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Yasunari KawabataEl viejo Eguchi, al fin muerto de ganas

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¿Qué es lo que une al hombre con la mujer? ¿Los estereotipos de niñez, juventud y vejez aplicados al ser humano son tan definidos y separantes? ¿El joven repulsa al niño que fue, el joven repulsa al viejo que no quiere ser y el viejo vuelve a mirar el joven que no pudo ser más? El niño es considerado un estado amorfo, de pura movilidad en crecimiento, maleable y objeto de dedicación y cariño. Esa es su esencia. El joven, desde el arte antiguo y clásico es sinónimo de vida plena, erotismo, idealismo, fuerza e inspiración. El viejo ha sido mirado desde ojos de joven con corteza ya insensible como de árbol rugoso y arrugado, incapaz de amar y de tener erección, inofensivo y decadente.

En efecto, no concebimos al niño en escenas de lances amorosos ni con su siquis retorcida fijando su atención en obscenas alucinaciones o alentando falsos amores con criaturas de su edad. No podemos imaginar al joven con caminar flemático y ausente de conquistas amorosas, sin siquiera un papelón para ahuyentar un moscón intruso. Y tampoco pondremos en la balanza de Cupido a quienes han alcanzado llegar a la edad cuando todo se ha probado y ya el pastel servido no sabe a nada. Esto es lo obvio y a ojos vista, es verdad de Perogrullo.

¿Será el amor, esa anguila que mueve entre la sangre, o será el deseo de compañía para matar la soledad, o serán las ansias de meter la melancolía que agobia al ser humano en el fondo de la olla, turbina que saca de quicio a quienes habitamos este valle de hermosas Evas? ¿O será simple y llanamente esa fea costumbre que llamamos curiosidad y que aplica el hombre a sus más mínimas expresiones?

Llama mucho la atención la respuesta que Kawabata nos ofrece a los lectores en su libro donde narra las andanzas del “anciano” Eguchi. En más de diez ocasiones denomina al viejo que busca saciar sus apetitos primigenios “anciano triste”. ¿Era, precisamente, la tristeza que fluye por el hígado y los ojos y pone la piel de verde como el frío sapo de río el bravo impulso que llevaba a Eguchi a visitar a las dulces hembras en la noche? ¿O era el impetuoso torrente de la pasión por Venus la que lo ponía en carreras como atleta olímpico?

“La casa de las bellas durmientes”, de Yasunari Kawabata¿A quién hemos de creer? ¿A los folletines de barata tienda que predican que a los 67 años ya el macho deja de serlo y que por sus venas sólo corre miel de purga? ¿O a las consejas de falsas hechiceras que fabrican sus pociones para que el hervor del culto miembro nunca acabe? ¿O habremos de aceptar que hasta su muerte el masculino ser será fauno con vigor y poderío para generar inundación como aluvión de invierno, sin necesidad de inyección de dinamita que dé salida a sus instintos?

Kawabata insiste en su delicioso libro en el que invita a realizar con Eguchi el recorrido de la Casa de las muchachas “empepadas”, que los ancianos iban a recostar sus deseos más recónditos junto a la piel de seda de aquellas dormitantes exponentes del sexo en vivo, que lo hacían para alejar la tristeza de sus vidas por una noche. No concede que a los viejos también les invade el cruel deseo sexual en sus vísceras como al joven o al semental de campo. ¿Es porque es una novela en la que se visten de hadas o serpientes las verdades o es por disminuir la culpa propia por una infinita tristeza personal que lo poseía?

Siendo uno honorable con el texto escrito cuando el famoso Nobel tenía 62 años, no aparece referencia directa a que el memorable Eguchi programara las citas que se imponía con inveterada frecuencia porque la tristeza lo llevara en pos de la virginidad de las suaves féminas. ¡Cuándo iba él a suponer, por otra parte, que se suicidaría inhalando gas, a la edad de 73 años, manera muy superficial de imitar al curioso y medroso Eguchi! Deberán ustedes haberlo leído o, si les pica la roncha, verifíquenlo, por favor.

Todo lo contrario. Eguchi llevó consigo a la tumba —¿al horno crematorio, tal vez?— la felicidad que sin cinismo construía paso a paso y ni sus coetáneos ni amigos o familia la hubieran podido adivinar por sus desvaríos nocturnos. Sólo tuvo por guía y confidente a la “Dama” de la Casa que a esta hora todavía se pregunta la verdad de lo ocurrido. Toda su vida fue un continuo gozo, de encuentros sin búsqueda, de mujeres que le alegraron sus 67 primaveras, siempre en flor y con perfumes. Ahí sí, con gracejo y sorna desde el polvo y la ceniza, sonreirá y dirá: “¡Vaya, amigos, qué tristeza irme en la hartura de la dicha!”.