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Poemas

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La puerta condenada

Qué daría por las manchas de la pared
sobre tu boca,
sobre el invierno que me dan tus gritos.
Qué daría por la humedad tranquila
que acaricia el tiempo.
El papel rasgado quisiera
ver florecer sobre tus ojos
y en tu grieta soplar cal
y sentir verdadera la eternidad.
Ahora
que las noches enceguecen
que las plantas
del pasillo aúllan a la luna.
Ahora que la extraña
parsimonia de los días me fatiga.
Qué daría por las manchas de la pared
sobre tus labios.
El hotel de cuento se vuelve irrepetible
y anciano, se vuelve
para oírme en tus gritos inventados.

 

Otros ojos

Suspiran las puntas de los dedos
en la ociosa tarde: el laberinto
de la ceguera es a veces predecible.
Esconde una rosa en su amalgama oscura
y esgrime la espada del miedo.
Alimenta las caídas de pelo en otoño
y algunos gestos de ternura.
Las yemas de los dedos se escurren
tras la vida
y una piel.
Una continua espera.

 

Sentencia

I

El día es dueño de mi cuello,
de mis ojos pardos.
Mi cuello escupe gritos
que borran su hueco,
la sombra que me arde.
La ausencia que cae sin saberlo,
como arena en un reloj,
imparable.

 

II

El hijo espera en la curva,
en la oscura antesala de la vida.
A veces sabe lo que las voces dicen
al otro lado del muro.
El hijo bebe tierra
y letras servidas
en las páginas de un libro.
Come lápidas
de gente que no conoce.

 

III

El temporal
corre en puntas de pie por la casa.
Susurra el trueno,
dispara el cielo
y el temor del hijo,
al otro lado del muro,
se cuela en gritos desde su cuello.
Imparable, ajeno, su cuello.

 

Transferencia de bienes

Mi día empieza y termina,
sucede y muerde.
Me taladra el filo de la súplica
y llega el trueno con su dulce voz.
Debajo de mi frente aúlla el sueño
y las sienes moradas de la duda,
mientras canta el grillo, elocuente y vengativo.
Mi día es nada más que la compra al contado
de una soledad inmueble.

 

Espero

Espero el mudo susurro de la lluvia
y el eco de mis pisadas por las desiertas calles.
Atardecerá mañana, una vez más,
y nadaré de nuevo en el río
que me llena tu cúmulo de versos.
Espero la contagiosa neblina
que envuelve mi voluntad de respirar futuro,
y la prohibida sensación de despertar.
Trágate el sarcasmo, la lámpara rota,
la alfombra manchada, el espejo de la sala,
el saco apolillado, el polvoriento libro,
la oscura ventana, el miedo.
El miedo.

 

Elegía a un loco

¿En qué torcido abismo he de buscar su sombra
que se escapa de mis manos temblorosas?
¿En qué podrida ciudad he de llorar sus huesos,
la extraña suerte de haberle tenido
y ya no respirar su espejo ahora?
¿En qué agujero se empozará mi llanto,
el dolor ambiguo del misterio,
la certeza de tenerle enfrente
y mirar al vacío si miro sus ojos?
Ahógame, tiempo, cruel destino, fiera
incontenible de la memoria.
Ahógame, tierra, bancos y cemento
que guardan nuestras tardes
en su anonimato.

El loco sigue, como uno más,
en su extraña resignación
de ser la minoría.