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“Cortesía”, de Danny Webster (1931)Los buenos modales

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Así como la de mis padres, mi generación se forjó en la rebelión. Pero un día cayó el muro de Berlín, los chinos decidieron dedicarse a fabricar inutilidades de plástico con las que inundaron el mundo, y la era de la rebeldía terminó. Creo que para los jóvenes el tiempo pasado fue mejor, había montañas que escalar, barricadas que los llamaban, y los unía la ideología de la esperanza. Hoy el sectarismo, las diferencias raciales y los extremismos religiosos compiten por reemplazar a las ideas políticas en el corazón de los jóvenes. Cuando tienen éxito, éste toma una forma terrible. En la gran mayoría de los casos, sin embargo, los jóvenes se han dado por vencidos y han renunciado a la posibilidad de un ideal. Sin rumbo para la rebeldía, los jóvenes de hoy se aburren y aceptan sumisos el destino de trabajo que sus padres les marcan o huyen de la monotonía montados a una tecnología que a los mayores nos elude. En otros casos recurren a la droga.

En un campo, sin embargo, la juventud de hoy supo continuar el camino que sus ancestros le comenzamos a trazar; me refiero a la aniquilación de los “buenos modales”. No es de descartar que los haya asistido algún psicólogo, preferentemente francés, que haya vinculado los “buenos modales” con mecanismos de control social o alguna otra cosa por el estilo, pero no voy a explorar ese camino; confieso que apenas chapurreo el francés y en psicología: nones. Lo cierto es que el emprendimiento fue exitoso y ha llegado el momento de proclamar oficialmente que los “buenos modales” están muertos. Muertos de pata estirada y cementerio con florcitas. Se juntaron en la tumba con el sentido del honor, que en la Argentina fue enterrado en 1965, con Alfredo L. Palacios. En su lápida debería decir: “Primer diputado socialista de América, expulsado del Partido Socialista por batirse a duelo”... O se podría haberle recordado al visitante casual que, siendo embajador en el Uruguay, don Alfredo servía mate a sus visitantes pues el país estaba muy pobre para comprar café, y correspondía ejercer austeridad. En fin, valores de un tiempo pasado...

Ya mi generación tendió a menospreciar los “buenos modales”, que consideró como una contraseña que los de arriba usaban entre ellos para mejor identificar a los de abajo. O acaso un ejemplo de frivolidad, imposible de defender en un mundo plagado de problemas reales, de hambre y de miseria. Retrospectivamente, me pregunto si la verdadera razón no escondía algo de comodidad y un inconsciente deseo de provocar; “épater le burgeois”, creo que diría el psicólogo francés. En esta nueva visión del mundo, los “buenos modales” tenían-tienen la misma utilidad que la corbata. Hoy la corbata aún sobrevive, pero con vergüenza, limitada a los lugares de trabajo de los obreros de camisa blanca, símbolo de sumisión al sistema, que desaparece a las cinco de la tarde y que pasa los fines de semana colgada de una silla. Sabe que el tiempo le juega en contra...

Pero si mi generación acometió contra los buenos modales por razones de pudor ideológico, la de hoy lo hace por inercia o porque sus propios padres se olvidaron de enseñárselos. Les tengo que confesar que lamento la muerte de los buenos modales. Cuando un jovencito se desentiende de mis canas y me tutea, cuando se me olvidan de decir “por favor” o “gracias”, cuando colocan los zapatos sucios sobre la silla o se sientan en el cine con la gorra puesta, añoro un tiempo hipotético en el que una matrona, imponente bajo su sombrero, le habría propinado al infractor un merecido carterazo. Digo hipotético, porque apenas si conocí ese tiempo en el que aún circulaban los sombreros como parte de un atuendo correcto. Usted quizás me preguntará, ¿por qué esperar a una matrona salvadora? Respondo: la matrona es simbólica, pero no es una imagen freudiana (creo) sino una añoranza de un tiempo pasado, y yo no enfrento al infractor porque se me reiría en la cara; hoy la infracción es la norma y el que la cuestiona es el nuevo infractor.

Ahora que los “buenos modales” están bien enterrados, creo que nadie habrá de sospechar de mis intenciones, y suponer que intento darles un nuevo soplo de vida para que me acusen de reaccionario o, lo que es peor, de inglés camuflado. ¡Resucitarlos: ese sí que habría de ser un milagro! Por eso, porque están bien muertos, estimado lector, usted y yo nos podemos dar el lujo de la honestidad en esta nota necrológica que en todo caso llega demasiado tarde. ¿Usted no añora también ese tiempo tan lejano en el que se esperaba que desplegásemos un cierto grado de cortesía hacia nuestro prójimo? Admito que, en lo que hace a la mujer, eso de cederle el asiento y abrirle la puerta, quizás reflejaba un prejuicio “machista” (y además me parece razonable quedarme sentado si yo llegué al asiento primero), pero tendrán que admitir que el no hacer ruido al tomar la sopa no exigía un esfuerzo tan grande y hacía más agradable la comida para todos los demás...

Dije usted, pero reconozcamos que el “usted” va por el mismo camino que la corbata, todos somos vos (o en la Argentina: “che”), igualados en el mínimo común denominador del vocabulario reducido. Los angloparlantes han sabiamente evitado el dilema entre el y el usted mediante el uso del ubicuo “you”, pero en el español no es así, elegir el uno es dejar de elegir el otro. Elegir el es una manera de definir la relación como entre iguales, aunque uno sea joven y otro sea viejo (¿se acuerdan del tango: “lo mismo un burro que un gran profesor, todo es igual, nada es mejor...”?). En algunos casos, por ejemplo, al ordenarle la comida al mesero que aún se siente obligado a responder con el usted, el uso del (o del vos) adquiere un tono de patronil condescendencia. Es la venganza del maleducado de clase alta, o ínfulas de...

Confieso que mi opinión acerca de cómo deben tomarse los cubiertos es sesgada y responde, probablemente, más a razones estéticas, que a consideraciones de peso. Pero quizás de eso se trate. Quizás el tema de los buenos modales refleje simplemente la necesidad de una estética en las relaciones que los seres humanos mantenemos. Como taparnos la boca al toser. Tildarla de hipocresía sería, creo yo, superficial.

El automóvil vino al mundo cuando los buenos modales aún gozaban de buena salud, pero su proliferación (la del automóvil, claro está) es un hecho moderno. Quizás eso haya inducido alguna confusión en los conductores, que en su mayoría parecen considerar que los buenos modales son un fenómeno pretérito, estrictamente peatonal.

Y eso me lleva a proponer que los “modales”, sean buenos o inexistentes, responden a una visión de cómo encarar la convivencia social. Puede ser que esto lo haya dicho, o refutado, algún sociólogo, pero como yo no lo soy puedo meterme en el pantano con toda inocencia y decir lo que pienso sin preocuparme de consultar bibliografía. Los buenos modales son convenciones. Arbitrarias como toda convención, puede en general encontrarse que responden a alguna lógica. Así, el cederle el asiento a las damas respondía a la visión del sexo femenino como sexo “débil”, y era un reconocimiento sutil del carácter de “dama” de la beneficiaria del gesto. El símbolo de la caballerosidad, don Quijote, nos enseña una lección que parece haber pasado desapercibida al tratar con el respeto que merece una dama a la moza Aldonza Lorenzo. Con tristeza, hoy barrunto que el terrible castigo de don Quijote fue ser el único cuerdo en un mundo poblado por locos.

El “por favor” de antaño (¿lo recuerdan?) era un reconocimiento de que lo solicitado podía representar una molestia, por pequeña que fuese, y reconocer anticipadamente la generosidad del gesto de acceder. Lo mismo por las “gracias”. Abrir la puerta e invitar al otro a pasar primero es un gesto de cortesía. Entre extraños permite comenzar una relación en un plano amable. La consideración del otro deja en el destinatario del gesto la sensación de ser respetado, valorado. En el mundo de los buenos modales las personas son merecedoras de respeto, no son simples objetos.

Este modo de razonar lleva, inevitablemente, a preguntarse si la muerte de los “buenos modales” no es, en buena medida, la muerte del respeto. El respeto significa el reconocimiento del otro. Mi sensación es que vivimos un tiempo de agresiva afirmación de los derechos propios, y escasa consideración de las obligaciones hacia los demás. En ese mundo los “buenos modales” son superfluos. Lo confirman aquellos que destruyen nuestros tímpanos con cacofonías a todo volumen que, con excesiva generosidad, llaman música.

Estimado lector, le agradezco el tiempo que me ha dedicado leyendo estas disquisiciones. Y le pregunto: ¿usted, qué piensa?