Artículos y reportajes
Barcelona. In illo tempore

Paseo de la Gracia. Foto: Andria Patino

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La cuestión era improvisar el breve e informal discurso sobre un libro apenas ojeado y pasar rápidamente a la parte divertida. Sucedía en el hotel Balmoral y las bandejas contenían frituras, afiligranados canapés, hojaldre caliente. Carlos Barral, con una especie de guayabera, collares y gin-tonic, expandía su encanto proverbial. La dulce Ana Moix sollozaba a causa de incontrolables celos. El Papa era benigno y el dinero no lo era todo. Félix de Azúa (antes de convertirse en uno de los pocos articulistas capaces de sorprender, de opinar sin producir hastío, de ser brillante y no decir lo que dicen todos) hacía reír con sus sarcasmos a un filósofo llamado Pin. Héctor Bianciotti escribía una dedicatoria. Salvador Clotas (ropa de un Toni Miró anterior a las levitas), que había escrito un memorable prólogo sobre dandismo, ensalzaba a Alfredo Kraus y Concha Piquer, o el himno de la Legión y Gonzalo de Berceo, mirando por encima del hombro de su interlocutor a los que entraban en la sala. Un aprendiz de poeta esparcía paz por su cuerpo cogiendo un vaso lleno y poniendo en su lugar el vacío. Terenci Moix tenía el poco pelo largo pero largo y unos horteras pantalones a rayas comprados quizá en Londres. Jaime Gil mostraba orgulloso una pierna escayolada y la línea cesárea de su cabeza. Había desdenes mutuos, carcajadas, una pedantería simpática, muchas frases en francés. Todos se atribuían los argumentos de Tel Quel y los Cahiers y eran retratados por Colita en las más graciosas poses o adoptando la típica actitud de personaje interesante.

Entonces bullía el Pub Tuset, La Cova del Drac. El peluquero Iranzo disfrazaba a sus pupilos de personaje de Star Trek y José Elías admiraba sin reservas a Cyrano de Bergerac. No existía el Auditori. Ni había premios a patadas, esa zarabanda de honores y recompensas que sientan tan bien a los egos quebradizos. Pasaba por ahí Jaume Perich o Rosa Regás con un provocativo balanceo, en compañía del filiforme Juan Benet. Se oía música soul y pop de categoría, francamente buena.

Pero en Bocaccio las cosas no eran buenas o malas sino divertidas o aburridas: Porcioles era un alcalde aburrido, Portabella era un cineasta divertido. Aparecía alguna modelo pelirroja o aquella nota de cálida sinceridad de la que había que aprender a desconfiar. Un encorbatado Enrique Vila Matas observaba y cuchicheaba en la barra con Gonzalo Herralde. El campechano Marsé, antes de soñar con el Cervantes fingiendo indiferencia, me presentaba a Román Gubern que después, con una dicción imposible, agradecería mis excesivos elogios a un libro suyo sobre Godard o King Kong. Eugenio Trías pensaba en Tomás Mann. Joan de Sagarra se enfadaba con alguien, posiblemente por ignorar que su papá había traducido al catalán la Divina Comedia. Se rendía culto a la inteligencia y al considerado su máximo exponente: el difunto Gabriel Ferrater. Al hablar se buscaba un efecto estético entre aromas ondulantes de Dior. Aunque Jorge Herralde no hablaba: reservaba sus energías para convertirse en el mejor editor independiente del país. Los camareros no te dejaban encender los cigarrillos; lo hacían ellos ciscándose en tus muertos mentalmente. (Inhalar humo no producía entonces desagradables sentimientos de culpa.) Y el fenicio Oriol Regás lo contemplaba todo con una sonrisa, absolutamente (adverbio de moda) satisfecho.

Eran los años de la revista Triunfo, en donde escribía espléndidos análisis de política internacional un periodista más tarde convertido en una especie de sexólogo de El País, con una columna en que alabaría la pornografía, simpatizaría con el pederasta y comprendería al violador. ¿Estaba casado todavía Luis Racionero con Maria José Ragué? Ramón Eugenio de Goicoechea pagaba las copas de los que tenían la paciencia de escuchar sus disparates en Taita. García Hortelano salía de un hotel que había frente a la catedral e iba cachazudo a participar en alguna mesa redonda. Las discotecas eran confortables, con tapicerías de pelaje sutil. Varios representantes de la especie veían cuatro películas seguidas en la Filmoteca de la calle Mercaders.

La autocomplacencia era patente en la tortillería Flash-Flash, en cuyos lavabos vomitaba Joan Pros, de quien se decía que había defenestrado a una mujer. Jordi Serrat anunciaba un anisete en televisión acariciando un gato, sin saber que le quedaba poco. En el Massana podía verse cenar a Serena Vergano, Josep Madern o al notario comunista Zabala. El sida no aterraba y el nacionalismo era considerado (salvo quizá para Castellet) algo de mal gusto. Vázquez Montalbán tenía bigote y su corazón no daba señales de alarma. La gente había salido mareada de las galerías de arte de la calle Consejo de Ciento por culpa del cinetismo. Senillosa ostentaba la típica chulería de los bajitos.

Mientras tanto en el Drugstore del Paseo de Gracia compraba tabaco, con ojos vidriosos, el traductor de El Antiedipo; unos chaperos buscaban clientes y Gabo, disfrazado de fresador, se tomaba un refresco; alguien intentaba robar la “Biografía Literaria” de Coleridge para saber la diferencia entre fantasía e imaginación.

Zarpaba un barco de metales atornillados, suelos vibrantes y olor a aceite, con hijos fugitivos, rumbo a San Antonio, Ibiza.

Relente, calzadas solitarias, semáforos intermitentes cuyos parpadeos ámbar centelleaban en soñolientos latidos, el comedero escondido en un garaje de la calle Aragón, a las cinco de la mañana: empujabas una puerta y te llegaba el zumbido de los que no se resignaban a volver a casa. Allí la fiesta cobraba un último impulso. Estaban con frecuencia pijos de Cadaqués que querían ser fotógrafos, reclinados en sillas de madera; un crítico muy soso de Quimera con una servilleta en el regazo, un avasallador y sentimental José Agustín Goytisolo, dándoselas de maldito; el guaperas de su jefe Bofill en compañía de la última papanatas, muy atractiva; Bibí Andersen, con los labios todavía no grotescamente hinchados por la silicona, buscando crápulas influyentes y adinerados; las lánguidas pestañas de una Madame Artur en clara decadencia. Voces pastosas, conversaciones cómicamente irreverentes. Poco a poco se iban agostando las fuentes de la inspiración.

Quedaba la luz opresiva del amanecer, el cansancio, ese sentirse como vaciado de toda personalidad, el sonido de la cafetera Moka Express en el pisito de soltero, la noticia del golpe de Pinochet o la voladura de Carrero, el propósito de enmienda...

Tiempo de posters, librerías míticas, portadas de diseño fascinante. La densidad demográfica era tolerable, nadie soñaba con abatir a unos pilotos de Iberia con el atizador del fuego ni planeaba transformar el viejo puerto de toda la vida en una pulida área cívica donde pasear a Woody Allen. Tiempo de pelliza afgana y desconocimiento del kiwi. Salía el número 0 de Ajoblanco, una publicación candorosamente contracultural que, contra todo pronóstico, Pepe Ribas haría durar algo y que no conseguiría abolir el dinero y legalizar la marihuana...

Los años pasan. Los movimientos se hacen más lentos. Olvidamos el nombre de lugares y personas que ahora beben con moderación y estructuran memorias maliciosas, o tienen un adenoma de próstata, buscan al psiquiatra Mariano de la Cruz y no lo encuentran, se tiñen el pelo de negro azabache. Las graves hilanderas hicieron lo que suelen hacer y algunas almas descendieron a la mansión de Hades. Algunos rostros se han abotargado. Diríase que muchas carcajadas se han convertido en sonrisas renuentes.