia, en la forma más pura y explícita de la palabra. Hospital Británico es tal como dijo Juan José Saer sobre la poesía: “La gran poesía es de una elección del dolor, una disciplina de la extrañeza que lo borra todo”. Por ejemplo: “Mi madre vino al cielo a visitarme” y después: “Para el recluso el Pabellón del Infierno Rosetto es también la paz, pero una paz alcanzada por la conciencia trágica de la condición humana”.

Al parecer en ese año, Temperley estuvo internado allí, justamente en el Hospital Británico, por una intervención debido a un tumor cerebral.

No se sabe, no se puede llegar a saber dónde precisamente está el narrador en este libro, si en un delirio o en Buenos Aires, como diría algún amigo suyo. “Mi vida es un desierto entre dos guerras. Necesito estar a oscuras. Necesito dormir pero el sol me despierta. El sol, a través de mis párpados, como alas de gaviotas que echan cal sobre mi vida; el sol como una zona que me había olvidado”.

Héctor Viel Temperley nació y falleció en Buenos Aires entre 1923 y 1987. Sus libros editados en vida fueron: Poemas de caballos, 1951; El nadador, 1967; Humanae Vita mía, 1969; Plaza Batallón 40, 1971; Febrero 72-Febrero 73, 1973; Carta de marear, 1976; Legión Extranjera, 1978; Crawl, 1982, y Hospital Británico, 1986.