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Dos cuentos

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Verano

El niño que vivía junto al edificio de las palmeras solía jugar todas las tardes en el patio con aviones de colores. Tenía ocho años y se entretenía, como casi todos los niños de su edad, con cosas que fabricaba él mismo. Su especialidad indiscutible eran los aviones y los paracaídas.

Casi siempre jugaba solo. No tenía amigos, ni tampoco hermanos. A pesar de que su madre había estado embarazada sólo unos meses atrás, y un día le habían dicho que pronto tendría un hermano, luego nadie se lo había repetido. Su madre había estado ausente un par de días y en la familia no se había vuelto a hablar del tema.

A veces, mientras jugaba, su madre y su tía se sentaban en el patio debajo de la sombrilla y conversaban. Él no solía prestarles atención. Era un niño solitario y taciturno. Durante algún tiempo sus padres lo habían considerado una especie de genio —probablemente desde el día en que vieron su primer paracaídas hecho con corchos, maderas y bolsas de la compra— pero más tarde una visita a un psicólogo infantil los había sacado de su error.

Ese día —un día de verano— el niño estaba jugando en el patio como de costumbre con aviones de colores fabricados por él, mientras la madre y la tía conversaban sentadas en sillas de mimbre, las dos bronceadas y en vestidos de verano, debajo de la sombrilla a un costado en el patio.

—Es terrible lo del casamiento de ese pobre chico —decía la madre, mientras tomaba un sorbo de jugo de naranja artificial de un gran vaso de vidrio lila donde flotaban dos enormes hielos en forma de estrella—. Con esa chica, ¿de dónde es?

—Rusa.

—Rusa. Por Dios. Lo único que le interesa es cuánto vale el reloj de su marido. Incluso se lo preguntó un día.

—¿Cómo? —la tía se inclinó un poco hacia delante. El escote del vestido se le deslizó hacia abajo dejando ver la franja blanca debajo del bronceado. Tenía finas líneas de arrugas verticales en medio de los pechos.

—Me lo dijo Víctor.

Víctor era el padre del “pobre chico” que acababa de casarse, un amigo reciente de la madre con el que ella y la tía habían estado tomando un café tres días atrás.

—¿Se lo dijo así? ¿Cuánto vale tu reloj? —preguntó la tía.

—Algo así —respondió la madre.

Suspiró. Tomó un trago de su vaso y se acomodó en la silla con las piernas cruzadas.

—Bueno —dijo—. Supongo que cuando se viene de esa pobreza...

Señaló el vaso de la mujer que la miraba como asintiendo:

—¿Más jugo?

La mujer le extendió el vaso enorme, de color rosado:

—Sí, por favor.

La madre lo agarró y desapareció dentro de la casa soleada, sintiéndose magnánima. Volvió con el vaso lleno y un bol repleto de enormes hielos en forma de estrella.

—No hacía falta —dijo la tía—. Se van a derretir.

—Sí, pero con este calor... —murmuró la madre.

Agarró uno de los hielos con sus largas y finas manos donde brillaba el anillo de casada, se lo pasó por los labios y lo dejó caer en el vaso. La otra mujer la miró con envidia: ese tipo de gestos de su hermana siempre le habían parecido deslumbrantes.

En el patio se escuchó un ruido como de hojas agitadas por el viento. Pero no había viento. La madre y la tía alzaron los ojos y vieron al niño trepado a la escalera, con los brazos metidos entre las ramas del ciruelo.

La madre corrió, haciendo ruido con los pequeños tacos de sus zapatos blancos contra las baldosas oscuras.

—¡Juan! —gritó.

En ese momento el avión de color naranja cayó del árbol al piso: una de las alas se desprendió del cuerpo ovalado. El niño se bajó de la escalera sin siquiera mirar a su madre, recogió el avión y el ala y empezó a volver hacia el centro del patio.

La mujer caminó detrás de él y lo obligó a girarse agarrándolo de un brazo.

—Que sea la última vez que te veo hacer eso —le dijo.

El niño la miró.

—¿Cómo recupero mis aviones si se van al árbol? —preguntó, poniendo ese tono de voz entre insolente y cortés que imitaba de su padre, y que ella no podía soportar.

—Nos lo decís a nosotras —dijo—. A tu tía y a mí.

—No pueden —siguió el chico—. Con esos tacos no pueden.

La mujer respiró hondo. Miró a su hermana. Se dijo que no iba a permitir que nada ni nadie le arruinaran el día.

—Nos los sacamos, si hace falta —dijo midiendo cada palabra.

Miró al niño. Ambos se miraron desafiantes. Pero cuando volvió junto a la mujer había cambiado por completo de expresión, y otra vez parecía radiante y muy joven.

—Qué voy a hacer con este chico —murmuró con una sonrisa de comprensión maternal.

Lo cierto era que Julieta no tenía en absoluto instinto de madre. Había vivido el embarazo de Juan, y el aborto de hacía unos meses también, como si fueran cosas que no le estuvieran sucediendo a ella. Y, finalmente, después de un tiempo, había aceptado ambos sucesos como parte de su destino, como esas cosas que tienen que ocurrir a pesar de uno, y aunque uno no las comprenda.

Sólo que ella no podía admitirlo, y si le hubieran preguntado no hubiera sido capaz de confesar que en realidad nada de eso le pertenecía.

—Le sigue gustando fabricar cosas —dijo la tía.

Julieta levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Que le sigue gustando fabricar cosas. A Juan, digo —repitió ella.

—Ah, sí. Siempre —dijo la madre.

—¿Y no pensás en mandarlo a algún taller?

—No quiere —afirmó ella—. Nunca quiere nada.

Por un momento su aspecto radiante se ensombreció como cuando pasa una nube por encima de un cielo resplandeciente de verano, exactamente igual al que tenían sobre sus cabezas ese día. Después tomó un trago de jugo.

—Ojalá todos los días fueran como este —dijo. Sonrió mostrando una hilera perfecta de dientes muy blancos.

La mujer sonrió también, y agregó a su vaso dos hielos en forma de estrella.

Durante un rato se quedaron en silencio, mirando jugar al niño.

—No es rusa, es polaca —dijo entonces la tía.

—Quién —preguntó la mujer.

—La chica; la novia del hijo de Víctor. Me parece que dijo que era polaca.

—Ah —dijo la mujer, con una expresión que dio a entender que para ella Rusia y Polonia eran más o menos la misma cosa.

Después se levantó y miró la hora. Comprobó con cierto sentimiento de pesar, que de inmediato se esforzó por alejar de su mente, que su marido no tardaría en llegar.

En ese momento sonó el teléfono dentro de la casa.

La mujer caminó con el paso ligero, haciendo ruido con los tacos. Desapareció por la puerta que el niño se quedó mirando con los ojos entornados y la expresión severa.

La tía arrastró su silla al sol y se levantó ligeramente el vestido para que se le broncearan los muslos.

Ahora, sin la conversación de las dos mujeres, el patio parecía un lugar vacío y silencioso. El chico seguía con la mirada fija en la puerta mientras ordenaba los aviones. Siempre, cuando se cansaba de jugar, se ponía a ordenar los aviones: era una de las cosas que más le gustaban. Pero ahora lo hacía casi sin mirar.

Cuando terminó eligió un avión verde y lo lanzó al aire. El avión describió una curva contra el cielo azul y cayó a los pies de la madre, en el momento exacto en que salía de la casa para volver al patio. Ella lo recogió y lo dejó sobre la mesa.

—¿Era Ignacio? —preguntó la hermana.

—Sí —mintió ella. Se rozó la punta de la nariz con el dedo índice.

El chico agarró el avión de la mesa y volvió a su lugar de juego. La madre se sentó en la silla de mimbre al sol. Abrió un abanico que la hermana no pudo saber de dónde había salido y se abanicó con energía.

Durante un rato estuvieron así, sin moverse, ocupando cada uno un espacio determinado en la superficie del patio mientras los hielos en forma de estrella se iban derritiendo lentamente a la sombra.

En el cielo no había un solo trazo de nube y el calor seguía cayendo constante, perpendicular al piso de baldosas ardientes.

De pronto dejó de escucharse el golpeteo del abanico. La mujer se inclinó y se pasó las manos por las piernas largas y bronceadas, de gimnasta.

Se paró.

Dio una vuelta alrededor del patio y se detuvo delante del chico. Su cuerpo proyectó una sombra alargada por encima de su cabeza. El niño, que estaba arreglando el ala del avión naranja, levantó la vista.

La madre había pensado remediar el episodio del árbol con alguna palabra amable, pero en cambio dijo:

—Tu padre está por venir en cualquier momento —su voz de registros graves le imprimió a la frase un tono amenazador.

El chico agarró su avión naranja y encajó el ala en el cuerpo ovalado. Ella quiso pedirle perdón, pero no pudo. Se agachó junto a él y le pasó una mano por el pelo. Sin esperar la reacción del chico, se incorporó y caminó hacia la sombrilla.

Desde lejos, el hijo la vio detenerse junto a la mesa, de espaldas al sol. Siguió observándola. La vio agarrar con una mano los dos vasos de colores y con la otra el bol de los hielos. La vio caminar hasta la puerta con la espalda erguida y los pies rígidos, haciendo ruido con los tacos contra las baldosas. Después, antes de que desapareciera dentro de la casa soleada, dejó de mirar.

 

Vecinos

La pareja no era joven. Tampoco eran viejos. Juntos, ella parecía un poco más joven que él, pero era sólo una impresión.

Él era bajo y fuerte y ella un poco más delgada y alta. Ambos tenían cincuenta años y habían nacido en el mes de febrero.

Al principio, cuando se conocieron, él pensó que eran demasiadas coincidencias y se mantuvo distante, sin prestarle demasiada atención. Sólo después de un tiempo que consideró “prudencial” se decidió a acercarse.

El noviazgo había durado tan sólo unos meses. Después se habían casado. Una ceremonia simple en el registro civil. Habían tenido una corta luna de miel de cinco días en un balneario cercano y luego se habían instalado en su nueva casa. Lo primero que hizo ella al llegar fue ponerse a lavar la ropa.

La mujer trataba su ropa con verdadero cuidado. Solía juzgar a las personas por su aspecto físico, y dentro del aspecto físico la ropa era un elemento importante. Más que eso: para ella la ropa era “sagrada”. Lavar y planchar su ropa era una de las tareas más reconfortantes de la semana.

En cuanto a su marido, él tenía una idea clara de lo que era “sagrado” en la vida.

Consideraba que, aparte de la apariencia física, había otro tipo de apariencias más importantes que guardar. No entablar relación más allá del saludo con nadie que no hubiera nacido en su propio país era una de sus preocupaciones fundamentales. En segundo lugar venía mantener el balcón limpio y las cortinas bien cerradas.

Ninguno de los dos tenía hijos, y como eran firmes ahorradores con los años lograron comprarse una casa en las afueras de la ciudad. Era una construcción modesta pero tenía una pileta en el jardín. El lavadero y la cocina eran grandes.

El verano del mismo año que la compraron se fueron al pueblo a pasar las vacaciones. Llenaron la pileta desde el primer día y tomaban largos baños al sol. La mujer tendía la ropa al aire libre y estaba contenta porque siempre se secaba muy rápido. De vez en cuando leía novelas. El marido jugaba a las cartas todas las tardes en el bar y a la noche cenaban en un restaurante cercano, pero sólo los fines de semana, porque de todos modos había que seguir cuidando la economía.

Durante un tiempo estuvieron solos en la cuadra. El mes siguiente empezaron a llegar las familias a las otras casas de veraneo.

Los primeros que se instalaron fueron una pareja de recién casados. Después, más adelante, familias con chicos. Un matrimonio con dos hijos se mudó justo al lado de su casa. Ellos dejaron de ir a cenar a los restaurantes los fines de semana porque tenían que hacer cola. Se quedaban en el jardín, y a veces aprovechaban para tomar baños nocturnos.

En general el pueblo se había transformado en un lugar un poco más molesto.

Era jueves el día que el chico de los vecinos de al lado apareció en su jardín.

Debían ser aproximadamente las dos de la tarde y el sol estaba fuerte. Refulgía alto en el cielo cuando la mujer vio la pequeña figura del niño avanzar por el borde de su pileta. Llevaba un fusil colgando de la espalda y se había puesto un sombrero de fieltro blanco que hacía que gruesas gotas de sudor le corrieran por las sienes.

La mujer lo observó desde el porche caminar seguro por el borde de la pileta y vio cómo iba ensuciando el azulejo celeste con las ojotas negras. Lo vio ir y venir dos veces más. Entonces se levantó y se acercó a él.

—No sé cómo entraste —le dijo—. Pero te agradecería que no hicieras eso. Mejor que vuelvas a tu casa.

El chico la miró con sus diminutos ojos castaños y después, poco a poco, fue abriendo una sonrisa que horrorizó a la mujer.

Dio una vuelta más a la pileta terminando de ensuciar los azulejos y saltó la tapia al otro lado del terreno.

La mujer se quedó mirando el vacío con una expresión entre sorpresa y enojo.

Esa noche, mientras estaban leyendo el diario en el jardín después de la cena, habló con su marido. El hombre había encendido uno de los enormes puros que ella detestaba, y fumaba mientras leía el diario.

—Hoy vino un chico —dijo ella—. Al mediodía. Saltó la tapia.

—Espero que no fuera uno de esos rumanos del barrio de al lado —contestó el hombre.

—No es rumano, y vive exactamente cruzando esa valla —la mujer señaló la tapia con el dedo índice.

Hizo una pausa. Después agregó:

—Creo que deberíamos hablar con los padres.

—Es un chico, no creo que por una vez...

—Iba armado —sentenció la mujer.

—¿Era un arma de verdad? —preguntó el hombre.

—Yo diría que sí.

El hombre volvió al diario en una clara demostración de incredulidad.

—Era un fusil —dijo la mujer—. De verdad creo que deberíamos hablar.

Había pasado una hora al sol del mediodía limpiando meticulosamente el borde de la pileta.

—Deberías haber ido en el momento —dijo el hombre soltando una bocanada de humo encima del diario.

—¿Qué pasa si lo vuelve a hacer?

—Entonces les hablamos.

—¿Qué pasa si lo hace cuando nosotros no estemos?

Los ojos del hombre se detuvieron de pronto en una palabra y ya no logró avanzar en la lectura. El hecho de que alguien pudiera violar su propiedad en su ausencia era algo que no había considerado desde su llegada al pueblo. Durante unos segundos se quedó pensativo y no dijo nada.

Meditó un rato, y después decidió que no quería enfrentarse a nadie. Había visto a los padres del chico: eran dos gordos con cara de campesinos y una mirada de total estupidez en sus caras. De manera que finalmente dijo:

—Si lo vuelve a hacer, entonces hablamos.

La mujer asintió y retiró algunas cosas de la mesa. Esa noche no se metieron en la pileta.

 

En los pueblos de veraneo los días transcurren lentos. Cada vecino se dedica a su propio jardín, a escuchar música, a recibir visitas.

Ellos no tenían visitas. Pasaban el tiempo viendo la televisión o en la pileta. De vez en cuando hacían una excursión a un pueblo cercano donde había un monte. Sin embargo, poco a poco, el aburrimiento se fue haciendo cada vez más patente.

Por esos días el chico de al lado hizo su segunda aparición en el jardín.

Eran también las dos de la tarde cuando saltó la tapia. La mujer estaba sola; el hombre se había ido a jugar a las cartas como todos los mediodías y ella se había metido en la pileta a tomar sol.

No se dio cuenta de la presencia del chico hasta que sintió una sombra sobre su cabeza. Entonces abrió los ojos y lo vio. Esta vez iba desnudo de la cintura para arriba, pero llevaba puesto el sombrero y tenía el fusil colgando de un hombro. Empezó a dar vueltas alrededor del borde. La mujer lo miraba atónita.

—Quiero que te vayas —logro articular luego de unos minutos.

El chico la miró burlón. Después levantó la cabeza hacia el cielo. Vio pasar un pájaro y le dio un tiro imaginario con el fusil.

—Deberías irte —repitió la mujer.

El chico metió una de sus ojotas sucias en el agua.

—¿Sabe? —dijo—. En casa no tenemos, pero todas las casas deberían tener una pileta.

—No es mi culpa que no tengan —replicó la mujer.

—Tal vez no, pero me puede dejar entrar a la suya.

—No puedo dejar entrar a todo el vecindario.

—Yo solamente me veo a mí por acá —dijo el chico.

La mujer no dijo nada. Él observó el fusil en sus manos un momento y asintió. Caminó por el borde hasta el otro lado de la pileta y permaneció ahí, sonriente y extraño, frente a la mujer.

—No deberías andar con eso —dijo ella—. Es peligroso.

El chico soltó una carcajada. Levantó el rifle a la altura de la cabeza de la mujer y después lo bajó, sin parar de reírse.

Antes de que ella se diera cuenta, pegó un salto al otro lado de la valla.

 

—Son mejores los rumanos —le dijo esa noche a su marido—. Ellos por lo menos no aspiran a tener una pileta en casa.

—Supongo que por lo menos los vecinos no roban —le respondió el hombre.

—Tampoco lo sabemos —dijo la mujer.

—Es un chico travieso.

—Y tiene un arma. Mañana mismo hablo con los padres.

El marido se encogió de hombros y sorbió un trago de su copa de vino de mesa. La mujer se cruzó de brazos.

Esa noche no pudo dormir bien. Tuvo un sueño extraño: iba en un tren sin rumbo. Pasaban un pueblo tras otro pero ella no sabía adónde se dirigía el tren ni en qué lugar le hubiera gustado detenerse. El chico de la casa vecina estaba sentado frente a ella y la escoltaba con su fusil al hombro.

Se despertó sudando. Hacía mucho calor y no sabía por qué tenía miedo. Tardó un rato en volver a dormirse.

Al día siguiente se preparó un café muy cargado y estuvo de mal humor toda la mañana, pensando en lo que le diría a los padres y ordenando las frases una y otra vez. Hacia las dos, cuando el marido se fue a jugar a las cartas, salió de su casa y tocó el timbre de la puerta de al lado.

Había mucho sol, y bajo el fulgor deslumbrante de los rayos la mujer pudo a duras penas contemplar el pequeño camino de piedras y a los costados el pasto amarillento, las pocas plantas faltas de riego, algún que otro juguete roto y abandonado por los niños.

Volvió a tocar el timbre cuando consideró que ya había esperado suficiente. La puerta tenía unos cuantos rayones y en el centro se veía un corazón atravesado por una flecha: Sara ama a Juan.

La mujer iba a intentarlo una vez más cuando escuchó los pasos que se acercaban del otro lado. Una mujer gorda con un pelo escaso y rubio pegado al cráneo abrió la puerta. Inmediatamente ella le leyó en los ojos los mismos signos de estupidez que el marido había visto, y supo que las cosas no iban a ser fáciles.

—Hola —dijo la vecina.

—Hola.

—¿Buscaba a alguien?

—Vengo por lo de su hijo.

—¿Qué es lo de mi hijo? —preguntó la mujer abriendo unos ojos inexpresivos en su cara gorda.

—Supongo que sabrá que su hijo se está dedicando a pasearse por mi jardín con un fusil en la mano —recalcó la palabra fusil para que la frase tuviera más impacto.

—¿Se refiere a su rifle de aire comprimido? —preguntó la mujer.

—Me refiero a su fusil, ni más ni menos —dijo ella.

—¿Qué hace exactamente?

—Ensucia mi pileta y me apunta con el arma.

La mujer levantó la ceja derecha. Después volteó la cabeza hacia el interior de la casa y llamó:

—¡Juanito!

Juanito no respondió, pero a los pocos segundos apareció en la puerta y se puso al lado de su madre. No llevaba puesto el sombrero, tenía zapatillas y medias y parecía recién bañado.

—La señora se queja de que estás entrando en su jardín. ¿Eso es verdad?

—Entré una o dos veces, para ver.

—Y de paso apuntarme con un fusil —dijo la mujer.

—No le apunté —negó el chico—. Apuntaba a un pájaro que estaba detrás de usted. Tendría que agradecérmelo: era un cuervo.

—Basta —dijo la madre.

La mujer se quedó mirando al chico con el gesto firme.

—Supongo que te habrán enseñado lo que es la mentira —dijo. Miró de reojo a la madre: tenía serias dudas de que alguna vez le hubieran hablado de la mentira, o le hubieran enseñado a distinguir lo bueno de lo malo.

—¿Verdad? —insistió mirando alternativamente a la madre y al hijo.

—Sabe lo que es la mentira —dijo la madre tajante.

Detrás de ella apareció una nena de pelo rubio y cara redonda como la mujer pero mucho más delgada. No se explicaba cómo esos chicos tan flacos tenían una madre tan gorda.

—Andá para adentro —le dijo la mujer.

La nena no se movió. Permaneció detrás. Tenía ojeras y se tocaba la nariz constantemente como si estuviera resfriada. Llevaba un vestido rosa con rayas verticales verde agua.

—Andá para adentro. Vayan los dos para adentro —repitió la madre.

Esta vez obedecieron. La vecina parecía ansiosa por cerrar la puerta de la casa y dejar a la mujer del otro lado.

—Le prometo que no va a volver a pasar —le dijo con un malhumor evidente.

—Eso espero —respondió la mujer.

Se giró y escuchó el golpe de la puerta. El sol seguía siendo fuerte, sin embargo ahora, sobre el pasto, distinguió la figura de una muñeca sin cabeza.

 

—Ni siquiera son capaces de admitir sus errores —le dijo esa noche a su marido.

—¿Qué errores?

—Tienen unos chicos sucios y maleducados, y la ropa de ella, ¡había que verla! Parecía una sábana gastada. El vestido de la nena sin planchar, la puerta rayada...

—Bueno, lo importante es que hablaste —dijo el marido mientras se fumaba uno de sus enormes puros en el jardín.

—La madre dice que no lo va a volver a hacer, pero no le creo.

—Habrá que ver —dijo él.

Pero lo cierto es que no llegaron a ver nada.

Sólo unos días después salieron de la casa de al lado los vecinos de luto. Los padres gordos y el hijo flaco vestidos de negro en medio del calor de las cinco de la tarde. Hasta la noche, en el barrio no se enteraron de que era la niña la que había muerto: el hermano la había encontrado tirada en la cocina, con un golpe en la cabeza. Se había caído de la silla al intentar alcanzar algo de un armario.

Al día siguiente vieron pasar los coches fúnebres. Algunos vecinos habían salido a la vereda y se hacían la señal de la cruz a medida que avanzaba la caravana.

Fueron días tristes en el barrio.

Al principio la mujer no expresó sus opiniones. Sólo de vez en cuando murmuraba “pobre nena” o “qué desgracia”. Pero pasada una semana, una noche que como tantas cenaban con su marido en el jardín, dijo exactamente lo que pensaba.

Había luna llena y encendieron unas velas. Soplaba una brisa cálida. Se escuchaba el ruido de la manguera llenando lentamente la pileta.

—Esto se veía venir —dijo de pronto.

—Esto, ¿qué? —preguntó el hombre.

—Lo de la nena. Sabía que podía pasar. Desde que vi la casa, y a la madre, lo sabía.

—Lo sabías... —murmuró el hombre.

—Sí. Y es terrible.

—Sí, es terrible —afirmó el hombre.

Se quedaron en silencio. En la casa de al lado no había ruidos ni luces.

 

La mujer no esperaba que el chico volviera a aparecer en su jardín. Tampoco que trajera el fusil al hombro y tuviera la misma mirada desafiante de las tres veces que lo había visto.

Sin embargo no habían pasado dos semanas de la muerte de la nena cuando lo vio cruzar la valla.

Estaba sentada en una silla de mimbre, leyendo una novela sobre Alejandro Magno. Llevaba media hora y estaba al final de uno de los capítulos más largos. Cuando lo terminó hizo una pausa para ir al baño. Volvió a la silla pensando en la página 206. Cerró los ojos y se imaginó la batalla contra los persas, donde Alejandro aparecía más hermoso que cualquier actor de moda. Después volvió al libro, pero no había llegado a la página 208 cuando escuchó los ruidos en el jardín, y cuando levantó la mirada vio frente a ella la figura delgada del chico. Tenía puestas las zapatillas y las medias y parecía limpio y bañado como la última vez que lo había visto.

La mujer le buscó los signos del duelo; sin embargo no vio nada en su cara que pudiera indicar que estaba triste. Tal vez —pensó— tuviera los ojos un poco más duros, un poco más brillantes, pero era una apreciación demasiado vaga como para sacar conclusiones.

Se quedaron mirando uno a otro. La mujer dobló la hoja en la página 207 y dejó el libro apoyado sobre la mesita de jardín que tenía al lado.

—Siento lo de tu hermana —dijo.

—¿Por qué? Usted no la conocía.

—Quiero decir, que siento que se haya muerto tan joven —respondió la mujer con paciencia.

Bajó la cabeza y miró la ilustración de Alejandro Magno en la tapa del libro. Iba a caballo y empuñaba una espada.

—Era muy joven —repitió sin saber bien por qué.

—Tenía cinco años —dijo el chico.

Se dio vuelta y se acercó a la pileta. Empezó a caminar por el borde como otras veces, pero después pareció cambiar de opinión: se descolgó el fusil, lo dejó a un costado y se zambulló con toda la ropa puesta.

La mujer se incorporó como un resorte y gritó. El chico asomó la cabeza por un ángulo de la pileta.

—Hace demasiado calor —dijo.

Fue de un lado a otro nadando mientras la mujer lo miraba atónita. Después subió la escalera y salió, dejando un rastro de tierra y pequeñas piedras en el agua limpia. Agarró el fusil y apuntó a la mujer.

—¿Cree que me parezco a Alejandro Magno? —preguntó. Y soltó una carcajada.

Después se dio vuelta, se acercó a los canteros y empezó a dispararle a las flores con el fusil.

La mujer no fue capaz de gritar. No fue capaz de hacer nada. Se quedó mirando sin saber qué hacer. Tenía unas ganas terribles de llorar, pero tampoco podía.

Después de observarlo durante un rato se dio vuelta y se metió en la casa. Dejó la puerta abierta. Se sentó frente a la mesa. Una brisa caliente entraba y hacía el aire pesado. Seguía escuchando los tiros en el jardín.

Cuando logró recuperarse un poco se levantó y se sirvió un vaso de agua. Con cada trago sentía que se le iba pasando el miedo y la sorpresa, al tiempo que le crecía la rabia a la altura del pecho, del estómago.

Miró hacia fuera: el chico se había detenido y la contemplaba desafiante.

Ella salió con el vaso en la mano. Ahora la rabia se le había acumulado como una piedra en el cerebro.

Dejó el vaso en la mesa de jardín y se cruzó de brazos frente al chico.

—No me extrañaría nada que a tu hermana le hubiera pasado algo —dijo.

El chico abrió mucho los ojos y levantó las cejas.

—¿Algo como qué? —preguntó con la voz ronca.

—Como nada. Que tu hermana haya tenido alguna ayuda...

La mujer se detuvo.

—De tu parte —agregó.

Inmediatamente se arrepintió de lo que había dicho, pero se dio cuenta de que ya no podía volver atrás.

El chico la miraba. Se había puesto pálido. Estaba claro que no había esperado una frase como esa.

Durante unos minutos ninguno de los dos pudo reaccionar. Se miraron, y lo único que ocurrió entre ellos fue esa especie de fenómeno de transferencia por el que el rencor pareció estarse evaporando del cuerpo de la mujer para concentrarse en el del chico.

—No sé por qué lo dije... —empezó ella.

—Cállese —dijo el chico.

Levantó el fusil y le apuntó a la cara.

—Cállese, vieja.

—Es cierto —murmuró.

Después, todo sucedió en un momento. El chico disparó y a la mujer le dio tiempo a saltar: la bala le tocó un hombro.

Se quedó tirada sobre la tierra, aturdida por el impacto, mirando al cielo como si todo fuera irreal, como si lo que hubiera pasado no hubiera ocurrido de veras.

Un hilo de sangre iba regando el pasto de rojo.

 

Cuando logró recuperarse se levantó y buscó una toalla. Presionó, pero no quiso mirar. Fue al médico en un taxi, con la herida tiñendo lentamente la tela.

La curaron con dos puntos y le dieron calmantes. Cuando volvió su marido todavía no estaba en casa. Se tiró en la cama con las persianas bajas. Se sentía pesada como si hubiera aumentado de golpe cincuenta kilos. Si se quedaba muy quieta las manos le temblaban.

Cerró los ojos. Estaba mareada y se durmió casi sin darse cuenta. Tuvo un sueño horrible donde aparecía el chico. La hermana muerta estaba viva y ambos jugaban y se reían en la pileta de su jardín, mientras cuatro policías armados con fusiles los custodiaban.

Se despertó sobresaltada. Por un momento perdió la noción del espacio, y cuando la recuperó su marido estaba en la puerta de la habitación.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Estoy bien —dijo ella—. Tuve un accidente en el jardín y me corté en un brazo.

Decidió en ese momento que por nada del mundo el hombre tenía que enterarse de lo que había pasado.

Los días siguientes estuvo muy triste. Dejó de salir al jardín. No leía, y con frecuencia se iba a la cama poniendo el pretexto de que el calor la agotaba. Lavar la ropa ya no le producía ningún placer, de modo que deambulaba por la casa con un pantalón de gimnasia y una remera vieja.

El hombre estaba preocupado, pero cada vez que intentaba hablar con ella no obtenía más que respuestas vagas, excusas para evadir las razones verdaderas de la tristeza. A la mujer, la culpa se le hacía una carga imposible de desplazar.

Dejó de comer. Adelgazó. Le dolía el cuerpo. Se sentía vieja y cansada. Todos los esfuerzos del marido por sacarla de paseo eran inútiles. Cada vez que cerraba los ojos se le aparecía la imagen del chico, y a la noche dormía mal, sólo de a ratos.

Le salieron ojeras, y unas arrugas en la comisura de los labios que nunca antes había tenido.

 

La única salida que hizo en casi dos semanas fue al hospital para sacarse los puntos de la herida. Su marido la acompañó en el auto y el médico le dio dos suplementos de vitaminas para que tomara.

Cuando volvió se sentía más cansada que nunca. Estaba pálida. Su marido la llevó al jardín y se sentaron al sol por primera vez en muchos días.

Entonces, ella pidió:

—Vámonos.

El hombre la miró con los mismos ojos lastimeros con que la miraba en los últimos tiempos.

—¿Dónde te vas a recuperar mejor que en esta casa? —preguntó—. Te hace falta tomar sol, estar afuera, ver las plantas.

—¿No te das cuenta de que es esta casa lo que me enferma? —respondió la mujer casi gritando.

El hombre la siguió observando y en su cara crecía la sorpresa, la decepción. Pero el tono de la mujer no admitía réplica.

—Está bien —dijo por fin—. Si es lo mejor, vámonos. Salgamos la semana que viene.

Ella negó con la cabeza.

—Mañana —dijo.

Él guardó silencio.

Ambos se quedaron callados recibiendo el sol en la cara en medio de la tarde calurosa. Había un ambiente plácido, y el olor de las flores en el aire parecía calmar a la mujer. Cerró los ojos, y por primera vez en mucho tiempo tuvo un momento de tranquilidad, hasta que sintió que una sombra se proyectaba sobre su cuerpo. Cuando abrió los ojos, vio al chico delante de ella. Esta vez no llevaba el fusil.

Miró al costado, pero el hombre se había ido.

—¿Qué estás haciendo acá? —le preguntó.

El chico no contestó. No hizo nada. Se quedó parado a contraluz y sonrió con la misma sonrisa que había horrorizado a la mujer el primer día que lo había visto.

Ella buscó detrás suyo. No veía al marido. El chico seguía junto a su silla, implacable. Ella se paró y se volvió a sentar. Se restregó las manos. De pronto, el chico corrió hasta la valla y la saltó. El hombre apareció en el jardín inmediatamente después, con un vaso en una mano y unas pastillas en la otra.

—Este chico... —dijo—. Pensaba que había hablado con los padres.

—Hablé —dijo ella en voz muy baja.

—Te traigo tus vitaminas.

—No quiero vitaminas —dijo ella. Se levantó y caminó hasta su cuarto.

Permaneció acostada toda la tarde. A la noche sufrió un ataque de nervios y el hombre tuvo que llevarla al hospital.

Dos días después, salieron hacia la ciudad.