La semana pasada estuvimos en Quito para participar en el encuentro “Kipus: el descubrimiento de las revistas andinas”, al que fuimos invitados por la revista literaria Kipus y la Universidad Andina Simón Bolívar (UASB). Letralia y Ciberayllu fueron las dos publicaciones que representaron al medio digital en esta importante cita, de la que ya hemos adelantado algunas notas en nuestra bitácora.
La capital de Ecuador sirvió, así, de escenario para la confluencia de un grupo de editores: gente tan variopinta como las revistas a las que representan, provenientes de Colombia, Perú, Venezuela, Bolivia y el país anfitrión. Gente preocupada por la literatura y su difusión, por la calidad de los contenidos y por la necesidad de estrechar lazos que permitan a nuestros lectores conocer la realidad literaria de la región andina.
Aparte de estrechar la mano de quienes comparten con nosotros las lides editoriales, pudimos constatar que si bien nuestras publicaciones tienen características que las convierten en obras singulares, las situaciones a resolver son en todos los casos las mismas. Entre los temas coincidentes que salieron a relucir en todas las ponencias presentadas, destacaron el del financiamiento —problema que cada editor ha solventado de una manera particular— y el de la accidentada vida de las revistas literarias latinoamericanas, que en muchos casos tiene su origen en aquél y que lleva a que muchas de estas publicaciones sobrevivan apenas durante algunos números, para sumirse en silencios más o menos prolongados que, en ocasiones, llegan a ser definitivos.
Sin embargo apreciamos que, para los editores que participaron en el encuentro, tales dificultades son una marca inseparable de este trabajo. Lanzarse a la edición de una revista literaria creyendo que ésta vivirá eternamente es, ni más ni menos, un despropósito. Producto por lo general de la pasión, una revista literaria tiene en su seno la semilla de la muerte, por lo que cada edición es, ya, un éxito.
De tal manera que el encuentro tuvo el tino de enfocarse en un objetivo concreto: la difusión de nuestras literaturas. Es sabido que en nuestros países es muy difícil saber lo que se escribe más allá de nuestras respectivas fronteras, algo que Margo Glantz resumía hace poco diciendo que nuestras literaturas sufren de un proceso de “balcanización”, tema del que hablamos en el editorial de Letralia 170. ¿Existe una manera de evitar que Latinoamérica disperse su contingente literario en “glorias nacionales dispersas”, como acusan los organizadores de Bogotá 39?
Quizás este sea un problema sin solución, pero ello no ha sido una razón de peso para que lo evadiéramos en Quito. Puesto que las revistas literarias tienen el papel de actualizar y oxigenar el panorama de las letras, es dable pensar que puedan convertirse en un canal para conectar a un lector venezolano con un escritor boliviano, por mencionar un caso. Y si bien una labor de difusión multilateral como esta podía ser extremadamente difícil en el pasado, en la actualidad las posibilidades se han abierto con las herramientas tecnológicas, de manera que el establecimiento de estos canales es, más que una necesidad, un deber de quienes editan revistas literarias en el continente.
El encuentro tuvo, entonces, un resultado concreto: la creación de la Red Andina de Revistas Literarias, que no es otra cosa que ese canal multilateral del que hablamos en el párrafo anterior. Comprometidos con pasión en pro de la difusión de la literatura que se hace en sus países de origen, los editores reunidos en Quito compartirán material de creación, tanto de autores jóvenes como de los más experimentados, así como información sobre la realidad literaria de cada rincón de la región. Igualmente, atraerán a otras publicaciones a sumarse a la red, en un esfuerzo mancomunado que beneficiará a lectores y escritores de nuestros países. Por supuesto, es de esperar que una red con tales características evolucionará a formas de colaboración que en este momento ni siquiera sospechamos.
No podemos cerrar este editorial sin reconocer el trabajo de Martha Rodríguez, Raúl Serrano y Alicia Ortega, quienes desde la mitad del mundo y junto con los cordiales escritores ecuatorianos que fungieron de anfitriones, hicieron posible la realización del encuentro y la definición de sus fértiles resultados. Para ellos nuestro respeto y nuestra admiración.