Sala de ensayo
Los símbolos y el mito en Novela como nube de Gilberto Owen y Return ticket de Salvador Novo

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Cultos hasta lo incomprensible, titubeantes entre la prosa y el verso, ambiguos y, sin embargo, bellos, los experimentos narrativos de los Contemporáneos se ofrecen como ruptura frente a la tradición romántica decimonónica y los furores de la búsqueda por la identidad latinoamericana y la gesta de la Revolución. Influidos por las corrientes francesas de principios del siglo XX, inauguran una nueva etapa en la literatura mexicana, en la cual la construcción ficcional y la originalidad de la imagen se hermanan con el artificio y la hipérbole, arrojando como resultado una especie de prosa poética en cuyo interior se entrelazan emociones e impresiones de movimiento.

Estos rasgos destacan su origen libresco; Juan Coronado, incluso, en su prólogo a La novela lírica de los Contemporáneos, destaca A la sombra de las muchachas en flor, de Marcel Proust, como la fuente original de la que manaron estas composiciones. Esta aseveración deriva en dos peculiaridades esenciales: el retorno al mito y, por extensión, al símbolo y la poesía; en consecuencia, el inicio de un tipo de relato en que, paradójicamente, la acción desaparece a favor de un comportamiento errático, oscilante entre la molicie y el sueño.

Con estos antecedentes, analizaremos Novela como nube, de Gilberto Owen, y Return ticket, de Salvador Novo, dos textos representativos del apogeo y la disolución de este periodo artístico. Aunque parecen distantes —los procedimientos narrativos, la conformación de los personajes, la trama y el argumento difieren en gran medida—, se acercan debido a la presencia de los mitos y la poesía como hilos conductores del acontecimiento y entidades renovadoras de su sentido.

 

Gilberto OwenNovela como nube: la vanidad y lo inasible

Publicada en 1926, esta breve novela florece bajo la égida del cubismo pictórico y la tendencia a la trivialización de la realidad representada, gestada mediante el cruce entre el realismo y el naturalismo y popularizada con las vanguardias europeas. Su estructura, en apariencia caótica, responde, no obstante, a las aspiraciones del escritor: Owen, en una de sus múltiples irrupciones en el plano ficcional, declara que él ha querido prefigurar una historia “vestida de arlequín, hecha toda de pedacitos de prosa de color y clase diferente”. Su relato, en efecto, se constituye por cuadros plásticos en los que late la posibilidad del rompecabezas y su presencia, a semejanza de los personajes, parece flotar sobre la atmósfera del texto. Análogamente, el lenguaje —centrado en el incesante monólogo interior sostenido por una voz narrativa que subraya la dimensión onírica del relato— se tensa entre metáforas: huella de un sueño, nubla la percepción de las realidades y las palabras para denominarlas.

Empero, bajo esta máscara de ensoñación, el mito se revela, reencarna, revive y, en último término, se actualiza. De acuerdo con las precisiones del autor, el punto de partida de Novela como nube radica en la evocación de Narciso frente a su reflejo; sin embargo, se tiñe, también, de otras referencias: la figura de Ixión, aludida en los subtítulos del texto, permite descubrir las orientaciones del mito y justificar la presencia de aquél. Para comprobarlo, resulta necesario recordar que, tras el enloquecedor asesinato de su suegro, Ixión, olvidado por los hombres y los dioses, obtiene el perdón de Zeus, quien lo libera de su demencia y le permite ingresar en el Olimpo. Ahí se enamora de Hera, así que intenta conquistarla. Zeus, al darse cuenta, da a una nube la forma de su consorte; Ixión la atrapa, se une a ella y de este abrazo nace un monstruo. Para castigarlo, Zeus lo ata a una rueda alada y llameante. Después de haber volado por los aires, desciende a los infiernos, entre aquellos que han ultrajado a las divinidades.

A grandes rasgos y sin intervenciones divinas, la historia de Ixión se reproduce en la de Ernesto, quien se enamora de un ideal inalcanzable: Eva. Su nombre remite a una mujer primigenia, poseedora del pecado, pero también dueña de la salvación, en quien Ernesto cifra la esperanza de dotar a su vida de un sentido trascendente: inmerso en el ocio, busca una emoción fértil, que lo absuelva de la trivialidad. Este prototipo encarna en Elena, fémina que, desde su aspecto físico, se muestra como típico icono petrarquista —de raigambre, además, platónica—: pálida, bella, etérea y limpia de toda tentación; sus armas seductoras residen sólo en su pureza. Sin embargo, su repentino matrimonio con Enrique la coloca en la esfera de lo inaccesible; así, se transforma en nube intocable e intocada, puesto que, como consigna Ernesto, el noviazgo epistolar entre su tío y su amada ha sido “pura literatura”, y, al parecer, ella permanece virgen.

De este modo, basta observar los nombres y los vínculos entre los personajes para localizar el influjo del mito en el tramado textual. Mientras Ernesto y Enrique conservan apelativos tan irrelevantes como sus personalidades, Elena —pese a la mudanza ortográfica— recuerda a Helena de Troya, famosa por su codiciada hermosura. Al mismo tiempo, se transplanta a la Hera de Ixión: nebulosa, significa la naturaleza indeterminada del origen del cosmos; tradicional, protege a la fecundidad y al matrimonio, aunque, irónicamente, preserva su virginidad, pues concibe sin la intervención de su marido. Por ello, simboliza el orgullo y, desde la óptica de Ixión, el logro de su posesión sexual inclina a la vanidad; no obstante, en su caso, desata una eternidad de tormento. De idéntica manera, Ernesto se sabe torturado, pues, aunque insiste en volcar su amor sobre Elena, sólo consigue llamar la atención de su hermana, Rosa Amalia, quien, dentro del canon de belleza instaurado en el texto, aparece como una muchacha hombruna: amante de los quehaceres intelectuales, despliega un temperamento reflexivo y ostenta un atractivo más sensual que espiritual. Así, Ernesto supone que la joven, a pesar de su nombre romántico, tiene “el diablo metido en el cuerpo”: ocupada en pensar y leer, se niega a cumplir con el convencional destino que guarda su apelativo.

Frente a estas circunstancias, la secuencia en la cual Ernesto cede a sus atenciones ocurre de modo similar a la transgresión ejecutada por Ixión: envuelto en la nebulosa presencia de Elena, concierta una cita nocturna con una sombra semejante a ella. Rosa Amalia aparece en su lugar y Ernesto se entrega a ella en un abrazo ciego que, si bien no desemboca en la unión carnal, sí termina por unirlos en el matrimonio que constituirá su monstruoso castigo. De este modo, queda condenado a perseguir a Elena —es decir, a rastrear los rasgos femeninos ideales— en el cuerpo de su hermana.

Mediante estas observaciones, la conexión entre Ernesto y Narciso resulta comprensible. Si bien la configuración del personaje excluye cualquier razón para sentirse orgulloso de sí, la explicación mítica de la novela manifiesta la persistencia de su vanidad en la convicción con que abriga su amor sublimado. De ahí que su fracaso resulte doloroso y asumido con resignación: sin el amor ideal, él no es nada. Su caída narcisista en las aguas de la contemplación provoca, entonces, un brusco estrépito que destruye el tono adormilado de la narración y, en consecuencia, la suspende: Ernesto —como Ixión, quien baja al Hades tras volar por lo más alto— despierta de manera violenta y, por ende, inaugura una existencia prosaica.

En este tenor, resulta imperativo destacar que el sueño, primariamente, conduce a la formulación de símbolos; por ello, Freud ve en él la vía para acceder al conocimiento del alma. Por otro lado, el sueño permite al individuo escapar de su voluntad, perder la consciencia de la realidad y percibir la disolución de su identidad. Ernesto, al casarse con Rosa Amalia —y diluir, por lo tanto, la densidad de sus sueños—, debe renunciar a su condición de enamorado; o sea, apagar la presencia simbólica de Elena como encarnación de Eva, oscurecer sus deseos y asumir la responsabilidad de su equívoco. De esta manera, su voluntad, supeditada a los dictados del deber ser, se anula: corre idéntica suerte que Ixión, quien pasará la eternidad atado a la rueda volante a causa de su falta de discernimiento.

Análogamente, el espejo, amén de las evocaciones narcisistas ya referidas, desempeña, en Novela como nube, un papel adicional: mediante su reflejo, Ernesto distingue la presencia de un otro que, con sus mismas facciones, se inclina hacia vivencias desconocidas. El espejo, entonces, simboliza la revelación de la verdad, con sus diferentes grados de pureza, así como la reflexión de la inteligencia y la creación; empero, ello no lo limita a mimetizar la realidad: de esta forma, Ernesto no acierta a precisar la imagen de sí mismo; circunstancia que refuerza las inevitables identidades míticas establecidas a lo largo de este trabajo.

Finalmente, una vez expuesto el mito detrás de las correspondencias, queda por clarificar las razones para duplicarlo, sin más innovación que el traslado de los nombres y las situaciones a un ámbito concurrente a la época en que vivió el autor. La novedad, desde mi punto de vista, consiste en el tratamiento propuesto por Owen, en el cual el monólogo interior y sus peculiaridades insertan nuevos sentidos en el mito: condensar la voz narrativa en la representación de Ixión permite apreciar una perspectiva distinta a la impersonalidad y distancia con que se refiere el mito desde la antigüedad, puesto que supone el ingreso de la ilusión en un universo paralizado de erudiciones. Por otro lado, la variación final critica la debilidad de temperamento fomentada en el hombre de principios del siglo XX; asimismo, enfatiza su carácter cobarde y antiheroico, que torna imposible su interrelación con ese otro que Ernesto no consigue reconocer en el espejo.

 

Salvador NovoReturn ticket: el viaje boquiabierto

Publicado en 1928, este relato de aspecto autobiográfico —el narrador y el autor ostentan el mismo nombre y la misma edad— resume, en un lenguaje sencillo, de movimientos vivaces y veloces, las anécdotas de viaje de un joven profesor de literatura en su trayecto de México a Hawaii, donde se desarrolla un congreso en torno a la educación en el mundo.

Para revisar las implicaciones del mito en este texto es necesario, en primer término, dilucidar los diversos aspectos de la voz narrativa, la cual, en un monólogo interior semejante al aparecido en Novela como nube, inicia reflexionando sobre su vida y finaliza consignando sus aventuras turísticas. De este modo, se plantea como un individuo hastiado de habitar una ciudad monótona, ocupado en dar clases sobre una materia que ni él mismo valora, pues vislumbra en la poesía un artificio destinado a llenar cabezas ociosamente soñadoras. En consecuencia, se asume un joven-viejo: un hombre cuyo espíritu ha vivido lo suficiente y al que, a pesar de su edad, ya no le sorprende el mundo. Su única pasión, la incansable labor editorial, se funda en su idea de embellecer, desde el exterior, la mudable esencia de la literatura.

No obstante, este fastidio no concuerda, como parece, con una pose snob, sino que fija su origen en una infancia difícil: la soledad, los recuerdos difusos de la violencia de la Revolución y un febril primer encuentro con las letras determinan su carácter introvertido y melancólico. Sin embargo, el personaje no culpa a nadie ni indaga en las causas, simplemente las muestra con el deleite y la repugnancia propios del ser incómodo consigo mismo. En tanto, se niega a sublimar la melancolía mediante el deseo —a semejanza de Novela como nube—, pues considera cualquier manifestación de afecto como un acto “siempre grotesco”. De esta manera, aunque prefiere a la imaginación frente a la realidad, se mantiene al margen de la ilusión y se refugia en su erudición desdeñosa.

Sin embargo, durante sus paseos por la cubierta del barco, se identifica con el mar, fuente simbólica de vida e infinitud: así, se configura como gran inmortal, dotado de miles de ojos capaces de atestiguar todas las tristezas y todos los triunfos; empero, el narrador no se siente atraído por este significado, sino que se identifica con su longevidad, y, desde ese momento, emprende una especie de viaje mítico, iniciático, en cuyo curso recupera su capacidad de fascinación. El viaje, entonces, encarna la búsqueda de la verdad; por otra parte, se entiende como una exploración encaminada al hallazgo de riquezas materiales y espirituales. Paralelamente, en un sentido más moderno y cercano a la tradición romántica, implica, para el viajero, la huida de sí mismo, además de la inquietud por remediar el tedio provocado por la rutina. En este punto, se torna una travesía interior que desemboca en una vivencia emblemática, con frecuencia post mortem, traducida en la progresión del alma por diversos estados que aspiran a una meta suprahumana. Por último, en el sentido iniciático ya apuntado, consiste en una serie de pruebas encaminadas a la inducción en algún campo de la experiencia espiritual.

El viaje del narrador de Return ticket se circunscribe a estos últimos tres aspectos: el fastidio lo empuja hacia la muerte y lo metamorfosea en una especie de fantasma asido a la Tierra mediante el solo desempeño de sus funciones orgánicas. Este desprendimiento lo fuerza a mirar dentro de sí y reconocer que el mundo se extiende más allá de lo que sus limitaciones personales le permiten apreciar. Esta apertura se explicita aun más con el arribo del personaje a Hawaii que, al mismo tiempo, marca un cambio violento en el tono de la narración. Las reflexiones, que ralentizan la marcha del discurso, se interrumpen entre el tumulto del desembarco y la explosión sensorial del destino. Así, el narrador inicia una escéptica exploración de su entorno, que se revela más profunda y confiada conforme progresa la trama, hasta llegar a un equilibrio relativo entre lo que se encuentra dentro y fuera de sí. Sin ninguna expectativa prefigurada, el narrador recoge, poco a poco, impresiones que lo conducen a mirar el universo de un modo diferente. De esta manera, tal como señala el rito del viaje iniciático, se convierte en el dueño de los dos mundos y comienza a establecer relaciones, desde las tradiciones hasta la historia, entre su tierra natal y Hawaii, de tal modo que supera el hastío. Esto no significa que el narrador se deje seducir por la exuberancia del ambiente y la calidez de los festejos, sino que aprende a mirar debajo de ellos y establecer lazos entre esas observaciones y su interior.

Finalmente, el viaje lo rejuvenece e impulsa hacia una vida diferente: tras despojarse de los lastres de su pasado, se reconoce humano; en consecuencia, cumple el propósito de búsqueda del viaje. El personaje retorna al mar y, en esta ocasión, se identifica con su vitalidad. De esta manera, su conclusión resulta mucho más afortunada que la de Novela como nube, puesto que el personaje se asume como héroe y supera sus limitaciones a favor de una aspiración trascendente. Por tanto, el título del relato se entrevera con su contenido: el viaje representa un boleto de regreso a la sorpresa, a la belleza, a la vida tras la prolongada muerte supuesta por la ausencia semántica del mito; corresponde, así, al entero recomienzo del mundo.

 

Fuentes de consulta

  • Chevalier, Jean y Alain Gheerbrant. Diccionario de los símbolos, Herder, Barcelona, 2003.
  • Coronado, Juan (antol.). La novela lírica de los Contemporáneos, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1998.
  • Martínez, Jean-Luc. Les dieux grecs: petit dictionnaire illustré, Reunión de Museos Nacionales, París, 2001.