A veces Bogotá
A veces en Bogotá el sol se queda más quieto.
Más segundos sobre las cosas.
Sobre la hierba o sobre las matas
del jardín. Y vuelve el olor.
El líquido de las cosas.
Puede aromar y el sol lo trae entre los dedos.
Lo deja caer despacio sobre todo lo que el alba dispuso
para ese día. O para esas personas que estaban.
De un momento a otro recuperamos una mañana. Un rostro
de mil novecientos sesenta.
Cuando la vida era menos oprimente.
Menos un fardo digamos. Y todo gracias al olor.
Al no yacer más los recuerdos. Al haberse despertado.
A veces en Bogotá se llenan las cosas de fragancia.
Como en Cali. Como en la infancia de Cali
cuando olían los patios y las aceras junto al río.
Hoy huele en Bogotá el jardín que estaba quieto.
Que estuvo detenido en la oscuridad. Apesadumbrado
por la lluvia que cayó tal vez durante la noche.
Es de repente. Nos hemos puesto a salvo sólo por eso.
Sin duda
Estoy convencido de que él hubiera
elegido no sentir nada. No haberla visto. Los poros.
Las pestañas naciendo en las mejillas.
Sólo la veía allá lejos y entristecía.
Estoy seguro de que hubiera elegido
no sentir. Quería golpearse las
manos con piedras. Por no tenerla. Porque no oiría
la voz. No sentiría el pelo.
Sin duda él hubiera elegido no sentir nada. Cuando ya
se vio en medio de ese dolor tan grande. Cuando ya sintió
ese miedo.
Cómo hay mujeres que...
Es dulce esto
La tarde de las manos.
La boca. La inclinación. La ciudad
recomenzada.
Los árboles. Un piso de adoquines. El pelo
triste. Las resinas del mundo.
Te juro que sentí algo moviéndose en
el bosque. Un ciervo sobre las hojas mojadas.
Bajo las ramas delgadas y grises. Y nosotros ahí
sentados. Sobre el piso de Bogotá. Cubierto
de hojas carmelitas y de musgo. Yo pienso hoy
en día que es dulce esto hallado en
un cuello. Hallado en el dividirse
el pecho de una mujer.
En una mitad recordarás tú.
En la otra recordaré yo.
O me entristeceré yo.
Fotograma
Gotas temblando. Agua sólo.
Después la mano. El dedo delgado. La uña
transparente. Y el cielo oscuro.
Las nubes cuando finalmente ella se
puso a llorar delante de la ventana.
La llamaría Adelaida. A esa mujer que llora
así. La nariz. Las lágrimas
rosadas. Los poros. Los vellos sobre los
labios. La luz muerta en el pelo.
Apuesto a que los ojos eran grises. Aunque sea para que yo
pueda decir que era una mirada de ojos grises. Una mirada
hacia un parque en que los pinos se estén
llenando de gotas y el silencio se tienda por el pasto.
Un silencio llegando por el pasto hasta donde yo estoy.
Para que pudiera yo mirar y escribir esto.
Retrato de Marcos
Marcos Piraquive era de Boyacá,
pero compró una finca en el Quindío
para sembrarla de café.
Era bonita la finca. Tenía su fuente de agua
y sus árboles de fruta. En la primera cosecha
Marcos sacó más de veinte cargas.
Todavía puedo ver los bultos contra la pared,
ese domingo por la tarde.
Y todos los de la cuadrilla cansados,
tomándonos una cerveza.
Cuando vino por la mañana el camión que alzó el café,
Marcos se encaramó sobre los sacos.
Se adormeció yo creo, con el olor dulce,
y por allá adelante se cayó a la carretera
y se golpeó contra el asfalto.
Ah, Marcos. Con el embeleco por la agricultura...
Perdió todo lo que tenía. Lo que había conseguido
en diez años
en el negocio de repuestos en Duitama.
Estuvo un año en el hospital
y hubo que ponerle una prótesis en la cadera.
Cuando salió estaba tan débil
que se fumó un cigarrillo que yo le di y trató de marearse.
Después se fue para Cajamarca.
Trabajó en la bomba de gasolina hasta el día
en que conoció a ese hombre gordo. El del sombrero.
Él le pagó a Marcos plata
para que llevara un carro hasta Medellín.
Pero plata, plata. Sólo por subirse hasta Manrique
y entregar el carro y devolverse en flota.
Después fue a Panamá varias veces.
Y a Miami, pensando tal vez
que era lo mismo que lo del carro,
sólo que esta vez llevaba un maletín
y se lo tenía que entregar a una señorita
en un edificio de vidrios verdes.
¡Marcos juntó plata!
Yo no volví a saber de él, sino que estaba
pensando en hablar con el gordo.
en ver la forma.
Es que a ellos no le gusta que la gente se les abra.
Y es que Marcos sigue pensando
que cuando regrese de su último viaje,
se pone a buscar una finca bonita
para sembrarla de café.
Ah, Marcos, con su embeleco por la agricultura.