Tenía cinco días para saldar una deuda de veinte mil pesos. Poco dinero, en realidad, pero no para alguien que está acostumbrado al despilfarro. Mi trabajo me daba para cumplirme algunos caprichos y, a falta de alcohol, comer algo sólido. En contra de mi voluntad, también lograba apartar algo para pagar la renta, cuyo monto jamás saldaba por completo. Lamenté mi carácter derrochador cuando supe que, si no pagaba la deuda dentro del plazo fijado, me harían miembro vitalicio del buró de crédito.
Tras dejarme las uñas a la mitad a fuerza de mordidas, creí que me había tranquilizado lo suficiente como para buscar una solución para el problema. Pasé revista a mis opciones. Desde luego que el banco quedaba descartado. Por otro lado, que no se me ocurriera pedirles ayuda a mis padres, quienes me habían retirado su cariño por mi tendencia a olvidar mis deudas. En cuanto a mis dos hermanas, me retiraron la palabra cuando transcurría mi niñez, pues mi afición a ciertas partes femeninas me obligó cierta noche a usarlas para satisfacerme. ¿Amigos? Eran tan sibaritas e irresponsables como yo. Me entrevisté con un par de ellos en un bar. Les conté mi predicamento y replicaron que les daba gusto tener un conocido que debiera más que ellos.
Se me ocurrió tragarme el orgullo y pedirle ayuda a Connie, legendaria puta cuyos servicios eran solicitados por decenas de fulanos que, al igual que yo, visitaban asiduamente la casa de Madame Chantel. Me integré a la fila de clientes que se había formado en el pasillo alfombrado y, pacientemente, aguardé audiencia. Al recibirme, Connie gesticuló mitad con gusto mitad con fastidio y, tras desnudarse, se tumbó cara abajo en el lecho y flexionó los dedos de los pies. Pero mi hambre fetichista se contuvo. Senté a Connie, me coloqué a su lado y, sin entrar en detalles, le conté mi problema y le pregunté si podía ayudarme a resolverlo. Aunque yo sabía que ella había ahorrado lo suficiente como para vivir unas dos vidas sin privaciones, replicó que sus ingresos apenas le alcanzaban para sobrevivir, amén de que debía mandarle dinero a su madre a California. Comprendí que no me tendería la mano. Tras revelarle cuánto me molesta que la gente use circunloquios para no herirme con la verdad descarnada, la sometí de un puñetazo y le hice otras cosas que callaré. Huelga decir que no pagué la consulta.
Salí corriendo de la casa porque dos esbirros de Madame Chantel me persiguieron para escarmentarme por el tratamiento que yo le había dado a Connie. Logré escabullirme y, asilado en una cantina, me limité a beber y lamentar mis infortunios. En cuanto advertí que el primer día del plazo que se me había impuesto no existía más, evadí como pude un acceso de llanto y respiré trabajosamente. Pesimista empedernido, me resigné a no reunir la suma que me faltaba. De pronto, una parroquiana tomó asiento a mi lado y me pidió que le invitara “una copita”.
—Si acaso, mi reina —babeé—, me alcanza para un chesquito.
—‘Ta bueno.
Pidió un Squirt con popote. Algo sentí cuando la vi chupar. No sé en qué momento, ni por qué medios, mi bebida fue adulterada con un narcótico. Tal vez la gentuza que me rodeaba me creyó rico, a causa, sin duda, de mi arreglo en el vestir. El caso es que empecé a cabecear; la fulana me tomó por el brazo y, casi a rastras, me condujo a un cuarto ruin. Lo último que recuerdo es un colchón viejo y percudido.
Desperté sintiéndome mal, y me sentí peor cuando noté que me habían robado el reloj, la billetera, el cinturón, la corbata y los zapatos. Nunca sabré si poseí a la puta. Gemí al levantarme. Estaba solo. Había punzadas dentro de mi cabeza. Traté en vano de abrir la puerta. Comencé a aporrearla y a demandar que me dejaran salir. La puerta se abrió de pronto. Intenté tomar por el cuello a quien hubiera abierto, pero resultó que no había nadie por ahí. Pese a la penumbra del derredor, me abrí paso hasta lo que consideré que era la salida. Abrí sin problemas una puerta apolillada y me encontré en la calle. El sol me dio de lleno en la cara. Tardé en acostumbrar mi vista a la iluminación. Los transeúntes me miraban como si fuera un apestado. Los ignoré y afanosamente hice señas a cuanto taxi aparecía ante mi vista. Muchos me pasaron de largo, quizá porque mi absoluto desaliño prefiguraba complicaciones al momento del pago. Por fin, aproveché un alto donde el tráfico se congestionó, abordé casi a la fuerza un taxi y amenacé al conductor con matarlo si no me llevaba a mi casa.
El conductor quiso amenizar el viaje. Me preguntó qué me había pasado. No pude narrarle nada porque ni yo mismo sabía los pormenores del asalto. Me negué a abrir la boca. El chofer me imitó. Ya ante el edificio, llené un cheque sin fondos y se lo di al chofer, quien se fue sin protestar. Tomé un baño larguísimo. Me dolían los pies por haber andado en calcetines. En bata, con el pelo húmedo, me acabé una botella de tequilay caí privado de conocimiento. Desperté y noté que mis desgracias eran reales. Seguí cavilando sobre qué hacer para salir del atolladero. Como no tenía sueño, me vestí y abandoné el departamento, decidido a pasear. Suponía que así podría ordenar mis ideas.
Ahora bien, en cuanto salí de mi humilde vivienda —presentía que el casero me la quitaría pronto—, escuché un buenas noches pronunciado por una mujer. Vi hacia la izquierda y encontré a la vecina. Se llamaba Yolanda. Era bajita, rubia y guapa. Sus ojos claros me contemplaban fijamente, mientras que en sus labios se dibujaba una sonrisa que me enardeció. Devolví el saludo con el ánimo de no agregar nada. Preferí mantenerme a distancia porque, en primer lugar, Yolanda estaba casada y tenía dos pequeñas hijas preciosas —de seis y siete años— y, en segundo, las presiones me impedían abrazar la lujuria. Con todo, Yolanda tenía otros planes para mí. Como advirtiera mi semblante cariacontecido, me preguntó si me ocurría algo. Lejos de considerar que se metía en un asunto que no era de su incumbencia, respondí:
—Sí. Tengo un problema.
—¿Se lo ha contado a alguien?
—En vano.
—Entiendo. Pero no todos los oídos gustan de hacerse los sordos.
—¿Eso significa?
—Que quiero invitarle un cafecito. Llevamos tres años siendo vecinos y jamás nos hemos reunido.
—Es que soy de los que respetan...
—Mi marido no está.
Entré en el departamento. Se diferenciaba del mío no en el tamaño, sino en la decoración. Esa mujer tenía gusto. Me sentí cómodo en ese lugar, en compañía de Yolanda. Me condujo a la sala, me indicó el love seat. Ella preparó café. Le quedó delicioso. Le di dos sorbos a mi taza.
—Está exquisito —juré.
Ella sonrió.
—A ver —dijo—. Cuénteme.
Previo carraspeo, encendí un cigarrillo, acomodé algunas ideas en la mente y, al fin, narré mi situación con lujo de detalles. Ella me escuchó con atención y simpatía.
—¿A qué me dijo que se dedica?
—Vendo seguros —no se lo había dicho, pero ¿qué más daba?
—¿No pueden adelantarle algunos meses?
—No he acabado de pagar los que me han adelantado.
—Ya.
Sobrevino un lapso de silencio. Ella rellenó las tazas. Encendí un nuevo cigarrillo. Consideré que era hora de retirarme. El marido podía llegar. No me apetecía añadir un nuevo conflicto al catálogo de mis desdichas. Relatar mis tribulaciones no me había tranquilizado, pero decidí darle a entender lo contrario a mi anfitriona.
—Creo —dijo repentinamente— que yo lo puedo ayudar.
Confieso que sus palabras me encantaron. Agucé el oído.
—Todo lo que usted tiene que hacer —repuso—, es venir mañana a las nueve de la noche.
—¿Usted cree que su marido esté de acuerdo..?
—No le daremos el dinero así como así —cortó, contundente.
Tragué saliva. Tensión en el ambiente. ¿Qué se proponía?
—¿Necesitan “asegurar su futuro”?
—Nada de eso. Ya está asegurado. Además, mi marido odia a los vendedores de seguros.
—Dudo que mi situación cambie. De todos modos, de todo corazón...
—¿Por qué se preocupa tanto? —interrumpió—. Lo único que tiene que hacer es presentarse aquí mañana. Considere que ya tiene el dinero, pero recuerde que debe ganárselo.
—Estoy tan desesperado que no le pediré detalles.
Su sonrisa me excitó.
—Mañana se los daré —anticipó.
Me marché por fin. Eran las diez de la noche. Quizá por ello no había visto a las niñas. Con toda seguridad, dormían mientras su madre y yo hablábamos. Ya no salí a caminar. Me refugié de nuevo en mi cubil y pasé la noche delineando planes de pago para mis nuevos acreedores. Me quedé con el plan que más me convenía, desde luego. Acabé pegando el ojo a las seis de la mañana. Por un instante volví en mí, llamé a la oficina y me reporté enfermo. Me aclararon que no me extrañarían. Me volví a dormir.
Declinaba la tarde cuando desperté. Estaba fresco, descansado. Me duché, comí tanto como el refrigerador me lo permitió. Se acercaban las nueve, hora de la cita. El edificio estaba en silencio. Antes de que cerraran la farmacia, logré comprar cigarrillos. Nueve en punto. Me había vestido de modo casual —camisa con botones en el cuello, saco gris oxford, pantalón negro— pues, a mi juicio, el encuentro con mis vecinos era indigno de formalidades. Desempolvé una botella de vino tinto que se agazapaba en mi alacena y fui a tocar el timbre del departamento de Yolanda.
Ella me abrió de inmediato.
—Nada como la puntualidad —celebró—. Me encantan los hombres puntuales.
Tragué saliva. Su comentario me pareció imprudente, sobre todo porque el marido estaba justo detrás de ella. León era un tipo alto, fornido, semicalvo, de mirada displicente. Jamás habíamos departido.
—Pásale —dijo.
Prácticamente me arrebató la botella. No dejaba de atraerme el modo en que Yolanda estaba vestida. Imaginé que la pareja gozaría al rato. Quise creer que la entrevista sería breve. Tomé asiento y puse cara de circunstancias. Yolanda se mantuvo a mi lado, de pie, contoneándose. ¿Qué estaba pasando? De soslayo vi que, desganadamente, León destapaba la botella y servía vino en una sola copa, que acto seguido dejó vacía. Cató el líquido, lo aprobó mediante un asentimiento, volvió a servirse. Me aclaré la garganta.
—Antes que nada... —empecé.
—Qué bárbaro —interrumpió Yolanda, cruzando los brazos—. Sigues creyendo que el dinero te caerá gratis del cielo.
—Sé que no será así —me puse a la defensiva.
—Veinte mil pesos no se le dan a nadie por caridad. Nosotros, por lo menos, no lo haríamos.
—¿Qué debo hacer? —fui al grano.
—Seguirme —dijo, extendiendo una mano hacia mí.
Pareja extravagante, pensé. Miré fijamente a León. Continuaba bebiendo, echado en el sofá, acaso esperando que el vino lo pusiera a dormir. Me puse en pie.
—Olvídate de él —susurró Yolanda.
Me tomó de la mano y me guió a su habitación. Cruzamos el umbral.
—Esto me parece incorrecto —me las di de moralista.
—Te endeudaste para pagar ciertos servicios, ¿no? —me recordó que, la víspera, mi lengua había sido imprudente.
Medio asentí. Ella cerró la puerta con llave.
—Nada de remilgos de ahora en adelante —dispuso—. ¿Nos desvestimos el uno al otro?
—Yo nunca dejaría que mi mujer se acostara con alguien más —señalé, dudando sobre si desvestirme rápidamente o con parsimonia.
—Tú harías muchas cosas en determinadas circunstancias —advirtió, quitándome el saco.
No entendí. La dejé desnudarme. No me dio vergüenza verme desnudo ante ella. ¿Por qué iba a darme vergüenza? Lo que me fascinó fue el clóset; era de esos cuyas puertas están recubiertas por espejos. La cama se ubicaba ante ese mueble. Yo nunca había fornicado ante un espejo. Sería interesante, preví. Yolanda me pidió que la auxiliara con un par de cremalleras. La serví mecánicamente. Quería acabar con eso de una vez, para largarme dinero en mano. No me entró remordimiento alguno. Mi posición era poco masculina y, sobre todo, poco honorable, pero la necesidad... Por lo menos, no era León quien revelaba ante mí su desnudez.
El cuerpo de Yolanda era aceptable. La brevedad de su estatura no lo afeaba en lo más mínimo. Lo contemplé gustosamente durante largo rato. Empecé a acariciarlo. Ella mostró reciprocidad. Nos tumbamos en la cama, comenzamos a frotarnos.
—Ustedes han de ser de esas parejas swingers que abundan ahora, ¿no? —pregunté.
—No me gusta que me hablen mientras me lo hacen —observó Yolanda, poco afable el gesto.
Entonces hizo algo que me dejó sorprendido. Del cajón del buró sacó un rollo de cinta de embalar, cortó un trozo y lo untó sobre mi boca. Ni tiempo tuve de oponer resistencia. Esas cosas no iban conmigo, pero, si a la dama le gustaban... Además, había miles de pesos de por medio. Pero la mordaza no sería todo. La infame empleó unas medias para sujetarme de brazos y piernas a las cabeceras de la cama. Sospeché que mi vida podía correr peligro y, sin embargo, opuse la mejor cantidad posible de resistencia. Lo que no me gustó para nada fue que me vendara los ojos. No poder estar al tanto de sus movimientos me colmaría de angustia, lo sabía. Desde luego que no pude impedirle que procediera. Quedé cegado. De pronto, ella se apartó de mí; había estado lamiendo mi cuerpo, estimulando mi sexo, actividades que cesaron de golpe. Sentí que se bajaba de la cama. ¡Mientras no se le ocurriera llamar al crapuloso marido! Me entregué a forcejear, a gemir a través de la mordaza. Escuché que una puerta del clóset se abría. ¿Qué se le ocurriría sacar de ahí?
“Ojalá que sus hijas no despierten de pronto”, pensé, “con ganas de espiar a papá y mamá”. Me calmó que la infeliz no me surtiera de latigazos. Hay mujeres cuyas manías sobrepasan lo imaginable. Qué bueno que Yolanda no fuera así. ¿No era así? De súbito volví a ser tocado. Me sorprendí en la misma medida en que me extasié. Sin duda, Yolanda había pasado un buen rato untándose crema en las manos. La suavidad de las palmas que emprendieron un continuo viaje por mi humanidad era absoluta. Me hizo sentir de maravilla. Penosamente, no podría abandonarme a languidecer. Cierto, una lengua se dedicó a estimular mi entrepierna, pero ¿cómo podía ser que, al mismo tiempo, otra lengua me ensalivara las tetillas?
Mis forcejeos se desproporcionaron. ¡El tercero tenía que ser León! Me prometí que lo mataría a puñetazos no bien me liberara. No, los pulverizaría a los dos. Malditos enfermos. Saldar mi deuda había dejado de importarme. Ahora, mi fin consistía en escarmentar a quienes se habían burlado de mí. Me solté la mano derecha y, en lugar de lanzar un puñetazo al aire, me quité la venda de los ojos. En el proceso fui dejado en paz; asimismo, atiné a escuchar interjecciones peculiares, ciertamente no proferidas por un hombre. Ya con la vista libre, alcancé a ver dos cabezas rubias perdiéndose tras la puerta del clóset, que a toda prisa cerró Yolanda. Me quité furiosamente la mordaza.
—Hija de puta —dije—. ¿Qué fue eso?
Se abrió la puerta del cuarto. Entró León, con la botella en la siniestra y una .38 en la diestra. Me apuntó con el arma.
—¿Se está poniendo pesado? —le preguntó a su mujer.
—Se sorprendió un poco.
Yo estaba inmóvil porque no deseaba que a León, cuya ebriedad era notoria, se le ocurriera apretar el gatillo.
—¿Las niñas están satisfechas? —prosiguió el borracho, antes de darle un trago a la botella.
Yo estaba horrorizado.
—Me parece que no terminaron —maldita Yolanda.
—Joder. ¡Ahora no se dormirán!
—¿Quién te mandaba que las acostumbraras a dormirse con esa leche?
León movía negativamente la cabeza.
—Vuelve a atarlo —dijo, y a renglón seguido preparó el percutor.
Yolanda obedeció. La venda, la atadura, la mordaza regresaron a su sitio. Nadie necesitaba explicarme nada. Volvió a oírse el ruido de la puerta del clóset, deslizándose sobre un carril. Ellas subieron a la cama, me tuvieron. No opuse resistencia. A León le dio un ataque de hipo. Los padres lo verían todo. Me vine. Las hijas bebieron. Diez minutos después, yacían dormidas a mis costados. Yo respiraba agitadamente.
—Me... dejaron seco... —oí que decía León, con la cara para atrás—. Me lo destrozaron... Sus encías desdentadas... Luego les salieron los malditos dientes...
Oí un ruido sordo, primero, y uno más potente, después. La botella y León habían caído. La madre se llevó primero a una niña, luego a la otra. El silencio era sepulcral. Fui soltado. No me atreví a hablar. Yolanda se había puesto un camisón. Me ayudó a vestirme. Me dio veinte mil pesos en efectivo. Mis manos temblaron al empuñar los billetes. Franqueé el cuerpo de León para alcanzar la salida.
Faltaban tres días para que se venciera el plazo fatal. Tentación. Conté muchas veces el dinero. Veinte mil. Lo había ganado con mucha facilidad. Tal vez, antes de que terminara el plazo... Al día siguiente visité a Connie, me disculpé con ella por la tunda que le había propinado la última vez, le di diez mil pesos para que no asumiera una actitud que me chocara. Pasamos una noche increíble. ¿Para que contarla, entonces? La noche siguiente repetí la faena. Usé a placer el cuerpo de Connie y me quedé sin un quinto.
Me llamaron de la oficina. Que me habían dejado ir por faltista, que en absoluto me echarían de menos. Sonreí. Me quedaba un día, ¡un solo día! Salí del departamento, di dos o tres pasos, oprimí un timbre. Yolanda abrió. Eran las nueve en punto.