Si quieres morirte, muérete y ya, fue el último consejo de mi madre. Paradójicamente, también fue la primera vez en mis veinte años que la escuché. ¿Por qué comenzar entonces? No lo sé. Siempre fui dueña de mis pasos. A mi madre le producía dolores de cabeza cuando en mi tierna infancia huía de casa. Quizás no nací para vivir recluida, y no hay mayor prisión que el cuerpo humano.
De pequeña soñaba con volar, ser como los pájaros que tienen sus nidos en el nogal frente a mi ventana. Sin embargo, nunca quise ser una paloma. Me parecen demasiado sucias y algo tontas con su arrullo. Yo soñaba cantar como los cenzontles.
Las niñas de mi clase siempre me llamaron loca, he de admitir renuente mi escasa popularidad. Pero yo tampoco las comprendía. A ellas, sus bucles, sus zapatitos de charol y los trajecitos perfectos. El no-me-toques-porque-me-ensucias cuando yo saltaba sobre los charcos persiguiendo ranas y cazando lombrices que terminaban convertidas en dragones. Y qué decir de las profesoras cuando me señalaban como ejemplo a no seguir. La primera vez que la profesora Conchita lo sugirió me pareció muy extraño. ¿Existirá un ejemplo a no seguir? Pero no importa, si existía, yo lo era.
Ahora que ya no estoy, ¿quién ocupará mi lugar? Me pregunto qué persona será la que se encargue de dirigir un ejército de chiquitines armados con canicas hasta los dientes, o cucarachas para lanzar al almuerzo de las nenas esas que nunca me aceptaron en su mesa. Y las ranas, ¿me extrañarán? Seguro que no, han de estar agradecidas. Ya no hay quien les arranque las patas y les saque los ojos.
Aunque llegué a la bendita adolescencia, nunca dejé atrás mis costumbres. Peleonera, desafiante y aguerrida. Más dolores de cabeza nunca pude producir. Hasta me echaron de casa y me sentí un poquito gorrión. Si entonces mis ojos hubieran visto el futuro reflejado en algún estanque, habría permanecido en el vientre de mi madre, o buscando entre los nidos pidiendo que algún ave me adoptara. No se pudo. Las aves me picoteaban y cada vez deseaba estar más lejos del vientre materno. Mi destino en una noche, y 9 meses después un bebé, ahora, yo ¿cómo lidio con él?
Mi hijo recordará las noches frescas de noviembre y el cantar de los grillos cuando piense en mí. ¡Maldición, de los grillos! ¿Por qué no cantó un ave a la hora de mi muerte? El destino de las personas se marca de tantas maneras, mi hijo adorará las noches en que la luna no asome y falten estrellas. En la completa oscuridad se sentirá junto a mí, y yo ya no escucharé sus berridos. Será todo un hombre. Extrañaré verlo crecer. Pude haberlo ayudado tanto, ser su capitán en los tiempos de guerra, su consejera cuando se trate de ellas. Lo habría hecho reír hasta que le doliera la panza. No lamento mi acción, no me dejaron otra opción. De recuerdo tendrá en mi habitación la tinta carmesí que moja mi cuerpo. Las venas chorreando. Mi madre se sorprenderá cuando encuentre el cadáver tirado en la cama.
El rojo decían que no me favorecía. Válgame Dios, y lo evité tantos años. Esta noche, sin embargo, no. Los críticos de moda seguramente tacharán mi ser cubierto en sangre, vaya usted a saber. Dicen que no me esperan grandes cosas en el más allá, así es que muchas ilusiones ya no llevo. Una cerveza, mi cigarrito y alguna foto de mi hijo.