Letras
Efecto Cyrano

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Al llegar a la Residencia de la Universidad de Alcalá, imponente en sus quinientos años, lo primero que hizo la recepcionista fue asignarme la habitación Chile y de paso una compañera de cuarto entre todos aquéllos a quienes no conocía más que en las clases, de manera superficial y siempre políticamente correcta.

Se trataba de Renée, una abogada del Ministerio de Obras Públicas, a quien siempre encontré distante y con un aire melancólico nada interesante. Pero estábamos de viaje, y aunque era de estudios, pensé que podría dar alguna sorpresa.

Y no me equivoqué.

La primera noche abrió su maleta y sacó una botella de Chivas cuyo dorado resplandor osciló con su paso rápido. Bebimos, comimos queso manchego y conversamos animadamente, y después de unas horas, ya se había generado una corriente simpática que nos hizo pensar en cómo era posible que no nos hubiésemos conocido más en esos tres años.

Al calor de una copa entramos sin pudor en el plano de las confidencias y me confesó que había terminado una relación de un año con un colega que aún no podía superar. Por eso vino, aunque no estaba en trance de tesis, porque sabía que C.K también había salido de Chile rumbo a España.

—¿Le has escrito alguna vez una carta de amor? —le pregunté.

Ella me miró extrañada, como si le hablara de algo insólito, seguramente le pareció anacrónico escribir una carta de amor en tiempos de los mass media.

—Tú sabes que yo escribo y tengo cierta habilidad para eso. Bien, te propongo poner mi pluma al servicio de tu historia —dije, levantándome teatralmente mientras apuraba un sorbo de agüita de Escocia.

Así fue como esa noche hicimos una alianza que comenzó con la primera carta que ella envió desde un locutorio al correo electrónico al que únicamente había escrito por razones de trabajo.

“C: estoy en España desde hace unos días y veo que la realidad abre paso a los sueños, sustancia de la que está hecha la vida para navegantes y viajeros. Esos sueños se parecen ahora a Alcalá de Henares, con sus tejados medievales por los que pasean las cigüeñas. Cuando las observo noto que al atardecer se duermen, y no puedo dejar de pensar que en sus enormes nidos guardan algo que no alcanzo.

R”

Días después en Toledo, terminamos empapados una caminata frente a la catedral. Celebraban un carnaval, entonces vimos pasar extraños personajes por el lado, mujeres con largos vestidos de encaje negro, mantilla cubriéndoles la cara y guarecidas bajo un solo paraguas negro. Me pareció que venían de otros tiempos en que siempre era posible reír de a dos bajo la lluvia.

“La lluvia en Toledo cae suavemente como queriendo no hacer daño a las iglesias, monasterios, grutas, escaleras de piedra y estrechas callejuelas llenas de gente. Caminas por ellas y de pronto llegas a lo alto y cuando recobras el aliento descubres las colinas verde-chiloé llenas de cipreses y no parece real, es como si fuera parte de un cuadro del Greco y estuviéramos allí sólo para comprobar que no existimos realmente si no es dentro de ese cuadro.

Tú debieras estar allí, para mostrar la eternidad a los amigos del Conde de Orgaz.

R”

Antes de volver a Chile, decidimos ir a Barcelona y nos internamos por los laberintos trasnochados del Barrio Gótico mezclados entre ríos de gente buscando el vino de la casa, y mientras devorábamos raciones de patatas bravas, concluimos que en España la gente se divierte comiendo, bebiendo vino, y sobre todo hablando. Recordamos con nostalgia que en Chile de noche, más que comer y hablar, se baila, justo lo que Renée necesitaba esa noche para exorcizar demonios de corbatas grises.

“Barcelona se me antoja como una moderna y sofisticada Babel. Lo que menos se escucha es castellano. Suena tan dulce el catalán en sus bocas, voz en off con las demás lenguas, guturales, ásperas, espesas articuladas por los miles de turistas e inmigrantes. Me siento lejos, más lejos de lo que alguna vez imaginé de la neurótica parquedad de Santiago. Se siente bien estar aquí...”.

Así, mientras de día cubría espacios académicos y turísticos, de noche escribía cartas para un sujeto que nunca vi, cartas que Renée despachaba puntualmente cada día y cada vez más olvidada de por qué lo hacía. En esos días ocurrió también que dimos en descubrir que mientras avanzaba la noche, eran más abordables las personas y la ciudad. Imaginábamos la caída de las máscaras sólo para ver de verdad, y en esa tarea nos exponíamos también nosotras.

“C: En la Barceloneta el mar está muy cerca, creo que me duermo escuchando cómo se bate en retirada para luego volver a mi almohada, mientras sueño algo que llena con su aroma exasperante la inmensa noche de España.

R”

A esas cartas siguieron todas las que escribí para ella en Madrid, Barcelona y la última, enviada desde el locutorio de la residencia de la Universidad de Valencia. Cartas escritas como si fueran para un hombre capaz de inspirarme el deseo de hacer de la experiencia magia en las palabras; cartas escritas secretamente por mí, para que Renée las firmara.

“C: Seguramente sabes que Valencia está en la costa de Levante, zona también llamada Costa del Azahar, el olor que desprende la flor del naranjo. Creo que también le llaman Costa de la Luz, porque está en el Levante español, donde dicen que son más bellos los amaneceres. Si a esto le añades que está en el Mediterráneo, donde el mar es azul intenso, puedo decirte que estoy en el lugar más.

Te cuento esto, porque creo que es la influencia de ese mar la que dio origen a la cultura latina que nos define a ti y a mí, no sólo en los rasgos físicos, sino en la forma de ser y de hacer.

‘Exprimiendo y forzando’ más el argumento, podría decir que es lo que hace que después de estar un montón de horas escribiendo mi tesis, con una Coca Cola al lado, me apetezca contarte estas cosas.

También puede ser, simple y llanamente, un deseo de averiguar hasta dónde se puede llegar a distancia, en el empeño de conocer a un hombre como tú.

R”

Sin embargo, estoy en este hostal en Madrid, sola. Nuestra incipiente amistad colapsó entre bibliotecas, cansancio y la obligada cercanía entre dos personas extrañas y complejas que las circunstancias unen.

—Arréglatelas como puedas —fueron sus palabras antes de cerrar la puerta.

Y así fue, llegué como pude a Barajas, me senté sobre el carrito con mi maleta y me dispuse a leer un ejemplar de El País del día anterior. De pronto un hombre me preguntó si viajaba a Santiago, contesté afirmativamente y comenzamos a hablar mientras las horas pasaban sin darnos cuenta.

—Me encanta como hablas, tus palabras tienen el color del agua en el Levante, ya que estamos en España —dijo sonriendo, y yo, medio distraída con sus ojos, me pregunté: ¿Dónde he oído eso antes?

Él viajaba a Chile en otro vuelo, y al despedirnos escribió mi correo electrónico en una tarjeta y me entregó otra con su nombre y correo anunciando que me escribiría para que nos reuniéramos en Santiago.

—Escríbeme —me pidió, antes de dirigirse a la sala de embarque.

Mientras desaparecía, y antes de guardar la tarjeta en el bolsillo, la miré y leí:

Ministerio de Obras Públicas
Christian Klaussen
Abogado

—Dios... en menudo lío me he metido —no pude menos que exclamar en voz alta, mientras veía a Renée y a los otros acercándose por el pasillo del aeropuerto.