—Hola... —dijo él...
—Hola... ¡Por Dios..! ¿Cuánto tiempo ha pasado?, ¿quince años? ¿Qué se supone que debo decir?
No lo vio venir. Cuando finalmente estuvo frente a él la ciudad era una esquina... y tuvo que enfrentarlo. Después de muchas vidas. Hace tantas que ya ni recuerda. Y él le dice “hola” con aquella serenidad tan suya que tanto la irritaba... hace tiempo... mucho tiempo. Y de nuevo sintió el peso de la pérdida en su mitad ilesa, aquella que pudo salvar después del gran desprendimiento. Ser un lisiado espiritual no es fácil. Pierdes un pedazo de tu ser y no se ve, nada falta a simple vista, pero el alma se recuesta sobre el cuerpo como quien usa muletas para arrastrar la vida. Ahora, posiblemente, el ciclo se cerraría y la carga se haría más ligera. Así que decidió parecer risueña... hasta ocurrente, quizás. Parada nuevamente ante aquel hombre, nada parecía haber cambiado; los mismos sentimientos (contradictorios, como siempre), la misma emoción por la cercanía física... , aunque, no; esto no era del todo cierto. En realidad, todo parecía magnificado, la escena toda había ganado en intensidad y parecía flotar en otro plano, en una dimensión en donde nada más existía; y de ellos, se desprendía una emanación que los envolvía y que semejaba el renacer de dos almas sumidas en un largo letargo.
Él interrumpió sus pensamientos:
—¿Por qué no empiezas diciéndome cómo estás? Hace mucho que no nos vemos...
Ya no la conocía; hace algunos años no hubiese necesitado preguntarlo. Lo sabría con sólo mirarla. No pudo evitar pensar, entonces, que siempre supo el camino a los secretos de su corazón y, aun así la había perdido. Ahora, después de algunas canas y un poco de sabiduría ganada con mucho esfuerzo, seguía intentando descubrir cómo y por qué había perdido su imperio sobre aquella criatura que llegara a abrirse el pecho con las manos sólo para que él reposara sobre su alma cálida. Se sintió un guerrero vencido y el cansancio de las muchas batallas libradas sin ella se reflejó en su rostro. Afortunadamente, la fórmula salvadora estaba andando; ese inexpresivo “cómo estás” que nos ayuda a mantener las distancias y garantiza los segundos precisos para elaborar la siguiente frase inteligente que nos ponga en control de la situación y demuestre lo equilibrados y mesurados que podemos ser, a pesar de todo.
—Estoy muy bien, gracias —respondió ella con un poco de torpeza, le pareció—. Y a ti, ¿cómo te va?
Como si le importara. Total, “le va sin ella”. A ella, por su lado, “le va sin él”. Cómo se puede explicar la inmensa desolación de perder lo que nunca se tuvo. Él nunca le habló de amor, jamás le leyó un poema, no le juró un futuro juntos. Pero a falta de palabras, que no siempre reflejan la verdad, ella escuchaba su silencio mientras la miraba fijamente con esos profundos ojos negros cargados de un amor que él nunca aceptó. Cómo podía no amarla y pasar tantas horas sólo mirándola, perplejo y fingiendo que la escuchaba hablar, cuando en realidad sólo se mecía al ritmo de su voz. ¿Cómo pudo no amarla? Si sólo con ella pudo sumergirse en los abismos más profundos del alma femenina, sin miedo a la caída porque siempre lo llevaba de su mano. Ahora quiere que le diga cómo está, ¡claro que está bien! Después de todo la vida no es pozo de tristeza sin fin donde se bebe sin parar. Tomamos nuestro sorbo de cicuta y seguimos el camino. El que se detiene pierde; el veneno corre por sus venas y lo sumerge en una postración emocional de la que difícilmente conseguirá salir. Sí... claro, estaba bien. También él, por lo visto.
—Bueno... ya sabes cómo es. Mucho trabajo y poco tiempo para cualquier otra cosa. Pero no queda más... así es la vida...
“... Así es la vida...”, Tono casual, justo el que buscaba. Ahora estaba listo para controlar su tempestad; aquellos torrentes de energía nerviosa que se iniciaban en los dedos de sus manos y le recorrían todo el cuerpo hasta estallar en su cabeza, dejándolo aturdido. “No importa, soy un jugador de póker”. Era un hombre de éxito; estaba en el mejor momento de su vida. Tenía que saber manejar un fugaz encuentro casual con alguien que se había ido hacía mucho de su vida. Sólo era eso, un encuentro casual y sin importancia. La razón era su fuerte, su guarida; gracias a eso estaba en la cúspide. Los sentimientos sólo nublan el entendimiento, amarran al suelo e impiden el vuelo cercenando las alas. Aquella mujer, por ejemplo, había sido importante para él en su momento, pero se había ido, ¿quién sabe por qué? Después de todo él nunca le prometió nada; entonces... ¡Qué demonios le había hecho para que lo abandonara de aquella manera tan absurda cuando más la necesitaba! Era su amiga, su compañera de tertulia, su refugio más íntimo, la que más había penetrado en los escondrijos de su ser. Bien. Ahora ya no la necesitaba, podía seguir de largo sin mirar atrás, pero antes y, por sólo un momento, “déjame tatuarte en mí para impregnarme de tu ser una vez más”. ¡Estaban tan cerca el uno del otro! Sólo tenía que levantar su mano para percibir su piel una vez más y delinear el contorno de su rostro lentamente: su frente, su pequeña nariz, sus labios, y sentir el aliento húmedo... suave... cerrando los ojos para leer con su piel —sin tocar, sólo sentir— y redescubrir ese lenguaje secreto, cómplice, jamás olvidado a pesar de la prolongada ausencia. Ausencia... ¡Dios... cuánta ausencia! ¡cuánta lejanía! ¡cuánta nada!
—Así es. Parece que siempre estamos corriendo, con los minutos contados para todo. Si no nos tropezamos no te veo.
Claro que no lo vio. De lo contrario no estaría allí, parada sin saber qué hacer con sus manos. Habría desviado la mirada hacia la primera vidriera en su camino para fingir que se interesaba en el precio de artículos que nunca en su vida compraría. Pero no había nada que hacer, su vida se había detenido, en aquella esquina, en aquel instante... y había que hacer lo imposible para empujarla, para obligarla a andar nuevamente. “Daría mis dos brazos por saber lo que estás pensando, lo que estás sintiendo ahora. Daría cualquier cosa por que por una vez en la vida... shhh... sin que nadie escuche... muy bajito, en mi oído... me dijeras lo que realmente fui para ti”. Pero no lo hará. No él. Podría decir, quizá: me dolió que te fueras así, de esa manera y sin explicaciones. Me heriste. Aún no logro entender por qué me exiliaste de esa forma de tu vida. Eras mi mejor amiga.
Como era su costumbre, él interrumpió el curso de sus pensamientos:
—Tengo una reunión de trabajo, pero aún es temprano, ¿me aceptas un café?
“Acepta, por favor, acepta, acepta... nunca te resistías a mis pedidos. Por qué debería ser diferente ahora. No te vayas aún. No todavía. No sin haberte tocado siquiera la punta de los dedos con cualquier excusa, sin haber rozado sin querer tu brazo... sin...”. Estaba vacilando, estaba perdiendo el dominio de la situación. De qué podrían hablar en un café. Algún tema superficial, claro. Acaso del mal tiempo que se acercaba, de los amigos comunes que hace tiempo no veían. Calma. Él era un hombre centrado. Seguro de sí mismo. Sólo quería ser gentil. Por otro lado, después de tantos años no había asuntos trascendentales que discutir. Habían sido amigos y estaban contentos de verse... mentiroso.
—Discúlpame pero no puedo. Estoy apurada. Tengo que recoger a los niños, buscar a mi esposo... dejé el carro en el estacionamiento sólo un momento porque tenía que hacer unas compras.
“Vuélvemelo a pedir. Una vez más. Sólo una vez más... no me dejes ir así... no de nuevo”. No se engañaba; estaba consciente de que si se quedaba cedía el alma y la postraba a las plantas de aquel hombre tan fascinante como despiadado. “Estoy indefensa. Bebo del aire todo lo que tiene de ti, tratando de atrapar tu esencia, y si me tocas me convierto en sal. No me dejes ir. Sólo tócame, me esparciré en el viento y caeré como un suave rocío sobre tu piel para quedarme por siempre en ti”. Debía marcharse, lo sabía; también él. Ella al norte, él al sur. Pero unos minutos más qué daño podrían causar. Uno no iba a devorar al otro. Era sólo un café, en un sitio público, uno a cada lado de la mesa y... , los pies muy juntos... las manos se encuentran para tomar el azúcar... las bocas exhalan un leve vapor de deseo que se confunde con el humo del café... los pechos laten acompasados a un mismo ritmo... los rostros se aproximan bajo el imperio de la inexorable ley de la afinidad... los ojos de uno buscando su verdad en la mirada del otro... no se puede... hay prisa. “Y nunca dijiste que me amabas. Tampoco yo lo dije”. Su esposo la espera. Sus hijos la esperan. El tiempo acabó. “Clava tus uñas, mujer, en las palmas de tus manos y entrégalo. Su camino no es el tuyo, su presente no es el tuyo, ni su futuro tampoco... déjalo ir... déjalo ir... ¡déjalo ir..!
—Ah... no... sí... claro. No te preocupes. La hora es un poco complicada para ambos. Será otro día... ¿verdad?
La frustración y la derrota subieron desde su estómago y le aprisionaron el corazón. Ya conocía esa sensación, pero creía haberla olvidado. Por un momento pensó que estaba ante una mujer orgullosa y resentida que sabía muy bien dónde y cómo golpearlo: “la crueldad tiene tu rostro, mujer”. Un solo “no” y lo dejó sin palabras. Sin poder pensar. Pero, bueno, después de todo también él tenía prisa. Lo esperaban para asuntos importantes. Ella no tenía tiempo. Él tampoco. No insistiría. Eso sólo la incomodaría y no deseaba importunarla. En una época muy lejana de sus vidas conoció la eternidad al contacto con sus labios húmedos. “Nadie me besó como tú, ¿acaso lo sabes? Supongo que no. Y no lo sabrás. Ya no te detendré...”. Ella, que había sido su mejor amiga; la más suave criatura que había conocido hasta que... él nunca lo entendió. Nunca entendió por qué había sido irremediablemente lanzado al desierto del olvido.
—Sí... otro día... ya sabes, me debes un café.
“Déjalo ir... déjalo ir... déjalo ir...”. Qué fácil fue convencerlo. “Siempre fue así”. Quería llorar, pero no se vería bien. “Tu presencia me hace niña y tengo ganas de llorar. ¿Me consolarás si lo hago? ¿Qué harás, hombre perfecto, si me quiebro ante tus ojos? ¿Me tomarás en tus brazos y me dirás que me amas? Dime que me amas... dímelo bajito... al oído... para que nadie más escuche... entonces márchate y no me importará. Habré bebido mi gota de ambrosía”. Llegó el momento de seguir. Ella al norte, él al sur. Con prisa ella, también él. Pero antes de dejarlo atrás quiso mirarlo una vez más, sin pausas ni miedos, y lo miró: seguía siendo un hombre interesante, muy atractivo... pudo notar una pequeña gota de sudor deslizarse lentamente desde una de sus sienes y bajar por su mejilla hasta llegar al mentón... ¿Nervios? ¿Calor? Cómo saberlo. Su rostro lucía imperturbable, aunque... sus ojos... ¿Qué le decían? Parecían sonreírle con ternura y un leve dejo de tristeza. No. Sólo fue impresión suya. ¿Acaso se veía ella tan impasible y serena como aquella pieza de mármol que tenía delante? ¿Cómo podía estar tan calmado? La ira largo tiempo adormecida comenzó a acelerar su pulso. “No pierdas el control. Sólo sigue tu camino”. De nada sirve patear una roca atravesada en el camino, se rodea y se deja atrás. Mirándolo bien, “no es sudor, es agua... sólo agua...”. De repente parecía más bajo, más estrecho. Aquella magnífica estatua de hielo parecía derretirse ante sus ojos. “Si espero un poco te veré convertido en nada, sólo un poco de agua... un pequeño charco en mi camino...”. El resentimiento, las viejas amarguras parecían no haberla abandonado aún. Y ya no lo harían.
—Claro. Hasta otro día... fue bueno verte...
Estaba sudando a mares. Ella de seguro no lo había notado, pero él se sentía húmedo de pies a cabeza ¡Dios! ¡¿En realidad hace tanto calor?! No importaba. Ya nada importaba. Ella se iría y él terminaría recuperando su andar recto y elegante, paso a paso... no sería difícil... se ayudaría siguiendo la unión de las losas en la acera, una a una, y pronto estaría casi corriendo como de costumbre. “¿Te veré de nuevo?... quizá aceptes un beso en la mejilla... no, mejor no. ¿Cuántas milésimas de segundo hay entre tu mejilla y tu boca?”. No. No era prudente. Era una extraña. Era distinta. No lograba encontrar en aquella mujer, rastros de aquella profunda devoción que le llegó a demostrar... antes... mucho antes. Tampoco había rabia. Estaba tranquila y le sonreía. ¿Era ella feliz? ¿Por qué no habría de serlo? Él lo era. Había tomado concienzudamente cada una de las decisiones de su vida, incluso dejarla ir sin dramas ni escenas. Pero, aun así... “Si escucharas el lamento que nace de las cavernas más oscuras de mi ser no te irías de nuevo. Mas no lo pediré... nunca”.
—Adiós, extraño... cuídate mucho...
Qué más. “Sólo vete... adelante. Nunca volviste la cabeza por mí. No hubo encrucijada para ti antes. No la habrá ahora... pero, no te atrevas a ofrecerme tu mano. No estrecharé tu mano ¡jamás!... no besaré tu rostro, no palmearé tu espalda... prefiero sellar mis labios con un hierro candente y cortar mis manos si fuere preciso... no me des la mano...”.
—Adiós... que tengas un buen día...