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Bela Lugosi y Helen Chandler en “Drácula” (1931)Diario del lector
Continuidad de los vampiros

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El lector que escribe un diario ha tenido sueños agitados. Ha soñado con sombras fantasmales y maleficios nocturnos. Sin embargo, no ha sido una mala noche: al despertar ha recordado con cierta satisfacción la agitación. Con cierta satisfacción, es cierto, pero también con cierta sorpresa.

Como todos, el lector que escribe un diario no ha leído todo lo que hay que leer. No ha leído muchos libros de los que, sin embargo, puede hablar con familiaridad. Por ejemplo, no había leído Drácula, de Bram Stocker. Y un día lo vio en una mesa de saldos y lo compró. Primera sorpresa: 534 páginas para una historia que en su memoria se reduce a un cuello y dos colmillos. El lector que escribe un diario piensa en cuánto papel se pierde en el camino entre el siglo XIX y el XXI: la moda actual impone menos páginas, menos letras y se pregunta, mientras vuelve a su casa con el paquete, si menos significa más concentrado o solamente eso, menos, a secas.

El lector que escribe un diario encuentra un momento para leer Drácula. Se dispone casi como a cumplir un deber, a saldar una deuda pendiente con no sabe quién, tal vez con su propia conciencia, que tiene un límite para hablar de libros que nunca ha leído.

Anota el comienzo. Una estructura interesante: papeles sueltos que tratan de contar la historia desde distintas voces. Ha leído muchos libros que presentan esta alternativa como una novedad. El lector que escribe un diario acompaña a Jonathan Harker en su viaje a Transilvania con la alegría de un boy scout: vuelve a encontrarse con varios motivos de su niñez. El bosque de Caperucita, los castillos de las aventuras de la colección Robin Hood, los campesinos asustados como siempre se asustaban los campesinos en las historias que leía hace tantos años. El lector que escribe un diario se siente cómodo en su sillón de terciopelo verde, retornando a aquellos paisajes. Una lectura gratuita, no demasiada seria, una vacación en plena época de trabajo. Siente que pronto empezará a saltear páginas inútiles, a leer como caballo de ajedrez, para terminar pronto las 500 páginas y cumplir con su conciencia chillona.

Sin embargo, por alguna razón, no puede dejar de leer.

Y lee de cementerios y de manchitas rojas en los cuellos. Sonríe, porque todo es tan obvio. El lector que lee un diario no es ya un niño, aunque se acuerda de cuando apagaban las luces de la habitación y asustaba a sus amigos con “el regreso del chino muerto”. Muchas tumbas, muchas noches de tormenta, muchos muertos vivos. Estupideces de la infancia. Todos sabemos cómo terminan.

Sin embargo, por alguna razón, no puede dejar de leer.

 

Un poquito más de vida

La novela es una novela de gente que escribe o dicta al gramófono para que otro escriba. La novela es una novela de gente que vive y, mientras va viviendo, deja testimonio. Al igual que el lector, quien no puede evitar escribir lo que ha leído, como si en ello le fuera la vida. O mejor, le fuera permitido vivir un poquito más. La novela es una novela de gente para la que vivir no tiene sentido si no se escribe. Por eso, el lector que escribe un diario la empieza a sentir tan cercana.

Taquigrafía, mecanografía, transcripción de grabaciones, recortes de diarios: más que una novela parece un tratado de tecnologías de la escritura, una exposición de novedades en una feria de industriales de la palabra. Gente moderna, atenta al último adelanto, que utiliza cada momento libre para escribir, mientras un ser que viene de un mundo antiguo se dedica a morder y chupar líquidos corporales.

En la puesta en escena que es la escritura de la novela, los personajes —esto es, las víctimas— escriben, como escribe el conde —su victimario— en los cuellos, blancos como un papel de Lucy y de Mina. El filo de las plumas que raspan la tersura del papel, el negro de la tinta que mancha la blancura de la hoja tienen su equivalente en el filo de los dientes, en el rojo de la sangre. Y más acá el lector, que siente que la historia lo va chupando, lo va devorando de a poco y va convirtiéndolo en un apéndice de su voluntad.

El lector es tan racional como los cientificistas decimonónicos: como el doctor Seward o el más lanzado Van Helsing, puede discurrir sobre causas y consecuencias, sobre principios axiomáticos y conclusiones necesarias. Mecanicista como el que más, desmonta los andamios de la escritura, encuentra por dónde andan las grietas de la estructura, sonríe con la ingenuidad de algunos fragmentos que buscan provocar miedo.

Desde la pura razón, con la espada de la teoría literaria en mano, emprende la lucha contra la pérdida de la voluntad, porque no quiere convertirse en una de las criaturas que el conde domina a la distancia. Como Mina Murray, se cuelga las flores de ajo de la textualidad y el análisis crítico. Pero mientras discurre por las 500 páginas de letras negras sobre fondo blanco no puede sustraerse al influjo del murciélago y, como todas las víctimas, le abre las puertas para que entre a su habitación. El lector que escribe un diario descubre, azorado, en sus pocos momentos de luz diurna, que la novela le está sorbiendo el seso y no puede dejar de leerla, como no pueden las víctimas del conde dejar de obedecer sus mandatos.

 

Nota final

El lector que escribe un diario llega al final feliz. Lo sabía desde el comienzo, pero eso no ha impedido que durante 531 páginas disfrutara el sufrimiento. Como dice la nota final, atravesó las llamas y logró la felicidad. ¿Qué hace, entonces, se pregunta, que una historia tan traída y llevada conserve su poder? ¿Qué hace que un relato que no termina de encajar en lo que se supone debe ser una buena construcción narrativa siga siendo una apuesta en la que vale la pena invertir el tiempo de lectura de 534 páginas? ¿Qué es lo que hace que una intriga archiconocida siga valiendo como si fuera la primera vez, suspenso sostenido en vaya a saber qué cosa?

Es la literatura, estúpido.