Artículos y reportajes
La crítica literaria e Internet

Ilustración: Bruno Budrovic

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Supongamos que Jorge Luis Borges hubiese nacido en los años ochenta. Ahora imaginémoslo sentado ante un director editorial que tiene sobre el escritorio varios originales de nuestro joven escritor: “Bueno, poesía no publicamos nada... La verdad es que algunos de sus cuentos me gustaron mucho; pero es difícil vender libros de cuentos. Y además, usted tendría que... ¿Cómo decirlo? No sé... poner más erotismo, más swing. Vea, usted escribe muy bien, pero a la gente no le gustan cosas tan cerebrales”.

En nuestros días, nuestro imaginario joven Borges probablemente escribiría en alguna de las revistas electrónicas que pueden encontrarse en Internet; pues la poesía, prácticamente excluida de la edición tradicional, sigue viva y coleando en la Web. Y no hablemos del cuento. Continuamente aparecen nuevas obras y nuevos autores.

La mayoría de las revistas literarias electrónicas no se atienen a las pautas mercadotécnicas que imponen a sus autores las editoriales tradicionales: “Procure que el primer párrafo ‘enganche’ al lector”, “Show, don’t tell”, etcétera. Dostoyevski o Cervantes escribían lo que les parecía que estaba bien para ellos y para sus lectores, no para un gerente de promoción. Los que escriben para Internet hacen lo mismo.

Por supuesto, mucho de lo que se publica en Internet es malo, pero también hay trabajos de calidad; una de las funciones de la crítica es, justamente, separar la paja del grano.

Ahora bien, es notable que, aunque Internet hierve de actividad literaria en todos los idiomas, esa actividad es olímpicamente ignorada por los críticos. Por supuesto, no somos inocentes; en general, se comentan los libros de las editoriales que anuncian en los mismos medios en que se publican las críticas; y los editores desean que los críticos encaminen a los lectores a lo que ellos publican, no a obras que pueden bajar gratuitamente de la red: pero también hay cierta miopía que dificulta apreciar la importancia de la literatura publicada electrónicamente.

Posiblemente por inercia suponemos que una revista o un libro consisten en una cantidad de hojas de papel pegadas, cosidas o abrochadas juntamente. Sin embargo, la Biblia y La Ilíada, por tomar dos ejemplos, fueron “publicadas” en rollos de pergamino o de papiro antes de ser impresas en volúmenes de papel. Y antes hubo libros en tabletas de arcilla. El libro no es el soporte, sino lo soportado.

Tal vez, en el siglo XV algunos recalcitrantes rehusaron rebajarse a leer los plebeyos libros impresos que aportaba la nueva tecnología. Para ellos, un libro de verdad era manuscrito en bella caligrafía uncial o gótica, con hermosas miniaturas, dorados, pergamino, tapas de cordobán, etcétera. Pero el libro impreso triunfó.

Lo cierto es que, por más que los medios y sus críticos lo ignoren o finjan ignorarlo, millones —sí, millones— de lectores acuden a la red en busca de lectura. Basta ver las cifras del Proyecto Gutenberg, por ejemplo. Prueba de que las editoriales tradicionales saben lo que está pasando es su rápida y airada reacción (desde luego, totalmente justificada) cuando alguien les piratea un libro y lo sube a Internet.

Hay muchas revistas literarias electrónicas —como Letralia, por ejemplo— que son veteranas en la red; la mortalidad infantil, que aniquila a la mayoría de las revistas literarias de papel, es menos letal para las electrónicas. Todos los días, muchos miles de lectores bajan prosa y poesía y leen. Los medios periodísticos no podrán hacer eternamente como que ignoran este fenómeno. O tal vez, sí lo hagan. De ser así, en la medida en que los escritores de las editoriales de papel tengan que acatar cada vez más las instrucciones de los gerentes de promoción, los lectores empezarán a pensar que la literatura de verdad está pasando por otra calle.