Editorial
Autoautores

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En estos tiempos en que la nomenclatura 2.0 está tan de moda y la interactividad es la orden aún cuando no se la comprenda demasiado bien, abundan las iniciativas que ofrecen facilitar las cosas al escritor. Descendientes directos de las listas de correo y de los primeros foros en línea, los sitios de autopublicación y los servicios de impresión por demanda se han ido abriendo sus propios espacios en el ambiente editorial hasta el punto de que ellos mismos conforman un ambiente editorial particular: el de los autoautores. Es en estos ámbitos donde la experimentación está bullendo con mayor fuerza; no nos referimos al aspecto estilístico, a esa magia de la que un escritor perspicaz y con un buen manejo de sus herramientas puede dotar a sus textos, sino al aspecto meramente editorial.

En los sitios de autopublicación cualquiera puede someter su obra al escrutinio público, que es medido no sólo con los comentarios de los lectores sino con eficientes sistemas de calificación, lo que los convierte en una metáfora de la vieja costumbre de mostrarle los textos a nuestros amigos, aunque sin incluir la molestia que esta práctica representa para quien no esté interesado en leernos. Los servicios de impresión por demanda, por su parte, han logrado un nivel de profesionalización tal que hasta se permiten ofrecer ganancias que serían imposibles en una relación con una editorial tradicional.

Por supuesto, tanta maravilla no deja de tener sus bemoles. El ambiente de la autopublicación tiende hacia el amateurismo enconado. La discusión de la obra —y generalmente la mera lectura— suele estancarse en las cuatro paredes de la comunidad y para muchos autores nunca saldrá de allí, algo que está bien para quienes son sinceros cuando afirman que no aspiran a la fama ni al reconocimiento, pero que termina por volverse frustrante para quienes no se conforman con el comentario esporádico en el blog o las cinco estrellas en la calificación de la comunidad y, como es lícito, tienen aspiraciones más concretas. Blogs que se convierten en libros de éxito o que saltan a otros medios, ganancias sustanciales obtenidas de programas de compensación por publicidad como AdSense y autores que desde el bullicio de una comunidad en línea llaman la atención de editoriales tradicionales, son aún casos esporádicos.

La impresión por demanda es un ámbito híbrido —tiene sus raíces en el medio digital y su copa en el mundo real— que, por diversas razones, ha tardado lo suyo en hacerse una alternativa interesante para el autor. Nacidos en la última década, estos servicios han sido bombardeados por las dificultades lógicas que implica la necesidad de ofrecer un producto de calidad al menor tiempo posible, amén de la falta de credibilidad de una parte del público que ya ha visto demasiados adefesios del tipo “antologías cooperativas” y que le teme, no sin razón, a todo lo que requiera el uso en línea de una tarjeta de crédito. Se transita en el área por un proceso de afianzamiento que ha derivado de la oferta real de ganancias como producto de la venta de los títulos que el usuario publique en ellos; con todo, un sitio tan grande y confiable como Lulu ha demostrado que el sistema de impresión por demanda es ideal —al menos por ahora— sólo para la venta de autoayuda y material instructivo, por encima de cualquier otra literatura.

Para el mundo real, el inmenso mundo real que aún necesita del tangible papel, estos experimentos no significan aún gran cosa. Quienes han logrado buenos resultados utilizando las herramientas del mundo real siguen siendo mayoría y en no pocos casos desprecian estas iniciativas. Aquí incluimos a todos los participantes de la cadena: autores, editores y lectores. El papel goza de un culto fundado en la seguridad, la tradición y, a no dudarlo, el dinero. Produce muchos más beneficios publicar un libro tradicional en una gran editorial que hacerlo por cualquier otra vía; es esa la razón por la cual acceder a tales beneficios es difícil y suele desmoralizar a quienes lo intentan.

Sin embargo, no hay que dejarse engañar por este panorama. Hace treinta años el único teléfono móvil conocido era el de Maxwell Smart; hace veinte Internet era un lujo extraño, un territorio desconocido que no terminaba de sacar los pies del estanque de la ciencia ficción; hace diez el término blog era una idea recién nacida de la que sólo estaban enterados algunos geeks. Hoy podemos atravesar el éter internáutico blogueando desde nuestros teléfonos móviles. El factor que motoriza todos estos cambios es, aunque no siempre nos demos cuenta o lo admitamos, el bienestar material. Por ello es posible identificar en el presente, ya sea en la forma de programas como AdSense o sistemas híbridos como Lulu, las huellas tempranas de una tendencia que, en esa incertidumbre que llamamos futuro, dará al autoautor una presencia tangible y rentable en el mundo real.