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“Cuentos españoles”, antología por Domingo Lagh¿Reseñas biográficas o advertencias morales?
Estrategias moralizantes de una editorial católica argentina en la década de 1960

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Hace no mucho, revisando la pequeña aunque selecta biblioteca de mi abuelo ante el pedido explícito de mi abuela de que me llevara todo aquel libro que me interesara conservar, no sólo me reencontré con viejos volúmenes que marcaron mi infancia y mi adolescencia (cuando los días festivos nos reunían en familia en la casa de mis abuelos y uno de mis mayores placeres era observar los añejos lomos y tomar entre mis manos obras que me influenciarían decisivamente), sino que también descubrí algunos títulos que en su momento habían pasado desapercibidos ante mi distraída mirada. Fue así que entre obras completas de Vicente Blasco Ibáñez, selectas aventuras de Jules Verne y panfletos republicanos de la época de la Guerra Civil Española, encontré un librito en octavo que no escondía ningún misterio ni revestía especial interés, pues no era una edición antigua, ni siquiera “cuidada”, y estaba muy lejos de ser una rareza o un “incunable moderno”. Por todo ello, nada me llamó la atención de él en primer lugar. Aun así, me sentí impelido a leerlo.

Se trata, simplemente, de una compilación de cuentos españoles cuyo nombre, como no podía ser de otra manera (de hecho, sí podía), es Cuentos españoles, correspondiente a una colección a cargo de Domingo Lagh (“un auténtico buceador del acontecer literario y profesor experimentado”, según reza una de las solapas interiores), editada por Ediciones Paulinas de Buenos Aires. El volumen en cuestión fue impreso en abril de 1962, y cuenta con una simpática portada “proyectada y realizada por el Prof. Ignacio Corbalán”, según se indica en la otra solapa.

Una vez hube trasladado la mayoría de los libros de mi abuelo a mi casa, la portada de Cuentos españoles y los nombres de Gustavo Adolfo Bécquer y Benito Pérez Galdós encabezando el índice de cuentos seleccionados (sobre un total de doce), me movieron a comenzar su lectura.

Sabiendo que Ediciones Paulinas es una editorial estrictamente católica, y que a comienzos de los años ‘60 había todavía una postura bastante más dura que hoy de la Iglesia en relación a temas de sociedad y arte (el Concilio Vaticano II impulsado por Juan XXIII, que daría comienzo al proceso de aggiornamento de la Iglesia católica, no sería inaugurado hasta octubre de 1962, y aun en este proceso, en varios aspectos truncado, los grupos conservadores locales mantendrían un férreo hermetismo en relación al cambio), no me sorprendió demasiado leer en la primera solapa interna del libro que “los Autores presentados han sido seleccionados con la mayor amplitud de criterio estético (...), salvándose únicamente la moral, que es la primera e inapelable regla de arte”.1

No me entretuve mucho más en ello y me aboqué a leer, primero la “Advertencia preliminar” de Domingo Lagh (en la cual justifica con cierta coherencia la selección —bastante obvia— de autores, que se sitúan entre el siglo XIX y comienzos del XX y que varían entre escritores de reconocimiento nacional y “escritores regionales y por ende un tanto olvidados”, la mayoría de ellos “aficionados a cierta literatura fantástica e histórica” y algunos mejor conocidos por sus novelas),2 y a continuación me dispuse a leer los magníficos cuentos seleccionados.

Sin embargo, no fueron los cuentos en sí lo que me llamó la atención de la edición que tenía entre mis manos, sino las pequeñas biografías que reposan bajo el nombre de cada autor al comienzo de los sucesivos cuentos. En efecto, lo que resalta en ellas es una fuerte bajada de línea de la editorial que parece haber sido realizada con posterioridad a la selección de los textos y ante la inevitabilidad de aceptar dicha selección. Como veremos más adelante, las biografías parecen cumplir una función aleccionadora dirigida al público católico con el objetivo de dejar en claro qué autores verdaderamente valen la pena en función de su cercanía a la doctrina y la moral cristianas, y quiénes merecen ser olvidados por alejarse y oponerse al catolicismo conservador y por cultivar, por ejemplo, el naturalismo en literatura.

El primer cuento es una pieza magistral y aterradora de Gustavo Adolfo Bécquer: “El miserere”. La primera imagen que nos ofrece el relato es la de una célebre (y antigua) abadía en cuya olvidada biblioteca se esconden unos misteriosos cuadernos de música. La biografía que acompaña al cuento es más bien moderada aun a pesar de que en buena parte de la obra de Bécquer se trasluce una “tibia fe”3 que nada tiene que ver con la fuerte convicción católica que mueve a Ediciones Paulinas. A pesar de esto, pues, a Bécquer no se lo difama y de hecho se rescata particularmente la “tonalidad poética” de su prosa y su “renovación de la lírica española”.

Un poco menos “neutral” es la biografía de Benito Pérez Galdós, de quien se seleccionó “El asno y el buey”,4 relato que recupera, más que el espíritu, el clima social de la Navidad para contraponer realidad e imaginación y desplegar juntos el drama de la muerte y de la incomprensión humana, y la inocencia ascendida a estatus angelical. Luego de repasar las obras más importantes de Galdós y de equivocar el año de su nacimiento (“1845” en vez de 1843), el “biógrafo” (si se me permite el uso algo laxo del término) menciona su adscripción al liberalismo, pero con un énfasis significativo: “Era liberal y anticatólico a ultranza y sus novelas son novelas ‘de tesis’ en su lucha de descristianización”.5 Hasta aquí, aunque absolutiza y extrema afirmaciones que hacen de todas las novelas de Galdós novelas de tesis, no le falta demasiada razón al autor de la biografía. Luego agrega: “Hasta en ‘Marianela’, novelita tan simpática y poética, se ha de ver también uno de los procedimientos de la técnica de izquierda, consistente en presentar como extremadamente simpáticos y progresistas a los personajes no creyentes y como odiosos a los católicos”. Si bien estas afirmaciones pueden ser encontradas hoy en varios fragmentos biográficos sobre Galdós, el énfasis del biógrafo es llamativo, como también lo es el hecho de que no hable de liberales y progresistas versus conservadores y tradicionalistas, sino de “no creyentes” (es decir, paganos) presentados como extremadamente progresistas y de los “católicos” presentados como odiosos.

La biografía, entonces, parece cumplir más la función de “advertencia” sobre el autor que de contextualización, destacando que el cuento seleccionado es algo de lo que puede rescatarse de un autor que en esencia es anticatólico y, por ende, su obra es poco fiable. Es por eso que en la biografía se sostiene que “ya ha pasado el gran auge de Pérez Galdós”, aunque reconoce que aun así queda “mucho de bueno en recoger en su vasta obra”.

A continuación se desglosan unos capítulos de un libro de narraciones infantiles de un novelista poco recordado, nacido en Jaén hacia 1888 y que cuando se editó la selección de Ediciones Paulinas, era considerado un autor de la actualidad: Juan Aguilar Catena. La narración, “Un alumno difícil”, plantea una técnica de aprendizaje que un maestro ejerce sobre un educando ricachón y caprichoso que se resiste a obedecer órdenes. El principio que esgrimen el maestro y el autor es que la enseñanza es un tipo de transacción, que para recibir siempre se tiene que dar algo a cambio. Con este criterio llevado al extremo, el maestro mantiene una muy estricta relación de “intercambio” con el educando, a quien le niega, por ejemplo, una silla donde sentarse, agua y pan hasta tanto éste no lo trate con respeto y cumpla las órdenes y tareas impuestas (entre ellas, memorizar las tablas de multiplicar y rezar). Éste es, de acuerdo con el biógrafo, “un notable caso de pedagogía”.

El siguiente texto es una hermosa pieza del brillante escritor Antonio de Trueba, titulada “Jaun-Zuria” y que relata con maestría y vitalidad poética la historia del legendario primer señor de Vizcaya. La biografía nos dice con orgullo que Antón, el de los Cantares “fue católico a macha martillo”, que fue “un paisajista tierno”, y, siguiendo a Ángel Valbuena Prat, que “a pesar de la gloria que se adjudican para sí los escritores de la generación del 98, hay que señalar en Trueba ‘el primer descubrimiento consciente del paisaje de Castilla’ ”, afirmaciones que nada tienen de disparatado pero que resaltan cierto interés por remarcar las virtudes del escritor católico por sobre los autores más ligados a la crítica desde posiciones de izquierda (la generación del ‘98).

“La batalla de los cueros” es el siguiente cuento, y su autor es el jesuita Luis Coloma, de quien no se hacen demasiados comentarios: una breve referencia a sus obras exitosas, su paso por la política hasta “hacerse sacerdote y jesuita”, su afición por la historia novelada y los cuadros de época y, por supuesto, el carácter moralizador de algunos de sus relatos. Si bien los escritos de Coloma son de una inapreciable calidad, y es ciertamente positivo que una editorial haya decidido (como tantas otras) incluirlo en una compilación de cuentos, no deja de ser significativo que una de las más llamativas características de este autor natural de Jerez de la Frontera, sea su fuerte tendencia a hacer de sus relatos, manifiestos moralizantes.6 Pues si bien es digno de reconocer que Coloma fue un naturalista (siendo el naturalismo el estilo artístico nacido en Francia de la pluma de Émile Zola y que se proponía retratar la realidad social objetivamente en todas sus dimensiones, y que en España caló hondo entre los grupos republicanos y anticatólicos), tampoco hay que olvidar que por sobre todo fue un naturalista “cristiano” (vertiente del naturalismo que prescindía del principio ateísta y que mantenía una ideología conservadora). Significativamente, el relato seleccionado narra la historia de la defensa del “Jerez cristiano y caballeresco” de la “morisma” en el siglo XIV, centrándose en lo que se llamó la “batalla de los cueros”, en la cual la victoria cristiana fue asegurada por “el socorro de María Santísima de las Mercedes”.

La biografía más interesante es, sin ninguna duda, la que toca a Jacinto Octavio Picón, autor naturalista (del naturalismo llamado “radical”) cuyos méritos literarios hoy en día pocos cuestionan. El cuento seleccionado es “La amenaza”, la historia de un obrero que sufre un accidente en la fábrica donde trabaja y pierde el brazo derecho, ante lo cual los directivos de la empresa no se responsabilizan y el obrero, sin esperanzas de conseguir otro empleo dada su nueva condición de manco, se reúne con sus antiguos compañeros y juntos debaten qué hacer: reclamos, huelga, acción directa. Hasta que el obrero lastimado toma una determinación: decide pasar sus días y sus noches pidiendo limosna en la puerta de la lujosa casa del dueño de la fábrica con un cartel colgado al cuello que reza: “Inutilizado en la fábrica de Don Martín Peñalva”. “Allí está cuando el rico, nuevo señor del feudalismo moderno, sale a sus placeres y a sus agios; cuando su esposa vuelve de rezar, y cuando sus hijas van a saraos envueltas en primorosas galas”. Y concluye: “Aquel mendigo en la puerta de aquel palacio, es una ofrenta (sic) viva... Y es también una tremenda profecía. La mano con que pide, parece que amenaza”. La contundencia de las palabras y la maestría con que a lo largo del relato presenta un cuadro sombríamente realista de la situación en las fábricas de fines del siglo XIX, parecen no convencer del todo, sin embargo, al biógrafo de nuestra compilación. De acuerdo con él, Picón es “atildado académico en la frase, superficial en los conceptos y en la ejecución. Autor frívolo, de los que nada se pierde con olvidarlos”. Afortunadamente, Picón no fue olvidado (del todo).7

El biógrafo, hay que reconocerlo, fue contundente también; sin embargo, la crítica parece exceder el plano literario y desviar su atención hacia el pensamiento disruptivo de Picón. Muy ligado a ello está el rechazo que emerge desde las entrañas mismas del catolicismo contra las tendencias naturalistas en arte, el cual condujo a nuestro biógrafo a arremeter contra todo signo de naturalismo a la manera de Émile Zola, algo que queda patente en la biografía de Picón, pero más aun en la siguiente, la de Emilia Pardo Bazán.

De esta reconocida escritora fue seleccionado un breve relato moralizador (“Desde allá”) sobre dos hermanos mellizos que, en lugar de pelearse por la herencia de su difunto padre, deciden compartirla fraternalmente.

Se suele considerar a la literatura de Pardo Bazán como una versión cristiana del naturalismo que busca analizar la realidad social y sus conflictos. Y el biógrafo, si bien trata a la autora con cierto desdén en esta inclinación, mantiene un respeto religioso por su filiación cristiana. Sostiene que es una lástima que haya seguido a la escuela del naturalismo francés, “más chocante en ella por tratarse de una mujer”, sentencia que nos advierte cierta idea católica tradicional de lo femenino como aquello que debe refugiarse en el hogar cristiano y debe cultivar “la obediencia, la discreción, la decencia, el orden” y la maternidad8 (idea que en aquel entonces era bastante más común, aunque en los sectores católicos más conservadores de la actualidad sigue bastante vigente), e imagina que “desprovista de la fe católica hubiera sido una Francoise Sagan cualquiera”, donde esta escritora francesa, famosa por su espíritu rebelde y libertino, la liga de rebote. Pero el biógrafo decide ser más explícito y nos advierte que “eso lo decimos como una mera nota erudita de carácter retrospectivo”, porque “¿qué es el naturalismo de Zola de entonces, si se lo compara con la pornografía, no digamos del cine actual, sino de los más celebrados novelistas de hoy?”. Esta anticuada visión del erotismo literario y cinematográfico del siglo XX como “pornografía”, que se corresponde bastante bien con el uso que se hace actualmente del término en algunas conciencias sexualmente reprimidas del catolicismo ultraconservador, es probablemente lo que llevó al biógrafo a concluir que “lo peor del caso es que éstos no escriben siquiera con una intención moralizadora, sino simplemente para sentirse más cómodos en su especialidad... para escribir de lo que saben y reírse del público con más ganas”.

También Juan Valera, famoso entre otras cosas por su escepticismo en materia religiosa y por su concepto del arte por el arte, es víctima de los azotes del cruel biógrafo, en la pequeña biografía que acompaña a su famoso cuento “El caballero del azor”, el cual narra la historia del legendario personaje medieval Bernardo del Carpio.9

De Valera, considerado habitualmente como el prosista español más acabado del siglo XIX y cuyo interés se alejó del realismo en pro de una literatura “esteticista”, la biografía nos dice con ironía que “como académico fue clásico; como católico, volteriano; como escritor, aristocrático; como filósofo, psicólogo y como psicólogo, filósofo. Vale decir que todo se reducía a un vasto, sofisticado y agudo dilettantismo”. Cuando le toca referirse a la obra más conocida de Valera, “Pepita Jiménez”, con un desprecio malhumorado y aires de escándalo sostiene que “es la historia (¿suya?) de un seminarista cuya vocación se pierde ante la cara y las razones de la primera mujer que topa: todo muy poéticamente triste y tristemente poético, porque es la autodefensa del propio autor a través de sus muñecos imaginarios”.10

A diferencia de Picón, a quien en compensación por las duras palabras el biógrafo le regaló un año de vida (declarando que murió en 1924, cuando en realidad Picón murió en 1923), con Valera la saña parece ser tal que el “biógrafo” decidió incluso quitarle tres años de vida, indicando que nació en 1827 (y no en 1824) y que murió a los 78 años.

Luego de tan frenética embestida, el biógrafo se toma un descanso y, relajado, pasa a hablar maravillas del siguiente autor de la selección: Ricardo León (nacido en Barcelona en 1877 y muerto, aunque el biógrafo sostiene que en 1944, en 1943). León fue un defensor incondicional del catolicismo conservador, y sus obras son una fuerte reacción contra el naturalismo. Llamativamente, en su pequeña biografía sólo encontramos oraciones como la que sigue: “Poseyó el raro talento de expresar el paisaje y las inquietudes modernas en el lenguaje engolado del siglo de oro español”. El criterio empleado para juzgar su obra (de la cual se seleccionó “Los tres reyes de Oriente”) queda explicitado en la siguiente frase: “Como novelista, sus libros (...), van aumentando en fervor de fe y consistencia de ideario católico”. Para el biógrafo todo lo que escribió Ricardo León es “bueno” y “apreciado”.

Del sacerdote sevillano Juan Muñoz y Pavón (que en la primera página del cuento se convierte en Muños), no dice mucho; tan sólo se enumeran algunas de sus obras y se destaca “el precioso: ‘Romancero del Niño de Nazareth’ ”, y se nos advierte sobre lo dificultosa que puede resultar la lectura del cuento seleccionado, “Propósito de enmienda”, dado que su grafía “imita ‘ad pedem litterae’ la manera popular del decir andaluz”.

Los últimos dos cuentos corresponden a Eusebio Blasco (“La absolución”, que, como el apellido de Muñoz, sufre una ligera transformación en la primera página del cuento y deviene “La solución”) y a Pedro Antonio de Alarcón (“La buenaventura”). Del primero no se dice prácticamente nada; quizás su convicción católica queda lo suficientemente manifestada en el relato seleccionado, el cual narra la historia de una mujer licenciosa que, cansada de una vida inmoral, decide tomar los hábitos y hacerse monja, situación ideal que podría haber determinado a la editorial a titular erróneamente el cuento como “La solución”.11 Sin embargo, del segundo lo primero que se menciona además de su nacimiento en Guadix, Andalucía, en 1833, es que “su conversión al fervor y práctica del catolicismo data de 1866”, luego de llevar una vida “como revolucionario desde el periodismo y demagogo frenético” (lo que algunos críticos llaman sencillamente una “posición anticlerical”). El biógrafo lo considera “uno de los grandes maestros de la narrativa española” y no teme admitir que es un “puente entre el romanticismo un tanto pasado de moda entonces, y un castizo realismo”. Aunque evidentemente es el último Pedro Antonio de Alarcón el que simpatiza al biógrafo, aquel que en el discurso por su ingreso en la Real Academia Española en 1875 habló extendidamente sobre “La moral en el arte”, el cuento seleccionado corresponde a la faceta anterior, pues fue publicado originalmente en 1853. Como cualquiera podría a esta altura suponer, en la biografía no se pierde ocasión de nombrar a la novela “El escándalo”, la cual no sólo es la más famosa de Alarcón, sino también la que más evidentemente entrelaza la cuestión religiosa y la cuestión social, siendo al decir de muchos críticos una “obra antinaturalista y de tesis”, razón por la cual en su momento se la criticó “juzgándola una novela clerical”.12 Un cuento de este autor es entonces, sin ninguna duda, el broche de oro ideal para un libro como el que nos ocupó. Y el ejemplo de esta última biografía sirve perfectamente para remarcar el fuerte contraste que se percibe en dicho volumen entre las reseñas biográficas de los autores naturalistas y anticatólicos, y aquellas correspondientes a los escritores clericales y conservadores, y por ende para dar conclusión a este pequeño artículo.

 

Notas

  1. Los subrayados son míos.
  2. Domingo Lagh (comp.), Cuentos españoles, Buenos Aires, Ediciones Paulinas, 1962, p. 5.
  3. Russell P. Sebold, “Gustavo Adolfo Bécquer. Apuntes caracterológicos”, en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2006.
  4. Tal es el título escogido por los encargados de la edición que nos ocupa, aunque el título original de la pieza es “La mula y el buey”.
  5. De aquí en adelante, todos los subrayados dentro de las citas de las biografías discutidas son míos.
  6. Véase José López Romero, “Jerez y Coloma”, en Centro de Estudios Históricos Jerezanos.
  7. Rubén Darío escribió sobre una obra de Picón: “Para mí, y para todo el que tenga el gusto de lo humano y de lo pulcro, aparece como el más preciado fruto de su árbol literario esa ‘Dulce y sabrosa’, manzana de Garcilaso, novela de maestro, figuración llena de vida y hechizo” (Rubén Darío, Los raros — Cabezas (pequeñas biografías), Madrid, Aguilar, 1945; cit. en Francisco Arias Solís, “Jacinto Octavio Picón”, noviembre 2006). Agradezco a Francisco Arias Solís el haberme facilitado cordialmente este dato.
  8. Verónica Giménez Béliveau, “La imagen de la mujer en las comunidades católicas: entre la tradición y el cambio”, ponencia presentada en el 3r Congreso Virtual de Antropología y Arqueología NAyA 2002, octubre 2002.
  9. Véase Remedios Sánchez García, “ ‘El Caballero del Azor’ de Juan Valera, modelo válido de literatura juvenil decimonónica”, en Elvira: Revista de Estudios Filológicos, núm. 7, 2003, pp. 29-37 (reproducido en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2007).
  10. Llama la atención que en esta biografía, prácticamente se lo “acusa” a Valera de estar contando en “Pepita Jiménez” su propia vida, lo cual lo convertiría no sólo en el autor de una obra inmoral, sino en una persona inmoral. Sin embargo, y a pesar de que Valera cursó estudios en el Seminario Conciliar de Málaga (específicamente, estudios de filosofía) entre 1837 y 1840, no hay motivos para suponer que la historia presentada en “Pepita Jiménez” sea autobiográfica, mucho menos una “autodefensa” del autor. Véase Pedro Romero Mendoza, Don Juan Valera (estudio biográfico-crítico, con notas), Madrid, Ediciones Españolas, 1940.
  11. Ésta sería, en aproximación, la situación inversa a la que al biógrafo le interesa (pero en ese caso para despreciarla) de la historia de “Pepita Jiménez”.
  12. José Antonio Molero, “Pedro Antonio de Alarcón”, en Gibralfaro. Revista de creación literaria y humanidades, año V, número 43, septiembre 2006.