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Mi Ángela

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No logro entender cuál fue mi ofensa, cuál mi error, cuál terrible fechoría cometida que deba ser castigada de esta manera. Mi cuerpo se resiente ahora tras largas horas de lucha, cansado hasta para seguir respirando, sucumbo a una muerte inevitable, me rindo. Despojado de manera tan vil de tu cálida protección, busco refugio en este árbol, empapado como estoy tras andar y andar a través del fango y el fuerte viento. Y aquí me encuentro, sucio y exhausto. Tiemblo, tiemblo de frío, de miedo y de desesperación. No puedo ver, está todo tan oscuro... ¡Y ese terrible ruido! ¡Qué puede ser si no el fin del mundo! Suena lejano y se acerca veloz entre la negrura de este paraje alejado de todo cuanto conozco, cuanto me hace sentir seguro; y una vez llega a mí ese sonido, ese diabólico sonido estalla en mis oídos y penetra hasta lo más profundo de mis entrañas. No puedo soportarlo, creo que voy a volverme loco.

Busco en mi memoria recuerdos de tu amor perdido, pues creo que aportarán a mi dolorido cuerpo algo de calor y templanza. Cuánto añoro, ¡oh querida!, tus suaves caricias. Retengo en mi mente la imagen de tus delicados dedos hundiéndose en mi pelo, mientras tu dulce mirada reposa sobre mí sin decir nada, yo tampoco te digo nunca nada, no hace falta.

Siempre he creído que sabias cuánto te adoro, cuán fervientemente he procurado servirte siempre y con qué devoción he permanecido a tu lado. Debía estar equivocado entonces. Tal vez no he sabido demostrarte mi fiel adoración, puesto que únicamente el desconocimiento del amor que te profeso podría justificar tu abandono esta noche. Y es que un amor como éste no puede ser correspondido de otro modo que no sea también con amor, aunque sólo sea por caridad.

Con esta devastadora duda y el recuerdo de tu imagen para contrarrestar el dolor, me abandono a lo que esta lúgubre noche quiera depararme. Con seguridad, mi fin...

***

...¿Ángela? No... ¡Ángela!... No puede ser, y sin embargo juraría haber escuchado la ternura de su voz. No, ya no la oigo, ha debido de ser mi imaginación. ¿Cuánto tiempo llevo dormido? Peor aun, ¿me he dormido? ¿No será esto sino el despertar tras la muerte a la que he debido sucumbir quién sabe hace cuánto?

Pero yo me siento vivo, no, debí dormirme presa del horror y el cansancio... ¡Quiera Dios librarme de tan agónicos pensamientos y arroje sobre mí algo de cordura y claridad!

Trato de serenarme, deduzco de mi cuerpo embarrado que aún sigo con vida. Hay algo familiar en el ambiente, intento agudizar al máximo todos mis sentidos... y... ¡Nuevamente ella! Mi corazón se acelera, mi cuerpo experimenta una sensación tan profunda de regocijo que temo nuevamente por mi vida. El jadeo entrecortado que surge de mi pecho me impide oír con claridad. —¡Cálmate! —y la oigo pero no consigo verla—. ¡Cálmate, cálmate, cálmate!

—¡Argos!

Veo una pequeña luz a lo lejos, se mueve de un lado a otro. De nuevo su voz:

—¡Argos! ¿Dónde diablos te has metido?

Y tras la luz... ¡Ella! La veo, sí, la veo con toda claridad. Oigo su voz angustiada tratando de encontrarme. Y como siempre que me llama, acudo a ella. Corro enloquecido de felicidad al encuentro de quien yo creí me había abandonado. ¿Cómo pude? ¿Cómo pude tan siquiera por una milésima de segundo llegar a pensar, qué digo pensar, llegar a creer, que me había abandonado?

Ya estoy cerca, tan sólo unos pocos metros me separan de ella. Estoy loco de alegría, corro y salto sobre ella, salto y salto una y otra vez ensuciándola con mis patas embarradas.

—Oh, Dios mío, ¡Argos! Qué preocupada me tenías. Ya está, ya está, pequeño. Con el miedo que te dan los truenos... Ha debido ser fatal para ti estar perdido tanto tiempo con esta tormenta, ¿verdad?

Venga, vamos a casa.

Vuelvo a sentir sus dedos acariciándome nuevamente. La miro, ella también me está mirando. Me resulta imposible describir el bienestar que siento al estar otra vez junto a ella. Le digo que siempre estaré a su lado, que nunca dejaré de servirle, que le seré fiel hasta el último de mis días. Y ella me responde que me quiere, lo sé, aunque no entienda su lenguaje ni ella el mío, lo sé. Porque la entiendo cuando me mira sin decir nada, y yo tampoco le digo nada, pues nunca hace falta.