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Novelas y sexualidad: la madurez de Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa. Foto: Julio Muñoz (2000)

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Continuamos con la revisión de algunas novelas del escritor peruano, no explícitamente eróticas, como sí lo es por ejemplo, El elogio de la madrastra.

Se trata de creaciones a las que el literato da vida en su etapa de madurez vital, época en que MVLl podría haberse ya documentado y pensado para mejor acercarse a una de las dimensiones centrales de la naturaleza humana. Revisemos en seguida las novelas La tía Julia y el escribidor, ¿Quién mató a Palomino Molero?, Pantaleón y las visitadoras y La fiesta del chivo.

 

“La tía Julia y el escribidor”, de Mario Vargas LlosaLa tía Julia: ¿erotismo o ensayo y error?

En la primera parte de la novela, publicada en 1977, cuando el escritor era un hombre maduro, de 41 años, cuenta las relaciones entre un individuo misántropo, marcado por un trauma de la infancia (a su único hermano se lo comieron las ratas), Federico Téllez, y la mujer con la que se casa, Zoila Saravia. La conoce y escoge a través de una agencia matrimonial y establecen una relación de amo y sierva.

De la noche matrimonial de la pareja, Mario Vargas Llosa (MVLl) anota los problemas de la primera relación sexual. Extractos: “La inexperiencia erótica de los cónyuges determinó que la consumación del matrimonio fuera lentísima, una serial en la que, entre amagos y fiascos, por precocidad, falta de puntería y extravío, los capítulos se sucedían, ... Paradójicamente, ... doña Zoila perdió primero la virginidad (no por vicio sino por estúpido azar y falta de entrenamiento de los novios), heterodoxa, vale decir sodomíticamente" (p. 174).

La experiencia frustrante queda reducida para el narrador al hecho físico y no atiende los aspectos emocionales de la situación. Una serie de sucesos de gran riqueza afectiva en la vida de los actores y dramática en la clínica médica se resuelve con referencia a hechos puramente mecánicos.

Estos personajes aparecen entonces como seres robotizados, participantes de un intercambio en que lo que prima es el tiempo, el ensayo y error, la geometría, pero la experiencia humana no se vislumbra por algún lado.

En otro momento la novela toca el caso de una muchacha que, luego de un trauma, queda embarazada de su hermano y da lugar a que el joven con quien aquélla se iba a casar la abrume con su rechazo. A raíz de este suceso la muchacha adopta un comportamiento masculino (juega fútbol con habilidad y se confunde con los hombres) (ps. 337 y sigs.). Da la impresión de que se tratara de un cambio de identidad sexual, aunque no describe el caso lo suficientemente para presumir un diagnóstico médico de rol genérico.

Aparte de la mayor rareza de un cambio mujer-hombre comparada con hombre-mujer, es seguro que no puede haber un cuadro de modificación genérico en esas circunstancias, tal como lo presenta el novelista.

Podría ser un recurso para la ficción aunque sospechamos que más parece merma de instrucción o una manera ligera de administrar lo erótico. El drama de origen puede ser usual: incesto y rechazo del amante; no así la reversión de la identidad, y en todo caso el escritor tampoco es un cronista policial.

 

Intimidad de la pareja

Lo más interesante resulta, sin embargo, la confesión autobiográfica de la relación amorosa con la tía Julia. Asistimos a una descripción de las peripecias que pasan los enamorados, rica en detalles, pero huérfana de intercambio personal, conflicto real o poesía (ps. 149 y sgtes.). Aunque alguna vez se ocupa, es cierto, de las incidencias afectivas de la relación entre los enamorados: dudas, celos, cálculos, contactos físicos tiernos y extremos psicológicos, entre la tía Julia y el protagonista, Mario (caps. VII y IX).

Luego sorprende con la descripción de las caricias íntimas con su futura esposa el día antes de casarse, cuando él y la novia esperaban en el cuarto de un hotel. MVLl tenía 40 años y era ya un famoso escritor. El desliz sólo se puede explicar por el deseo de impactar al lector, ya que no agrega nada al relato, o acaso un intento de respuesta a la visión inicial que tuvo de la sexualidad: primacía de la fisiología y descuido de la persona.

Encontramos párrafos inusitados, por tratarse de personajes que se amaron realmente: “…mientras bailábamos mis labios se hundían con morosidad en su cuello, mi lengua entraba a su boca y sorbía su saliva, la estrechaba con fuerza para sentir sus pechos, su vientre y sus muslos, y luego, en la mesa, al amparo de las sombras, le acaricié las piernas y los senos” (p. 239) y “Medio ciego de felicidad y de deseo, acaricié el cuerpo de la tía Julia con manos inexpertas y ávidas, primero sobre la ropa, luego desabotoné su blusa color ladrillo, ya arrugada, estaba besándole los senos, cuando unos nudillos inoportunos estremecieron la puerta” (p. 363).

 

Desazón evidente

Pero la que fue su esposa, protagonista involuntaria del acceso público a estos pasajes, la señora Julia Urquidi Illanes, en el libro Lo que Varguitas no dijo, 1983, hace amargas reminiscencias de la vida con el escritor y declara, respecto al aspecto más personal de su relación: “Me hizo mucho daño y me dio mucha cólera que Mario en particular escribiera sobre nuestra íntima y adelantada noche de bodas. Pensé que era muy nuestro, que nadie tenía por qué saberlo, no es que me avergonzara, ni mucho menos, no, nada de eso, el amor no es una vergüenza, pero sí el respeto a uno mismo y a lo que se amó” (p. 294).

Por demás, en carta del 15 de julio de 1977 que la señora Urquidi dice que Vargas Llosa le envió, éste habría declarado: “Muchas veces, en estos años, mientras escribía o corregía la novela, tuve la tentación de escribirte, para comunicarte lo que estaba haciendo, pedirte autorización, para hacer algo que es sin duda, en cierta forma, una profanación a la intimidad... Pero no lo hice por una profunda cobardía, pues ¿qué hubiera hecho si tomabas a mal la idea y me pedías que no perseverara en ella? Estaba ya demasiado avanzado el libro...” (p. 292).

 

“¿Quién mato a Palomino Molero?”, de Mario Vargas Llosa¿Quién mató? El sexo como reflejo

En ¿Quién mató a Palomino Molero?, MVLl reincide en una libido estancada en el reflejo genético. Basta citar los siguientes pasajes: “Sus movimientos, [se está refiriendo a Adriana] rápidos y despercudidos, levantaban a veces el ruedo de la falda por sobre sus rodillas, dejando entrever el muslo grueso y aguerrido, y, cuando se inclinaba a recoger la basura, descubrían el comienzo de sus pechos, sueltos y altaneros bajo el ligero vestido de percala. Los ojitos del oficial no perdían un movimiento de la dueña de la fondita y brillaban con luz codiciosa” (p. 25); “—No sé qué hace, pero la verdad es que cada día está más rica y más hembra” (p. 26); “¿Sabes cuál es la diferencia entre una gorda y una mujer bien despachada, Lituma? La gorda es fofa, chorreada, blanduzca. Tocas y la mano se hunde como en un queso mantecoso. Te sientes estafado. La mujer bien despachada es dura, llenita, tiene lo que hace falta y más. Todo en el sitio debido. Está bien distribuida y proporcionada. Tocas y resiste, tocas y rebota. Hay siempre de más, de sobra, para hartarse” (p. 72).

Pura experiencia sensorial, estímulos físicos, provocando el deseo, descripción gruesa del cuerpo; es decir superficialidad e imaginación disminuida.

Pero, llamativamente, cuando alude a la relación amorosa, bruscamente el relato se abrevia: “El guardia observaba a la muchacha y trataba de ver, a su lado, a Palomino Molero. Estaban cogidos de la mano, se decían cositas tiernas mirándose embebidos a los ojos. Ella, pestañeando como una mariposa, le susurraba en el oído: ‘Cántame, anda, cántame algo bonito’ ” (p. 96). Llegado el momento del sexo personalizado, el escritor se inhibe, la creación se agota. Detenido en la descripción física no hay lugar para la duda, esperanza, temor y demás emociones propias del amor.

 

“La fiesta del chivo”, de Mario Vargas LlosaLa fiesta: una violación “genital”

La misma posible dificultad de una propuesta de sexualidad integrada se puede apreciar en el texto de otra de sus novelas: La fiesta del chivo, 2000.

Encontramos las siguientes expresiones: “En New York, ya ni los latinos, dominicanos, colombianos, guatemaltecos, miran así. Han aprendido a reprimirse, entendido que no deben mirar a las mujeres como miran los perros a las perras, los caballos a las yeguas, los puercos a las puercas” (p. 18). Su trato sensorial perceptivo es evidente en este párrafo. La respuesta inmediata al estímulo sensorial despojada de erotismo, la ausencia de imaginación que de forma a la reacción conduce al empantanamiento del sexo en un mero reflejo mecánico. El término “reprimirse”, que usa, es significativo de la contención del impulso y no de la visión humana del otro.

Algo parecido podemos hallar en situaciones periféricas que tangencialmente tocan al sexo y donde hace gala de su desenvoltura narrativa. Veamos:

“—¿Crees que no he pensado en eso, Manuel?

El embajador alzó los hombros.

—Se me acaba de ocurrir al ver lo linda que se ha puesto —repitió—. El jefe aprecia la belleza. Si le digo: ‘Cerebrito quiere ofrecerle, en prueba de cariño y de lealtad, a su linda hija, que es todavía señorita’, no la rechazará. Yo lo conozco. Él es un caballero, con un tremendo sentido del honor. Se sentirá tocado en el corazón. Te llamará. Te devolverá lo que te han quitado. Uranita tendrá su porvenir seguro. Piensa en ella, Agustín, y sacúdete los prejuicios anticuados. No seas egoísta” (p. 344). En este párrafo se nota la falta de refinamiento para profundizar en el tema. La aberración de Trujillo no da lugar a ninguna exploración del atractivo núbil de la joven y el significado psicológico del encuentro.

Luego: “—Te sorprenderá lo que voy a decirte, Cerebrito —exclama Manuel Alfonso, con dramatismo—. Cuando veo una belleza, una real hembra, una de esas que te viran la cabeza, yo no pienso en mí. Sino en el Jefe. Sí, en él. ¿Le gustaría apretarla en sus brazos, amarla? Esto no se lo he contado a nadie. Ni al Jefe. Pero, él lo sabe” (p. 345). Este párrafo, sobre los intereses condenables del dictador, incide en lo mismo: “cuando veo... una real hembra... ya no pienso en mí”, la sexualidad en sus formas más exteriores.

MVLl opta deliberadamente por la fragmentación, en otro párrafo del mismo libro: “De nada, Urania. Eras aún una niña, cuando ser niña quería decir todavía ser totalmente inocente para ciertas cosas relacionadas con el deseo, los instintos y el poder, y con los infinitos excesos y bestialidades que esas cosas mezcladas podían significar en un país modelado por Trujillo” (p. 351 ). Sólo se trata de “infinitos excesos y bestialidades”, que indirectamente el autor desaprueba, pero la historia queda cercada por el desborde instintivo, ausentes los significados psicológicos y espirituales. La desproporción y la asimetría del encuentro de la niña y el viejo desbordan en significados que el novelista no percibe o no sabe cómo abordar. La novela recrea la violación en su vertiente genital.

 

“Pantaleón y las visitadoras”, de Mario Vargas LlosaPantaleón

En Pantaleón y las visitadoras, 2002, dado el argumento —un sistema de visitas de prostitutas a las guarniciones de la selva— hay abundantes menciones a la cuestión sexual. Son más bien descripciones parciales de contactos comunes y/o caracterizaciones con el uso de términos populares bien conocidos y/o identificación de los personajes con actitudes, creencias o mitos difundidos en la población general.

Algunos ejemplos: “—A Florcita la agarraron dos uniformados viniendo de la chacra y se la montaron en plena trocha...” (p. 10); “—Nada, por la maldita falta de hombres... Entonces los que no se la corren, pierden los estribos y a la primera copita de anisado se lanzan como pumas sobre lo que se les pone delante” (p. 14). No hay entonces ningún tratamiento novedoso y menos reflexión original. Tampoco aparece la experiencia humana como un todo. Dos “montaron” a una mujer, el erotismo compartido ausente. El impulso liberado a través del frotamiento físico. El sexo es exhibido a través de la novela como una necesidad fisiológica sin carga erótica ni valor espiritual.

 

Sumario

En los años de su madurez MVLl descubre con aturdimiento su propia vida amorosa en La tía Julia y el escribidor. Luego, en sus siguientes novelas —¿Quién mató a Palomino Molero?, Pantaleón y las visitadoras y La fiesta del chivo— se confirma el temor de ciertas limitaciones en la administración imaginativa de la sexualidad.

Continúa, más bien, detenido en el substrato físico: estímulos eróticos universales, respuestas inmediatas sin intermediación, ausencia de las implicancias psicológicas, sociales y culturales.

¿A qué se debe esta opción del escritor? ¿Desinformación? Sospechamos que algo tiene que ver la selección de sus lecturas, Money y Fausto-Sterling, por ejemplo. En síntesis, en estas novelas, propias de la edad madura del escritor, se mantiene en lo que toca a la sexualidad una disposición para desarrollar el lado biológico en desmedro del humano y valorativo.

(Del libro inédito Vargas Llosa o la sexualidad menoscabada).

 

Bibliografía

  • Urquidi Illanes, J. Lo que Varguitas no dijo, Editorial Khana Cruz, La Paz, 1983.
  • Vargas Llosa, M. La fiesta del chivo, Alfaguara, Madrid y Lima, 2000.
    —. La tía Julia y el escribidor, Seix Barral, Barcelona, 1977.
    —. Pantaleón y las visitadoras, Peisa, Lima, 2002.
    —. ¿Quién mató a Palomino Molero?, Peisa, 1996.