Letras
Dos cuentos

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Sos una diosa

Fueron días y días de silenciosa preparación, aguardaba obstinada e inmóvil, como cuando se espera a alguien que no se sabe si vendrá.

Y una tarde llegó.

Florencia se quedó absorta mirando en el espejo un rostro que no era el suyo, mientras oía una voz angélica bendiciéndola.

—Vos sos la Ungida —declaró uno al que sólo le faltaban las alas, con sus ojos de ángel fijos en ella. Y Flor le creyó, porque nadie que tuviera un Reino en este mundo, podría estar tanto rato mirándola sin parpadear.

Salió del baño sonriendo, pensando que era la señal que esperaba para dejar de ser una anónima bibliotecaria, enterrada en vida en un antro de ratones somnolientos y libros infectados de ácaros, y una risa demente sacudió sus hombros, sobresaltando a los pocos lectores.

Al salir a la calle, se sintió liviana, dueña de una energía sobrenatural, atravesó todo Buenos Aires caminando hacia su casa y al pasar por la agencia de la Lotería, supo cuáles serían los números ganadores. Podía verlos parpadear en neón por todas partes, en los basureros de la calle, en las paredes de la Catedral y en la punta del Obelisco.

Cuando llegó a casa no saludó a Moira y se encerró en su cuarto. Al pasar las horas concluyó que alguien como ella no podía realizar una actividad tan humana como dormir, y se sentó frente a la ventana a vigilar una estrella más al sur que la del norte.

Así la encontró Moira en la mañana.

—Pobre Moira. Es tan simple, tan poca cosa —pensó con desdén cuando vio su rostro perplejo.

Al salir a trabajar, sólo veía ojos. Ojos por todos lados, ochenta en el microbús, cuatrocientos en la calle, de todos colores, miel, negros como carbones encendidos, glaucos, y todos fijos en ella.

Seguramente sospechaban su beatitud.

Fue una mañana agotadora, pues a última hora decidió no ir a la biblioteca, y en cambio, quedarse en una Plaza repartiendo su colación a las palomas. Sólo al atardecer, cuando temblaba de frío, y ya había dado cuatrocientas veintidós mil vueltas y media al perímetro de la plaza, se fue a su casa.

Pero ya no podía más con su secreto, y descendió del Nirvana con gravedad para contarle a Moira. Ella la miró con tristeza, barruntando lo que pasaba, y comenzó a hacerle preguntas.

Flor pensó que Moira no era tan tonta después de todo, pues se daba cuenta que ella podía hacerla millonaria.

—¿Qué automóvil querés? ¿Te gustaría un Porsche? Yo te lo regalaré —le ofreció en un arranque de olímpica generosidad.

—Sí, bueno, un Porsche estará bien... Pero, hay que contarle tu secreto a Goyo. Algo tan importante para el mundo tiene que ser compartido —le propuso Moira.

—¿Y quién es Goyo? —preguntó Flor.

—Otro como vos —contestó Moira en un susurro.

Cuando llegaron, Goyo practicaba Tai Chi con un paciente, remaban descalzos y sincrónicos en el agua del lago cristalino, y luego, acariciaban lentamente la cola del ave. Cuando soltó por fin su enorme y reluciente Esfera de Jade y el paciente la suya, tan pequeña y llena de abrasiones, se dirigió hacia Flor.

—Flor, contale el secreto, lo que me dijiste ayer —le pidió Moira cuando ella entraba a la consulta con Goyo.

Después de esa tarde Flor estuvo segura de que Moira había enloquecido, simplemente no podía entender su actitud tan extraña.

La obligaba a tragar un medicamento que llamaba vitaminas, ¿para qué?, se preguntaba Flor, si para las diosas está la ambrosía. Pero las tragó. Debía contemporizar con los mortales.

Entonces durmió muchos días, y sólo despertaba para ver cómo Moira le introducía otra más en la boca. Alcanzaba a ofrecerle con la lengua traposa sacos de dinero ocultos en el estante de Literatura Hspanoamericana de la biblioteca, el velo de la Reina Mab, y hasta una cita clandestina con Antonio Banderas, antes de caer en un psicotrópico sopor.

Unas semanas después se arrastraba por la casa como una lombriz solitaria. A veces se acercaba al espejo, ávida de bendiciones y profecías, pero sólo veía un rostro macilento, el suyo.

Entretanto, había arribado su hermana, para llevarla de vuelta a Santos Lugares, y el día llegó, en que se despidió de Moira con una seña desde el autobús en marcha.

Mientras Buenos Aires desaparecía de su vista, recordó su inmensa soledad, el desamparo de esos años en la capital federal, la angustia de su anónima existencia, ignorada y prisionera de sueños imposibles.

No sabía cómo interpretar lo que había ocurrido ese mes en su vida, pero de algo sí estaba segura, todo había sido tan absurdo, tan extraño, y sin embargo, lo vio.

 

La otra historia

La noche del 23 de noviembre de 1520, Malinche siguió decidida la luz de la antorcha levantada por el niño indio que la guiaba hasta las habitaciones de Cortés en el sometido Palacio de Tenochtitlan.

La mole blanca de la ciudad, que alguna vez fue llamada Corazón del Único Mundo, se erguía mancillada por la bota del conquistador y el silencio navegaba espectralmente por sus calles como negro bergantín con sus velas desplegadas.

Sólo se oía en el palacio el rumor apagado de los faldones de la mujer, y sus pasos leves, por los amplios espacios vacíos en los que un año antes Moctezuma y su corte vivieron los últimos días de un imperio que no parecía tener fin.

Malinche... Malinche... susurró ululando el viento que empujaba un negro bergantín.

Ella no escuchó al viento, sólo oía el sonido oscuro de su pecho, y el viento, abriéndose paso por las galerías, sólo consiguió agitar sus largos cabellos tan negros que la noche envidiaba.

Cuando el niño se deslizó con apuro por el pasillo dejándola frente a la puerta entornada que filtraba la luz mortecina del interior, Malinche tuvo un instante de vacilación.

Tal vez recordó algo perdido para siempre, otros tiempos en el que no había caballos piafantes y las Guerras Floridas llenaban de corazones húmedos las bocas de los dioses en la Gran Pirámide.

Cortés la esperaba con impaciencia, y sin ceremonias que nunca aprendió en Extremadura, se acercó a ella con mirada turbia y la tomó por el talle superándola en tamaño y fuerza. Malinche se apartó como de un perro rabioso y Cortés comenzó a extrañar el perfume a selva que la mujer traía en el cuerpo.

Esperó anhelante, desconcertado el soldado de tantas batallas frente a esa mujer extraña que se le antojó como el agua. Sintió sed. Se midieron en la distancia como enemigos formidables antes del asalto final, ella lo contempló recelosa; él deseando con vehemencia la presa desconocida.

De pronto una mano hábil desprendió de la ropa el oculto alfiler de plata del Urubamba, destinado a cruzar de lado a lado el corazón del usurpador y descubrió el cuerpo que en realidad era México conquistado y aún desafiante en toda su oscura e inquietante belleza.

Malinche... Malinche... creyó escuchar la mujer decir al viento.

Entonces Cortés sintió que su sangre se levantaba en olas como las que vio en esos mares que lo llevaron dieciséis años antes hasta La Española, y comprendió que su vida sin paz se suspendía en ese instante para encontrar la tregua que las guerras de las que venía le pedían con la urgencia de un desertor.

La tomó suavemente, en una segunda y más sabia embestida, y ella se doblegó esta vez, murmurando palabras que el conquistador no entendió, porque eran ensalmos que las mujeres en España no conocían y que Malinche aprendió de su madre y de su abuela y éstas escucharon de sus madres y abuelas para hechizar a los hombres.

Los cuerpos se enfrentaron rotundos. Sus lenguas buscaron con el hambre de muchos siglos el territorio compartido y palpitante de dos mundos lejanos colisionando en un ángulo perfecto, emitiendo un sonido ahogado, que a ratos parecía ser el lamento de tantos muertos levantándose entre lluvias de plumas multicolores, y en otros se parecía al rugido de enormes ríos soñando con permanecer perdidos a los ojos del ávido español.

Malinche... Malinche... escuchó la mujer claramente decir al viento que lloraba traicionado.

Algo con el brillo de la plata esperaba pacientemente en la oscuridad, mientras la mujer cabalgaba con su cabello suelto sobre la ibérica palidez del cuerpo del conquistador, que desde la profundidad del lecho contemplaba con asombro la aceitunada piel que lo convertía en el dios que ambicionaba ser, un dios que gozaba de aromas, sabores y sensaciones que en todos sus años nunca presintió siquiera.

Ya había avanzado la noche cuando Malinche descansó complacida sobre el pecho sin armadura y sin cota, y repentinamente, al escuchar el corazón del hombre sonar como tambor de guerra, recordó que los sacerdotes la habían elegido entre muchas para ejecutar una misión que alteraría el curso de la historia que los escribas aún registraban en largos y coloridos pliegos.

Cortés era un hombre y en el fondo de sus ojos metálicos brillaba la lujuria. Los sacerdotes apagaron muchos en la piedra del sacrificio, y reconocieron en ellos la debilidad del halcón español. Entonces, buscaron una mujer inteligente, astuta, conocedora del arte de complacer a un hombre en el lecho y vulnerar su fuerza lo suficiente como para hacer lo que feroces guerreros no podrían lograr. Cortés moriría infamemente en el lecho, vencido por una mujer.

Malinche sintió otra vez el dulzón olor de la sangre que surgía de los cuerpos macilentos de los sacerdotes que le entregaron solemnemente el arma hecha para destruir al centauro.

“El viento dirá tu nombre y se oirá por siglos”, profetizaron.

Incorporándose con cuidado observó alrededor como un gato, y adivinó el alfiler de plata que la aguardaba. Era tan fino, agudo y brillante; una joya letal, hecha por un artesano perverso.

Le dio una vuelta más a algo que venía pensando, luego lo dejó caer y se deslizó entre las mantas para trenzar sus piernas con las del hombre que despertaba. Una nueva batalla se inició entonces, una sin la ansiedad de la primera, pero intensa, porque uno de ellos sin saberlo se movía entre la vida y la muerte.

Las bocas se mordieron buscándose pertinazmente en la oscuridad, y las manos ásperas del español recorrieron a gusto el territorio húmedo de la mujer, como si fuera una fruta que insidiosamente le ofrecían los dioses paganos que creía haber destruido.

Malinche... Malinche... se lamentó el viento.

No quiso escuchar, pensaba en la alianza de secreto y poder cuyos términos ya podía adivinar: ella le contaría secretos estratégicos a Cortés y éste graciosamente la elevaría de su condición de sumisión a dueña absoluta de sus secretos.

Al amanecer, antes que el Quetzal levantara su vuelo buscando inútilmente a los antiguos habitantes del Corazón del único Mundo, una mujer cruzó furtivamente los jardines colgantes del palacio del arrogante Moctezuma. El alfiler de plata sostenía nuevamente con gracia sus vestidos y Cortés dormía en su habitación.

El conquistador soñaba con Serpientes Emplumadas que acechaban en la oscuridad y en su sueño, exasperantemente lento, envolvente y pegajoso, resonaba la misma voz delirante que le ordenó dos años antes quemar las once naves que lo llevaron a México, esta vez murmurando una y otra vez una palabra en una lengua nueva que hacía retroceder a las serpientes... Malinche... Malinche... Malinche...