Letras
El redondel

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Para Manuel Cabesa
y Erick Lugo, amigos recién creados.

“Nadie lo vio desembarcar
en la unánime noche...”.
(“Las ruinas circulares”, Jorge Luis Borges)

Aún podía escucharse el retozar de las aves en las plazas de la ciudad. Los grandes almacenes permanecían cerrados. El tráfico comenzó a despertar. Un auto se pasó una luz roja dejando a su paso una estela pestilente. Un bulto alargado de periódicos y cartones se agitó en la acera. Del extremo menos pensado asomó un par de ojos trastornados por los rigores de la noche. A su lado, dos perros saqueaban un contenedor de basura. No lejos de allí, acodado en una mesa del bar El Redondel, Manuel, bibliotecario de la Agustín Codazzi, balbuceó desde su undécima cerveza:

—La hipocresía... Te digo que es ésta, y no otra, la base de la sociedad. Todo su complejo sistema se sustenta en este cimiento, tan sólido, que es casi imposible escapar a su influjo... A no ser que te conviertas en asceta y te confines a una ermita...

Aunque lo acompañaba Javier, dirigía sus palabras a una silla vacía que tenía en frente. Eran los únicos clientes a esa hora de la mañana. El sol se colaba inofensivo entre los resquicios, caía con una luminosidad suave sobre los disecados animales amazónicos que decoraban las paredes, y que aún conservaban el frescor de la madrugada reciente. Javier, sentado a su diestra, lo escuchaba con una expresión exasperada. Hacía rato que Manuel había desatado un inexorable monólogo.

—Se maneja la ironía en distintos niveles —prosiguió Manuel—. De ahí que el argumento del filme...

—Pero, ¿con quién diablos estás hablando? —lo interrumpió Javier, también desde su undécima cerveza. Manuel lo miró con sorpresa.

—¿Cómo? ¿No lo ves? —dijo Manuel, un tanto molesto—. Ya te he hablado de mi amigo cinéfilo.

—Ah... Entiendo...

Javier se inclinó hacia la silla vacía, escuchando con atención. Apuró su cerveza hasta el fondo, se secó la boca con el dorso de la mano, encendió un cigarro y se movió inquieto en su asiento. Miró a Manuel y soltó una bocanada de humo.

—Erick está aquí, ¿verdad? —dijo al fin.

—Sí —contestó Manuel.

“Vaya con los amigos imaginarios de uno”, pensó Javier, “no contentos, crean los suyos propios y, a fuerza de mencionarlos, hay que admitirlos. Se presentan sin invitación y encima tienes que brindarles”. Dejó el cigarro en el cenicero, se volvió para buscar al propietario, que le decían Figura y había llegado al país desde algún lugar del remoto Sur. Vivía allí, y rara vez abandonaba el local, salvo cada fin de mes para cambiar todas las bombillas de afuera sin que éstas estuvieran fundidas. Era un hombre de mediana estatura y tez pálida. Tenía los ojos deslumbrados y el cabello blanco por completo. Cuando lo encontró, Javier le mostró tres dedos de su mano derecha.

—Ahora pide tres cervezas y lleva rato solo —dijo Figura a un hombre entrado en años que acababa de sentarse a la barra y bebía su primera cerveza. El hombre escribía en un papel. Levantó la cara. Tenía un párpado caído y la mirada como de invidente. Las cejas pobladas y canosas, alborotadas como por un viento fuerte. El cabello, con algunas hilachas de canas, relamido hacia atrás. A pesar de la asimetría, su rostro era sereno. Vestía traje negro y corbata amarilla con lunares marrones. Si bien por la barra de El Redondel desfilaba todo tipo de personajes, era raro ver entrar a alguien trajeado de modo tan impecable. Figura parecía no darle mucha importancia a esto. Creía no conocerlo, pero le resultaba familiar.

—Por lo que habla tiene como amigo a un fantasma bibliotecario, o algo así —continuó Figura, señalando con la boca la mesa que ocupaba Javier—. Pobre —movió la cabeza de un lado a otro—. Está loco, pero es un buen muchacho, un aspirante a escritor. Lo conozco de hace poco. Paga sus deudas. Siempre que pague, no tengo problemas en complacerle los desvaríos etílicos y soportarle los delirios literarios.

Figura sacó las cervezas del congelador, las destapó y salió de atrás de la barra. El hombre lo siguió con la mirada. Sorteó algunas sillas y depositó las botellas sobre la mesa que había señalado. Ésta se hallaba desocupada, pero repleta de cervezas sin consumir. Dijo algo que el hombre no alcanzó a oír por el volumen de la rocola. Tomó el bolígrafo que llevaba en una oreja y anotó en una libreta que luego guardó en el bolsillo de la camisa. Apoyó la mano en el respaldo de una silla, se inclinó un poco, soltó una carcajada y regresó a la barra.

Figura levantó la botella del hombre y pasó un trapo para secar la superficie. La botella estaba casi vacía.

—¿Quiere otra? —Preguntó Figura.

—Si es tan amable —contestó el hombre.

Figura sirvió la cerveza. Él hombre sonreía. Se advertía cierta ironía en esa sonrisa, como si conociera algún secreto.

—¿Nos conocemos? —indagó Figura.

—Es muy probable —repuso el hombre.

—¿Cómo dijo que se llama?

—Aún no le he dicho mi nombre, pero si usted quiere, puede llamarme Borges. Mis amigos me llaman así.

—Con que Borges, ¿eh?

El hombre dio un sorbo a su cerveza, se inclinó sobre el papel y siguió escribiendo. Figura no hizo más comentarios y se puso a ordenar unas botellas vacías detrás del mostrador.

Al terminar su bebida, el hombre dobló el papel y lo guardó en un bolsillo interno del saco. Se puso de pie, buscó la cartera, extrajo un billete y lo dejó sobre la barra. Se despidió de Figura y caminó hacia la salida. Se detuvo en el umbral pero no se volvió. Una enigmática sonrisa se dibujó en sus labios, salió y Figura lo perdió de vista al fundirse con el resplandor matutino.

Mientras tomaba el billete Figura se sintió traslúcido, ingrávido. No se alarmó. Era una conocida sensación de la niñez, aunque, pensándolo bien, no conservaba recuerdos concretos de esa época, sólo sensaciones, como la de un temor inveterado al fuego. Luego de un rato la sensación se desvaneció y la existencia recobró su peso habitual.