Sala de ensayo
Volver a lo lúdico

“Niños en la playa”, de Joaquín Sorolla y Bastida (1910)

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No olvido el paraíso,
ese lugar de la infancia,
con su felicidad a cuestas
y tanta luz entre los ojos.
María Mercedes Carranza.

Que te vas a acordar Isabel
de la rayuela bajo el mamoncillo de tu patio
de las muñecas de trapo que eran nuestros hijos
de la baranda donde llegaban los barcos de La Habana cargados de... en cambio yo sigo tirándole piedrecillas
al cielo... haciendo y deshaciendo figuras en la piel de la tierra y mis hijos son de trapo y mis sueños son de trapo.
Raúl Gómez Jattin.

Hablar de lo lúdico en el ser humano nos remite a un espacio lejano, ausente y, en palabras de Humberto Maturana, a un camino desdeñado. Alguna vez jugamos y nos dejamos llevar por el asombro infinito generado por las hojas acunadas en el viento, por la danza de las mariposas, por la palabra desconocida, por el descubrimiento diario en medio de la aventura de la vida. Ahora, frente al espejo, no encontramos más que hombres y mujeres serios para los que el juego y lo lúdico pasaron a ser parte de la historia, la de cada uno y la de los otros; algo sin importancia que no tiene más lugar que un apretado cajón que nunca abrimos. Es aquí donde empezamos a perder el sentido de lo cotidiano como construcción permanente, la posibilidad de reconciliarnos con nosotros mismos y con los demás, la ruta a los lugares que añoramos, la certeza de la felicidad como algo permitido.

Lo lúdico es aquello que nos lleva al espacio de desarrollo personal creativo, espontáneo y placentero; a la posibilidad de satisfacer necesidades básicas; a la construcción individual y colectiva; a la formación de la cultura, a una actitud de vida. Mantiene, además, la capacidad de asombro, recupera el contacto con lo afectivo, nos permite una liberación interna y contribuye a la resolución de conflictos. Es una dimensión básica en el desarrollo de los seres humanos y por eso la necesidad de devolverle su espacio, ahora ocupado por relaciones funcionales, actitudes pasivas, modelos estáticos y ausencia de afectividad.

Lo lúdico es la dimensión, la actitud, la pasión, las ganas de vivir. Lo lúdico actúa, si lo dejamos, en cada instante, en cada mirada al mundo, en cada respiración; nos construye y nos resignifica en medio de la esperanza de alcanzar nuestro proyecto de vida. Esa misma esperanza que parece perderse cuando olvidamos jugar, en medio del afán de llegar a ninguna parte y de la racionalidad excesiva que derrumba los sueños, en medio del abandono de la tierra, de la ausencia de afecto y relaciones significativas, en medio del miedo a hacer y a ser, en medio de lo arbitrario y de las socializaciones equivocadas, en medio de la guerra.

Es necesario, entonces, hacer una revisión del origen de la dimensión lúdica y de las características y condiciones que permiten que se convierta en una herramienta imprescindible para el desarrollo integral del ser humano.

 

La situación de lo lúdico

Lo lúdico es una actitud y actividad natural e imprescindible para el ser humano. Sin embargo, se ha convertido en aquello poco serio y sin importancia; aquello que es permitido sólo como una distracción sin sentido, o lo que no es permitido porque es más importante que un niño se maquille de tristeza en un semáforo, o sea el papá de sus hermanos, o camine por su país sin su tierra. Desde este punto de vista el juego, aun con mayor certeza, es desterrado a un rincón arrugado al que ni niños ni jóvenes ni adultos vuelven a acercar.

Primera pista: nos olvidamos de lo lúdico porque tenerlo presente significaría encontrarnos de frente con ese espejo al que tanto tememos, reencontrarnos con la vida sin disculpas, encontrarnos con nosotros mismos sin los personajes que hemos actuado para no contactarnos con lo que somos.

Segunda pista: dejamos de lado lo lúdico porque consideramos que es lo menos importante. Lo que vale es que los niños y jóvenes produzcan bienes materiales, aporten dinero, pongan cara de adultos serios e insensibles ante la vida que pasa con prisa cuando lo que quieren es disfrutarla... jugarla.

Tercera pista: olvidamos que aprender es divertido y que las aulas están para convertirse en espacios alegres, significativos y lúdicos porque separamos el juego del trabajo. Convertimos el espacio de clase en un recinto de “conocimientos” que no tienen ninguna relación con las risas y las emociones.

Cuarta pista: olvidamos que con el juego y lo lúdico, a través del camino, hemos resuelto situaciones conflictivas, nos hemos liberado de las opresiones internas, hemos ensayado la vida.

Quinta pista: olvidamos el juego porque no jugamos.

 

Nacimiento del juego y la dimensión lúdica

Para empezar a recuperar la importancia de lo lúdico como elemento de desarrollo y aprendizaje es necesario dar una mirada a su desarrollo inicial, desde los primeros momentos de vida.

El primer contacto que un niño recién nacido tiene con el mundo exterior es su mamá. Durante los primeros meses ésta hace parte de su mundo interno en una relación simbiótica de la que ninguno de los dos puede separarse; la mamá y el bebé son uno solo. La construcción de un mundo aparte es un acto de descubrimiento y duelo para el bebé. A veces también para la madre. Ese es el primer paso para la construcción de la dimensión lúdica.

Pablo tiene un poco más de un año, sonrisa contagiosa, manos grandes. Desde hace unos días anda apegado a una pijama verde-azul de su mamá. La abraza con fuerza cuando ella no está y a la hora de dormir. La llama mamita. Ese objeto tan simple pero en ese momento tan complejo e indispensable es el primer paso en la transición del mundo interno al externo. Representa a su mamá pero no es su mamá. En otras palabras, Pablo utiliza un objeto externo para una representación interna. Ese objeto es llamado por Winnicott objeto transicional y representa, aunque de forma rudimentaria, la primera relación de objeto de los seres humanos.

A partir de ésta, también se origina la llamada zona transicional, un espacio virtual que media entre lo interno y lo externo y que facilita a los niños el paso de uno a otro, ida y vuelta. Este espacio permanece toda la vida y es allí donde se construyen y desarrollan manifestaciones del ser humano libres, espontáneas y creativas que le permiten la expresión; la liberación de contenidos internos molestos, conflictivos o dolorosos y la construcción interna y del mundo. Éstas son, para ir más allá de lo planteado por Winnicott, necesidades básicas del ser humano. El primer habitante de este espacio es el juego.

Pablo juega, empieza a descubrir que el mundo es divertido y que vivir es lindo. Empieza a experimentar, sin saberlo, los beneficios de lo lúdico: la satisfacción de necesidades, el desarrollo de habilidades, el encuentro con lo real a través de la fantasía, la posibilidad de expresión, la capacidad de asombro, el ensayo de la vida, su propia construcción. Pablo juega y así logra conectar su mundo interno con el exterior, sus necesidades con las condiciones del medio, sus deseos con las normas, su pensamiento con la acción, sus risas con el aprendizaje. Este contacto es posible por la existencia de ese espacio virtual en el que no cabe el juicio ni la imposición, donde es posible ser y hacer.

Cuando Pablo crezca, crecerán con el sus necesidades de expresión, liberación y construcción. Cuando Pablo crezca y ya el juego no sea imprescindible en su vida, sí lo seguirán siendo, así debería ser, la dimensión y las actividades lúdicas. Y serán éstas las que le permitirán seguir dando satisfacción a sus necesidades y contribuir a su desarrollo integral. Serán éstas, también, las que evitarán que se exprese, se libere y se construya por caminos equivocados.

Roger Callois, en su libro Los juegos y los hombres,1 habla de la corrupción de los juegos para referirse a los caminos equivocados que han tomado los juegos a través de los contextos sociales y la historia de la cultura, actividades que cumplen con algunas de las funciones de éstos pero que pierden su esencia y su verdadero sentido. Podemos partir de esta idea para reflexionar sobre la importancia de construir vías adecuadas de satisfacer las necesidades antes mencionadas y el camino que éstas pueden tomar si no encuentran espacios para ello. Dentro de este mismo tono, Winnicott afirma que cuando el ser humano abandona la infancia continúa encontrando, dentro de la llamada zona transicional, actividades como el arte y la ciencia que le permiten mantener la esencia de la misma y sus beneficios.

Lo anterior nos lleva al siguiente ejemplo: un adolescente, en medio de su identidad y de las múltiples reorganizaciones interiores a las que se enfrenta, puede expresar sus necesidades, sentimientos y angustias a través de actividades lúdicas, a través de la escritura, la pintura, la música, etc. Pero también, si no encuentra un camino de expresión y liberación adecuado, bien puede hacerlo a través de la violencia, las pandillas, las drogas y otras actividades que le permiten expresarse y liberarse, aunque aquí estos procesos sólo sean una ficción equivocada y perjudicial.

El punto de esta reflexión es: si no construimos espacios y actividades lúdicas que permitan la satisfacción de estas necesidades, encontraremos otros escenarios que vienen a llenar los vacíos... que no conducen más que al vacío.

 

La expresión y resolución de crisis y conflictos

A partir de lo anterior, es claro que el juego y las demás actividades lúdicas sirven para expresar y muchas veces resolver conflictos internos. Sigmund Freud ayuda a complementar el concepto. En 1920 presenta las conclusiones de la observación del juego de su nieto, el llamado por él “juego del Fort-Da”. En éste el niño, en ausencia de su mamá, jugaba a desaparecer y reaparecer un carrete, lanzándolo y atrayéndolo con la cuerda a la que lo tenía atado; al lanzarlo pronunciaba los sonidos “o-o-o-o” y al atraerlo los sonidos “da-da-da”. Freud interpretó estos sonidos como actos de lenguaje: “fort” y “da” (se fue y está acá). Aquí vuelve a destacarse la sustitución de la mamá por un objeto que la simboliza y un acto que representa una situación que para un niño resulta traumática: la ausencia de su mamá. De esta manera se está expresando el conflicto interno surgido del hecho y se maneja mediante la representación, mediante el juego. Lo que el niño hace es adquirir control sobre una situación que le es penosa y, de esta manera, la resuelve. A través del juego el niño domina la situación y asume un papel activo en ella; con ello se libera de la tensión y el conflicto que le produce la ausencia de su mamá y elabora los sentimientos que ésta le genera.

Cuando los niños, jóvenes y adultos jugamos lo hacemos desde nuestras características individuales, desde lo que pensamos, sentimos, deseamos y necesitamos. Las actividades lúdicas, situadas dentro de esa zona de la que habla Winnicott, permiten que nos relatemos a través de ellas y que logremos la satisfacción de las necesidades que se plantearon anteriormente.

Para concretar lo anterior, es importante recordar que el juego y las actividades lúdicas:

  • Permiten reconstruir las situaciones traumáticas y revivirlas con una menor carga emocional.
  • Facilitan la expresión de los sentimientos generados por situaciones traumáticas y dolorosas.
  • Llevan a quien las realiza a desempeñar un papel activo en la recreación de las situaciones, a diferencia del papel pasivo, de “víctima”, en el momento del suceso.
  • Permiten que quien realiza la acción domine las situaciones, pensamientos y sentimientos expresados y asuma la responsabilidad sobre ellos.
  • Generan una toma de distancia necesaria para la comprensión y la elaboración.
  • Ayudan a resignificar, desde lo simbólico, los contenidos internos a través de “ponerlos afuera sin peligro”.
  • Llevan al efecto de catarsis que puede definirse como la descarga emocional lograda a través de la exteriorización de situaciones traumáticas. Aristóteles hablaba ya de esta catarsis para referirse a la purificación que lograban los espectadores asistentes al teatro.

Lo anterior deja claros los beneficios del juego y de las actividades lúdicas para el desarrollo integral y, en especial, para la expresión y resolución de conflictos y crisis. Ahora es necesario dar un breve vistazo a la escuela dentro de este proceso.

 

Vamos para el aula

La escuela, como agente socializador, debe aportar a la recuperación del ambiente y la actitud lúdica desde su dinámica interna, las prácticas pedagógicas cotidianas y la proyección hacia la comunidad. Enrique Buenaventura realiza una comparación entre el espacio de clase y el de descanso dentro de la escuela. La campana (el timbre, la sirena, el sonido que indica la salida y entrada del aula) se ha convertido en la diferencia entre el placer y el trabajo; entre lo superficial y lo serio; entre el recreo y la clase. Y de nuevo lo lúdico se pierde entre las caras largas y aburridas de los estudiantes que se encuentran con un espacio carente de significado, motivación, espontaneidad y vida. Es necesario, entonces, regresar a lo lúdico su estatuto de seriedad y libertad para que las mariposas vuelvan a revolotear en los estómagos. Si queremos ver las sonrisas de nuevo, la escuela debe sonreír.

La escuela debe devolver a los niños, niñas y jóvenes que la habitan el trabajo en la dimensión lúdica, teniendo en cuenta además que muchos de ellos no han tenido tiempo ni “aprobación social” para hacer del juego y lo lúdico una fuente de desarrollo.

La escuela debe seguir aprendiendo que a través del juego y lo lúdico se logra que los estudiantes conecten sus dimensiones, aprendan desde la cabeza, el corazón, el espíritu y el cuerpo; que los ambientes y los aprendizajes se vuelvan significativos y alegres; que los niños, niñas y jóvenes aprendan a convivir consigo mismos y con los demás; el desarrollo de habilidades y capacidades en medio del estímulo permanente de las posibilidades de cada uno; logra personas felices.

La escuela, para terminar, debe generar espacios y proponer, al interior de las aulas y fuera de ellas, juegos y actividades lúdicas que ayuden a la expresión, la liberación de contenidos internos y la construcción individual y colectiva; juegos y actividades lúdicas que contribuyan a la recuperación psicoafectiva de los niños, niñas y jóvenes que han vivido situaciones traumáticas y dolorosas. De esta manera empezarán a cerrar los ciclos, a elaborar los duelos, a resolver sus crisis y conflictos para iniciar un proceso de reconstrucción y resignificación de sus vidas, un proceso que los lleve a creer en lo que pueden hacer, a volver a confiar en la vida y a proyectarse dentro de ésta como personas productivas, seguras de sí mismas, con la capacidad de ejercer una ciudadanía responsable y con el derecho a ser felices.

 

Notas

  1. Caillois, Roger (1986). Los juegos y los hombres: la máscara y el vértigo. México, Fondo de Cultura Económica.