El camino al premio Nobel de Literatura suele tener una superficie borrosa, dada la rigurosa confidencialidad con que está pavimentado el procedimiento que sigue la Academia Sueca para escoger al ganador. Si bien en cada edición de este premio —tan codiciado como desdeñado de acuerdo a la perspectiva del observador— se hace pública una lista de posibles ganadores que con frecuencia incluye el nombre de quien termina recibiéndolo, lo cierto es que no existe una manera de prever con exactitud lo que pasa por las mentes de los académicos al momento de revisar las más de trescientas nominaciones con que se inicia el proceso, descrito por cierto hace un año, en nuestra edición 149, por la escritora Lilian Fernández Hall.
Pese a lo que uno pudiera esperar, este halo de misterio no impide que las agencias de noticias armen alharacas innecesarias cada vez que se conoce de una nominación. Si una institución desliza ante la prensa que ha postulado a alguien al premio Nobel de Literatura o a cualquiera de las otras categorías, los medios hacen de esto la gran noticia. Lo cierto es que la postulación por sí misma no implica en modo alguno un tipo especial de mérito por parte del postulado, más allá del que le atribuya la institución que haya propuesto su nombre. Ergo, la nominación de alguien no es exactamente una noticia sino, apenas, una curiosidad: un evento del ámbito de la farándula, más que del académico.
Por supuesto, lo que hace que tales “noticias” adquieran tal interés artificial es la ignorancia general respecto al verdadero peso de una postulación. De unos 350 nominados al iniciarse el proceso en febrero de cada año, el Comité del Nobel emitirá una lista final en la que no entran más de veinte nombres. Si el público estuviera consciente de las mínimas posibilidades reales que bajo estas circunstancias tiene la mayoría de las postulaciones, la noticia terminaría desinflándose irremediablemente.
Un caso reciente es el revuelo que ha causado la supuesta “denuncia” que el escritor nicaragüense Ernesto Cardenal ha hecho, al lanzar a los medios de su país —y del mundo, al servirse de las agencias de noticias como cajas de resonancia— una carta abierta en la que se ve “en la penosa obligación” de afirmar que el presidente Daniel Ortega, y su esposa la poeta Rosario Murillo, han emprendido una “campaña de desprestigio” para minimizar sus posibilidades de ganar el Nobel.
Es conocida la historia de la relación entre Cardenal y Ortega. En los años 80, el sacerdote trapense formó parte del gobierno revolucionario como ministro de Cultura, por lo que fue severamente amonestado en 1983 por el papa Juan Pablo II. Años después, en desacuerdo con el rumbo que Ortega le dio al FSLN, se convirtió en uno de sus más agrios críticos. En la carta abierta publicada recientemente, Cardenal afirma que, por haberse convertido en su adversario, Ortega y su esposa “han decidido parar esta iniciativa”, refiriéndose a su postulación al Nobel, como si “parar” una iniciativa de este tipo le correspondiera a algún ente externo a la Academia Sueca.
Cardenal fue propuesto por la Academia Nicaragüense de la Lengua, que es una de las entidades autorizadas para este tipo de postulaciones. Otras entidades son, como explicaba Fernández Hall en su trabajo de hace un año, “los mismos miembros de la Academia, escritores que anteriormente hayan sido galardonados con el Premio Nobel de Literatura, profesores universitarios de literatura o lenguas de cualquier universidad o instituto superior de cualquier parte del mundo y presidentes de las respectivas organizaciones que agrupan a los escritores de un país”.
Hay dos detalles que le dan a este episodio ribetes tristemente cómicos. Por un lado, la difusa certeza con la que Cardenal anuncia la existencia de una campaña. “Me ha llegado la información”, dice el sacerdote poeta sin aportar mayores datos, y sobre esa base tan quebradiza acusa a Ortega y a su esposa de tener a su disposición todos los juzgados e instancias judiciales para presentar “falsas evidencias y falsos testigos y falsas pruebas”, aunque no aclara de qué. Por el otro, habiendo hecho su denuncia hace ya casi dos semanas, no se ha producido la famosa campaña ni tan siquiera respuesta alguna por parte del gobierno nicaragüense.
En cualquier caso, el octogenario escritor parece olvidar, o ignorar —aunque esto lo dudamos—, que a estas alturas del proceso ya su nombre tiene definido el destino en la carrera por el Nobel: o ya fue eliminado de la lista de autores con posibilidades reales, o está siendo estudiado seriamente por los académicos. En una u otra eventualidad, la supuesta “campaña de desprestigio” poco podrá influir en la decisión final. Pareciera que su interés, que se muestra desmesurado, por el premio Nobel —más allá de que tenga o no los méritos para obtenerlo—, le ha hecho caer en la tentación de ese pecado capital que es la vanidad.