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Sobre Cuentos de doctrinas y muerte de José Gregorio Parada

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La experiencia de viajar a través de los relatos se compara, metafóricamente, con las tendencias naturales que movilizan por el mundo a las aves migratorias. José Gregorio Parada nos revela un impulso, casi mítico, por cambiar de mundos, por partir. Sus cuentos no se detienen en la India, Egipto, ni en Ecuador, ni en España, los arropa una necesidad de sentirse siempre en otra parte. Por eso desde su proyección estilística crea una argamasa entre lo viejo y lo nuevo, entre lo conocido y lo extraño. Con gran desplante exploratorio nos lleva, con la tecnología de un trasbordador que violenta el tiempo cronológico, hasta la España de Felipe II cuando se estaba construyendo El Escorial. En “Un viaje a El Escorial”, Eliseo se desfasa del tiempo real gracias a la máquina inventada por su tío Jacobo y vive el período inquisitorial con sus graves consecuencias. El escritor encuentra el elemento creativo en la historia del siglo XVI y sugiere un gusto, con cierta desviación de preferencias subjetivas, por finales desconcertantes y por los conflictos. No existen dones particulares que prefiguren los acontecimientos, cada personaje se va realizando según coordenadas que la vida les presenta.

Siempre regados por el mismo flujo de pensamiento, la vulnerabilidad de los personajes se revela como obsesión literaria, sobre todo en “Triste recuerdo”, episodio sobre la persecución de una familia judía durante la segunda guerra mundial o en “La Guagua Pichincha”, cuya incontenida naturaleza volcánica arrastra en su erupción tradiciones, genealogías y vidas. Se trata de planteamientos emergentes escritos por quien se delata atento investigador de las transformaciones que sacuden los cimientos naturales y sociales del mundo histórico. Son los protagonistas quienes sufren los cambios, a veces por las ironías que la vida les depara. En cada cuento naufragan en la incertidumbre de un mundo impredecible como en “Políglota”, que relata la ilusión de Robert y Le-Ou por dejarle a su hijo la herencia lingüística, lograda por genealogía familiar, pero el niño, ¡oh frustrante paradoja!, nace sordo.

Parada despliega su arsenal simbólico ya sea para dar cuenta de atrocidades sociales o para dar el golpe distintivo de su narrativa en la construcción de personas que se identifican por actitudes y acciones, así el mago Wysler es “Un pobretón”. En su vida no había nada ni nadie... “La comida la conseguía en la calle, pedir no le costaba mucho”. Se trata de un personaje cuyo componente vital impreciso, se revierte cuando pone en práctica las fórmulas mágicas de sus lecturas, probablemente apócrifas al estilo Borges, así se convierte en “El afamado mago que pretendía cortar por el medio a dos seres humanos”.

La tensión promueve el devenir psíquico de sus criaturas, advierte sobre lo misterioso, lo no develado de cada ser humano, dicho a través de un narrador que calla hasta el final la escena crucial, pero va creando una atmósfera que, por lo general, coagula en lo imprevisto. Algunas veces ese narrador intercambia papeles, ya sea que se relate a sí mismo, al estilo “La venganza”, para realizar un trueque por el espectador de los sucesos, cambio que coincide con la fragmentación del relato. Se trata de un reordenamiento anecdótico para iluminar aquello que en un momento llama más la atención: incluir el diario acontecer como forma narrativa que aflora para luego esconderse y mostrar el trágico desenlace porque como bien lo dice: “Hoy la curiosidad de ha apoderado de nosotros y seguimos las huellas húmedas, mojadas en calles desesperadas, para saber lo que está ocurriendo (o lo que ocurrirá): un cadáver en la biblioteca”.

Dos líneas narrativas se revelan en los cuentos de José Gregorio: una el presente, los sucesos y sus personajes que involucran al narrador, otra el misterio que se esconde en cada relato y concierne al autor. Ambas líneas no se interceptan, tampoco una es consecuencia de la otra, de ahí lo difícil para el lector hacer deducciones. Por lo general los resultados se justifican por la densidad pretérita, por la genealogía simbólica que se trabaja, historia y mitos de otros tiempos. La actividad de relacionar o presuponer es obligante en la lectura. Parada no permite que el impulso de la materia narrada se lleve por delante la voluntad de construir su estilo, la voz propia que permanece como función literaria genealógica.

En Cuentos de doctrinas y muerte el autor polemiza sobre realidades, historia y ficciones, viajes insensatos, mujeres lejanas, bamboleos y vacilaciones de espíritus anodinos o el espejo deformante de la ironía, como manera de plantear inquietudes y estimular lo real para que parezca distinto, para que lo aparentemente simple se convierta en conflicto; algunas veces con un humor trágico que se disuelve en la escritura, en situaciones absurdas, opresivas o de una desmesura que convierte la mentira de la ficción en lo real de la vida. En todos los casos el relato se sostiene por su propia fuerza, como en “La maldición de Osiris”, donde la recreación del mito lleva a la muerte, según la maldición escrita, a todos los arqueólogos que trataron de profanar su tumba.

Los relatos de Parada traen el recuerdo de las palabras de Mark Twain en Sobre la decadencia del arte de mentir: “Creo que es imprescindible examinar con inteligencia qué tipos de mentiras son las mejores y más saludables, dado que todos tenemos que mentir y que todos mentimos”. El escritor merideño inventa historias, cree que la narrativa debe hablar sobre el mundo y la vida a la cual debe modificar, algunas veces para hacerla más real y otras para dar rienda suelta a la fantasía. José Gregorio Parada sabe contar las mentiras, prefiere arropar historia, religión, mitos y sociedad en el contexto universal. “El último Dalai Lama”, “El Camino de Santiago”, “El Taj Majal”, “La maldición de Osiris” y “Un viaje a El Escorial” son, entre otros relatos, príncipes tutelares y cómplices de su narrativa.