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El primer cadáver

En la mañana durmió suficiente tiempo para olvidar la borrachera que adquirió a partir del licor que le brindaron los vendedores de ganado en el matadero. A las tres de la mañana llegan los camiones con las reses, muchos conductores necesitan ayuda para bajar el ganado. Por cada camión se reciben en promedio cuatro aguardientes, a las seis ya se asegura haber bebido más de una botella. En algunas ocasiones, cuando el licor ingerido no es suficiente para sentir la plenitud de la borrachera, entonces, del pago por el trabajo se compra la cantidad necesaria para ir ebrio a dormir. Hubo un tiempo en que borracho se quedaba durmiendo en cualquier andén o sobre las mesas de los lugares aledaños al matadero, pero desde que el alcalde nuevo había sido elegido le habían prohibido dormir en la calle, bajo amenaza de perder el cargo de sepulturero.

En el comienzo, cuando recibió el trabajo, no había muchos muertos, lo que hacía que el trabajo fuese liviano, un entierro cada dos meses, cuando más. El resto del tiempo se dedicaba a limpiar la hierba que se acumulaba alrededor de los caminos que circundaban las tumbas, o en mejorar la apariencia de algunas zonas, cuando los familiares de los difuntos pagaban por hacer esta labor.

Eran las tres de la tarde cuando vinieron a buscarlo. Un policía y el sacristán de la parroquia. El tufo lo delató y antes de que pudiera pronunciar una excusa razonable le echaron en cara el hecho de beber licor un miércoles.

—¿No te cansas de beber?

—Sólo unos tragos, pero el tufo se pega como si se tratara de botellas.

—¿Unos tragos después de cuántas botellas? Debería darte vergüenza.

Un gesto de enfado en el rostro del sepulturero le hizo pensar al policía en el día de su muerte. —Es mejor tratar bien a este borracho, no sea que ya uno sin poderse defender este sinvergüenza lo trate sin la cortesía debida —el policía creía en los cultos, en las apariencias, en las reglas antiguas, en todo aquello que había visto desde niño. Una de sus preocupaciones era asegurarse una tumba decente, un funeral adecuado y por supuesto, toda la discreción sobre su cuerpo, asunto que en ese momento quedaría en manos de los vivos.

—Cámbiese de ropa que debemos ir a donde el alcalde. Arréglese un poco y si se apura no comentaremos nada sobre el tufo.

—¿Y se puede saber para qué me necesita la autoridad mayor?

El sacristán, quien hasta el momento había estado observando hacia lo profundo del cementerio, le dijo que mejor apurara, ya en el camino le iban contando, uno se entera de las cosas cuando le toca, no antes ni después. —Cada momento tiene su razón, algunas veces somos sujetos pasivos, otras agentes activos. Hoy te toca sujeto pasivo. —Si serás maricón, bien pasivo que eres —dijo en voz baja el policía, sin que pudiera ser escuchado.

Veinte minutos después salieron los tres hacia la alcaldía. En la entrada del cementerio alguien había cambiado la “C” de Cementerio Municipal por una “S”. Los tres vieron al tiempo y uno de ellos dijo, con tanto loco que viene en la noche al cementerio a tirar, tienen razón en ponerle la “S”, esto está lleno de semen. Rieron con gusto, aunque la verdad el chiste estaba mal logrado, pero se trataba de hacer sentir bien a quien se había atrevido a contarlo.

En el camino el sepulturero paró una vez en una tienda de víveres, compró pan y salchichón, un truco antiguo para evitar ser sorprendido con el tufo. No tardaron mucho en contarle la situación que los había obligado a visitarlo; en el río, como si se tratase de un pescado, se encontró un cadáver, del cual nadie sabía nada. Un ser anónimo, sin otra condición que la desnudez y la rigidez propia de los cadáveres. Lo encontraron en la mañana unos niños que inventaban naves de guerras en la parte baja del río.

—¿Ya preguntaron río arriba si se ahogó alguien?

—No, no se ha hecho nada, lo buscábamos a usted, lleno de sabiduría para que nos oriente. ¡Claro que sí! En ningún lugar saben de quién se trata.

—¿Cuánto tiempo van a esperar para que alguien venga a reconocerlo?

—El cadáver ya está descompuesto. Hoy o mañana debe ser sepultado.

En la alcaldía, la secretaria les notificó las órdenes dejadas por su jefe. Debían conseguir un ataúd, meter el cadáver, llevarlo luego al templo católico, en donde el sacerdote ya tenía indicaciones de hacer una ceremonia religiosa sencilla, luego lo enterrarían sin que hacer mucho ruido.

—Todos se enterarán de que hubo un muerto. Con las viejas que se la pasan en la iglesia basta para que se conozca el chisme en todo el pueblo.

Todos los que se encontraban en la oficina miraron al sepulturero de tal modo que debió disculparse. La secretaria siguió con las órdenes; el sacristán, quien ya había informado al sacerdote sobre la hora de la misa, debía llevar a los ancianos del ancianato a la misa. Todos creerán que es un viejo de esos que nadie va a visitar. El policía y el sepulturero se encargarían de todas las tareas necesarias en el cementerio. El sepulturero, Juan Amaya, debería utilizar un ataúd de los que se guardan al sacar los cadáveres que van para cremación.

A las nueve de la mañana del siguiente día se efectuaron los oficios religiosos, bajo las condiciones de las creencias católicas. Los ancianos llegaron puntuales, no preguntaron mucho sobre el muerto, les dijeron que era un antiguo visitante del ancianato, de otro pueblo, quien por último deseo tenía estar acompañado en su sepelio por ellos. Las señoras y señores, visitantes constantes del templo, no pudieron acceder a más información, el policía les impidió acercarse al ataúd. Ese día aprovechó para hacer uso de sus habilidades de narrador, a cada pregunta inventaba una historia que luego encadenaba con otras. Nadie supo identificar al difunto, todos le rezaron como si se tratase de un gran hombre que había colaborado económicamente para que los ancianos tuvieran todo lo necesario, eso creían unos, otros que había estado viviendo en el ancianato pero que era un hombre rico, a quien su familia habría sacado de ahí unos años antes. Todas las fantasías ideadas por el policía, Pedro Vargas, las ayudaron a corroborar el sacristán junto con Juan Amaya, quien a esa hora, sin haber podido dormir la borrachera de la madrugada, estaba tan borracho que incluso a él le parecía verdad todo lo que se había dicho.

Juan Amaya, el día anterior, consiguió una tumba abierta, en la que enterraría al muerto anónimo. Hubo suerte ya que hacía unas semanas se habían retirado unos cadáveres para ser cremados. —Cosas de la fortuna —pensaba mientras marcaba con pintura el lugar a donde llevarían al muerto. Esa noche fue a donde un amigo a jugar parqués, se bebió varios vasos de una bebida fermentada. Cumplió la promesa de no hablar acerca del tema, claro que no había necesidad de advertirle sobre la confidencialidad del asunto ya que a él no le gustaba hablar del trabajo que desempeñaba. Esa noche doblegó la espada carnal varias veces, se masturbó imaginándose a la hija de su amigo acompañándolo en sus urgencias sexuales, una dormida sexual con todos los sabores, luego reía de imaginarse que así tendría gracia aquello de “sementerio”.

El muerto ocupó el lugar seleccionado. Al final de la celebración religiosa el sacerdote advirtió a Juan sobre la necesidad de mantener esto en reserva. No habían pasado treinta minutos estando solo en el cementerio cuando llegaron el jefe de la policía y el alcalde. Se acomodaron en unas sillas antiguas que ocupaban la sala del lugar que tenía como vivienda Juan dentro del cementerio. La casa tenía una puerta de ingreso desde el cementerio y otra desde afuera, esto sólo lo sabían quienes habían vivido en ella y los que hacían visitas a sus habitantes. La entrada de la casa siempre estaba bien pintada, un azul cremoso como el cielo cuando se despierta lleno de migajas de nubes, a Juan le gustaba pensar de esta manera sobre el color de la casa en donde vivía, claro que otras veces, sobre todo cuando llegaba borracho, la imaginaba aterciopelada de rojos, como si la puerta del infierno se encontrara en ella. La entrada hacia el cementerio, una puerta semioculta, pintada de blanco y semi cubierta por un pino, era el lugar en el que extrañamente Juan llegaba a dormir algunas veces borracho. —Cosas de locos —pensaba al despertar, y se iba directo a la ducha.

Alcalde y jefe de policía hablaron un rato extenso, a Juan lo enviaron a comprar aguardiente casero, “chirrinchi”, del que vendía María Rosales. Cuando volvió, encontró al alcalde y al jefe de la policía riendo, ambos estaban un poco tocados por el alcohol, a primera vista no logró saber dónde se encontraba el trago, luego vio unas botellas de whisky debajo de una de las sillas. Preguntaron por el trago que le habían encargado, le hicieron bromas sobre el estado de la botella que traía, asunto que le pareció demasiado grosero al sepulturero ya que no se tomó un solo trago; si hubiera sabido que ellos estaban tomando, él se hubiera bebido media botella en el camino, y seguro habría traído más. El alcalde le dijo que ahora todo lo dirigiría el jefe de la policía, por si acaso, pero que ellos no creían que aparecieran más muertos. La botella de “chirrinchi” se la desapareció Juan mientras los otros tomaban whisky, no terminaron la botella y se fueron dejándole una cantidad suficiente para que se hiciera a una levedad sustancial. Al siguiente día estaba convencido de que hubo tiempo para hablar de temas densos y livianos. No recordaba mucho, era preferible así.

 

Otros cadáveres

Cuatro días después aparecieron dos cadáveres, menos descompuestos. Esta vez, el alcalde informó a las autoridades judiciales. Se ejecutaron las obligadas rutinas, llegando a la misma conclusión que sería utilizada en los siguientes hallazgos: “Estas personas no están identificadas como desaparecidas. Sus rasgos no corresponden con las personas que habitan la región. Es importante tener en cuenta que no hay solicitudes de búsqueda por desaparecidos, ni búsquedas de personas en la región”. El alcalde, Julio Rincón, envió una misiva al gobierno central. No hubo respuesta formal de las entidades centrales, aunque muchas voces le decían que había guerra de familias varios pueblos arriba, o que una catástrofe natural podría haber ocurrido sin que ésta se reportara. Julio, acostumbrado a ignorar más que a afrontar los problemas, se sentía cómodo con la segunda explicación.

Una mañana aparecieron cuatro cadáveres; el alcalde obligó a los policías a llevarlos más abajo, en donde se perdía la jurisdicción propia, de esta manera evitó tener que llevar más cadáveres al cementerio, además de otras complicaciones burocráticas que lo obligaban a ser parte de las preguntas diarias en el gobierno central, evento este que no le agradaba ya que de ahí a preguntarle en qué se gastaba el presupuesto del municipio estaban a un paso; como siempre no tendría cómo explicar la desaparición de las partidas presupuestales sin inversiones reales.

En el cementerio las rutinas empezaron a repetirse, de una manera tan repentina como los besos en los novios recién consagrados. Juan Amaya visitó al alcalde apenas un día antes de que tuviera una reunión con los pastores de las corrientes cristianas diferentes al catolicismo.

—Mire, está bien que yo tenga un sueldo, pero es que cuando yo recibí este cargo, había apenas un muerto cada cierto tiempo. Claro, como a usted no le toca, no se da cuenta de que diez muertos por semana cuestan, ni tiempo hay para otras cosas.

—Juan, usted recibe un salario. Es su responsabilidad cumplir con las funciones de su cargo, no importa si éstas son mayores o menores.

—Debería ir al cementerio un día y acompañarme. Por cada muerto, toca un hueco, que se abre y se tapa, además como nadie da un peso pues también toca buscar un ataúd, y eso es destapar una tumba de alguien por quien nadie reclamará. Doble trabajo.

—¿Y?

—Mire, yo tenía dos trabajos, y además, era un lúdico feliz, ahora ni otro trabajo ni beber feliz. Imagínese, me la paso entre huecos, unos nuevos, otros antiguos.

—¿Y por qué no entierra en el hueco que destapa al que va a enterrar?

—No se puede, no ve que si hago eso me toca firmar comprobantes de que la familia del enterrado autorizó hacerlo.

—¿Y si está mal por qué hace eso? —esta vez el alcalde elevó la voz, como siempre amenazante.

—Pues lo hago porque no hay ataúdes para los muertos, ¿o es que alguien me los va a dar?

—¿Qué quiere entonces?

—Alguien tiene que pagarme, ¿o es que todo es gratis? Ni la secretaria lo hace con el jefe gratis —rieron ambos, una risa que recordaba momentos antiguos.

Hablaron un rato más con el alcalde. En algún momento rieron, recordaron una vieja aventura y se fueron por unos tragos a una finca en donde el alcalde solía ir abandonado de la cordura. Varias botellas agredieron sus gargantas, hasta que todo fue madrugada; entonces el conductor de la administración municipal los llevó a cada uno a su casa, por supuesto, el sepulturero le advirtió al alcalde que alguien debería pagarle por cada muerto que enterrara.

 

Los ministros religiosos

El alcalde recibió la visita de varios pastores protestantes, evangélicos, adventistas. Ellos protestaron por los ritos en los cuales se veían involucrados los cadáveres anónimos, ¿Por qué católicos? ¿Acaso el alcalde no debía ser de mente abierta? ¿Acaso la Constitución no consagraba la libertad de religión?

—¿Exactamente qué quieren? —los hubiera matado con tal de poderse tomar tranquilo los remedios para la resaca; sin embargo, debía escucharlos. Su esposa pertenecía a alguna de las congregaciones de los pastores que se encontraban en la oficina.

—Pues, es evidente. Ya veo que a usted no lo ilumina Dios por ir a no sé a qué cavernas que quieren imitar la casa de Dios —los demás repiten lo mismo y hacen otros comentarios.

El alcalde recuerda las palabras del sepulturero, “alguien tiene que pagarme”.

—Resolvamos este tema hoy mismo. Voy a llamar al sacerdote católico. Mañana todos sabremos cuál es la manera de actuar en estos casos, con respecto al rito con el cual se enterrarán los cadáveres.

El sacerdote llegó apenas lo llamaron, se saludó cortésmente con los otros religiosos, manteniendo la debida distancia. El alcalde expuso todos los puntos sobre la situación, dejando muy en claro los siguientes:

—Se hará un funeral según una creencia religiosa. La iglesia que sustente esta creencia religiosa deberá costear ataúd, derechos de cementerio y, por supuesto, los derechos del sepulturero.

Todos hicieron la misma protesta. Ninguno de los religiosos asumió gasto alguno, para ellos esto era una responsabilidad de la administración municipal. Partieron todos haciendo un único grupo; el alcalde es un irresponsable, pretender que ellos, para quienes la única existencia real era la espiritual, se hicieran cargo de entes corporales.

 

Los voluntarios

El jefe de la policía recibió la llamada del alcalde antes de las siete de la noche.

—Esta noche te haces un recorrido por las zonas públicas, capturas a todo el que se vea fuerte, con cualquier excusa, documentos, desorden, cualquier cosa. Los llevas al calabozo, mañana yo te digo qué haces con ellos.

Esa noche capturaron a muchos jóvenes que con sus uniformes deportivos no habían llevado los documentos de identificación completos. A otros los llevaron a las dependencias de la policía por ser ruidosos o por estar donde al policía no le parecía adecuado. Cosas de la libertad democrática, mandan las mayorías, y ellas fueron las que llamaron a quejarse al comando, eso decían los policías cuando les preguntaban los detenidos.

A la mañana siguiente, los capturados por la policía debieron aprender a usar una pala, algunos, y otros una pica. Hicieron un hueco con varios metros de profundidad, con una amplitud considerable. No pudieron irse sin antes hacer montones de tierra segregados. Todo esto fue en el cementerio. Algunos debieron vomitar varias veces, no sin ser objeto de burla por los compañeros de situación.

—¿Qué es eso? —preguntó el sepulturero al alcalde.

—Es una distinción para el sitio que abrieron los presos de anoche. Ya que te quejas tanto, te conseguí ayuda.

—Mejor me dice qué debo hacer.

—Sencillo, cada nuevo cadáver por el cual nadie pague, lo llevas al hueco que abrieron. No hay ritos, no hay ataúdes, no abres huecos y no me cobras.

El alcalde lo miró sin comprender lo que Juan Amaya expresaba con el gesto en su rostro. Igual no importaba.

 

La solución divina

Dos días después, el alcalde debió recibir a los religiosos, quienes traían una propuesta para resolver el asunto. A partir de ahora el primer muerto que se encuentre será sepultado en uno de los ritos, el siguiente en otro, hasta que se completen los tres más importantes. Católico, una congregación cristiana y los evangélicos. Los otros pastores decidieron participar de alguno de los ritos con la condición de que se les permitiera expresarse en el cementerio con una o dos oraciones, o cánticos de alabanza.

—Esa es una manera de integración de la fe que considero loable, ejemplar. Señores, si ustedes rigieran los destinos del país, no existiría tanta injusticia y la diferencia sería un lugar de unión entre todos. Hay tanta incomprensión en nuestra sociedad que así es inviable la aceptación del otro como sujeto válido para las creencias propias.

El alcalde pensó antes de seguir, si no se detenía pronto le saldrían gotas de mierda de la boca, y con estos sujetos mejor es ser de pocas palabras para evitar que encuentren algún vacío o grieta en el discurso, luego, quién los calla mientras esperan una excusa o explicación apropiada.

—Señores, la decisión que ustedes tomaron resuelve diplomáticamente el problema de ustedes, pero no soluciona el de la administración. ¿Quién pagará los servicios de cada sepelio? ¿Quién cubrirá las horas de trabajo del sepulturero? ¿El derecho a la tumba? ¿El ataúd? Supongo que ya traen resueltos estos puntos también.

—Sepa usted que nosotros hemos pensado en todo —el pastor evangélico continuó con la exposición de las reglas, adicionales, acordadas—. El ataúd y los costos del servicio del sepulturero lo costeamos nosotros. La alcaldía debe ofrecerles a estos hijos de Dios el derecho a la tumba.

—No veo más problemas, ustedes han resuelto todo. Le comunicaré al sepulturero para que marque cada uno de los cadáveres según la regla definida por ustedes. Él les informará los detalles adicionales.

 

Juan Amaya

Juan Amaya recibió de buena manera el convenio al que el alcalde había obligado a llegar a los religiosos. Nótese que cada uno habla según lo que le conviene. El trabajo, por supuesto, aumentaría pero unas entradas de efectivo le caían muy bien, sobre todo, pensando en que si quería “echarse al plato” a la hija de su amigo debería invitarla a salir algunas veces, además de cambiar sus trajes de rutina diaria. Vestirse para la ocasión. Pensándolo un poco más incluso hasta tendría que pagar motel porque la cama en la que dormía no alimentaba un solo pensamiento erótico. En otro tiempo, en otro tiempo, alcanzó a pensar pero cambió rápidamente de idea, mejor no buscar recuerdos que pueden ser dolorosos.

Antes de terminar el día en la oficina del alcalde había varias hojas con los planos del cementerio y la rotación que haría de los cadáveres el sepulturero, incluso se atrevió a sugerir horario para las celebraciones de manera que los religiosos se sintieran cómodos en el cementerio sin verse interrumpidos unos por los otros. En las casas de los dirigentes de cada religión recibieron las cotizaciones de la funeraria, ataúdes de diferentes precios, con varias opciones de compra, también una cotización de un carpintero quien a bajo costo haría cajas para que los muertos apenas cupieran. En esta última cotización había una sugerencia, escrita por el mismo Juan, en la que sugería que las liturgias de cada funeral se hicieran en el cementerio, de manera que no se necesitaría transportar los ataúdes, evitando así hacer evidente la forma rústica y de los ataúdes que haría el carpintero.

Al siguiente día el sepulturero visitó a la hija de su amigo, claro, se había desenvainado la espada carnal esa mañana pensando en el escote de ella, en las piernas y los senos. Habló con ella un rato, a la muchacha le pareció que él se veía extraño, de una manera más agradable y cercano pero igualmente como si fuese otro. —Soy otro —le dijo Juan—, siempre soy otro, tú me transformas al mirarme. —La palabra estuvo presente todo el tiempo, un poco más y las manos hubieran dado inicio a izar la falda de la muchacha, pero todo a su tiempo, pensaba él. Rosalba había estado toda la vida en esa casa, conocía a todos los amigos de su padre porque iban regularmente a tomar vino y cerveza con él. Juan apareció una tarde, en un abril que a ella le pareció extenso. Soñaba todas las noches con él, se satisfacía al verlo y por esto acompañaba a su padre hasta que se quedaba solo. Con los meses, él se fue transformando en uno igual a los amigos que visitaban a diario su casa, ya había perdido todo lo interesante que traía los primeros días.

 

El negocio

Los religiosos hicieron ir a Juan Amaya a cada una de sus sedes. Le pidieron más sugerencias y éste les dijo que todo estaba escrito en los papeles que había dejado el día anterior; claro, había algunas ideas que no las había impreso porque sería un atrevimiento. Lo vieron con inquisición y entonces él dijo que deberían comprar los ataúdes al carpintero, en su mayoría, y que para el fin de semana cuando tenían mayores feligreses, entonces compraran ataúdes de las funerarias, ese día harían una marcha desde el templo hasta el cementerio, por supuesto exhibiendo la humildad con la cual se sometían para sepultar a un desconocido y la voluntad para comprar un ataúd a todas luces de lujo a alguien desconocido. Eso de seguro invitaría a más fieles.

El de la funeraria le había ofrecido el 12 por ciento si lograba que le compraran todos los ataúdes a él; en caso contrario, le daría el 6 por ciento. Con el amigo carpintero era más fácil la cuenta, Juan pagaría por hora de trabajo, llevaría la madera y todo el material requerido. El carpintero exigía pagarle por anticipado algunas horas ya que debería atrasar otros trabajos o hacer la labor en la noche, horas que por supuesto deberían valer más pero que nadie le pagaría por ese excedente no cubierto.

Esa semana, cada una de las religiones hizo los funerales con ataúdes comprados en la funeraria, la recomendación la hizo Juan, para que las personas supieran que se estaban llevando a cabo estos sepelios y que además cada religión había asumido de sus arcas, con dinero de cada uno de sus dirigentes, el costo de los ataúdes. Seis muertos aparecieron, de los cuales obtuvo el seis por ciento por cada venta de ataúd, más lo que recibió por los servicios de sepulturero le permitieron darle suficiente material al carpintero para que iniciara la construcción de los ataúdes, además del adelanto por la cuarta parte de las horas que debería emplear en hacer cada cajón.

Las tres primeras semanas el negocio de Juan se alimentaba felizmente de la solidaridad de los religiosos con los muertos anónimos, sin embargo, en la cuarta semana le pidieron descuento y obligaron al alcalde a que llevara a los presos a hacer algunas de las tumbas, afectando los ingresos de Juan. No hubo más remedio que capturar borrachos en la noche para que fueran al otro día a abrir los huecos para las tumbas. El alcalde, a quien Juan le daba cierta parte de las utilidades, hizo todo el esfuerzo por oponerse, pero los religiosos ya habían convencido al jefe de la policía que no sabía de los acuerdos entre el sepulturero y el alcalde.

El carpintero decidió cobrar más, los religiosos pagar menos, entonces Juan los presentó y dejó que esa platica se perdiera. Julio Rincón, el alcalde, lo miraba desconcertado por la manera en que abandonaba el negocio que lo había sacado de la aridez económica en la que estaba. No es que fuese una economía boyante y fructífera, pero ya había logrado destornillarse de la ropa vieja y vestía mejor, según le decían todos en la calle.

—Mire, alcalde, colaboremos con los religiosos, ellos emprendieron una tarea que ninguno quiere hacer, eso sí que en menos de dos meses ya querrán dejar de enterrar difuntos sin nombre porque a ellos no es que les sobre la platica; aunque no sea de ellos y sus fieles la paguen sin rechistar porque los expulsan si no lo hacen.

—¿Qué idea nueva tienes? Juan, te conozco de hace tiempo y sé que no dejas un negocio hasta que lo exprimes por completo.

Soltó una risa y le pidió un trago al alcalde.

—Póngale cuidado a lo siguiente; aquí todos somos creyentes, usted y yo como todos, sólo que a veces lo olvidamos para poder saltarnos la línea que da lugar a los pecados, sin que nos dé mucha pena. Lo de religiosos es para todos, no es que seamos espirituales...

El alcalde lo interrumpió, le exigió que dejara de hablar y le contara exactamente qué había que hacer.

—Le buscamos padrino a los difuntos. Los religiosos les cobran parte de los gastos al padrino y nosotros una comisión por permitirles hacer esto. Vamos a tener que buscar una manera de convencerlos. Yo empecé hace un par de noches, me fui a cuanto lugar iba a beber antes y cuando los borrachos ya no sabían quién les hablaba les decía que esos muertos que no son de nadie le cumplen milagros a los que les oran. Que yo había visto a varias señoras llevarles flores a algunas tumbas de nadie y esas señoras habían empezado a tener mejor ánimo, y claro, las que tenían negocios les iba mejor. Mire, me fui a donde las putas, emborraché a un par, y esta mañana estaban dejando flores en las tumbas.

—Eres el sinvergüenza de siempre.

—¿Se anima? Sólo es decirle a los que guían cada religión y luego, que ellos cobren y nos den comisión. Si no quieren dárnosla, pues no dejaremos colocar nada sobre las tumbas de los muertos anónimos.

 

Rosalba

La noche en que Rosalba le contó todo sobre su madre se había comportado como una baldosa de mármol. Ante las preguntas de su novio decidió contarle todo. Las peleas entre sus padres eran constantes, los golpes en el rostro de su madre eran rutinarios. Según le contó una vecina, hubo una noche en la que la golpiza fue de tal extremo que debió estar en cama por un tiempo. Esa semana, la madre de Rosalba apenas se dejaba ver para asuntos urgentes, sin embargo después de la siguiente semana no volvió a verse.

El padre se volvió devoto de la borrachera diaria, una tras otra. Algunas veces en las charlas, cuando se le preguntaba por el paradero de la señora, ignoraba la pregunta o contestaba de manera agresiva, otras, cuando la ebriedad le podía con la conciencia y la mente, entonces decía que se había ido con un señor de otro barrio. Según contaba, lo había abandonado de por vida, se la había llevado otro hombre.

Una caricia en la boca por parte de Juan no impidió que Rosalba siguiera narrando los hechos. Él hubiera preferido dejar el asunto en el punto donde iba ya que las lágrimas inundaban los ojos de ella.

Nadie dio aviso a la policía o a la familia de la señora, todos aceptaron como cierta la verdad dada por el hombre. Durante los años en que se volvió una joven, la respuesta de su padre fue la misma. —Se fue con otro hombre. —Una vecina, que en paz descanse, antes de morirse le contó a Rosalba la verdadera historia. Después de la golpiza su padre debió llevarla a un hospital en la capital, allá la dejó abandonada. La madre no tenía cómo pagar la salida del hospital, entonces se hizo la loca, de esta manera no le cobraron y la enviaron a un sanatorio, ya estando en el sanatorio, la droga y la debilidad con la que salió del hospital le afectaron la mente. De esto último se enteró ella en un viaje a la capital, la encontró mendigando en una de las calles. El encuentro no fue el más oportuno, ella iba de afán y la madre de Rosalba no estaba vestida como para creer que era la amiga del barrio. La vecina quería contarle eso para sentirse tranquila, no podría morir en paz y vagaría por el mundo si se llevaba ese secreto a la tumba.

La vecina además de contarle la historia le entregó una dirección y un teléfono, según creía ella ahí podrían darle razón de su madre. Rosalba había llamado a ese número regularmente, la respuesta era la misma, su mamá está bien, en la calle consigue lo que necesita para vivir, pero no se le ocurra venir acá, niña, ella está mal de la cabeza y puede ser peor que la vea. La fragilidad con la que había crecido no le permitió ir a buscar a su madre, aunque pensándolo bien, la situación en la que ellos estaban no era para ser envidiada por su madre, que vivía en una casa donde la alimentaban y vestían diariamente, claro que debía mendigar por la calle, pero no debía sufrir en su casa como le hubiera tocado con su padre. Ahora, en la última semana había estado llamando y la señora que respondía por el paradero de su madre no sabía decirle nada sobre su madre.

Esa mañana la señora le insistía en que ella le ayudara a buscar porque seguramente se había muerto, eso sí, niña, a los muertos hay que enterrarlos, no se pueden dejar por ahí como si no hubieran tenido a nadie en el mundo.

Juan la miró sin poder evitar un temblor en todo el cuerpo. La consoló hasta que ambos durmieron. Al siguiente día Rosalba partió hacia la capital en busca del cadáver de su madre o, peor aun, lo que encontrara de ella.

Durante los siguientes días, después de la partida de Rosalba, Juan se dedicó a mejorar su condición económica. Había estado huyendo de su realidad por mucho tiempo y era hora de volver a ponerse al mando de sí mismo. Junto a su amigo, el alcalde, recuperaron viejos contactos y se dedicaron a obtener utilidades gracias a las habilidades de Juan en los negocios. Lo del entierro de los muertos siguió igual, sin modificación alguna.

 

El significado de las letras

La mañana se le hizo tarde a Juan o sería mejor decir que la tarde le llegó muy temprano. Aún estaba desayunando cuando le pidieron ir al cementerio. Un cuerpo más.

—¿Cuál es el afán?

—Hay celebración especial, no sé qué fecha, don Juan, pero le toca alistar el cuerpo para hoy mismo.

—Los vivos y sus prisas, como si a los muertos les sirviera de algo.

El muchacho de los mandados de la policía se fue corriendo sin preguntarle nada, quizá ni escuchó el comentario que hizo al final.

El cadáver estaba en la misma posición que los demás. Dispuesto sobre la mesa, él simplemente debía meterlo en una caja que alguien ya había llevado. No había mucho que hacerle, a nadie le importaba, sólo era meter en un ataúd mal o bien hecho y luego al cementerio.

Juan no podía con la sorpresa, primero debió irse a vomitar afuera y luego al volver sintió la misma necesidad. Su sorpresa se debía a que en la cabeza del cuerpo muerto estaban las mismas iniciales que descubría todas las noches debajo del cabello de Rosalba. Cuatro letras consecutivas. No sabía si pensar que era ella pero el cuerpo descompuesto no permitía muchas ideas, claro que esas iniciales eran sólo de ella, las iniciales de la abuela materna, se las habían tatuado cuando ella era pequeña, con quién sabe qué objetivo de necios.

En la alcaldía se encontró con su amigo, quien lo saludó efusivamente. La cara de contrariedad que llevaba Juan lo obligó a que cerrara la puerta y le preguntara con tono de preocupación sobre lo que le estaba pasando.

—¿De dónde vienen esos cuerpos? ¿Por qué nadie viene a reclamarlos? ¿Quién investiga su procedencia? ¿Por qué la policía no hace investigaciones? ¿Por qué el gobierno central no viene a verificar lo que está pasando?

El alcalde dio vuelta a su rostro y con mirada seca y sin expresión alguna le dijo:

—No vienes a cuestionar mi gobierno. Eso que preguntas no te importa, ya suficiente te doy con lo de las tumbas. No seas idiota, Juan, no preguntes bobadas, lo que quieres saber a nadie le importa.

—Hoy sí. Hoy me importa.

Después de las anteriores palabras se abalanzó sobre el alcalde. Dos policías que estaban en la entrada pasaron por encima de Juan y lo llevaron a un calabozo. Allí se calmó y pidió que el alcalde lo escuchara nuevamente. El alcalde apareció con un trago de licor para Juan.

—Mira —hablaba Juan ya tranquilo—, apareció un cadáver con una característica que yo reconozco familiar. Yo pienso que es Rosalba. Ella estaba por la capital estos días, hace un mes no sé de ella. Tú eres mi amigo, debes saber qué está pasando, entiéndeme.

—No puedo decirte nada. Yo se quién puede decirme en dónde se queda tu novia, averiguo y te cuento. Te quedas aquí hasta que yo diga. No voy a correr el riesgo de que salgas y te vuelvas loco.

Dos días después aparecieron, frente a la celda, el alcalde y Rosalba. El alcalde se retiró dejándolos solos.

Los besos y las preguntas se conjugaron con lágrimas. Cuando todo era silencio entre los dos él le contó sobre el cuerpo que debió meter a un ataúd, sobre las iniciales que estaban en la cabeza del cadáver.

—Mi madre las tenía también, fue una idea de mi abuela. Cuando nací ya ella las tenía, luego a mí me las hicieron.