Entrevistas
Murciélagos... al natural

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Cuando empecé a leer Murciélagos en un burdel (X Premio de Novela Ciudad de Badajoz, 2007, publicada por Algaida Editores) tuve la sensación de haberme encaramado en una máquina del tiempo. No conocí La Habana de los años 50, pero he escuchado suficientes historias familiares como para reconocer personajes, hechos y lugares. Así se abrieron ante mí, como antiguas amigas, “las páginas sonoras de la novela del aire”, tan famosa que los dueños de restaurantes la sintonizaban cada noche para que los clientes no se fueran a casa a escucharla. La voz de Clavelito, el médium que aconsejaba a sus oyentes que pusieran su pensamiento en él, me sonó en los oídos. Y los números cantados de la lotería nacional, y tantos otros detallitos. Si no hubiera leído en la contraportada que el autor “lleva veinte años trabajando de periodista, siempre en Onda Regional, la emisora autonómica de Murcia” habría pensado que este libro era de un habanero.

Pero Murciélagos... es más que una novela de costumbres. Y más que un thriller también, aunque tenga de las dos cosas. Cuenta la Historia con mayúscula (la del fallido ataque al Palacio Presidencial, la toma de Radio Reloj, etc.) y la que, por escribirse con minúscula (una sesión de brujería, las películas que se ponían en el teatro Shangai) no es menos importante. Es la pintura de una época que, aunque ha quedado atrás, dejó su huella en la Cuba de hoy. Queda a los investigadores averiguar qué ha sido, tras más de medio siglo, de aquellos “chicos del Directorio Revolucionario”. De los que sobrevivieron, quiero decir. Algunos, como José Antonio Echeverría, murieron en la acción y hoy son sólo el nombre de una escuela. La secundaria donde yo estudié, la de La Habana Vieja, llevaba el nombre real del gordo Manzanita.

Ahora, lo que más me gustó fue la absoluta ausencia de estereotipos. Alabao, qué descanso. Porque la mayoría de las novelas sobre la Cuba de los cincuenta transita por dos caminos bastante trilladitos. Por el primero se contonean aquellas en que los protagonistas son dueños de ingenios, autos americanos e inevitables casonas en Miramar. Las que suceden en una isla idílica en que amos y criados, blancos, negros y chinos conviven en bucólica armonía y todos los muchachos tienen nanas de piel oscura que los adoran. ¿Huh? El segundo camino está poblado por los adefesios del realismo socialista, según los cuales en La Habana no había sino hambre, miseria, prostitutas de a peso, marines zafios y heroicos revolucionarios. (¡Ay, Manuel Cofiño, que tus pecados de lesa escritura te sean perdonados!).

Murciélagos... huye de los extremos. Batista, el dictador que manda a matar sin remordimientos, es padre querendón, amén de lector insaciable (el Soldado Polilla, le llamaban). Los estudiantes que se le oponen no dudan en enfrentarse a las balas de los policías y en desafiar a la tortura, pero fuman pitos de marihuana con desembarazo total. Hay delatores entre ellos. Y, no faltaba más, sienten miedo y hasta se defecan del susto como cualquier hijo de vecino. En fin, que se trata de un libro al natural, libre de afeites. ¡Bienvenido!

 

“Murciélagos en un burdel”, de Gregorio León—Ante todo, ¿por qué Cuba y por qué esa época? ¿Qué lleva a un murciano de treinta y seis años a escribir sobre La Habana de los años cincuenta?

—El chispazo inicial surge en mi primer viaje a La Habana. Nada más entrar en el Museo de la Revolución me encontré con siete agujeritos hechos en el mármol de la escalera que da acceso a la primera planta, como siete picotazos hechos por un pájaro carpintero. Esa imagen creció en mí hasta que me obligó a profundizar en su causa... El episodio de un grupo de estudiantes intentando matar a un dictador me pareció una materia narrativa que no podía despreciar, y que se acomodaba perfectamente a mi deseo de escribir una novela negra. La Habana de los años 50 era el escenario perfecto. La trama me la regalaba la Historia con un 13 de marzo diferente a todos los demás.

—¿Cómo conseguiste recrear tan bien la pintoresca atmósfera de la mitad del siglo?

—¿Tan bien? ¿Tú crees? Bueno, al menos lo intenté. Sería fácil decir que, simplemente, escuchando a Benny Moré. Su música me acompañó durante todo el proceso de escritura de esta novela. Pero no puedo olvidar a los eficientes funcionarios de la Biblioteca José Martí, que pusieron en mis manos números de la revista Bohemia de los años 50. Ni a Zoé Valdés, que puso a mi alcance mucha documentación para acercarme a la figura de Batista. Y desde luego, a Lucy Echeverría, la hermana de Manzanita. Una persona que me ha fascinado, y que me estremeció con su relato de todos los hechos que rodearon el asalto al Palacio Presidencial. Espero conocerla personalmente, en Miami.

—¿Has estado en La Habana? ¿Qué piensas de la situación actual en Cuba, al compararla con la época en que transcurre la trama de Murciélagos..?

—Sí, he estado en La Habana hasta seis veces. Es una ciudad a la que salvan su historia y los habaneros. No puedo evitar pisar la trampa de la nostalgia cuando pienso en La Habana de la década de los 50, aunque fuera porque estaba animada por un hervor político que echo de menos en la actualidad. Me gustaría imaginármela sin Fidel y sin Batista. A La Habana no sólo le sobra la basura botada en las esquinas... Y le falta algo más que una mano de pintura.

—“La Habana tiene una historia que jamás se ha contado”, dice uno de los personajes. ¿Estás de acuerdo con él?

—Tan de acuerdo como que me he atrevido a contar una historia distinta a la oficial, a través de Murciélagos en un burdel, pero sin ninguna pretensión historicista, porque considero que habré fracasado si he escrito una novela de historia. Murciélagos en un burdel contiene un puñado de inexactitudes, deliberadamente elegidas, para que la realidad se ponga al servicio de la ficción. No quería hacer una novela dogmática, entre otras cosas, porque se me da bastante mal colocar la etiqueta de malo o bueno. Demonizar a Batista es fácil, sobre todo si se vive en Cuba, pero al final le dedico una mirada indulgente. Batista creó a Fidel, pero ni siquiera por eso he querido ensañarme con él.

—¿Cómo te sentiste al recibir el premio Ciudad de Badajoz?

—Me quedé mudo de emoción, diez o doce minutos. Luego me acordé de los calores matinales que pasé en la Biblioteca José Martí, durante quince días. Este premio es importante, sobre todo, porque lo publica una editorial como Algaida, del grupo Anaya, que permite que la novela llegue a todos los sitios. Gracias a Algaida estoy ahora respondiendo a estas preguntas, porque la editorial se ha encargado de llevarla a Estados Unidos. Me parece casi sobrenatural que un libro de un murciano, periodista deportivo para más señas, se esté leyendo ahora mismo en Miami. Ese fenómeno da, por lo menos, para un cuento.

—¿Qué estás escribiendo ahora?

—A mí me pasa como a Graham Greene. Fue a Cuba y escribió Nuestro hombre en La Habana. Visitó México y eso fue el germen de El poder y la gloria. El año pasado estuve en México, DF, y me encontré con el culto a la Santa Muerte y el narcotráfico. Mientras intento crear una historia que no se gane acabar en la papelera (y aviso que está haciendo méritos), seguiré leyendo a Graham Greene, aunque eso me haga preguntarme todos los días qué diablos hago yo juntando frases con pretensiones narrativas.