“...pero el final de una pesadilla no siempre
significa un alivio”.
Bernhard Schlink.
Era una noche oscura. Muerta de miedo, iba caminando ligero para llegar cuanto antes a su casa cuando la sorprendió un apagón. Primero pensó que sólo afectaba el alumbrado público pero cuando se fue acostumbrando a la oscuridad comprobó que era general. Apuró el paso mientras buscaba desesperada la llave en la cartera. Difícil encontrarla en el desorden femenino. Ya frente a la puerta de calle y con el miedo depositado en la vejiga probó varias llaves hasta dar con la indicada. Mientras accedía a la boca de lobo que era el hall de entrada oyó los frenos de un auto, alguien bajó y dio un portazo. Luego el vehículo arrancó sacándole chispas a las llantas. Ojala que no la estuvieran siguiendo. Tendría que llegar al quinto piso por la escalera, que desconocía. Desde que vivía ahí todo lo hacía por ascensor. A tientas encontró el lugar. Vacilante emprendió el ascenso.
Después de trastabillar al tomar una curva donde los escalones se enangostaban, siguió subiendo y descubrió que por cada piso debía sortear tres tramos de escalones. Para peor, sufría de vértigo. A los tumbos y en plena crisis vesical llegó al segundo, por lo menos eso creyó. En el piso siguiente, sin razón comprensible, el rellano le pareció eterno, además tuvo que taparse la nariz porque algo hedía. Enseguida tropezó con un balde de metal que por suerte estaba vacío pero hizo un ruido espantoso. Del susto se cayó. Se levantó y se acomodó los zapatos. Ya no sabía si llegaría al baño. En la caída soltó la llave. Trató de rastrearla con el pie. Recorrió toda la superficie del rellano sin suerte. Optó por dejar la cartera en un escalón y tantear el piso. La encontró y se sentó para recuperarse. Siempre le temió a la oscuridad, por eso de chica nunca había jugado al gallito ciego ni a la piñata. Hizo todos los ejercicios de relajación que conocía para poder continuar.
Siguió con suma cautela. En el otro piso se asomó a la negrura del pasillo. No se veía a nadie, no se oía nada, ni siquiera el ruido lejano de un motor, ni el viento. El edificio estaba muerto. Continuó. Finalmente, pensó que había llegado. No estaba segura de haber llevado bien la cuenta de los pisos porque el miedo la confundía. Embotada y al borde de las lágrimas, cuando buscó la llave para abrir la puerta se dio cuenta de que llave y cartera habían quedado abajo. Para recuperar aliento se apoyó en la puerta que se abrió. Qué despiste peligroso el suyo, la había dejado entornada, sin cerrarla del todo. Entró y corrió al baño de servicio que era el más cercano. Tropezó con una silla, una mesa y consiguió atajar algo que iba a caer al piso. No encontraba el camino. ¿Tenía sólo imágenes ilusorias de su casa?
Transpuso una puerta, caminó unos pasos e instintivamente buscó la llave de luz. Qué horror ser ciego. Perdida en su propia casa no tenía forma de llegar al baño... Ya alterada, volvió sobre sus pasos y al ingresar en otro ambiente oyó sonidos extraños. Parecían los de una pareja haciendo el amor. Qué espanto, en mi casa... Si nadie tiene la llave. ¿Serán una ladrona y un ladrón? Nada raro en estos tiempos. Es una pesadilla. Sintió que la cabeza le iba a explotar. Quiso gritar para pedir auxilio pero estaba muda. El baño dejó de ser prioritario. Como creía estar en el hall de entrada, hizo un giro a la derecha para orientarse pero se llevó por delante un mueble y se golpeó la cabeza. Si los ladrones la descubrían la matarían. Tenía que huir pero no encontraba la salida. Oyó pasos que se acercaban y un cuchicheo. Estaba cercada. La enfocaron con una linterna a los gritos. No, no, qué espanto, no es posible. Frente a ella, muertos de miedo y casi desnudos estaba la parejita de recién casados del séptimo.