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Mujeres muertas de amor
Extractos

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La mano en el bosque

1

Lucas Malerba, estudiante universitario y destacado atleta, encontró la mano mutilada cubierta de moscas en el bosque de sus ejercicios sexuales la tarde del 13 de noviembre de 1997. Por supuesto, no era la primera vez que recorría el bosque con la amiga de turno. Lo conocía a profundidad, casi árbol por árbol, hasta los rincones más secretos, donde no llegaba la curiosidad de los niños que burlaban la escuela, e incluso lo había recorrido alguna noche desnudo y sin extraviarse, y pretendía el mismo conocimiento con la hija del doctor Malaver. Habían bailado un par de veces en El Decamerón, habían visto solos una película que la hizo llorar, y apenas se habían tocado. “Las parejas que atraviesan el bosque de la mano, quedan encantadas”, dijo Lucas medio en broma, medio en serio. Ella le ofreció la mano y él la guió hacia uno de esos lugares secretos. Acababan de recostarse y encender un tabaco de marihuana cuando descubrieron la mano mutilada entre los tréboles. La hija del doctor Malaver se desmayó y Lucas tuvo ante sí dos tareas: despertar a la muchacha y entregar la mano a la policía. Por suerte no la habían destrozado los perros ni la habían devorado las hormigas. De pronto, Lucas supo que la mano podía esperar y ni siquiera espantó las moscas. La mano no tenía a dónde ir, entre otras cosas: ningún saludo pendiente, ningún adiós, ninguna partida de naipes. Una mano de hombre con una uña pintada. Lucas fumó el tabaco despacio, regocijado, hasta quemarse los dedos, como dándole tiempo a la muchacha para que despertara por su propia cuenta. ¿Cuántos cuerpos había tocado esa mano, cuántos billetes, cuántas copas de vino? ¿Cuántos sexos húmedos, cuántas lágrimas, cuántos pies tibios? Y ahora, sólo una mano muerta, un desperdicio. Después de la última chupada y excitado por el lujurioso pasado de la mano, Lucas acarició el rostro de la bella durmiente, se atrevió a besarla, le separó los labios con la lengua y hasta la consagró con un trébol en la frente. “Soy un sapo, mi reina de tréboles”, dijo con voz ronca. “Vas a desencantarme”. Bajó a su cuello y, una vez abierto el cierre de la chaqueta, a sus senos. Mordisqueó los pezones dormidos y luego recorrió con la lengua un vientre pálido, suave y salado, y se extasió ante la profundidad del ombligo. Citó un verso de Neruda: “Soy más pequeño que un insecto”. Estrechándose, aplanándose, la araña de su mano penetró en el más bello y profundo de los bosques, de breves, suaves y bien pulidos árboles, y exploró la fuente de los deseos. Luego, con la garganta seca, Lucas Malerba deslizó el pantalón y los calzones por debajo de las nalgas mientras la muchacha realizaba un movimiento cómplice. Lucas descubrió y separó los muslos, y luego la hizo suya, y la muchacha despertó toda empapada, gritando de pasión. En fin, llevaron la mano a la estación envuelta en un pañuelo, y un policía con cara de palo registró la información. “¿Qué hacían ustedes en el bosque?”, preguntó el policía. “Caminar”, dijo la muchacha. A pregunta idiota, respuesta ídem. Después de la penosa diligencia, se detuvieron en una heladería y, cuando Lucas quiso saber si se había desmayado de verdad, ella dijo con cierto placer: “¿Estás desencantado, lobo feroz?”. Lamió con regocijo el helado de chocolate y añadió: “¿Para qué llevan las niñas al bosque?”.

 

2

La mano fue depositada en un frasco de alcohol mientras se encontraba a su dueño. Alguien la fotografió a escondidas. La historia de la mano, cada vez más disparatada, hechizó a los lectores de la página roja durante tres días. El nombre de la hija del doctor Malaver fue sabiamente escamoteado mientras la mala reputación del atleta corrió a mil por hora pero no en su contra. Las muchachas lo buscaban para que les contara con pelos y señales la historia de la mano y se excitaban como locas en el sitio del hallazgo. “¿Qué hacen las niñas con una mano en el bosque?”, bromeaban. Sobra decir que el dueño de la mano nunca fue encontrado y el misterio de la uña pintada se conservó para siempre. Mucho tiempo después un teniente borracho cambió el alcohol por ron. La mano se descompuso y fue arrojada a la basura.

 

3

La hija del doctor Malaver prefirió gritar en otros lugares: una pensión, el apartamento de un amigo, un auto. Su vientre se hinchó de tantos gritos. Lucas Malerba, con razón, no se hizo responsable. últimamente la muchacha gritaba con quien fuera y donde fuera. Hasta se dijo que entretuvo con su lengua a dos negros debajo de una mesa en La Gata Coja. Cosas así se murmuraban en las paredes y los baños públicos. Alguien le oyó a la hija del doctor Malaver la historia de una mano peluda que la asustaba por las noches. La pobre amanecía con los pelos en la boca. Escupía, vomitaba, maldecía. En su honor se compuso una canción obscena sobre los placeres de la mano. El doctor Malaver hizo borrar de las paredes los letreros que la hicieron famosa y la envió de vacaciones a Cartagena, donde su ansiedad no encontró alivio. Según se supo, diversas manos la enloquecieron. Después del parto, la encontraron desnuda en la playa, con su dedo pulgar en la boca. No recordaba ni su propio nombre.

 

4

¿Lobo feroz? Lucas Malerba se había sentido en el bosque como un sapo encantado, como un insecto, como una araña tal vez, pero nunca como un lobo. Olvidó sin dificultad a la hija del doctor Malaver con una estudiante de matemáticas que lo acompañaba acezante por el bosque de sus ejercicios. Si se rezagaba, la veía como una oveja a punto de perder su lana, y si se adelantaba, como una perra en celo, mientras él sólo era otro de los tristes animales del deseo.

 

Astilla

La mujer timbró una sola vez y casi de inmediato la muchacha se asomó por la ventana del segundo piso.

—Diga.

—¿Elisa?

—Sí.

—Vengo a hablar con usted —dijo la mujer.

—¿Qué se le ofrece?

—Sobre Humberto —dijo la mujer.

La muchacha cerró la ventana. La mujer pensó que no la vería más aunque insistiera con el timbre durante el resto del día. Casi en seguida la oyó descender las escaleras. O le pareció. Oyó que alguien giraba el seguro y apretó el bolso contra su cuerpo. Y entonces la vio, desde los pies en pantuflas hasta su cara morena, sus cabellos breves y negros, sus ojos grandes, su boca grande, su nariz fina. Una belleza a pesar de la palidez del susto. “Usted me disculpará la molestia”, dijo la mujer. Cuando la muchacha la invitó a seguir, la mujer apreció su cintura de avispa, su culito parado, sus piernas brillantes. No esperaba menos: una pequeña y bien moldeada belleza. Subieron las escaleras. Atravesaron una sala que servía de comedor y cocina, y entraron a un pequeño cuarto de estudiante. La mujer se identificó como la esposa de Humberto.

—Lo adiviné al verla —reconoció la muchacha—. Pero no sabía que usted existía. Se lo juro, señora. Siéntese, por favor.

La mujer depositó el bolso en la mesa y se sentó en la única silla del cuarto. Se había maquillado y vestido con esmero, sin exageraciones, se había juzgado sin piedad frente al espejo. Más que digna quería verse hermosa, aunque nada podía hacer una mujer de treinta y siete años contra el esplendor de los diecinueve. No podía disimular el maltrato de los años, los bultos que comenzaban a dibujarse bajo los ojos, la dureza de la boca. Supo que acudía al campo de batalla con las armas desgastadas. La muchacha se preguntó con cierto asombro cómo Humberto se había enamorado. Por supuesto, ignoraba que la mujer fue bonita, loca y feliz, y que los años llegan atropellados y desmoronan los sueños.

—La costumbre que tiene Humberto es esperar a que estén bien enamoradas para decírselo.

—¿Bien enamoradas?

—Sí. ¿Usted lo quiere?

La muchacha no respondió. En el cuarto apenas había espacio para la silla y las piernas recogidas, una cama estrecha, un frágil escaparate para la ropa limpia y una cesta de mimbre para la sucia. El televisor del tamaño de una caja de bocadillos, junto al teléfono, la grabadora y la torre de cassettes, algunos libros, papeles, lápices, todo encima de la mesa que servía de escritorio, planchadero y comedor. Afiches de cantantes y actores semidesnudos en las paredes. Y un letrero: Sé feliz y no mires con quién. “¿Café?”, ofreció la muchacha, y la mujer aceptó. Trató de grabar en su mente todos los objetos, hasta que la muchacha regresó con el pocillo. Encima de la mesa, tres lápices de madera gigantescos, con las sabidas frases de amor, adornaban un pocillo de graciosas vacas negras. La mujer saboreó el café, amargo como sus días, y bebió sin mirarla.

—¿Cuándo se conocieron?

—En marzo pero sólo me convenció hace tres meses. Ya sabrá de su insistencia.

—Su lengua es peligrosa.

Ella, la muchacha, lo sabía muy bien. Casi se estremeció al recordarlo. Su lengua. La mujer, por su parte, trató de precisar el tiempo, de limitarlo, de disminuirlo, de menospreciarlo: noventa días. Suficientes, sin embargo, para corromper a una tonta e inexperta muchachita. Ya estaría toda encoñada, ya tragaría tierra por su hombre. Una espina le atravesó el corazón al imaginarla con las piernas abiertas en la estrechez de la cama.

—Lo supe hace como una semana. La demora fue encontrar su casa. Sé mucho de usted, Elisa Durazno. Hace tercer semestre de filosofía, lee en francés, le gusta el teatro. Quiere viajar a Canadá. Sé que dejó un novio por Humberto. Sé que es la hija mayor, que nació en Bogotá pero que vive en Piedecuesta con sus padres y dos hermanos. ¿Su mamá se llama Teresa?

—¿Tienen hijos?

—Tres. Todos suyos. Él sabe con precisión el momento en que los concebimos.

—¿Enamoradas? ¿Han caído muchas?

—Usted no es la primera. Le traje unas fotos.

La mujer enseñó fotos de todas las épocas del hombre, con distintas mujeres, a veces las mujeres solas, casi siempre ligeras de ropas.

—No traje las vulgares —explicó la mujer—. Le gustan las cosas raras. Una vez me empujó a una iglesia con el propósito de violarme en uno de los confesionarios. No me pareció decente y le arañé la cara. Esa misma noche se emborrachó y me pegó por primera vez. Cuídese, le digo. Puede que no le pegue pero no tardará en compartirla con sus amigos. ¿A usted ya la fotografió?

—No sabía de su mala fama —dijo la muchacha—. No sabía que fueran tantas. ¿Por qué no lo deja?

—Eso venía a pedirle —dijo la mujer—. No le conviene. Tiene el futuro por delante.

—¿A usted le conviene?

—Es mi marido. Ya estoy acostumbrada. Pasado mañana será otra.

—No debió molestarse entonces. Si pasado mañana será otra significa que me dejará pronto. Déjelo usted, señora. Usted es bonita. Puede conseguirse a alguien.

—Soy mujer de un solo hombre, a la antigua, y una, como mujer, tiene sus necesidades. Usted me entiende. Las muchachas de ahora cambian de amante como de ropa: de un día para otro. En fin, quería que supiera algunas cosas. No es ningún santo.

—Ninguno lo es. No he conocido muchos pero ninguno lo es, señora.

—Sólo quiere aprovecharse de usted.

—No quiero saber —dijo la muchacha—. No quiero ser grosera pero no quiero oír más cosas.

—Está en su derecho. Con permiso.

—La acompaño a la puerta.

—Gracias.

No dijeron nada mientras descendían las escaleras.

—Olvidé el bolso —dijo la mujer.

—Voy a traérselo.

—No se preocupe —dijo la mujer y corrió escaleras arriba.

La muchacha corrió tras ella y la encontró sentada en la cama, chupándose un dedo.

—Me clavé una astilla de la mesa —explicó.

—Déjeme ver.

La muchacha tomó el dedo de la mujer y presionó. Brotó una gota de sangre, luminosa y perfecta. Con un impulso ciego, la muchacha lamió el dedo y dijo:

—Voy por una aguja.

Trajo una aguja del cuarto de Jade y extrajo la astilla. La acarició entre las yemas del pulgar y el índice.

—Tan pequeña y todo el dolor que causa —dijo la mujer.

—No quiero que sufra.

—No es su culpa.

La muchacha dejó caer la astilla en el pocillo de los lápices. Abrió una caja de cartón repleta de marcadores, lápices de colores, frascos de perfume vacíos que coleccionaba por sus formas raras, y separó la botella del alcohol. Empapó un trozo de algodón y lo restregó en la herida. Por un momento, a la luz de la ventana, entretenidas en la curación, se vieron como dos amigas, como dos hermanas, carne de la misma carne y sangre de la misma sangre. La muchacha le ofreció una servilleta.

—Séquese las lágrimas, señora.

La mujer se palpó el rostro con ambas manos y sólo entonces descubrió las lágrimas. Aceptó la servilleta. Se recobró en seguida y dio las gracias. La visita había concluido. Se levantó, tomó el bolso y abandonó el cuarto. Parecía haberse olvidado del dedo cuando llegaron a la puerta.

—Que pase buen día —dijo, con una sonrisa.

—Gracias. Lo mismo.

La muchacha cerró la puerta y subió corriendo las escaleras. Se arrojó sobre la cama y maldijo su puta suerte. Lloró toda la mañana, hasta que sonó el teléfono.

—Ya sabe quién soy —dijo la esposa de Humberto—. Lo pensé mejor. Se lo dejo. Se lo dejo para el resto de su vida. Se lo regalo.

Colgaron.

Entonces Jade abrió la puerta. La muchacha no necesitaba asomarse a la ventana: sólo su amiga tenía otra llave. La puerta se cerró de un golpe y Jade subió las escaleras de prisa. Se desbocó al cuarto de Elisa, arrojó los libros sobre la mesa y soltó la noticia sin preámbulos:

—Mataron a Humberto. Ay, Elisa. Lo apuñalearon en El Danubio Azul.