Letras
Tres relatos

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Sé que todavía me quieres

Sé que todavía me quieres, vuelve a casa.

Después de la décima vez que esa frase se escuchó en su cabeza en un idioma que casi no entendía ya parecía una miserable mentira.

Todos los días arreglaba la habitación, colocaba los pijamas, el suyo y el de ella, bajo la almohada, y esperaba una llamada. El reloj entonces era esa clase de amigos que a uno nunca le apetece llamar, pero cuando te llaman siempre contestas.

Sé que me quieres, vuelve aquí conmigo.

Se puso el pijama, era de noche, cogió el de ella y se lo acercó a la cara, no sabía si prefería olerlo o sentirlo, tampoco veía demasiadas diferencias entre uno y otro.

Luego se durmió. Luego soñó y al poco se despertó. Miró a su derecha y pensó en el frío. Pronto lo padeció.

Da igual qué pienses de mí, vuelve.

 

En la tetera

Pones una tetera al fuego. Vamos a hacer una infusión de pasado. Deberemos buscar algo que anule el sabor amargo de la sal de algunas lágrimas que aprovechando la inevitable gravedad escaparon de tus pupilas para ir justo al centro de gravedad de tus labios. Ese punto exacto que mantiene mi vida en pie.

El punto del equilibrio.

Nico, sentada en el sofá del comedor, canta All Tomorrow Parties. Está afectada. O es mi percepción de la realidad soñada.

Me sacas una taza de té. Bebes primero de ella para hacerme ver que todavía no vaciaste todo el cianuro. Yo me ahorro decirte que nunca me darás veneno sin antídoto. Luego me comentas que sólo comprobabas que no estaba demasiado caliente. Yo te creo, por necesidad, por comodidad, también quizá por algo de amor.

Sólo el llanto de Nico corta el silencio ante una conversación pendiente, de hace ya demasiados días. Nos miramos. Hacemos como que sonreímos.

—No me importa todo lo que hicieras en el pasado.

—Pasó la semana pasada.

—He decidido vivir, cada segundo que dejamos atrás sólo es un recuerdo, un lugar que se sitúa en el tercer vértice, tras el presente y el futuro.

—No es justo para ti.

—La vida no suele serlo, pero he decidido vivirla.

Me quemo los labios con el té, pero hago como si eso no hubiera pasado. Tampoco.

 

Debió ser el día del Apocalipsis

Debió ser el día del Apocalipsis, yo estaba tumbado en el sofá viendo cualquier película de ésas que a ti no te gustaban y que hacían que yo me tuviera que hacer el dormido para evitar que se notara que el estremecimiento brotaba de mis ojos.

El Sol explotó y todo ante mí se desintegró. Tú la primera. Parpadeé y ya no estabas. Quise soñar y ya no existía el sueño.

Así que no me quedó más que vagar por la Tierra, en busca de alguien sin tener realmente claro que quisiera encontrar a nadie.

Lloré por ti la mayor parte del tiempo.

El hambre era un amigo que nunca calla más que una necesidad insufrible. El Sol no volvió, eché de menos algunas canciones, otra vez tus besos. La humanidad ya no existía y nunca más volví a probar uno de aquellos helados que compartíamos algún martes por la noche desde que decretamos ése como el día que podemos dejar de adelgazar. Me encantaba morder tus costillas sin tener que perforar carne.

Estaba solo.

Y lo más que pude hacer por resucitarte fue releer algunos poemas que escribí entonces.

Comprendí el significado entonces de aquella frase del gran Ildefonso Iruña en la que decía “me importa muy poco la humanidad cuando alguien te lleva tan dentro”.

Pero tú estabas tan muerta como todos los demás.