Veo a través del umbral de su habitación, puerta entreabierta, y no sólo veo, mucho más, en silencio expongo mi rostro y con él mis ojos y mis sentidos al aire húmedo y melancólico que expele su aposento, habitado sólo por ella, en la más absurda soledad.
Está parada allí, una vez más y no se percata; los pies descalzos bien plantados sobre el vapor de su alfombra, sus pequeñas rodillas de adolescente con la prominencia de naranjas cortadas a la mitad. A medio muslo comienza la onda suave del vestido con que pasa día y noche, su pijama, puesta a punto para las galas a las que no asiste ni dormida ni despierta. Subo la mirada hacia sus diminutos pechos, pueriles bajo la delgada tela, que bien podrían pertenecer a una niña como a ella; seguidamente su cuello, largo y débil, hundido a la mitad y palpitante; su aguzado mentón; labios anegados de savia; la maraña de sus cabellos negros cansados de dar vueltas en la cama con la misma presencia, o mejor, con la misma ausencia de sus noches y sus días aun más nocturnos, y, finalmente, sus ojos, sin más, hermosos, fijos en un solo objeto donde ella se pierde y parece no encontrarse cada vez que la observo.
El televisor apagado refleja su rostro. Como fuente de energía utiliza una aguja de luz que se filtra entre las láminas debidamente cerradas de la persiana y llega a la habitación para iluminar lo poco que puede. En la pantalla negra, inánime, sin estática, ella observa sus facciones borrosas en tonalidades grises, y vienen éstos a ser los grises que le brotan del alma inundando la pared frontal de aquel aparato cúbico que no es más que la puerta del mundo en que ella vive. Divisa sus ojos reflejados y cree ver los de otra persona, no se reconoce en lo que ve, parece pensar que hay alguien del otro lado de la pantalla que le muestra la tristeza y el desconsuelo.
Son tales sus pensamientos que no abandona su cuarto en ningún momento. En la semana que ha transcurrido desde su llegada a la pensión, sólo se la ha visto salir dos veces a recibir llamadas telefónicas de su madre y, cada vez, luce más desesperanzada y desarreglada. Nadie sabe por qué está aquí, sólo se le oyó la voz el día en que llegó pidiendo un cuarto sin especificar la fecha de su partida. También se sabe que deja casi toda la comida que se le sirve, que pasa gran parte de sus horas llorando, con la evidencia de los gemidos de dolor que escapan de esas cuatro paredes, y que se mira abobada frente a un televisor apagado.
Han transcurrido dos días. Vuelvo a transitar por el corto corredor de la pensión. Toco a su puerta, esta vez cerrada, yo, bandeja en mano, sobre ésta pan tostado y jugo de toronjas. Apenas toco, la puerta se abre y vuelvo a verla, absorta en la contemplación de sí misma en el reflejo oscuro que le proyecta una televisión a oscuras, y ahora me impresiona alguien que quiere verse y no verse al mismo tiempo, entonces opta por verse a medias; con el instinto ardoroso de conocer quién es y qué quiere de sí y, por otra parte, el yugo de lo que le ha tocado vivir que la reprende. Me hago notar ante ella golpeando sobre el marco de madera, entonces se da cuenta de que estoy ahí con el desayuno y me mira. Ha estado llorando, o tal vez no ha parado, lo veo en sus ojos notablemente hinchados. Un simple gesto bastará para que yo deje la comida que no comerá sobre la mesa de noche y me marche.
Estando en la cama no he podido dejar de pensar en ella. Qué le habrá ocurrido en los días previos que la ha dejado así. Recreo escenas en mi mente: la imagino desgarrándose de pena frente al televisor con la pantalla en negro y muda, insiste en ver su rostro incansablemente y no lo consigue, más bien no sabe si lo quiere; sus pupilas se dilatan más y más y, como musgos, buscan esa gota de luz que les dibuje un mapa de la persona que es hoy, pero no sabe si tiene el coraje de confrontarse y mantenerse en pie ante eso. Me he solidarizado con sus cuitas, al punto de no lograr conciliar el sueño.
La noche me dejó una idea, y es ésta y no la otra la que busca redimir a esa mujer, puesto que en su existencia siempre es de noche, por muy mediodía que sea. Emprendo el camino que conduce a su puerta y, trémulo, latidos desbocados, allí estoy, atado en cuerpo y espíritu a cada lágrima que ella llora frente a aquel aparato que no prende. Deslizo por debajo de su puerta lo que le he traído: carencia de su habitación, en las pensiones económicas puede faltar cada cosa. Golpeo con mi puño sobre la madera para llamar su atención y que ella pueda divisar el objeto. Hecho todo esto, me sorprende mi limitada creatividad para dar solución a problemas de este tipo, por mucho que me desvele.
Amanece de nuevo y no hay noticias de ella. Se habrá ya dado cuenta de que su televisor está dañado. Creo que la pobre aún no ha intentado encenderlo, y, si lo ha hecho, no se ha tenido parte de su queja. Conmoción universal, asida con fuerza la maleta, ella sale de su alcoba, ahora vestida más apropiadamente, aunque sin esmeros. Se dirige a mí y dice que se marcha, que cancela su cuenta en la pensión. Sus ojos hermosos aún no se recuperan, se los enjuga frente a mí; está muy triste todavía, pero se va, está decidida a ello. Yo la despido sintiéndome impotente, en el fondo, por verla en tal estado. Entonces ella se da la vuelta, camina un poco hacia la entrada de la pensión que ahora es la salida, y se detiene. En este momento sólo le quedan su ser y su maleta; seguro que ésta alberga el espejo que, anónimamente, le he regalado.
Desorientada, un pie junto al otro en la salida, pero aún adentro. Se le inunda la mirada. Cuando dé el primer paso estará afuera, y sentirá la luz y el calor del sol sobre su frente.