Abrí los ojos para asir al impalpable visitante,
Cogerlo por el cuello y arrancarle su secreto de humo,
Mas solo vi una sombra perderse en el silencio, aire en el aire.
Octavio Paz
Se oyeron dos golpes en la puerta.
—Adelante.
Nuevamente otros dos golpes.
—Sí, usted. Puede pasar.
En el umbral se descubre un rostro indeciso cercado por arrugas de sombras, efecto natural de un lienzo tenebrista del siglo XVII. Pertenece al organismo de un hombre maduro de reducida estatura, casi ridículo, que sostiene una chistera de prestidigitador en la mano derecha.
—Señor...
Ahora le tiemblan los labios. Siente cómo languidece la elocuencia en su lengua. Y...
—Tenga la bondad de sentarse.
El individuo repara en la habitación no demasiado espaciosa en la que se encuentra, iluminada por una ventana abocinada que se despliega en la pared de enfrente, como un óculo velado por una cortinilla de muselina. El tiempo recita la sentencia cifrada desde un reloj de pared, cuyo ebrio péndulo describe un surco invisible.
¿Prisión quizá? Primera impresión.
No se trata de eso. La amarillenta pared está remendada con cuadros y fotografías, títulos y diplomas ilegibles. La existencia aguarda en actitud contemplativa.
Dos ojos oscuros en los que danza una llama lejanísima interrogan al espectador. Todo espera una respuesta.
—Quisiera hacer un reconocimiento.
Eso es todo.
—Por supuesto... En aquél diván de allí, por favor... Reclínese, así...
Un hombre vuelve la espalda y parece manipular objetos sonoros enfundados en una vitrina.
Sobre una silla reposa un volumen desgastado. El reclinado huésped lo recoge. Lo examina. Comienza a hojearlo.
—“Petti, nihil me sicut antea iuvat / scribere versiculos amore percussum gravi”. Horacio. ¿Lee usted a Horacio?
Se escucha un ronquido vocalizado.
—Sí, a veces...
Amore percussum gravi. Colgadas del dintel como lámparas magnéticas levitan oleadas de un exótico perfume, semejante en olor a cinamomo de Asiria mezclado con incienso sabeo. En la araña dorada que gravita perpendicular al techo, los cientos de cristalitos rutilantes como constelaciones parecen empañarse. La melopea de un recuerdo de diamantina concisión embarga los sentidos del personaje reclinado en el diván, y su mirada se condensa en momentos que fluyen hacia el mar ontológico, en donde forman ondas y corrientes que armonizan los estados de ánimo universales.
Frente a su abstraído icono, un diploma plano y recortado por un marco ortogonal muestra al curioso su pecho escrito:
DIPLOMA ACREDITATIVO
D. ( no se descifra su onomástica)
Licenciado en Medicina Psicoanalítica
El título se difumina como el vapor de una idea en la mente del lector:
Licenciado en Medicina Psicoanalítica
A medida que la apacible neblina de la inconsciencia se adueña de las reptantes facultades del paciente, el doctor (sin duda él es, pues viste una bata blanca) afila sus moribundos sentidos. Es el momento de actuar.
Un fenómeno inesperado interrumpe el silencio como un presagio. Se trata de un pesado volumen precipitado por el determinismo de la Conciencia Universal, inimitable y providente, desde un robusto anaquel de madera rígida. El nacimiento de lo imprevisto bautiza el movimiento.
El doctor se inclina en necesaria genuflexión para tomar la pieza astronómica en sus manos.
—La interpretación de los sueños, de Sigmund Freud. Otro experimento de taumaturgia no ha mucho tiempo ha redimido a la raza de José. Populus Dei. Las Setenta Semanas y la Parusía.
Acto seguido deposita el testimonio en la estantería. Mecánica de los signos ajenos a la investigación. Sin duda algo ha querido decir con eso.
Antes de regresar al paciente, como aquella voz que grita en el desierto se manifiesta a su memoria La flauta mágica de Mozart:
—Espacio reservado para la incorporeidad de las notas—
Siempre renace de la ceniza secular.
El pensamiento, hábito de la materia gris, comienza a atar cabos infinitos, repetitivos y pertinaces como rima alejandrina. El médico resopla y empaña sus gafas. Misteriosa humedad visible en el cristal de la ciencia.
Alrededor de la duda instrumental, una mosca recorre el perímetro de la habitación diseñando el perfil de la trascendencia.
—Musca vulgaris —apunta el doctor.
La órbita sucesiva se cierra en círculos concéntricos cada vez más próximos. Más próximos. ¡Eureka! El aeroplano díptero se ha volatilizado.
—Musca supersonica —rectifica el doctor.
¿Dónde se encuentra? Ni Aquí ni Allí. Quizá en otro lugar.
El zumbido persiste en el espacio ovalado y capital, como si la Plaza de San Pedro en Roma fuese recorrida por un motor cardíaco de explosión, propagador del Mensaje Urbi et Orbi.
Espera en tu crisálida, memoria.
“La musca vulgaris”, recuerda el doctor consultando la Enciclopedia Mental, clasificada en tomos alfabéticos virtuales, “es un insecto pterigógeno perteneciente al orden de los dípteros. Medida aproximada: de 6 a 8 mm de longitud. Constitución: insecto de antenas cortas y grandes ojos pardos, cuyo aparato bucal se compone de una trompa chupadora, que termina en una masa esponjosa atravesada por unos delgados canalículos, a través de los cuales aspira sus alimentos, previamente licuados por la acción de la saliva”.
Con esto es suficiente para una completa ficha técnica de la Sociedad de Consumo, la cual desde la Revolución Neolítica ha manifestado un progresivo engrandecimiento del Poder Temporal, y que utiliza todas las diversas acepciones de la cultura inspirada en la moral para absorber esta materia disforme con la trompa de su desarrollo mecánico, previamente diluida en la disolvente economía colectiva.
Toda una tesis. Se cierra el volumen en el aire tangible por el gong o trueno canoro propagado en todas direcciones. Algo así como el aplauso del vulgo, estandarte del Orden Público.
El médico vuelve al paciente.
Pero ahora existe un nuevo obstáculo. Hay un camino intrincado y angosto que conduce hacia él. Se trata del Laberinto Vertical del Pensamiento. Debemos atravesarlo.
“Un momento”, exige la Prudencia Octogenaria, “¿y si alguien nos observase?”. Es inútil atormentarse. Nihil et nihil. Espejo del espejo.
Da un nuevo paso al frente. A pesar de todo, los astros siguen su curso. Y ahora es necesario atravesar el abismo dividido en dos nuevos pasos. Caelus et Inferos. Adelante, homo sapiens.
Mientras el reloj geocéntrico reproduce impresiones plastificadas de olvido, el doctor toma el pulso al paciente, el cual, recostado en el diván, duerme hipnotizado con la boca abierta. Al percatarse, el facultativo pupilo del ofidio Esculapio zarandea su indispuesto organismo para —en palabras de Homero— sacudir el sueño de sus vigorosos miembros. El paciente reacciona al favorable estímulo y vomita fragmentos de palabras que el doctor anota en un cuaderno.
“OBERTURA DEL EXPERIMENTO” titula sus anotaciones.
—¿Cómo se encuentra? —pregunta al paciente con la mansedumbre del cordero sacrificado para reivindicar el deber.
—...Relativamente ataráxico —responde el impoluto, suma de cuerpo y alma.
—Muy bien. Si hace usted el favor, quisiera que me nombrara al animal que primero le viene a la cabeza en este momento.
—Digamos que el elefante.
—¡Ajá!. El e-l-e-f-a-n-t-e. ¿Por qué le llama la atención ese animal y no otro?
—Por el tamaño.
—Perfecto. P-o-r e-l t-a-m-a-ñ-o. ¿Recuerda alguna anécdota de su vida relacionada con el elefante?
—¡Vaya si la recuerdo...! Cuando yo era joven —sonríe rememorando la Edad de Oro— en la escuela nos obligaban a traducir un pasaje de Tito Livio que trataba de las Guerras Púnicas... Y allí conocí por primera vez a ese animal... Pero yo nunca lo había visto...
—Gu-e-rr-a-s P-ú-n-i-c-a-s.
—¿Nunca se ha montado en un elefante?
—No.
—¿Y en un ascensor?
—Sí.
—¿Qué sensación experimentó la primera vez que subió en ascensor?
—Una especie de temor extraño, y a la vez vacío...
—¿El mismo temor que cuando le tocaba traducir las Guerras Púnicas?
—Hombre... No sé hasta qué punto... Hace mucho tiempo de eso... Incluso me atemorizaba el aspecto que imaginaba de Aníbal, pero... ¿Por qué mencionar esto ahora?
—¿Todavía le causa miedo?
—¿Aníbal..?
—No, el ascensor.
—En cierto modo...
El médico escribe: “El temor del hombre por el elefante es directamente proporcional al experimentado por Aníbal planteando la hipótesis de que se subiera a un ascensor”.
La pluma del doctor picotea en el papel del cuaderno como un grajo hambriento.
—Pasaremos a la segunda parte del tratamiento —pregona—. Le propongo el ejercicio Nº 20 del Profesor Incognitus: recite automáticamente sin mediar la conciencia de la reflexión y en una sola frase (puede permitirse lagunas) la Historia de Roma de cabo a rabo (ab urbe condita) teniendo en cuenta la versión que prefiera (Salustio, Gelio, Tácito, Mommsen, etc.) y yo grabaré su voz en este reproductor. Dilate lo que pueda el discurso. Tiempo.
Pulsa el botón “on”. El paciente comienza:
—...Desde hace muchos siglos prevaticanos subsistía la Ciudad (Urbs) fundada por los doce buitres de Quirino bajo los penates, auspicios y trapacerías de Eneas y sus descendientes venusinos por línea directa hasta Augusto Cesar Pater Patriae pasando por Cicerón, Varrón, Virgilio, Horacio, los dos Catones, Julio, Pompeyo, Bruto, Ovidio, Mario, Sila, Plauto y Terencio entre otros; después de Augusto hasta Augústulo: Séneca, Nerón, Marco Aurelio, Calígula, Nerva, Trajano, Adriano, Epícteto y San Agustín.
—Ya está. Deténgase. Ahora hinche los pulmones y cante la Historia de la Humanidad.
—Es un proyecto demasiado ambicioso. Tendré que exponerlo en secuencias. Inspírame un vendaval, oh Musa. Adán - el Pecado - El Diluvio - Sacrificio de Noé - Abraham entre bárbaros - Moisés libera a Israel - Las doce tribus de Palestina - Homero y los siete sabios de Grecia - Sócrates muere - Alejandro conquista Asia - Roma en el Mediterráneo - Aristóteles en una vitrina de la Biblioteca de Alejandría - Profetas - Mesías Cristo - Nuevo Mundo - Guerra entre naciones - Hasta hoy. Se acabó.
—Disculpe usted. Me llaman por teléfono —el doctor se acerca a un cajón dentro del cual suena un timbre. Abre la gaveta con un impulso maquinal y acerca un auricular al oído derecho—. ¿Sí..? ¡Ah, no faltaba más..! La próxima semana le pagaré. Adiós —cuelga. Al paciente:—. Estoy con usted.
El médico se dirige a la estantería y extrae de ella un libro empolvado. Lo abre por el medio y toma en sus manos una fotografía tamaño postal. Se la muestra al paciente. En ella se representa en blanco y negro a una mujer en bañador.
—¿Qué le sugiere esta imagen? No se avergüence de su respuesta.
—Pues no sé... Placer visual.
—¿Sólo visual?
—Bueno..., digamos que erótico, si lo prefiere.
—Eso es otra cosa.
Durante un intervalo brevísimo de tiempo, se deja escuchar el íntimo gorjeo de un petirrojo que ha aterrizado en el alféizar de la ventana. Da cuatro saltitos a modo de despedida protocolaria y se echa a volar.
—Tal vez la trompeta del Juicio suene así —deduce el médico mirando al techo y poniendo el índice sobre la boca—. ¿La ha escuchado alguna vez?
—Alguna vez... —repite el paciente mirando al suelo.
—¿Sabe? Se me ocurre algo. Podríamos fundar usted y yo una empresa de comestibles para el Más Allá. Hasta la segunda venida del Mesías, le quedan mil años de espera a los fallecidos inscritos en el Libro de la Vida (según Apocal. 20-19). Ya he diseñado las siglas fluorescentes:
C.O.S.A.
(Comestibles del Orco Sociedad Anónima)
Todos los Derechos Reservados
Tendríamos que aportar un capital inicial. Sería suficiente el 30% de nuestros ingresos salariales en veinte años. Espere... calculando la derivada de... inflación, contribuciones, tasas e impuestos... o... ¡será posible..! coeficiente de... ¡Tiende a infinito!
—Déjelo —musita el paciente saboreando con hedonismo una calada de opio—. Siempre seré el “cerdo de Epicuro”.
—Le convencería mejor si se lo taquigrafiase en verso:
Derivada de
Elevada a
En fin, me parece ser el paciente. A usted se lo debo.
Suena el teléfono de nuevo. El médico lo descuelga.
—¿Quis est? ¿Más Allá? Sí, Señor, ya nos vamos ahora —cuelga. Al paciente:—. La toman con nosotros. Otra guerra-relámpago.
Se percibe el zumbido estridente de una mosca que cruza la sala. El ruido aumenta en masa como un globo a punto de estallar.
En otro lejano lugar, un hombre se despierta. Observa a la mosca que ha aplastado inconscientemente sobre la mesa con una sola mano. Sueña que es la misma mosca que había visto en sueños.
—Debe ser el clima vienés... —musita.
Y se incorpora para abrir la ventana.