Empiezan a hacerse frecuentes las iniciativas que tienen que ver con la digitalización de la cultura, una de las cuales —la Biblioteca Digital Mundial— comentamos en este mismo espacio en noviembre del año pasado. Se trata de un proceso indetenible, justamente por necesario, que impone su propio ritmo sobre la marcha y del que dependerá absolutamente el desarrollo futuro de la sociedad.
Reflexionamos sobre esto a raíz de dos nuevos hitos de este proceso: la creación de dos colosales bibliotecas digitales que, a ambos lados del Atlántico, ofrecerán a sus usuarios acceso total a las creaciones que han dado su forma actual a nuestra cultura. En España, ya fue presentada y se encuentra operativa la Biblioteca Digital Hispánica, que reúne materiales culturales que van desde el Poema de Mio Cid hasta los códices de Leonardo. En México, el anuncio del pronto lanzamiento de la Biblioteca Nacional Digital —aunque las fuentes se resisten aún a dar una fecha concreta para su apertura— ya promete el advenimiento de un archivo de cerca de un millón de imágenes y de cuatro colecciones de invaluables documentos.
Si estos anuncios ya prefiguran perspectivas interesantes en cuanto al futuro de las fuentes documentales, el hecho de que ambos provienen de las bibliotecas nacionales de sus respectivos países contribuye aun más a reforzarlas. Se trata apenas de uno de los signos del cambio que se avecina en la forma como nos relacionaremos con la cultura: la asunción de la tarea por parte del sector público, que tradicionalmente la ha eludido por no considerarla una prioridad.
La digitalización de la cultura tendrá dos flancos, el documental y el instrumental. El primero se inició hace ya más de tres décadas, con los pioneros de la digitalización como Michael Hart y su Proyecto Gutenberg, e incluye no sólo la traducción de nuestra cultura al lenguaje binario, sino también la construcción progresiva de la cultura contemporánea en ese entorno, pues para el consumidor de información la Biblioteca Digital Mundial tendrá el mismo valor documental que, por mencionar un sitio, YouTube. El segundo no termina de superar la etapa experimental, con sus dispositivos aún torpes y costosos, pero —como casi todo en esta vida— es sólo cuestión de tiempo para que se conviertan en bienes accesibles que en su momento serán considerados de primera necesidad.
Para los críticos de este proceso, la conversión de los objetos culturales al entorno digital es una labor vana, comparable con la paradoja de Aquiles y la tortuga. Como aquel mapa del Imperio borgiano, cuyo rigor cartográfico le había conferido el tamaño del Imperio mismo, la digitalización de siglos de cultura requeriría, según sus detractores, un tiempo equivalente. Es una crítica inexacta; en cualquier caso, la tarea debe ser acometida aunque se dude que se pueda llevar a término.