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El retorno

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Cada uno de los habitantes del leprosario había muerto. Todos menos él que, en cambio, parecía curado, algo infrecuente pero no imposible. La certeza de su recuperación había ido batiendo cada posibilidad de duda.

Cuando la lepra le obligó a dejar Yotvatá, vivía con Merab, su esposa, y Ner, su hijo recién nacido, a quienes legó una modesta huerta de higos y un rebaño de corderos. No le autorizaron más de una noche para preparar sus cosas y marcharse. Era eso o el apedreamiento y a continuación el fuego para purificar sus restos y sus pertenencias, destino que de todos modos éstas últimas tuvieron bajo la mirada distante y absorta de su mujer.

De eso hacía ocho años. Los había ido registrando con marcas en una roca, contando las lunas. Ahora retornaría y embebido en el monótono paso con que iba a atravesar el desierto, le sería imposible dejar de preguntarse qué habría sido de los suyos. Ner debía ser un jovencito, mientras que su mujer tendría veintisiete años.

Abner amarró sus improvisadas sandalias y tomó su cayado. Al erguirse miró de nuevo los montes. Sin pensarlo más emprendió el camino, dispuesto a abandonar esas ruinas sin nombre destinadas para aislar a los enfermos.

Fijó la vista en algún punto del horizonte, con el ceño fruncido resintiendo el resplandor de la llanura. Había pasado mucho tiempo sin esa sensación, oculto tras los muros ajados y sin techo. Una pequeña alforja contenía la carne seca de tres liebres y todas las nueces y dátiles que fue capaz de acumular. Para el agua dependería de los pozos a lo largo del camino.

Su mente entró en una especie de trance. Se despejó de todo pensamiento distinto al de dar un paso detrás de otro, con euforia en el espíritu al caminar de nuevo hacia un destino lejano. Su paso era constante pero mesurado. Comenzaba temprano por la mañana, siguiendo la falda occidental de la cordillera que corría de norte a sur, desde el Mar Muerto hasta el golfo de Aqaba. Esto le ayudaba a evitar el abrasador rayo del sol casi hasta el mediodía, cuando debía guarecerse y descansar.

La imagen de la llanura amarilla que se extendía hacia el poniente vibraba, como calentada por el fuego. Continuaría al caer la tarde y podría aprovechar la luna en cuarto creciente para viajar durante buena parte de las gélidas noches. Había esperado a que fuese abril, a medio camino entre el invierno y el verano. Su frazada lo protegía mejor del sol que del frío nocturno. Catorce días deberían bastarle.

Sintió una indefinible debilidad en brazos y piernas que atribuyó a la falta de esfuerzo. Como desconfiaba de la mermada sensibilidad de sus extremidades, cuidaba mucho no rasguñarse. Más de uno empezó así, con un simple raspón enfermo del que se percataban por el olor y que se resistía a los remedios hasta terminar en gangrena.

Las minas de cobre que se encontraban hacia el sur era lo único que mantenía el deambular humano en esas tierras áridas y montañas ásperas. Encontró el primer pozo luego de dos días. Afortunadamente no había ningún viajero, de lo contrario y aun sin manchas en la piel, con su aspecto de desterrado hubiese hecho difícil convencer a ese hipotético viajero de permitirle utilizarlo.

La monotonía del paisaje era atenuada por los cambiantes colores del cielo. Cuando por la tarde del doceavo día encontró al fin el cauce muerto y rojizo del río, no quiso detenerse ahí, sapiente de que había llegado al término del viaje. Siguió el rastro que las piedras indicaban, rodeando uno de los tres montes que, separados de la cordillera, circundaban Yotvatá.

Al llegar, se dirigió primero al tabernáculo en busca del sacerdote. Lo recibió un levita que no conocía. Al enterarse del asunto, lo condujo fuera del campamento para examinarlo. Tras concluir que estaba efectivamente sanado, el sacerdote mandó traer dos pájaros vivos y puros, púrpura escarlata, madera de cedro e hisopo. Luego que se los trajeron, inmoló uno de los pájaros sobre una vasija con agua. Tomó el pájaro vivo, la madera de cedro y la púrpura y los mojó en la sangre del pájaro sacrificado. Con ello roció siete veces al hombre. Lo declaró puro y soltó al pájaro vivo, que se alejó veloz hasta confundirse con los tonos ocres del horizonte.

Con un ansia incontenible se dirigió a su casa. Al llegar no hubo nadie. Un hombre que pasaba le dijo que el muchacho volvería al atardecer, con el rebaño. Mientras regresaba bajó al río y lavó sus ropas raídas, se bañó y afeitó todo su cabello, incluyendo las barbas, las cejas... Todo según le había sido indicado por el sacerdote. Hambriento y aún húmedo, aguardó el atardecer a la entrada de su casa.

Cuando el muchacho regresó tuvo que presentarse. Era un joven fuerte y casi adulto, que se llamaba Josué, no Ner, y que era hijo de Jehú. Josué le dijo que vivían en ese lugar desde hacía varios años, pero no estuvo dispuesto a decirle más a ese hombre extremadamente enjuto, sin cabello y sin cejas en el rostro, todo lo cual le daba un aspecto muy extraño. Contrariado, Abner se dirigió entonces en busca de su hermano Aminadab.

Al llegar a casa de Aminadab se repitió una escena semejante, mas luego de reconocerse mutuamente, Aminadab lo abrazó y al hacerlo intercambió una mirada de inquietud con Esther, su mujer. Cuando el hermano recién llegado pidió noticias de su esposa y de su hijo, Aminadab no supo cómo contestarle. Sabía que Abner no estaba purificado del todo, por lo que le dijo que tendría que esperar algunos días antes de poderle responder.

Pernoctó siete días a la entrada de la casa de su hermano, como mandaba la ley que Yahveh dictó a los hijos de Aarón. Mientras no estuviera del todo limpio tampoco podría acompañar a Aminadab ni ayudarle en las faenas, así que por el momento no tendría ocasión de resolver las dudas que sólo él estaba autorizado a contestar. Esos días le sirvieron para recuperarse físicamente, alimentarse mejor gracias a la comida que preparaba Esther y dormitar, porque en realidad, no dormía bien. ¿Qué significaba ese silencio de su hermano y de la gente? ¿Qué habría sido del pequeño Ner y de Merab?

Al octavo día le pidió a Aminadab dos corderos y una cordera del rebaño, los tres sanos y con un año de edad. Como oblación, Esther le preparó tres décimas de flor de harina amasada con aceite y un cuartillo del óleo. Abner se dirigió con todo esto y con los animales a la entrada de la Tienda del Encuentro, a fin de que el sacerdote pudiera terminar su purificación.

El sacerdote tomó uno de los corderos para ofrecerlo como sacrificio de reparación, además del cuartillo de aceite, que meció como ofrenda. Luego inmoló al cordero. Tomó sangre y mojó el lóbulo de la oreja derecha, los dedos pulgares de la mano y el pie derechos de Abner.

Luego echó parte del cuartillo de aceite sobre la palma de su mano izquierda. Untó un dedo de su mano derecha en el aceite y con él hizo siete aspersiones. Mezcló el óleo con la sangre untada en el lóbulo y los pulgares y, con los últimos restos de aceite, el sacerdote lo ungió. Por último, ofreció el holocausto y la oblación sobre el altar y Abner quedó así expiado.

Al volver de la ceremonia, de nuevo hizo a su hermano la pregunta. Aminadab le respondió con una firmeza que no esperaba.

—Mañana, cuando saquemos el rebaño. Ahora descansa.

Esa noche no durmió.

Los preparativos necesarios para ausentarse todo el día pastando a ovejas y carneros resultaron un angustioso preludio. El sol no había salido todavía cuando Aminadab y su impaciente hermano abandonaron el pueblo precedidos por el rumor del rebaño. Luego que las sombras de las higueras eran idénticas a su estatura, llegaron a un claro de hierba por el que el rebaño se desperdigó. Entonces Aminadab quebró el afilado silencio.

—Este sacerdote no es el mismo que te confirmó la enfermedad.

—No, no es el mismo.

—Después de tu partida tu esposa tuvo un hijo.

—¿Cómo?

—Dos años después de que te fuiste. Ese hijo era de Ajías, el sacerdote.

Abner sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo. Turbado, su incredulidad desapareció al notar que su hermano mayor le sostenía la mirada cuando le decía esto. Así, sin rodeos. Bajó la vista apesadumbrado. Aminadab aguardó pacientemente. Una idea cruzó la mente de Abner. Manchas en lugar de deformaciones, ausencia de llagas... Dos características que lo habían diferenciado de los otros enfermos. La insensibilidad y la debilidad, en cambio, eran las mismas de los demás. Estos hechos lo confundieron. Luego recordó que sus dudas no habían terminado.

—¿Qué les pasó?

—La gente se dio cuenta. Comenzaron a murmurar y los ancianos se juntaron. No esperaron la sentencia. Los dos se marcharon con su hijo.

—¿Y mi hijo?

—Era muy pequeño para un viaje largo. No más pequeño que el de ellos, pero necesitaban ir ligeros. Lo encontramos ahogado en un pozo.

Presa de un mareo, Abner se hincó mirando el suelo. No ocultó su silencioso llanto. Luego, se incorporó con lentitud.

—¿Los encontraron?

—Sí. Los apedrearon en el camino a Canaán.

Lo merecían, a Abner no le cabía duda alguna. Pero que Merab hubiese matado así a un hijo suyo no podía entenderlo, como tampoco que Ajías cometiese adulterio siendo sacerdote. ¿Cómo podía ocultarse de esa forma el mal en las personas amadas? Abner sintió un hueco en el pecho. No era compasión sino ira e impotencia. Se daba cuenta de que no podría vengar su dolor: ni la vida del pequeño Ner ni la ofensa y el oprobio hacia él. Aminadab se había alejado un poco para atender a un cordero.

Mientras miraba a Aminadab vigilar el rebaño le surgió una idea. Se había enfermado, eso era cierto. Pero, ¿había sido sincero el sacerdote adúltero al investigar su enfermedad? ¿No sería que ya entonces tenía tratos con su mujer y aprovechó la situación? Tendría que hablar con el levita.

—¿Recuerdas el color de tus manchas?

—Sí, eso creo.

—¿Tenías blanco el vello o sólo una mancha blancuzca al centro de la llaga?

—No, era todo del mismo color.

—Ya veo. Pero, ¿la erupción se hundía?

—No, no se hundía.

—¿En ningún caso?

—Hasta donde recuerdo, no.

—¿Ajías te recluyó por siete días?

—Sí, una vez.

—¿Sólo una vez?

—Sólo una.

Abner guardó un silencio inquieto.

—De esto sí estoy seguro.

—Pues debieron ser al menos dos.

—¿Crees que se equivocó, que no era lepra?

—Estabas enfermo, pero no era lepra. Al menos pudo evitar que te marcharas.

—Pero no quiso. Quería que me fuera.

—¿Por qué lo dices?

—Por mi mujer.

—¡Ah!, ¿tú eres? Hubo otro enfermo poco después, no sabía cuál de los dos eras.

—Soy yo.

Esta vez fue Abner quien no respondió preguntas. Aminadab lo miró inquisitivo cuando lo vio entrar, pero el rostro de su hermano lo hizo desistir. No estaba seguro de sus reacciones, ahora que sabía la verdad. Esther y Aminadab seguían temiendo por él. Sobre todo ahora que la entrevista con el levita había confirmado el engaño del amante de Merab sobre la enfermedad de Abner. Ninguno de los dos hermanos durmió del todo esa noche, pendientes el uno del otro, escuchando el inquieto crujir de sus esteras.

Comieron temprano, antes de la salida del sol. Mientras Aminadab preparaba al rebaño, Abner le dijo:

—Dame dos corderos, un macho y una hembra.

—¿No vas a venir?

—No. Haré una ofrenda —mintió.

—¿Seguro que no vienes?

—Sí. Te veré cuando vuelvas. No te demores, se hace tarde.

Aminadab decidió no insistir. Se dio la vuelta y comenzó la marcha. Había una brisa más fuerte que de costumbre. Abner no despegó la vista de su hermano hasta que se disipó el polvo que levantaba su rebaño sobre el arco de la colina, en el horizonte. Entonces preparó un hato con agua y provisiones mientras Esther se ocupaba en la huerta. Abner se tapó la cabeza rapada para protegerla del sol y acompañado por los corderos siguió los pasos de su hermano. Caminó hasta el lugar donde había visto perderse la silueta de Aminadab y se detuvo unos momentos. Luego descendió la colina y al llegar al valle, sin dudarlo, se desvió hacia el norte. Abner emprendió el retorno.