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Efraín BarqueroEfraín Barquero
La piedra del pueblo para el Premio Nacional de Literatura

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A ver, detengámonos un momento: ¿desde hace cuánto que no es de poesía de lo que hablamos, sino de política y compadrazgos? Si este acuerdo tácito de premiar cada cuatro años a algún vate debe cumplirse este año, ¿no es Efraín Barquero el máximo poeta chileno vivo después de Nicanor Parra y Gonzalo Rojas?

Si el funesto adjetivo “máximo” se aplicase a extensión de obra, sus más de quince libros de poesía madura avalarían mi afirmación. Ahora, si el que ya me parece exiguo adjetivo de “máximo” se aplicase a calidad, podría remitirme a cuatro o cinco libros capitales de Barquero: La piedra del pueblo (con prólogo de Pablo Neruda, 1954), La compañera (1956), Enjambre (Premio Gabriela Mistral, 1959), El viento de los reinos (1967) y La mesa de la Tierra (Premio Municipal de Literatura de Santiago, 1998).

A ver, los partidarios de otro candidato al galardón, deténganse un momento, calmen los ánimos, vamos a poner las cartas sobre la letra.

 

La piedra del pueblo (1954)

Ya algunos críticos del siglo pasado (Hernán del Solar, Jaime Concha, Naín Nómez) insistieron acerca de las sustancias elementales de la poesía de Barquero: la tierra y el fuego. Tales críticos, a mi parecer turbados por la cotidianidad del par, del portento que se desarrolla en el mismo plano generacional, no han percibido la sabiduría de Barquero para transformar cualquier elemento como el pan, “(...) la historia del pan, la triste historia del pan, / pero el dueño de la hamaca lo muerde con despreocupación, / el invitado de honor lo parte con desgano, / y el niño consentido lo pide en forma de juguete”, o la piedra, “(...) nuestra única arma / con una mezcla de sangraza y de llanto. / La dulce piedra de las construcciones”, o el mimbre, “Mimbrero, sentémonos aquí en la calle, / y armemos con tus hilos blancos y con mis hilos azules / los esenciales artefactos de uso diario: / la paz, la mesa, la poesía, la cuna”, en materia trascendental de la experiencia humana. Además, lejos de toda métrica heredada, la forma característica de casi la totalidad de su obra le da un tono personalísimo.

 

La compañera (1956)

Cualquier exégesis acerca del conjunto de poemas que componen este libro nos remite inexcusablemente a citar —sin mutilaciones— el poema que da nombre al libro y que es, sin duda, uno de los más bellos poemas de amor de la lengua española, “La compañera”:

Así es mi compañera.
La he tomado de entre los rostros pobres
con su pureza de madera sin pintar,
y sin preguntar por sus padres
porque es joven, y la juventud es eterna;
sin averiguar dónde vive
porque es sana, y la salud es infinita como el agua,
y sin saber cuál es su nombre
porque es bella, y la belleza no ha sido bautizada.
Es como las demás muchachas
que se miran con apuro en el espejo trizado de la aurora
antes de ir a sus faenas. Así es,
y yo no sé si es más bella o más fea que las otras,
si el vestido de fiesta le queda mal
o la ternura equivoca a menudo sus palabras,
yo no sé,
pero sé que es laboriosa.
Como los árboles,
teje ella misma sus vestidos,
y se los pone con la naturalidad del azahar,
como si los hiciera de su propia substancia,
sin preguntarle a nadie, como la tierra,
sin probárselos antes, como el sol,
sin demorarse mucho, como el agua.
Es una niña del pueblo,
y se parece a su calle en un día de trabajo
con sus caderas grandes como las artesas o las cunas,
así es, y es más dulce todavía,
como agregar más pan a su estatura,
más carbón a sus ojos ardientes,
más uva a su ruidosa alegría.

Enjambre (Premio Gabriela Mistral, 1959)

Desde el título el autor nos remite a la raíz del hombre, la familia, que como en el rito de la abeja se agazapa para producir la miel de los signos característicos de cada clan, que se endulzan con los años:

...
Mi abuela era la rama curvada por los nacimientos.
Era el rostro de la casa sentado en la cocina.
Era el olor del pan y la manzana guardada.
Era la mano del romero y la voz del conjuro.
....
Quince hijos dormían con sus sueños de águila.

(De La miel heredada)

Completan el cuadro “Granero”, “La tierra sola”, “Detrás de junio”, “Fogón”, “Tierras de Piedra Blanca”, “Las manos del barro”, “Inclinación del crepúsculo”, por citar algunos de estos instrumentos del autor para resonar con lo mejor de su infancia en el oído de las generaciones posteriores.

 

El viento de los reinos (1967)

Alguien podría imprecar la connotación provinciana de los versos de Barquero. Si se duda de la universalidad de su voz, este libro reúne las experiencias del autor en Oriente Medio y particularmente en China: “Extranjero, detente en mis murallas / contengo tantos muertos que entera soy de cal y espinas / mi tempestad será de cenizas extinguidas hace siglos / te quemaré como al caballo de la estepa” (de Puertas de China).

Iconos ancestrales como el túmulo de piedra, los antiguos príncipes, el gong, la gran campana, el faisán, el laberinto, la vasija, no sólo dan título a cada uno de los poemas, sino que inmediatamente iniciada la lectura nos trasladan a una dimensión particular y distinta de la producida a priori. Para muestra, la batahola del “Gong”:

El tiempo ardía apagando los rostros
se inmovilizaban los años para escuchar el grave sonido
se ordenaban en círculo los animales de piedra
las puertas se abrían con lentitud crepuscular
yo avanzaba guiado por el centro de mí mismo
por el extraño peso de mi alma
se apagaban mis pasos como tragados por las aguas
mi aliento se disolvía velozmente
mis ojos palpaban como manos
mis oídos rechazaban lo exterior
nada me era más ajeno que mis pies
nada me era más distante que mis brazos
resonaban sólo los espacios comprendidos
a sí mismos se escuchaban los largos aposentos
los dispuestos utensilios ocupaban otro orden
las aves emblemáticas habían adquirido otro poder
vivían las cosas un interior de frutas solas.

La superposición de cada verso con el anterior, sin una puntuación que los delimite, supone el efecto de la cacofónica andanada del gong que conquista todo a su paso: espacios, aposentos, utensilios, aves, casas —basta releer los cinco versos últimos.

 

La mesa de la Tierra (Premio Municipal de Literatura, 1998)

Esta obra es, sin duda, la mesa servida de Barquero en donde se ofrece lo mejor de su poesía. Elemental y hondo, el tono solemne de cada acto limita una suerte de búsqueda ontológica —pero siempre pagana— exenta de cualquier rito que no sea propio de la tribu, de la gran tribu del hermano latinoamericano. Cito la leyenda “Fuego humano”:

La gente hablaba de la proximidad de su muerte
y él vio por primera vez la muerte con rostro humano.
Entiérrame en ti misma, le pidió a su mujer.
Quiero estar al lado tuyo cuando enciendes el fuego,
cuando soplas la cara dormida de las piedras.
Al inclinarte me oirás respirar sordamente
y sentirás calor durante toda la noche.
El hombre calló, ambos se estremecieron
como dos sombras friolentas en la penumbra.
Ella obedeció, arrodillándose para hacer el fuego,
y él comenzó a morir desde ese mismo instante.
Fue como una sombra que oscurecía los ojos de su mujer
quien ya no lo miraba igual que antes
y comenzó a nombrarlo de otra manera.
Con uno de esos nombres que nos dan y nos quitan de niños.
Y el hombre sólo la reconocía al alumbrar el fuego
cuando toda ella se convertía en ella misma.
Menos sus ojos oscurecidos por las llamas.

Hasta aquí golpea la piedra del pueblo, o mi defensa de Efraín Barquero, nacido en su Piedra Blanca de Curicó de 1931, lanzada a la ventana del jurado, “lamida por el fuego secreto de las manos, / alimentada en el frío de nuestra certeza, / moldeada en silencio a toda hora / para el sitio preciso del asalto”, en su prístino y propio lenguaje oracular.

 

P.D. Bibliografía de urgencia para jurados:

  • Antología (357 páginas y más de 130 poemas del autor), Lom Ediciones, 2000.
  • La mesa de la Tierra, Lom Ediciones, 1998.