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“Victoria en España”, de Benhur Sánchez SuárezVictoria en España: el doloroso encanto de la soledad

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“Me llamo Victoria Santamaría. Tengo cuarenta y dos años y, la verdad, siento que la fatiga se apodera de mi vida. Me fastidia la chimenea, apagada en esta tarde calurosa de verano”. Con este párrafo inicial, que nos atrapa de inmediato y nos envuelve sin concesión alguna en el escenario perpetuo de la cotidianidad, de la tragedia en que a veces se convierte la vida, Benhur Sánchez Suárez nos embarca en un viaje, de pronto sin regreso hacia los mares inacabables de la soledad.

El autor, escritor y pintor nacido en Pitalito (Huila), finalista del otrora prestigioso Premio ESSO de Novela en el año de 1968 con su obra La solterona (1969), luego de una vasta producción narrativa que abarca, con la intensidad de un trotamundos de la palabra, novelas como El cadáver (1975), Venga le digo (1981), Memoria de un instante (1988) y Así es la vida amor mío (1996), y libros de cuento como Los recuerdos sagrados (1973) y Cuentos con la Mona Cha (1997); incluido en numerosas antologías nacionales e internacionales del género, ensayista y promotor cultural, nos devuelve la película de la vida de un ser irremediablemente condenado a la soledad en una novela de 155 páginas en la que el autor y el personaje no persiguen nada distinto que desentrañar una vida de recuerdos, convirtiéndonos en los cómplices necesarios de una historia que, de paso, nos toca muy de cerca.

Así, elemental, sin artificios rebuscados, sin sellos de estilos preconcebidos, el narrador compone página a página el universo nostálgico de su protagonista, alejándola adrede de cualquier atmósfera melodramática.

Y es que Benhur Sánchez, luego de tres décadas de haber publicado La solterona, novela con la que inauguraba ese mundo tedioso de la soledad, nos regresa otra vez en Victoria en España (2001) a ese territorio de ecos interiores, de monólogos, de murmullos evocadores, muchas veces dolorosos, que creíamos de pronto haber olvidado en su palabra. En la primera novela, como en la más reciente, el personaje es una mujer solitaria condenada a ese eterno soliloquio que recrea en primera persona la angustia de la desolación que predomina a lo largo de la historia. En Victoria en España, aunque en el argumento soledad y mujer se hacen de nuevo presentes, se nota la evolución narrativa del autor, la presencia de nuevos recursos literarios: los diálogos, aunque escasos, ubicados con precisión en los eventos estrictamente necesarios; el juego de la intertextualidad como excusa válida para organizar en dos planos simultáneos el relato de la protagonista que lee una novela y el acontecer interior del personaje de la novela leída. Y es que ahora Victoria nos habla de nuevo corazón adentro. Otra vez, sentada en un sillón mirando y recreando sus recuerdos a través de un ventanal desde un país lejano, inventándose, con la complicidad del narrador, la lectura tantas veces interrumpida por las nostalgias del libro de Monserrat Roig, La hora violeta. Es como una especie de novela dentro de la misma novela. Una historia en la que el autor, gracias a la manera que expone los hechos, abre un amplio espacio a la imaginación y a la sugerencia y en la que el tiempo parece detenerse de golpe con ese ritmo suave de las evocaciones de quien ha recorrido ya quizá más de la mitad de su vida, el tiempo que se paraliza para cavar de nuevo las heridas, para volverse a interrogar y finalmente avanzar sin esperanzas siempre hacia un presente resignado.

Uno de los aciertos más importantes en la novela es, sin lugar a dudas, el tratamiento del lenguaje. Y así como encontramos una permanente preocupación por contar en diversos planos una serie de acontecimientos cuyo desarrollo va configurando un solo cuerpo narrativo, advertimos una tendencia multiplicadora de voces, pero que en su totalidad convergen a la interioridad de un único narrador. Victoria lee desde España una novela, Colombia en la profundidad de los recuerdos. “Andrés no me mira. Lee El País con tanta dedicación, que a veces pienso que lo prefiere a tener que dialogar conmigo”. Desde el libro y desde el periódico, Victoria es una sola. El narrador es uno solo. Desde ese mismo instante Victoria empieza a reescribir su vida en el pequeño pueblo de Laboyos, en algún valle cálido del río Magdalena. La remembranza familiar interrumpe su lectura cuando vuelve a ver a esa madre de su infancia que recorre impaciente la casa a la espera del padre que llegará, quizá ebrio, en la madrugada. Vuelven entonces, como fantasmas, los hermanos entrañables jugando entre los árboles a las escondidas. Las tardes juguetonas en el huerto al que Violeta y el narrador nos llevan de la mano: “El guayabo junto a la tapia era el preferido de Rodrigo para su columpio. Con un buen impulso lograba la altura suficiente para poder espiar el huerto del vecino y hacerle monerías a sus hijas”. La casa habitada por las pequeñas cosas de siempre: “Una moneda por ahí, un libro, unos papeles, alguna repisa con santos y reliquias, en fin, tantos secretos”. Aquí, descripciones de hechos y objetos configuran imágenes que se nos hacen visibles mentalmente, que el autor los muestra como dotados de presencia física y al mismo tiempo nos empieza a enseñar el trasmundo mismo de los personajes. Luego, los primeros años en el Colegio de la Presentación para señoritas; las veladas culturales y las declamaciones patrióticas de esos poemas que recitó con la voz entrecortada; el entusiasmo y el asombro cuando la escogieron de candidata al reinado de los estudiantes, el baile de su coronación en el Club del Comercio y el grato descubrimiento de Sebastián, el estudiante de la Normal Superior, el primer amor de su vida; mientras Andrés hojea imperturbable el periódico pensando quizá en la llegada de Manolo y Merche, un par de amigos, con los que compartirán la cena de la noche, y otra vez la novela de Monserrat regresándola impune a su presente.

Benhur Sánchez SuárezGracias a los buenos oficios del autor, Violeta es su pasado y su recuerdo; es la familia de su juventud, es Sebastián, es Norma, la protagonista de la novela que lee, es ella y es todos al mismo tiempo. Así es también la evocación de su despertar enamorado: “Recuerdo que cuando asistíamos a misa los domingos, sentía su mirada en mi rostro y no podía evitar buscarlo en las bancas de la izquierda, donde se formaban los alumnos de la Normal. Lo miraba de reojo, él me sonreía y me hacía monerías... Miraba hacia otro lado y me sentía encendida”.

Entre los preparativos para la cena y “La hora Violeta”, el recurso de la intertextualidad cobra su importancia grande y su justificación plena, en momentos en que los dos episodios parecen tomarse distancia, pero que a la larga conformarán un solo coro de voces, y aunque cada una guarde su propia independencia, avanzan siempre hacia un destino común, asegurándonos definitivamente la unidad temática, claramente confeccionada en el transcurrir de la historia. Entonces, el rompimiento con Sebastián y el viaje de Victoria a Bogotá para terminar su bachillerato; el deslumbramiento ante la gran ciudad que la seduce aunque ya “no queden orquídeas en los árboles del parque”; la familia ausente y esa nueva soledad en un pequeño apartamento cuidadosamente amoblado por la madre el día mismo de la visita y la despedida; esa misma soledad que la acompañará desde ahora y para siempre a pesar de sus amigos de la universidad, de Clara Inés, la recién llegada destinataria de sus infidencias y de Nati, la fiel criada que se vino de Laboyos, siempre presente como una sombra en sus silencios.

En adelante, la historia es como un permanente interrogatorio interior en el que Violeta intenta descubrir la respuesta esquiva a las posibles equivocaciones de su existencia. Un nuevo capítulo en sus sueños como otro recurso para continuar, esos sueños que el narrador palabra a palabra pone al servicio de la imagen poética y que a la larga resultan ser una especie de aviso, una señal extraña que se convertirá luego en su presente: “Vi en sueños profundos desfiladeros, caminos interminables que me producían sed y en el cielo, extrañamente limpio y azul, un águila que hacía círculos y lanzaba carcajadas. El ave desapareció entre la bruma, que ascendió como un telón sobre mi vista”. La trampa onírica como reflejo de su propio acontecer cotidiano.

Un suceso, aparentemente pasajero, marca luego el sentimiento de Victoria, condenada al parecer al sino sin tregua de los amores contrariados. Conoce, casi por accidente, a Salomón, el muchacho del 503 que le hizo latir el corazón de nuevo, aunque el resultado, a la postre, no fuera lo que ella habría soñado: “Comenzó a hablarme de belleza, de amor, y me arrinconó junto al ascensor. Me asustó con su mirada turbia. Un miedo horrible se instaló en mi cuerpo y me dejó paralizada. Me sentí perdida. No pude evitar que me abrazara. Me salvó el vigilante del edificio que bajó silbando por las escaleras. Salomón tuvo que soltarme en momentos en que sus manos me esculcaban y el cosquilleo de mi cuerpo había desbaratado mis defensas”. Este, un breve acontecimiento que agrandaba más la soledad de Violeta, una prolongación que se sumaba a sus nuevas nostalgias. Una reflexión, un recuerdo indeleble que pone al lector sobre las pistas de los eventos por venir.

Guadalupe: años sin cuenta, en la sala de un teatro en compañía de cualquier amigo; las cervezas en el Bear House de la 73, la culminación de los estudios de bachillerato de Rodrigo, su hermano, y el matrimonio de Sebastián con una amiga de la infancia por los mismos días en que Jorge Arturo, el hermano calavera llegaba a Bogotá y se instalaba sin aviso en su apartamento y en su vida.

Agosto del 78 y la noticia dolorosa de la muerte de sus padres en el accidente de carretera que los llevaría a Bogotá para visitarla de sorpresa. La voz precisa del narrador, puesta con el dolorido acierto en el sitio que le corresponde a las desgracias: “Sentí que el día se ponía gris, que los desfiladeros de mis sueños se hacían realidad y quedaba entonces sola, a merced de las más mínima contingencia. La sensación de nube de mis pesadillas quedó plasmada allí, como una realidad de vacíos y carencias”. El llanto inevitable poblando los recuerdos en medio de la pregunta indiferente de Andrés que parece leer un periódico sin fin y la respuesta casi mecánica de Monserrat Roig como una excusa posible al sufrimiento que la visita y que la embarga. Otra vez la cocina en España. Otra vez Bogotá en los recuerdos como un juego de planos y sucesos simultáneos en la mitad de la rutina. El último sorbo de otro café que Andrés bebe impasible completamente ajeno a las evocaciones de Victoria que se inicia como diseñadora de interiores en la compañía de Gómez y Asociados, las faldas en Mireya Fashion, la ropa interior en Tania y una variedad de blusas en el Pasaje de la Sesenta, antiguo refugio de los hippies; y el compromiso solemne consigo misma: “Te juro que un día tendré mi propia empresa”.

En esta multiplicidad de eventos, el autor conserva el hilo de la historia, tejiéndola a través de la articulación precisa de los capítulos, la continuidad sin altibajos en el ritmo narrativo y la dosificación exacta de los efectos que quiere lograr en el lector. Luego, Pedro José, un importante ejecutivo cercano a su nueva condición profesional como un alto obligado en su camino entre las confidencias con Clara Inés, los restaurantes exclusivos, las discotecas, las promesas y quizás de nuevo el amor. La entrega plena de Victoria como en otro juego de amores equivocados: “Quedé a merced de la magia de sus manos. Luego desabotonó mi blusa, su boca cálida comenzó a recorrer mis senos y un calor que desconocía se anidó en mi vientre. Hice un último intento por detenerlo pero cuando sus manos enviaron mi falda a la alfombra y sentí que sus mejillas rozaban mis muslos, ya no tuve conciencia de mis actos, las dudas se perdieron en las fragancias del momento y la puerta abierta del goce prohibido se abrió para conducirme a un éxtasis que sólo en ese instante comencé a sentir como real”. En fragmentos como este el narrador, deliberadamente, pone la palabra al servicio de la seducción; el lenguaje así cobra intensidad, asegurando, paso a paso el transcurrir pleno de la eroticidad, descubriéndonos entonces los ocultos anhelos de la protagonista.

Días más tarde el adiós definitivo de Clara Inés, que viajaba al Canadá para casarse con algún arquitecto con el que había entablado relaciones desde una agencia matrimonial, la misma que visitaría luego Victoria, en busca quizá de un compañero definitivo cuando se enteró por boca del mismo Pedro José de la existencia de un matrimonio anterior, que le borraba de plano cualquier esperanza de futuro con ese hombre que por momentos le hizo creer de nuevo en la vida, entre la creencia equívoca de sus sentimientos y los consejos persistentes de los signos zodiacales. Y otra vez la pregunta como una herida en la mitad de los recuerdos: “—¿Qué voy a hacer sola en este apartamento?”.

La cercanía, al final de la novela, es un recurso más del narrador para llevar definitivamente a Victoria al tiempo tan presente que la agobia. Las primeras cartas que se cruzan con Andrés por intermedio de la agencia matrimonial; el viaje a la Florida donde Andrés le aguardaba y los planes de residencia en Madrid para iniciar otra vez su vida entre el aroma del pimentón, del aceite de oliva, la sal y la pimienta para la cena con sus amigos españoles; y los secuestros, las masacres y los enfrentamientos violentos en Colombia llenando algunos titulares del periódico que Andrés continúa leyendo; y el tarot y los recuerdos confundidos en “La Hora Violeta”. El encuentro de los cuerpos, otra vez interrumpido por la cena, por la proximidad de los amigos o el timbre del teléfono, para que el narrador termine, como en una gran burla, inventándose en la voz de Andrés la remota posibilidad de un embarazo. Así descrita la trama de la historia, y más allá del juego narrativo que se deja leer en la elementalidad de la palabra, Benhur Sánchez Suárez, logra, y es quizá otro gran acierto de la novela, un tratamiento bien inteligente del personaje, enriqueciéndolo de agudezas psicológicas, para enseñarnos sabiamente una lección de vida. El resto, es una acumulación de silencios que apenas empieza cuando cerramos deliciosamente desolados la última página del libro.