Fue un poco más tarde, casi al caer la noche, cuando se acercó al extremo de la sala. No lo tenía planeado de ese modo pero, justo cuando su mirada se proyectó a través de la ventana, ella pasó agitando su larga falda floreada de un lado a otro. Los bachacos que él conservaba en un cilindro de vidrio con tapa ahuecada se movían sobre el puñado de arena. Pero hoy ella iba tan alegre que atrapó toda su atención y, durante esos instantes letárgicos, dejó caer al suelo el pequeño terrario, permitiendo que las criaturas escaparan tropezando entre los vidrios.
Su mirada se fijó en ese perfil, que esta vez venía con un valor agregado. ¿Qué era lo que había cambiado su semblante? Había un rosado natural en su mejilla derecha y un ritmo perseverante. La ropa iba acorde con la expresión de su rostro, toda una composición paisajista de una colorida vegetación que una semana atrás estuvo degradándose y perdiendo color. Ésta era definitivamente otra circunstancia y ella venía sonriente y decidida, como si quisiera vivir este día de una forma más atrevida y provocadora. Los viejos jeans y las franelas ocres que la hacían confundirse entre la gente parecían haber quedado en el pasado.
Siempre la veía pasar de izquierda a derecha cuando el sol se asomaba detrás de la montaña. Era una relación efímera, una relación de escasos segundos que lo dejaba taciturno por el resto de la noche. Esa imagen era recortada, editada, sacada de contexto y reproducida de manera que generara una pasión desgarradora y emocionante. Pero al final la historia se tornaba triste, más aun en el momento en el que se despertaba y corría descalzo hasta la ventana para recoger el material visual del día siguiente: la materia prima de sus días.
Así empezaron a cambiar las cosas a su alrededor y él allí, construyendo episodios diferentes gracias a esa fuente inacabable de historietas. Tenía una rutina inalterable: de la cama al teclado al baño a la cocina a la cama al teclado a la ventana a la imaginación al teclado a la cama. Los sábados eran emocionantes porque no se podía dar nada por sentado. Ella podría pasar o no y la hora variaba si lo hacía. La espontaneidad de la vestimenta le reconfortaba y, por alguna razón, el fin de semana le hacía sentir que ya estaba dentro de la historia, pues tenía la sensación de que ya había superado la vitrina que se interponía entre ellos, como si hubiese pasado a un territorio de informalidad. Pero el lunes lo regresaba a lo que siempre fue la realidad: una mujer de finos rasgos que siempre cruzaba el callejón con una puntualidad inglesa para llegar a otro lugar. Los domingos eran desoladores porque siempre se acercaba a esa pantalla con ansiedad y ella no lo premiaba con su fugaz presencia. Sin embargo, ese era el día para prepararse y estar listo para conocerla: el lunes siempre era el día indicado.
Los lunes eran para levantarse sin esperar la luz natural. Era preciso estar listo para el momento. Para estar perfumado, peinado, alimentado y entusiasmado, había que adelantarse. Y aunque siempre una pesadilla lo hacía cambiar de opinión, él reiniciaba su ciclo semanal de historias y recobraba poco a poco la esperanza. Se fugaba con ella a vivir en un lujoso penthouse neoyorquino, en una casa de árbol de un islote huérfano y paradisíaco o quizá en una casa de montaña construida con madera. Un día lo cautivaba un refugio rústico rodeado de nieve y otro le atraía una mansión sofisticada a la orilla del mar. Pasaba de ser un médico salvador a ser rockstar y de capo de la mafia a líder goleador. Todo por ti y para ti, mi vida... todo por y para ti.
Pasaron los meses, con matices sutiles, hasta que llegó un momento en el que la ciudad tenía convenido descansar. Todo trabajador que no perteneciera al área de servicios tenía el derecho a quedarse en casa, cambiar de ruta, salir de la ciudad, descansar del camino acostumbrado o, como hacían algunos, modificarlo para siempre. Si la palabra vacaciones era para el resto de las personas sinónimo de libertad, relax y placer, para él era esclavitud, estrés y, sobre todo, sufrimiento. Desde aquel día comenzó una lluvia suave y sostenida. No era una de esas tormentas que inician pesadillas y traen malos augurios, era más bien una caricia en forma líquida. No tardó en maldecir ese rocío con todas sus fuerzas mientras corría por la sala tumbando todo lo que encontraba a su paso. Jarrones, adornos, vitrales y móviles, todo al suelo, incluso aquel portarretrato que lo destacaba sobre el podio inclinando su cabeza para recibir una medalla. En minutos, el lugar se había convertido en un vómito multicolor de materiales decorativos aderezado con el rojo de la sangre que brotó de la planta de su pie al pisar una esquirla de vidrio.
Esa cortadura no le importó en lo más mínimo. Le dolía el corazón y más aun el cerebro. Había pensado demasiado elaborando una serie de teorías sobre por qué no se le había ocurrido investigar algún dato sobre ella. No tanto su dirección, teléfono, correo electrónico, ocupación, estatus, gustos o edad. Se conformaría con su nombre, sin títulos ni apellidos. Sólo una manera para llamarla, para gritar en silencio. Durante algunos días previos estuvo sorteando la idea de darle un nombre ficticio. Pero ahora sabía que eso no era digno. Necesitaba algo tan real como su dolor.
La tortura continuó y el enamorado pasaba el día lamentándose. Si tan sólo tuviera una fotografía de ella, aunque fuera desde el ángulo de su ventana, estaría más calmado. Pero no tenía nada y temía que la forma de su cuerpo y el perfil de su rostro se borraran de su memoria. Por ello decidió dedicarse a escribir una descripción detallada que le ayudara a refrescar su archivo de imágenes en caso de que perdieran alguna nitidez. Esto lo hacía dejando la mente en blanco por un rato y concentrándose en reconstruir la misma escena que durante años había presenciado. Esos fueron momentos de sosiego: había encontrado un analgésico para su dolor, un tranquilizante para su angustia, pero no el antídoto para su problema.
Se sentaba en el sofá de la pérgola y cubría su rostro con una sábana de satén celeste. La brisa de la tarde entraba con intensidad y mejoraba el ejercicio. Siempre la había visto agitar su cabello en el viento. Él se preguntaba si eso no era agregado por él, pues era uno de los detalles más significativos de su película diaria de 10 segundos. Una vez que su mente podía dibujar con precisión la escena, se levantaba y se sentaba frente al teclado inspirado. Daba gracias a Dios por todo: por la lengua, por la tinta, por las letras, por la tecnología, por su memoria y por su capacidad. Daba gracias a Dios aunque un lustro atrás hubiese maldicho su grandeza.
Las vacaciones se consumieron y se podría predecir que ella volvió a su rutina, que regresó a su pasarela urbana que una vez tuvo su fiel espectador en un segmento de 5 metros. Pero este aficionado había comenzado a descuidar el momento que antes lo cautivaba. Ahora prefería entregarse al ensueño: una dimensión que le permitía todas las libertades. Podía ser su confidente, su amigo, su esposo, su amante, el hombre de su vida. La historia podía tomar el giro más absurdo si ése era su anhelo. Esta práctica alcanzó niveles alucinantes mientras pasaba el efecto de los medicamentos que ingería diariamente. Su preferencia se inclinaba hacia la pastilla de la tarde, que era una cápsula púrpura que le tocaba poco después del almuerzo. Esa combinación le permitía entrar en un estado de sopor idóneo que lo aproximaba a la felicidad. Los sueños alcanzaban una nitidez extraordinaria. Podía incluso observar cuidadosamente las arrugas de su amada una vez que había empezado a envejecer.
Un día cambió su postura inicial y, en una actitud conformista, le dio un nombre. Ya no podía concebir la idea de no conocer una manera para llamarla más allá de los apelativos. En un sueño despierto la consiguió corriendo desnuda por un sendero de la montaña. Corría con furor entre la vegetación bajo el sol tenue del final de la tarde. Él la siguió asustado y la llamó por primera vez con gran fuerza, con gritos que alcanzaron niveles de desesperación. Su llamado surtió efecto porque ella escuchó y se detuvo.
Su rostro también mostraba signos de deterioro. Era pálido, tan pálido que no era necesario acercarse mucho para divisar las venas verdes de su sien. Su actitud había cambiado y parecía hacer el intento por dejar de hacer cosas cotidianas para dedicar su cerebro a recrear la escena e iniciar un romance... o un tormento. Siempre salía bien trajeado y se le acercaba con tal gracia que ella sucumbía, tomaba su mano y abandonaba sus quehaceres.
Su habilidad para los cortejos iba mejorando, sobre todo cuando bebía vino. Ella tenía una voz, un cuerpo, una mirada, unas ocurrencias y una vida personal. Fueron un centenar de reediciones de una bonita relación que de pronto comenzaron a empeorar. Un día ella sufría de estrés y otro la descubría enloqueciendo velozmente, un día podía sufrir de una alopecia voraz y otro tener ataques de ira incontrolables. Luego un problema empezó a ser recurrente: ella empezó a llorar sin parar. No había momento para el descanso, el llanto incesante lo acompañaba. Lo atormentaba con chillidos durante la madrugada y quejidos en el día. Para opacar el ruido permanecía en una habitación escuchando guitarras distorsionadas desde la hora del desayuno.
Todo empeoró hasta que, una tarde de abril, ella corrió hacia la calle. Él fue detrás apresurado gritando inútilmente. Los gritos parecían perderse en el camino hacia sus pequeñas orejas. Nada podía detenerla. Atravesó avenidas y calles, y pasó entre los buses y los caballos, hasta comenzar a subir hacia la montaña. Luego, sin vacilar en ningún momento, aprovechó unas antiguas escaleras para llegar a la cumbre. Él corrió detrás siguiendo su rastro pero jamás llegó a alcanzarla. La última imagen que vio de ella fue su figura girando en el aire envuelta en una bata blanca desvaneciéndose, desafiando un inmenso precipicio. No sintió ningún golpe, ningún sonido. Así, como si nada, se borró de la imagen. Y él quedó allí con sus lágrimas secas y su mente agotada.
Semanas después, mientras se asomaba a la ventana a ver no sé qué, sintió un dolor en el pecho y una expresión de ternura se adueñó de su rostro. Justo en ese instante se encontró con una hilera de bachacos que se dirigían al resquicio de la puerta. Corrió a la cocina y hurgó entre los utensilios hasta encontrar el recipiente adecuado. Luego lentamente los insectos fueron entrando uno a uno a su nuevo domicilio.