La aparición a mediados de noviembre del nuevo dispositivo de lectura Kindle, de Amazon, ha revivido la guerra que calladamente se sostiene desde hace algún tiempo en el área de los sustitutos primigenios del libro impreso. Por supuesto ha sido motivo, también, para que algún desprevenido suscriba la afirmación promocional de Amazon —apoyada con videos donde autores de best-sellers, incluyendo a la ganadora del premio Nobel, Toni Morrison, hablan de las virtudes del artilugio— respecto a que el dispositivo representa “el futuro de la lectura”.
Kindle es la punta de un iceberg en el que están colgados varios dispositivos similares, la mayoría de ellos desconocidos para el gran público. En líneas generales se trata de pequeñas pantallas que, a través de Internet o por otras vías, pueden albergar cierta cantidad de libros digitales y hacer alguna cosa más. Por ejemplo, la página de Wikipedia dedicada al tema lista las características de seis de ellos, incluyendo el que algunos consideran el adversario natural de Kindle, el Sony Reader. Kindle no aparece al momento de escribir esta nota, pero seguramente será incluido en el futuro inmediato.
Una de las desventajas que se han señalado en relación con Kindle es la pretensión, por parte de Amazon, de obligar al usuario a atarse a contenidos que se distribuyen bajo el régimen de DRM (Digital Rights Management o, en español, Gestión Digital de Derechos), que garantiza a los editores la conservación del copyright pero niega al público la posibilidad de disfrutar de estándares. En una palabra, lo que se lee en Kindle no puede leerse en otro dispositivo, ni tampoco transferirse. Cosas del capitalismo, que aún no descubre una manera efectiva y natural de sacarle el jugo al ocio del público.
En varios aspectos los dispositivos que se encuentran actualmente en el mercado presentan características comunes, incluso en el rubro de las ventajas y desventajas. La mayoría tiene un peso igual o menor al de un libro corriente y puede descargar el material de lectura directamente de Internet. El diseño de la mayoría ofrece una experiencia de usuario bastante sencilla, aunque en algunos casos no tanto como uno pudiera desear. Prácticamente se puede decir que por el momento no hay en ellos características resaltantes como para delegar en alguno de ellos la responsabilidad de sustituir al libro impreso.
Por otro lado, es claro que aún estamos hablando de productos de lujo. Aunque casi todos han anunciado que no podrán entregar nuevas unidades hasta pasado el mes de diciembre, pues se encuentran agotados, el precio de todos ellos no los convierte precisamente en buenos candidatos para sustituir al libro. Estos aparatos cuestan de 200 a 400 dólares, excepto el Fujitsu FLEPia, cuyo precio alcanza la estratosfera: de 12 a 21.000 dólares. La oferta de material de lectura, por otro lado, es variada y los precios aceptables, aunque por supuesto aún es muy limitada.
El sustituto digital del libro impreso debe poseer apenas tres cualidades: que sea cómodo al menos al tacto y a la vista, que permita leer cualquier cosa y que tenga un costo que todos podamos pagar. La primera de estas características es obvia. Como hemos dicho en otras oportunidades, el eventual sustituto del libro impreso debe igualar o superar la maravilla de ese objeto que con nuestra vista y nuestras manos nos puede pasear por el universo. Tinta electrónica, pantallas que no “golpean” al ojo humano y sencillos controles son los primeros pasos en este sentido. La segunda característica, la versatilidad, llegará cuando se unan la conectividad que ya tienen los dispositivos que hoy conocemos y la disposición de los editores para hallar nuevos modelos de negocio. La tercera, obviamente, llegará con el tiempo.
Todavía falta mucho camino por recorrer para alcanzar un sustituto del libro impreso. Pero estos dispositivos ya son los excelentes primeros pasos en esa dirección y cada nuevo paso que se da, por fortuna, hace más cercano el momento en que sea una realidad el libro que es todos los libros.