Lord Byron no había muerto.
De alguna extraña manera sobrevivió a las fiebres y a las sanguijuelas de su médico personal, conservando sus mejillas frescas y la ardiente mirada de libertino. El fenómeno no tenía explicación científica, pero sí el mismo olor a inmortalidad que despidieron para siempre Homero, Dante y Rimbaud.
Para él en particular la situación era un despropósito, porque todo poeta romántico buscó morir en la plenitud de la vida, dejando los más bellos despojos, en un evento entre heroico y trágico, y ojalá, levitando de fiebre en el sucio camastro de una marisma griega.
Pero así se habían dado las cosas, y las paradojas del tiempo nunca fueron problema para Byron.
El Sexto Lord era el mismo de siempre, pero vistiendo un moderno abrigo de corte impecable, confeccionado a mano por un oscuro sastre virtuoso de la calle Román Díaz, camisa blanca, corbata de seda y el ambo gris resaltando el azul intenso de sus ojos y sus hambrientos y gordezuelos labios rojos.
Portaba un maletín de cuero Genuine Leather y trabajaba freelance en la empresa más importante de un país exportador de metal rojo cerca de Las Antípodas y casi esquina Finis Terrae, al cual llegó casualmente, en busca de selvas umbrías, alfombradas de hojas húmedas, todas fragantes en su dulzona y vegetal podredumbre, con el único objeto de caminar por ellas sintiendo cómo se trizan las horas.
Siempre le gustaron los lugares exóticos, sobre todo ahora y en la hora en que esa viscosa sensación de aburrimiento con su amante de turno lo dominaba, entonces tomaba sus bártulos y enfilaba con ese airecillo bizarro rumbo a Venecia mi alma, a probar otras libertades y otros amores, hombres, mujeres, nada importaba a su solitario apetito depredador. El Sexto Lord era omnívoro.
Ahora no veía canales ni los rostros satinados, graciosamente perversos y enmascarados, de sus amigos y amores; pero, sí un hato de edificios grises bordados a orillas de un río turbio, puestos allí por un diseñador trasnochado, y más gente, anónimos peces verdes, navegando como barcas al garete en medio de un vaho denso, gris, asmático.
Por razones desconocidas Byron se había aproximado a la Empresa y al área de mercado a futuro, pero, la verdad era que él no entendía nada de negocios, estaba recién arribando y fue llevado en vilo directo al nombramiento.
Había visto cosas más extrañas en su vida. Era, en efecto, el sexto Lord Byron y había estudiado en Cambridge,y con flemático asombro de su parte, su nobleza y formación académica fue asumido en La Empresa como un impresionante postgrado obtenido en Londres.
Todo terminó por definirse cuando la psicóloga que lo entrevistó estimó sobresalientes los resultados en las áreas de creatividad y liderazgo, sin mencionar el test de Rorschard, porque allí el resultado fue simplemente apabullante.
Así fue como, sin querer, como siempre le ocurría, la fortuna dio el capricho de convertirlo en un ejecutivo estrella de la Empresa del Metal Rojo cuando contaba apenas 36 años.
Aprendió rápido a usar el PC, se parecía tanto al piano; era buen observador y magnífico lector, en consecuencia aprendió pronto todo lo que necesitaba saber y una vez sentado frente al escritorio, sin dudar un momento, hizo lo único que sabía hacer, además de seducir, por cierto: metáforas, en las que el metal rojo operaba en denotación y la categoría de tiempo como elemento ausente e interpretado.
Este apasionante juego poético producía abundantes ingresos a la Empresa, cifras que en su irresponsable memoria genética, dilapidadora de fortunas, no tenían especial significado y sí tenían un valor relativo titilando en la pantalla del computador, por lo tanto jugaba a escamotearlas del sistema como el espléndido mago que era.
Nobleza obliga.
Sí. El dinero era arte puro en su computador. Recordó sus tiempos de privaciones y fortunas agotadas y no puedo menos que sonreír. La vida era otra vez un elegante fandango.
Era un pasajero frecuente, todo un cliente Premium de British Airways, y su vida, una sofisticada aventura, sin embargo se cuidó mucho de ser promiscuo esta vez; la Plaga del Siglo lo aterraba, de modo que sólo amaba a una mujer, y sus monógamos encuentros amorosos lo sumían en una desconocida satisfacción.
Cuando regresó de su último viaje a Londres, en que se divirtió a mares buscando rastros de su vida licenciosa en Picadilly, pudo notar que finalmente había estallado la bomba.
Siempre le gustó la notoriedad, pero, a decir verdad, esto era demasiado, incluso para él.
Ocurrió que apenas puso un pie en la losa fue detenido por la policía y poco después se informaría de un asunto en extremo grave: había causado una millonaria deuda a la Empresa del Metal Rojo.
Su rostro apareció en la prensa, con los ojos hechiceros cubiertos por sus gafas obscuras de línea italiana. Parecía un príncipe exiliado, la vulgaridad no lo rozaba.
Investigaron su vida privada; intervinieron sus cuentas bancarias; interrogaron sin miramientos a su dulce amiga criolla, mientras miraban con sospecha el solitario brillante engastado en la piel de su dedo.
Su abogado le rogaba al borde del llanto que se declarara culpable y confesara dónde ocultaba los millones de dólares, pero él guardó un inmortal silencio. En consecuencia, tuvo que ingresar a la exclusiva cárcel destinada a los cada vez más frecuentes miembros de la Cofradía de la Economía Liberal de Mercado, acusados de delitos económicos, mientras el abogado iniciaba frenéticamente nuevos trámites.
Le fue otorgada la libertad bajo fianza mientras se nombraba un Ministro en Visita y así fue como Byron abandonó una tarde el anexo, eludiendo a duras penas el muro de reporteros gráficos que disparaban el flash a su semblante pálido y atormentado.
El automóvil que lo trasladaba se perdió rápidamente en una nube de smog, seguido de cerca por un centenar de obstinados reporteros.
Byron contempló impertérrito las calles sombrías por la ventana del Mercedes cromado, con todo, no lograba entender por qué esa ciudad disparatada le recordaba a Londres en invierno. Debía ser la bruma y, con una punzada de nostalgia, recordó que en esa época solía trasladarse a alguna soleada villa alquilada en las cercanías de Roma.
Al día siguiente en la prensa palpitaba la más increíble noticia: simplemente Byron se había esfumado.
Los aeropuertos, carreteras y pasos fronterizos habían sido cuidadosamente peinados y nada, parecía habérselo tragado la tierra.
Los reporteros declararon perplejos que seguían de cerca su automóvil disparado a toda velocidad y que de pronto, nada, sencillamente lo perdieron de vista entre una nube de smog.
Más tarde se sabría que su ex secretaria privada encontró una espléndida rosa roja sobre el teclado en que Byron construyera sus más elevadas metáforas financieras y, en la pantalla, suspendida sobre una hoja de texto, sólo había una solitaria línea.
“La poesía no se entiende con los números. Au revoir”.