Artículos y reportajes
Recapitulamos la filosofía

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Teoría de las despedidas
Guillermo Cerceau
Universidad de Carabobo
Octubre de 2007

Le gustaba decir, remedando el lugar común de la biología, que en cada discusión entre amigos recapitulamos la historia entera de la filosofía. Es el tipo de cosas que se dicen cuando se posee la inteligencia suficiente para constatar las afinidades entre las cosas del mundo, pero se carece del sentido de la ironía que, muchas veces, nos recuerda a tiempo cuán frágiles son las metáforas.

Lo cierto es que en nuestras conversaciones, todo argumento era trasladado a una especie de “Academia Transhistórica”, y de la enumeración de citas se pasaba a la sucesiva demostración de la verdad o falsedad de todo argumento parecido, de todas sus implicaciones, reales o imaginarias, de tal manera que el mínimo disenso frente a él podía significar horas de inútiles e informados debates.

Bastaba traspasar la reja que guardaba el jardín de su casa, heredada, como todos sus bienes, materiales o soñados, de sus abuelos, para sentirse agobiado por un posible debate sin fin, por una necesidad apremiante de tomar posición, por una batalla inminente de palabras. Ninguna idea era despreciable ni había frase que no mereciera su justa refutación. Hablábamos constreñidos por el temor de que cualquier afirmación, por inocente que fuera, corría el riesgo de desatar una exquisita y bien encadenada secuencia de afirmaciones que se enfilaban, sin barrera posible, hacia un triunfo dialéctico. Sin embargo, si era inclemente con la palabra, no dejaba de ser amable y caballero, como correspondía a su mitología personal, arduamente alimentada por sus antepasados empobrecidos.

La casa era de noble mampostería y sin duda reflejaba unos años que nunca volverían, una clase social desaparecida, unos gestos que ya nadie sabía interpretar. Es posible que como sus salones (en uno de ellos había un piano, en otro, un cómodo sofá amarillo), la manía de este hombre singular de ponerlo todo en cuestión, fueran parte de esos tiempos en que los hombres refinados, para huir de las crueldades de sus contemporáneos, se refugiaban en sus libros y en sus conversaciones. No podían, imaginar, creo yo, que esa crueldad evitada emergería, como un síntoma, años después, en su desdén por aquellos que no los comprendían.

Ese día tocaba al romanticismo. Los poetas, los filósofos, el nacionalismo, las influencias en nuestros modernos tiranos o en los científicos audaces, todo era cubierto por una conversación sin fin, conversación que no carecía de refinamientos, pero de la que estaba ausente toda emoción, como si se tratara de una máquina recitando y enhebrando respuestas a toda pregunta posible.

Como sucede a menudo con estas manías de la imaginación, sus propias premisas hacen que la realidad corrobore, ya que en efecto, recapitulábamos todo el pensamiento, él como las voz de la sabiduría, yo como el testigo que escucha y sin el cual (ahora sospecho) no hay pensamiento, original o recapitulado.

Otra vez en el jardín, un poco mareado por el coñac y el humo de las pipas, me preguntaba si este no era el jardín de Averroes o de Epicuro, si este momento no lo había vivido antes y, en fin, todas esas tonterías de las que nos burlamos cuando estamos lejos de ellas, pero cuyo origen y sentido podemos comprender y hasta justificar cuando la vida nos juega ciertas pasadas.

No volvimos a vernos sino cuando ya los años habían hecho su labor de zapa, y casi no nos reconocimos, o no nos quisimos reconocer. Fue mejor así, una fría mirada, una amabilidad genuina pero inútil y cada quien por su lado, en aceras opuestas, refugiándonos de una llovizna que amenazaba en convertirse en aguacero. Fue mejor así. Este hombre que había pasado sus años juveniles castigando las bibliotecas y la paciencia de los amigos, que había hecho un culto de la Historia de las Ideas, seguramente sufría ante este naufragio de las ideas que vivimos hoy.

Por un momento, sin embargo, sentí que me hubiera gustado experimentar otra vez aquella sensación de una verdad que se escapaba de mis conocimientos demasiado escolares. Me preguntaba: ¿qué hubiera dicho del post-modernismo? ¿Cómo se habría enfrentado a las mil peripecias del pensamiento moderno? ¿Sería tan duro con la Escuela Francesa como lo había sido con los neo-kantianos? Afortunadamente no lo vi más. Unos meses después un amigo me contó que al poco tiempo de terminar el bachillerato, se enroló en el ejército, participó en la llamada “guerra sucia” y fue acusado de crímenes contra la humanidad. Parece que disfrutaba de torturar a los prisioneros políticos mientras les leía el Fedón, remedando cruelmente un gesto clásico.