Letras
Hoy por la tarde la enterramos

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Mi amigo sostiene entre los dedos un cigarro. Lleva la corbata floja, el saco arrugado y los zapatos llenos de lodo. Tiene los párpados entrecerrados, como si estuviera esperando alguna señal para revivir. Visitar el panteón nos ha dejado rendidos. Le doy unos golpecitos a la mesa y digo.

—¿Entonces?

—¿Qué te estaba diciendo? —despierta—. Al fondo suena la rockola. Música tropical. El ventilador del techo apenas y espanta el calor. Es una de esas noches pegajosas de verano a la orilla del mar.

—Me estabas platicando de tu chica.

—¿En serio? —parpadeó algunas veces—. ¿Qué dije? ¿En qué parte me quedé?

—Dijiste que le gustaba sacarse sangre.

—¡Ah, eso! —contesta dando otra bocanada a su cigarro—. Sí, le gustaba cortarse la lengua y besarme. Así, todo loco. Me besaba hasta que la herida se le cerraba. ¿Tienes idea de a qué sabe la sangre? Tiene un sabor extraño si la mezclas con saliva y tabaco. Al principio sabe buena, pero después de un rato sientes ganas de vomitar. Deberías probarla algún día.

—Tal vez —digo.

—Luego ella y yo hacíamos el amor hasta quedarnos dormidos. Grandes noches —da otra bocanada al cigarro y lo aplasta contra el cenicero.

Afuera, las olas chocan contra las rocas, reflejando la luz de la luna. Tomamos Coca Cola con hielos porque el hombre del restaurante no quiso darnos cerveza. “No quiero tener problemas con la policía”, dijo.

—¿Cómo se llama? —­le pregunto.

—¿Quién?

—Ella.

—¿Ella? —­contesta—. Rosario.

En realidad no dice “Rosario”. Mi amigo no puede pronunciar la letra erre correctamente. Nunca ha podido hacerlo. Lo que en verdad dice es “Gosagio”, arrastrando la gé.

—También le gustaba dormir sin calzones y pedorrearse bajo las sábanas —saca un nuevo cigarro y lo enciende—. Muchas veces tenía que olerlos completos, uno tras otro. Ella sólo se reía de esa forma que siempre me pareció vulgar.

—Una fina persona —digo.

—Una fina persona —sonríe.

Sus ojos se van apagando, como un hacha que desciende en cámara lenta sobre la cabeza del condenado. Me parece que va a quedarse dormido sobre la mesa, así que le doy un ligero puntapié.

—Me decía que su sueño era trabajar en un teibol —abre los ojos grandes—, que soñaba con ponerse un par de tacones de plástico transparente y menearse sobre el escenario. Ya hasta había pensado en la canción que iba a bailar. Esa de “vientos de cambio”. Yo le decía que no hiciera eso, que ni lo pensara.

Levanto la mano y le pido al mesero que nos traiga unos chilaquiles y otras Cocas. Luego me aflojo la corbata.

—¿Dónde la conociste?

—En su fiesta de quince años. Un amigo me la presentó. Yo iba vestido así como me ves... bueno, un poco más limpio.

Veo la tierra de sus uñas, sus pantalones húmedos, su traje negro. Todo él doblado sobre la silla. Parece que estuviera cargando al mundo entero.

—Al terminar su presentación y todas esas cosas —sonríe cansado— me acerqué a ella y la invité a bailar. A los veinte minutos nos estábamos besando, a los treinta nos perdimos en el baño. ¿Puedes creer que Rosario pensaba que esa noche era obligatorio que perdiera su virginidad?

—Qué suerte que estuvieras ahí, ¿no?

—Pues alguien ya había tenido esa suerte antes que yo, muchas semanas atrás.

El mesero se acerca y pone los platos en la mesa. Sirve las Cocas en los vasos y nos da una a cada quien. Afuera, los camiones pasan.

—Me pidió que la enseñara a manejar —dice—. ¿Puedes creerlo? Ni siquiera tenía la edad suficiente para que le dieran un permiso y ya quería conducir.

—Mujer al volante...

—Tuve que hacer milagros para que mi madre me prestara el carro; enseñarle buenas calificaciones en matemáticas, portarme bien en casa, ayudarle con el quehacer. Hasta que por fin me lo soltó.

—¿No me digas que fue con Rosario con quien..?

—Sí. La carretera estaba muy mojada esa noche. Un segundo estábamos en el camino y al siguiente todo el mundo se puso de cabeza. Los vidrios explotaron al tocar tierra. Las luces pasaban de un lado para otro. Recuerdo haber apretado los dientes y, una vez en el fondo de aquel barranco, mirarla con su boca abierta, como si estuviera gritando. No podía escucharla. Quise tomarla de la mano, decirle que todo iba a estar bien, pero no me pude mover.

Me quedo en silencio. Ese accidente fue hace algunos meses. Recuerdo que los tuvieron que sacar con una de esas máquinas para cortar metal. La noticia del año en el pueblo. El auto se perdió por completo. Nunca antes habíamos hablado de esto.

—Tres costillas rotas y una pierna. Dieciséis clavos de platino en la derecha, trescientas puntadas desde aquí —dio una calada a su cigarro—. Tuve suerte. Fue ella quien se llevó la peor parte.

—No sabía —dije—. ¿Qué sucedió?

—No me gusta hablar de eso —contesta—. Aún me hace sentir culpable.

Me termino el resto de los chilaquiles sin decir palabra. Él apenas y los toca. Se lleva dos bocados y los mastica con lentitud, como si le doliera hacerlo.

—Me quedaba junto a su cama —dijo sin apartar la vista de las ventanas—. Me gustaba mirarle los dedos de los pies y hablarle al oído. Me pasaba las horas contando las gotas que caían de su suero, rezando por que ella se pusiera bien. ¿Sabes cuántas gotas caen de una bolsa?

Le digo que no con la cabeza.

—Seiscientas. Como si fueran lágrimas que van a parar directo al corazón. Ese tipo de cosas te cambian, ¿sabes?

Se detiene. Guarda silencio. Recarga el codo sobre la mesa y veo el humo del cigarro serpentear por sus dedos, bailar en el aire, subir y desaparecer en alguna parte del techo. Él sigue mirando hacia los autos que pasan a toda velocidad por la carretera. La música de la rockola ha dejado de sonar.

—¿Te sabes el chiste de por qué los abogados no ponen su foto en el reverso de sus tarjetas de presentación? —dije, intentando cambiar de tema.

—Ahora no, por favor. No me siento de humor.

—Lo siento.

Miro su corbata floja, su saco arrugado y sus zapatos llenos de lodo. Se me atoran las palabras en la garganta.

—¿Qué vas a hacer ahora? —pregunté después de un rato.

—Me voy para la capital. Ya no soporto seguir en este pueblo. Me asquea el mar. Soy joven, seguramente habrá algo para mi allá.

—¿Y la Prepa?

—Tampoco importa. Nada importa. Quiero largarme de aquí.

***

Él y yo nos conocimos una tarde que el mar estaba picado. Él nadaba en lo profundo, alzando la mano para que sus amigos lo vieran. Yo miraba las nubes negras que comenzaban a cerrarse en el cielo.

Sus amigos gritaron en el momento que ya no lo vieron. Se acercaron al agua pero no se animaron a entrar. Las olas brincaban como caballos. Lo que me hizo ir por él fueron las lágrimas de su madre, la manera en que ella se agarraba del delantal y lo estrujaba con fuerza. “Por favor, es mi único hijo”, decía en dirección a ninguna parte. Alcancé a escucharla. Me quité la camisa y sin pensarlo me eché al mar. La señora me recordaba a mi madre.

El agua lo arrastraba hacia lo profundo. Él movía las manos hacia delante, pero no lograba avanzar. En su rostro había cansancio. Lo tomé de la garganta y volvimos a la orilla. Nos tomó un poco de tiempo, pero lo logramos. Su madre no dejaba de darme las gracias.

“Lo hubiera hecho yo”, me dijo ella. “Pero no sé nadar”.

***

—¿Qué hora tienes? —pregunta mi amigo.

—Van a dar las diez —contesto, despertando de mis recuerdos.

—Ya no tarda en llegar.

Las personas en el restaurante platican, beben cerveza, chocan los cubiertos con la vajilla, se ríen, mueven las manos, fuman. A pesar de que ambos, mi amigo y yo, estamos llenos de lodo hasta las rodillas, nadie nos presta atención.

—Mira —señala hacia la puerta—. Por fin.

Una mujer entra. Es como mirar una mala copia de Salma Hayek. Lleva puesta una blusa blanca y un pantaloncillo rosa muy corto. No sé por qué lo usa. Las demás personas en el restaurante la miran y luego apartan la vista. Fingen seguir con sus asuntos. Estoy seguro de que sienten asco.

Miro esas piernas deformes, una de ellas casi sin músculos, ambas torcidas hacia afuera. Las dos llenas de cicatrices, como si alguien les hubiera dejado caer cera caliente. Camina hacia nosotros, rengueando. Nos sonríe. Sabe que su apariencia resulta como una cachetada en el rostro. Quiero voltear, pero eso no sería correcto. Camina apoyada en un bastón. Sobre su hombro cuelga una pequeña maleta. Pienso en su accidente automovilístico y la miro. Imagino las tardes que ella tuvo que pasar en rehabilitación.

Ahora comprendo por qué su sueño de bailar en un teibol ya no podría ser.

La mujer se acerca y le da un beso a mi amigo. Luego, él me la presenta. Y por fin, después de tanto tiempo, conozco a “Gosagio”.

—¿Listo? —dice ella.

—Todo listo —contesta mi amigo.

—Te espero afuera. Ya llega el camión.

Ella me da la mano otra vez, vuelve a sonreír y da media vuelta.

—Pues ha llegado el momento de decirnos adiós —dice mi amigo—. Cuando llegue a la capital y encuentre un sitio en donde quedarme, te llamo. Ya sabes que puedes visitarnos cuando quieras.

Se pone de pie y se sacude el lodo del pantalón. Se coloca nuevamente el saco y aprieta el nudo de su corbata. Yo hago lo mismo. Busco con la mirada al mesero para pedir la cuenta.

—¿Sabes? —dice—. Creo que después de todo sí quiero escuchar tu chiste.

Su petición me toma por sorpresa. La gente ha comenzado a levantarse de sus lugares y a caminar hacia el camión que se ha estacionado afuera. Algunos ya llevan el boleto en la mano. Después de unos segundos, digo.

—¿Sabes por qué los abogados no ponen su foto en el reverso de sus tarjetas de presentación?

Él niega con la cabeza.

—Porque si lo hicieran, los clientes no sabrían en cuál de los dos lados escupir.

Y, por primera vez en todo el día, escucho su risa.

—Muchas gracias —dice—. Lo voy a recordar ahora que contrate uno —sonríe con amargura.

Guardamos silencio. Había llegado el momento de despedirnos. Lo miro unos segundos y lo abrazo.

—Una vez más —le digo en voz baja—, mi más sentido pésame. Todos vamos a extrañar a tu mamá.

—¿Qué le íbamos a hacer? —solloza—. Ya estaba muy enferma.

Luego se cuelga la maleta en el hombro y camina en dirección a la salida. Lo hace con lentitud, mirando al suelo. Rosario lo espera.

—¿Vas a estar bien? —le grito antes de que atraviese la puerta.

—Yo creo que sí —contesta cansado.

Y lo miro desaparecer tras la puerta.